Opinión

Quieren más sangre, pero con los hijos ajenos

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Por: Toño Sánchez Jr.


Mientras Salvatore Mancuso y Rodrigo Londoño, el primero ex comandante de las Autodefensas, el otro ex comandante de las Farc, buscan sentarse juntos a contarle la verdad al país sobre el conflicto, sectores extremistas de la derecha ignoran estos gestos y a toda costa persiguen desprestigiar y deslegitimar el proceso de paz con la guerrilla, echándole mano al único combustible que les sirve y les queda: La venta de odio y miedo.

Quieren más guerra, pero con los hijos ajenos.

Yo me pregunto: ¿Por qué no darle una oportunidad a la búsqueda de la paz y a la reconciliación?

Además, que no existe la paz perfecta, como para buscar una. Todos los procesos similares que se han dado en el mundo implican concesiones que para muchos no están bien.

Hasta donde ha llegado la perversidad de ese extremo, que todo aquel que defienda el proceso de paz o que apueste por darle una oportunidad es satanizado como comunista, izquierdoso y como persona peligrosa para el país. Por lo que alertan de inmediato a sus ‘bodeguitas’ para comenzar con la demolición de esa persona, aviso que se eleva a prioridad nivel uno si es un personaje o ciudadano influyente, que es escuchado o leído. En el argot de ellos, se convierten en ‘objetivo de alto valor’.

Yo quiero decirle a esta gente que a la izquierda que ellos vetan no se derrota con las mismas armas que estos últimos utilizan, ni con amenazas, ni asesinándolos. Se derrota con gobiernos demócratas, incluyentes y defensores de las libertades. Gobiernos que construyan puentes más no polvorines. Gobiernos que ayuden a edificar esperanza en la población. Gobiernos que honren la Constitución y la Ley. Gobiernos que respeten la separación de poderes y los contrapesos del Estado. Gobiernos que hagan sentir a sus gobernados que están en un verdadero Estado Social y Constitucional de Derecho. Así es que muere esa retrograda izquierda, de inanición, cuando se gobierna bajo estos nobles parámetros.

Hoy le quieren quitar la oportunidad a una generación -o dos- de tener un país camino a la paz y a estar sin guerrillas. Quieren hacerle lo mismo que le hicieron a aquella generación de los años 80’s del  pasado Siglo XX, que por complacer a unos militares, políticos y empresarios sedientos de guerra jamás permitieron una salida negociada al conflicto. Ni ganaban la guerra ni dejaban construir puentes de paz.

Aquella década de los 80’s marcó el nefasto futuro de Colombia. Hoy estamos recogiendo lo que sembramos en aquella aciagos y tristes años 80: desconsuelo, desesperanza, pesimismo, dolor, rabia, huérfanos, viudas, viudos, pobreza y miseria.

El presidente Belisario Betancur (+) (1982 – 1986) fue un soñador que buscó la paz con las Farc. Después de meses de negociación acordaron una tregua con ellos y otros grupos guerrilleros de aquellos tiempos, para ir construyendo el clima para un proceso de paz. Los llamaron ‘Los Acuerdos de La Uribe’, otros los denominaron ‘Los Acuerdos de Casa Verde’. Fue una oportunidad de oro para la paz de Colombia. Pero “los enemigos agazapados de la paz”, -frase memorable de Otto Morales Benítez (+)-, lo impidieron.

Esos enemigos eran los mismos militares y poderosos del país que siempre se han enriquecido con la guerra y el caos; por eso siempre les ha interesado que el país esté en conflicto o incendiado en ciertas regiones, siempre y cuando no sean las mismas donde ellos tienen su centro de poder y mando.

Colombia siempre se ha ufanado de ser una democracia antigua en Latinoamérica, pero no crean que lo ha sido por convicción, sino por miedo a los militares. Por eso desde el Frente Nacional dejaron a ellos el control exclusivo del orden público. Al punto que el Ministerio de Defensa lo tenían escriturado, como otras dependencias que tenían un carácter político y técnico, mas no militar.

Con ellos allí era imposible mencionar la palabra ‘negociación’. Todos venían de ser adiestrados y alienados en la Escuela de Las Américas que el gobierno de Estados Unidos tenía en Panamá. De allí salieron los más crueles dictadores, jefes de policía secreta, torturadores y operarios de inteligencia.

Eran también los tiempos de la ‘Doctrina de la Seguridad Nacional’, en donde el gobierno norteamericano trataba de impedir que el comunismo se tomara a América Latina, y para contrarrestarlo valía todo, siempre y cuando no te dejaras coger.

Por complacer a todos esos ‘halcones’ de la guerra, Colombia vio pasar los años y los ríos de sangre derramada por este irregular conflicto.

Presidente o político que se atreviera a promover el reconocimiento del conflicto en nuestro país caía en desgracia con los militares; era un ‘objetivo militar’. Recuerden que cuando en el Congreso se intentaba debatir sobre orden público, los primeros en llegar eran todos los altos oficiales de las Fuerzas Militares y de la Policía. Se ponían en primera fila con sus bastones de mando y se dedicaban a ver fijamente a los congresistas. A los pocos minutos se acababa el debate sin iniciar, porque no había cuórum.

Mientras tanto, todo el presupuesto de Colombia terminaba en manos de las Fuerzas Militares, pero de resultados nada.

Llegó un momento que la guerrilla los golpeó tan duro y cada semana, que se ponían bravos con los medios que registraban en primera plana sus descalabros.

Pero regresemos a aquellos nefastos 80’s.

La tregua no era respetada por los militares ni tampoco por la guerrilla. El EPL la aprovechó en Córdoba para extorsionar desde el Hotel Sinú, a donde los hermanos Calvo y otros guerrilleros de civil citaban a los hacendados para arreglar el pago de la ‘vacuna’. Los intermediarios del EPL eran otros ‘prestantes’ ciudadanos de Montería.

En 1985 el EPL se retira de esa tregua y en 1987 lo hacen las Farc.

Entonces empieza una cruenta arremetida de la guerrilla en contra de los colombianos, pero no contra los que estaban en Bogotá, -el centro de poder-, sino contra indefensas poblaciones y campesinos abandonados por el Estado.

Y el narcotráfico comienza a ser el nuevo combustible de la guerra. Nace la narcoguerrilla, que sus primeros inicios los tuvo con el EPL en Córdoba.

Las Farc le dan libre accionar a su nuevo engendro, creado en 1984 al amparo de la tregua, la ‘Coordinadora Nacional Guerrillera Simón Bolívar – EP’.

Con esta le asestan el golpe más contundente al Ejército Nacional, derrota que los obligó a cambiar sus manuales de combate. Fue la toma de Saiza, sur de Córdoba, el 24 de agosto de 1988. Fue copada por la guerrilla toda una unidad militar y destruido lo que parecía un puesto de policía. Fueron 32 muertos entre soldados, policías y civiles. Las Farc secuestran a 22 soldados, pero este grupo guerrillero todavía no dimensionaba lo que era tener ‘prisioneros de guerra’ y los libera a mediados de septiembre de 1988.

A la vez, la reacción de la contrainsurgencia no se hizo esperar. Los paramilitares comenzaron un cruel recorrido de masacres por todo el país. Ya el escenario ideal, la tormenta perfecta para la guerra, se había gestado. Los vampiros de esta guerra ‘matapobres’ se frotaban las manos y se regodeaban de placer.

Y todo lo que oliera a Unión Patriótica (UP) o Frente Popular (FP) fue exterminado.

Era peligroso mencionar la palabra paz o conversaciones de paz. Quien se atreviera, a las 48 horas tenía montado un dossier elaborado por los B-2, los F-2 y los Das. Temibles organizaciones de inteligencia que no tenían ningún control. El que caía en sus manos confesaba hasta haber vendido a Jesucristo o haber disparado a JFK en Dallas.

Toda esa generación creció en la desesperanza, el miedo y el odio.

Hoy, 30 años después, queremos echar al mar un proceso de paz para entregarle a estas nuevas generaciones otro país en guerra, manchado de sangre y lleno de venganza.

Mientras los de la extrema derecha, los vendedores de odio, resentimiento y venganza (los del extremo siniestro también, pero por otros ‘motivos’) quieren más sangre y guerra, millones de colombianos están a la espera a qué bando irse para no quedarse en la mitad. Con esto estamos tirando a un abismo otra oportunidad de paz, pero esta vez con un proceso ya firmado y a la espera de implementarse completamente.

¿Por qué ser tan egoístas y negarle a varias generaciones construir en paz una nueva Nación, llena de esperanza y en búsqueda constante del perdón, la reconciliación y la no repetición?

En la última semana se han cruzado cartas dos excomandantes del conflicto en Colombia. Pidiendo ser escuchados en la Comisión de la Verdad. Este gesto en vez de despertar interés ha sido ignorado, y ya deben estar por salir las ‘verdades alternativas’ y las ‘mentiras alternativas’ que les venderán a los ciudadanos para descalificar este acto en búsqueda de la paz y la reconciliación.

De mi parte yo creo en los procesos de paz, así haya visto fracasar otros. Creo en la Justicia Transicional, en la Justicia Restaurativa, en el Perdón, en la búsqueda inacabable de la Reconciliación y en la Paz construida. También creo en el buen corazón de millones de Colombianos, donde están las verdaderas víctimas, que muy a pesar del dolor y sufrimiento por la guerra quieren vivir en un país más esperanzador.

No creo que pensar y sentir esto me haga militante del comunismo.

Y termino exigiendo, que el principal victimario de este país tiene que llegar a esa mesa y pedir perdón a todos: ¡El Estado! Representado en todos esos políticos, presidentes y demás vividores del poder que entregaron a millones de colombianos a todos estos fenómenos de violencia, pero que hoy quieren echar toda la culpa de lo acontecido a guerrillas y autodefensas.

Termino con estos párrafos de la carta de Rodrigo Londoño al padre Francisco de Roux:

“La paz no puede ser abandonar las armas, al tiempo que por temor se callan infamias. La paz es sobre todo verdad, pedir sinceramente perdón, tender la mano y el corazón en busca de reconciliación, reparar hasta donde sea posible el daño, servir de ejemplo para el mundo desde nuestra Colombia adolorida”.

“El silencio es complicidad y mueve a la ignorancia que impide trazar caminos de mejor futuro”.

“Si queremos de veras contribuir a la reconciliación nacional, la justicia, la reparación y la no repetición, es necesario que la actual generación y las que crecen cargadas de ilusiones, escuchen de nosotros, actores estelares de la confrontación, el relato descarnado de lo que fue esta”.

“Estamos obligados a armar el rompecabezas de la tragedia, a establecer sus causas, a develar todo lo que ocultan, a indicar quiénes son los cómplices escondidos, a buscar soluciones definitivas a esa violencia que nos ha azotado sin piedad”.

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