Opinión

Toda mi Solidaridad, Consideración y Respeto

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Por: Toño Sánchez Jr.


Un día, de hace varios meses, Juan Carlos Gossaín me escribió algo sobre la pandemia del Coronavirus que me impactó por ser tan contundente. Él comentaba, desde su cuenta de Twitter, una columna mía sobre la muerte de un salsero en Montería. Allí dijo, palabras más, palabras menos, que ya las muertes por el Coronavirus habían dejado de ser una estadística desde que las personas que empezaron a fallecer eran cercanas a ti. Esas son de ese tipo de verdades que te disparan a boca de jarro y te dejan anonadado.

Y así ha sido desde que empezaron a morir personas en Córdoba por esta repentina pandemia que nos hizo sentir que éramos mortales y que verdaderamente lo único que tenemos seguro en esta vida es la muerte.

‘Los muertos solo les duelen a los suyos’, eso he escuchado decir a la gente de estas bellas tierras durante años. Pero creo que lo dicen en otro contexto del acontecer diario… el  de la vida. Por lo general la muerte siempre sorprende, de un momento a otro, cuando todo indicaba que podías estar más tiempo en la tierra, que tenías una expectativa de vida de más años o meses. Pero que la intempestiva llegada de un Coronavirus te quite la vida y se lleve a familiares, amigos, conocidos y vecinos, me lleva a replantear ese decir con que inicia este párrafo. Yo creo que en momentos como estos los muertos sí que nos duelen a todos los cordobeses. Bueno, ese es mi sentir. Por supuesto, que este dolor es también por Colombia y el mundo, pero permítanme circunscribirme solo a Córdoba.

Por ello antes de continuar quiero expresar toda mi SOLIDARIDAD, CONSIDERACIÓN Y RESPETO (¡Sí, en Mayúsculas!) a todas esas familias cordobesas que han puesto esta alta cifra de personas fallecidas por la Covid-19. Sentimientos que extiendo a sus cercanos amigos, amigas, vecinos y compañeros de trabajo.

Tengo mis creencias, mi ritualidad, mi espiritualidad, a mi manera. Creo en la Vida, en el Universo, en la Naturaleza, en el Cosmos, en la Luna, en el Sol, en el Agua, en la Tierra, en las Estrellas y en alguien superior que también llamamos algunos Dios. Y acudo a toda esa Fe y Creencias para hoy escribirlo, pero que desde hace mucho tiempo lo expreso por las mañanas en un programa radial que conduzco por la Internet: Que ese Dios, o como lo quieras llamar, que la Vida, que el Universo, que el Cosmos, que los Astros les regalen de ese bálsamo que se llama paz, tranquilidad y de ese gozo sobrenatural que existe solo para momentos tan tristes como los que están pasando o han pasado.

No se queden en esa terrible pregunta que reza: ¿Por qué me pasó a mí?

Porque te va a llenar más de dolor y tu vida se va a atascar en la tristeza y la pena.

Podrás decirme, y con razón, <<pero es que no fue a ti el que te pasó>>.

Pero yo te contestaría que en la parte del Cielo donde esté tu familiar, te aseguro que te manda un aliento de valentía para sobreponerte y si no lo logras, esa persona que se fue tampoco va a encontrar esa paz que allá también se busca.

Honra su memoria recordándolas con amor y con gratitud. Y toma de un elixir que se llama ‘aceptación’. Uno de los mayores actos de responsabilidad con uno mismo es cuando reconocemos nuestros errores, defectos y malos hábitos, si se quiere, y nos enfrentamos a ellos con amor y empezamos a construir oportunidades y esperanza para alejarnos de ellos. Algo parecido sucede cuando aceptamos una pérdida de un ser querido, es un acto de amor para con uno mismo y para con la memoria de ellos, aunque  no lo creamos.

Con todo afecto lo invito a construir algo bello y grandioso con su recuerdo.

Hace muchos años en Estados Unidos una madre iba un domingo en la mañana con su única hija adolescente para la iglesia. En eso un carro subió al andén, arrolló a la joven y la mató en el acto. Su madre se devastó. Pudo reclamarle e injuriar a ese Dios en quien creía, pero no lo hizo. Al descubrir que el conductor iba embriagado y que había sido condenado varias veces por lo mismo creó una fundación en contra de los conductores ebrios que ha logrado introducir en legislación norteamericana las más duras leyes contra los conductores embriagados. Normas que han sido copiadas en el mundo entero. Convirtió su dolor en una gran causa.

La historia de Samuel Morse también está llena de belleza en medio de la tragedia y el dolor. Crea el telégrafo y el código que lleva su apellido tiempo después de haber recibido, demasiado tarde, la noticia del delicado estado de salud de su amada esposa, que adoraba. No pudo ni enterrarla, porque llegó pasados muchos días.

Pero hay otra historia, que esta sí los invito a leerla con todo respeto y afecto, ya que soy muy cuidadoso cuando invito a alguien a leer algo. Se trata de la historia de Horatio Spafford. Puedo decirles que era un próspero abogado y comerciante. En 1861 se casó con Anna Tuben Larssen, tuvieron varios hijos. Era un hombre trabajador, bueno y de fe. En 1871 comenzaron a sucederle una serie de tragedias. Fue el famoso incendio de Chicago en donde murieron alrededor de 300 personas y todas sus propiedades se incendiaron. Un hijo falleció tiempo después de una enfermedad en la que invirtió su fortuna para salvarlo. Tuvo después cuatro hijas.

Por una afección de su esposa decide viajar toda la familia a Europa, pero a última hora él no puede viajar y les dice que el llega después. Los viajes eran en buques. El 15 de noviembre de 1873 zarpó el Ville du Havre de Nueva York.

Días después el Ville du Havre colisionó con otro barco y las cuatro hijas de Spafford fallecieron.

Nueve días después, desde Cardiff, Gales, su esposa le envió un telegrama que decía: ““Me salvé yo sola, qué hago…”.

Horatio Spafford viaja a Europa y en el trayecto el capitán del buque le dice que según las coordenadas están en el sitio donde naufragó el Ville du Havre.

Se retira a su camarote y escribe uno de los poemas más memorables para momentos como estos, una traducción, de las tantas que hay, un aparte dice:

 “Cuando la paz como un río atiende mi camino

cuando las penas ruedan como las olas del mar;

cualquiera sea mi parte, me has enseñado a decir,

todo está bien, todo está bien con mi alma…”.

Lo reitero, esto que escribo son mis creencias, creo que es la primera vez que escribo sobre algo así, pero quiero compartirlas, porque en mi vida me han ayudado y soportado en los momentos más oscuros, que no han sido pocos.

Todo está bien… todo está bien con mi alma… mi alma está en paz.

Y hay que creer en algo y tener fe en algo… en lo que quieran pero hay que creer en algo.

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