Opinión

Una pandemia que trae bellos recuerdos y mucha Gratitud

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Por: Toño Sánchez Jr.


En tiempos como estos vale la pena expresar toda nuestra Gratitud (La escribiré siempre con la G en mayúscula, así no se deba) a nuestras madre, padre, abuelos, hermanos, tíos, familiares y cercanos amigos, que nos regalaron algo que hoy es determinante para enfrentar estos tristes y angustiosos momentos.

Hace un par de semanas mi hermana Patricia, una ex gordita bella, alquimista, maga… bruja… hechicera… y demás, sacó de un viejo escaparate una foto de mi abuela materna, María Angélica. Eso me transportó, como nunca antes, a viejos y maravillosos tiempos. 

El primer recuerdo que se me vino a la mente fue el amor que esa señora me dio y lo especial de las tardes a su lado. Como a eso de las cinco, luego de bañarse y vestirse, se sentaba en una mecedora, se echaba manteca de cacao en el pelo y comenzaba a peinarse y al terminar se ponía una peineta pequeña a cada lado. Luego me miraba con ternura, y me decía: “Tráeme la totuma, el rallador y el coco”. Esas eran las palabras más esperadas del día para mí. Yo me sentaba en un banquito a su lado a esperar cada ‘cabito’ del coco que quedaba. Pero antes de empezar a rallarlo también me decía: “Prende el radio y pon ‘Charros y Rancheras’”. Era un programa que me permitió conocer quién era Miguel Aceves Mejía, Pedro Vargas, Lola Beltrán, Pedro Infante, Jorge Negrete, Javier Solís, José Alfredo Jiménez y otros más.

Era una época en que a mediodía era arroz de manteca (Hoy dicen ‘aceite’) y por la tarde era arroz con coco. Claro está que este orden podía cambiar si el plato típico en el almuerzo requería de arroz con coco.

Al terminar comenzaban una serie de telenovelas radiales de todo tipo; las que me gustaban más eran las de aventuras y de miedo. Estas últimas me aterrorizaban, pero al día siguiente volvía a ponerlas.

En aquellos tiempos uno tenía que aprender a hacer ‘mandaos’. Ir a la tienda. Llevar una razón. Ayudar en algunos quehaceres de la casa.

Lecciones que sirvieron tiempo después cuando mi mamá se hizo a un restaurante que se llamó ‘Pollo Lindo’, que inicialmente comenzó en la Calle 34 con carrera Primera y Segunda. Allí mi mamá me enseñó a que se podía estudiar y ayudar. 

Aprendí a ir a un mercado y saber comprar. A atender a un comensal. 

Luego ese restaurante se trasladó a la Calle 27 con carrera Primera y Segunda. Fue mi mejor época de infancia y adolescencia. Era como si hubiese llegado a otro mundo. Allí mi madre se esforzaba más por enseñarme a valerme por mí mismo.

Me obligó a lavar mi uniforme de fútbol y guayos. Me enseñó a planchar y cocinar. A tender y arreglar mi cama. A barrer y trapear.

Todo eso no lo hacía muerto de la risa. Muchas veces le cogía rabia, porque creía que me la montaba solo a mí.

Pero cuando llegué a Bogotá a estudiar descubrí que todas esas lecciones valieron la pena. Y me ayudaron a ser mejor. Nada me detenía.

Pasaron los años… muchos años… llega una pandemia y otra vez salen a relucir todas esas enseñanzas.

Cuando me imaginé volver a lavar, planchar, barrer, trapear, limpiar, cocinar. No meto mercar, porque es algo que siempre me ha encantado. Mercar me embruja.

Esto me ha llenado de Gratitud.

Por eso hoy quiero decirle a esa madre mía, ¡Gracias! Toda mi Gratitud para ti por haberme enseñado todo esto. Esta pandemia la he contrarrestado con todas esas lecciones aprendidas, que creí haberlas pagado con la Universidad, pero hoy son las que me mantienen en pie.

Hacer un desayuno, un almuerzo, una arepa de huevo es maravilloso, porque cada paso que doy para hacerlo es con el corazón lleno de Gratitud hacia una mujer que me impuso aprender todo eso porque algún día lo iba a necesitar. Y estoy seguro que esa señora ni sabía qué era una pandemia en aquellos tiempos.

Hoy más que nunca recuerdo a mi madre y estoy más lleno de Gratitud para con ella. Cuando barro y trapeo recuerdo cuando me ponía bravo porque me ponía a barrer y trapear. Cuando lavo y enjuago ropa también la recuerdo cuando se ponía a mi lado a ver que lavara la ropa de fútbol y no se la diera a una de las tantas personas que tenía en el restaurante para que lo hicieran por mí.

Pero no todo es terrorífico.

Cuando cocino. Me río y disfruto. De saber todo de lo que soy capaz de hacer con tan pocos ingredientes. Allí mi otro yo me dice: “Ajá, y ahora ¿por qué no la criticas?” Y me sonrío. 

Hacer de Mayordomo de mi hijo menor, cuando me puede visitar, me encanta. Y jamás hubiese podido hacerlo si mi madre no me hubiese enseñado tantas cosas.

Por eso esta pandemia me ha sacado toda la Gratitud para con mi madre y decirle hoy: Gracias, Gracias, Gracias, madre. Sé que la palabra Gracias es tan pequeña en estos momentos, pero la engrandezco con toda la fuerza de mi corazón. Toda mi Gratitud para ti. Esta pandemia la he sobrellevado a punta de todas las lecciones de vida que me diste. Que sea esta la oportunidad para decírtelo públicamente. Te amo, Rosiris. 

Y te dejo porque voy a lavar la ropa de Golf que usé ayer, y es una tela muy delicada. Pero eso no es problema, porque esa lección fue dada y aprendida.

Mi abuela María Angélica sabe, y esa sí que sabía, que mi corazón nunca ha olvidado todo el amor que me dio. 

Esta pandemia también me enseñó que la Gratitud hay que gritarla y expresarla.

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