Opinión

“Abre tus manos… ahora abre tu corazón…”

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Autor: Toño Sánchez Jr.


Es que han pasado muchísimos años, solo quedan fragmentos cortos de aquel lejano pueblo bello y mágico, por lo que había que armarlos con lo poco que quedaba de memoria.

Fue un romántico, soñador y errante aprendiz de narrador de cuentos, que se encontró con estas historias en una vieja taberna de un antiguo callejón de un pueblo perdido para la mayoría de los mortales.

Allí se congregaban todos los que querían estar con ellos mismos. También llegaban quienes querían repetir las historias que por años iban reconstruyendo de aquel mágico y bello pueblo.

Y no era mágico porque existieran magos, hechiceros y brujos, no. Lo era porque todo aquel que creyera y aprendiera a escuchar su corazón hacía magia.

Esto último fue lo que escuchó el romántico soñador en una mesa de al lado donde estaban tres ancianos que bebían a pequeños sorbos una gran jarra de vino.

Él tenía en su mesa un vaso de cerveza, una libreta en blanco y varios lápices. Esa noche, como otras, no le salía nada de que escribir.

Cogió su cerveza y todo lo demás que tenía en la mesa y se dirigió hasta donde estaban los tres ancianos.

– Mis amigos acabo de escuchar lo que están recordando y narrando, de un pueblo donde todos hacían magia si creían y sabían escuchar a su corazón. ¿Dónde queda? ¿Está muy lejos de aquí? ¿Me puedo sentar con ustedes? Me queda muy poco dinero, pero suficiente para otras cervezas y una jarra mediana de vino para ustedes. Por favor, déjenme sentar con ustedes.

Ante semejante ruego los tres ancianos se pararon y le mostraron una silla vacía.

Hasta hoy nadie sabe cuánto demoró esa mágica tertulia. Lo que sí recuerdan es que el cantinero tuvo que salir varias veces a donde un amigo que tenía al frente de su taberna su casa, en donde también funcionaba una imprenta artesanal, fue a pedirle que le regalara papel para el joven cuentista.

De allí nació su historia que los ancianos aseguran que todo fue verdad.

***

Era un bello lugar donde el Sol era más brillante y deslumbrante. Donde el cielo dejaba ver día a día sus más intensos colores, no importaba la estación.

El Arco Iris sabía que sus apariciones tenían que ser mágicas, maravillosas. Cuando decidía salir ponía a todos quienes lo miraban a concluir que él era el verdadero dueño de la intensidad de todos los colores.

La salida del Arco Iris era un divino regalo del que nadie en ese lugar se perdía.

Al caer la tarde todos sabían que la magia y los regalos no habían acabado. Venía la noche.

Eran tastas las estrellas que brillaban que parecía que en el cielo no existiera la oscuridad.

La Luna era realmente hermosa. Todos quienes la veían noche a noche, no se ponían de acuerdo cuando estaba más bella… Llena… en Menguante… Nueva…o en Creciente.

La Luna Llena se veía tan gigante que muchos juraron que al levantar su mano la llegaron a tocar… y hasta moverla. Con magia todo es posible.

Todo era deslumbrante: Los ríos, las montañas, los valles, los árboles, los caminos y senderos; estos últimos te invitaban a diario a recorrerlos.

Lo único humano que igualaba tanta belleza eran las mujeres.

No se sabía quién era la más hermosa.

Pero como sucede siempre. Había una indomable joven de pelo brillante, con rizos dorados, ojos inmensos de color azul intenso que no se sabía si eran más hermosos con el fulgor del Sol o con los destellos de las Estrellas o el brillo de la Luna Llena.

Nadie sabía quién brillaba más, si ella o el Sol en su punto más cercano a la tierra en el día o la Luna y las Estrellas en su más deslumbrante noche.

Y ella ¡lo sabía!

Por eso tenía un amor desbordado por el Sol, la Luna, las Estrellas, la Naturaleza, la Tierra, el Agua. El Mar… por la Vida.

Tal vez por ese amor apasionado con el que veían sus gigantes y hermosos ojos, era que el Sol, las Estrellas y la Luna le permitían coquetear con ella siempre.

Disfrutaba que todos vieran su brillo.

Muchas veces la vieron a pie descalzo recorriendo calles y praderas.

Su felicidad era que vieran su felicidad.

Cuando conoció el amor lo amó, pero temió que enamorarse le quitara su libertad.

Fue cuando empezó a conocer el dolor. Que amar te hace conocer otros sentimientos que no quieres para tu vida.

Cuidar su libertad la llevó a endurecer su corazón. A calcular cada relación. Pero eso no era verdadero amor y ella lo sabía.

Entonces fue cuando conoció la palabra sufrir.

El AMOR no es sufrir. Y ella también sabía eso.

En sus momentos tristes era esa misma libertad que amaba la que le regalaba la fortaleza para salir de esos oscuros y tristes senderos.

Su corazón se recuperaba cuando huía. Cuando salía corriendo, sin importarle que dejaba atrás.

Con el tiempo sus rizos seguían brillantes como el sol, pero el brillo de sus ojos ya no era tan reluciente, se estaba apagando.

Ya nadie veía su corazón cuando la miraban a los ojos. Solo veían una inmensa muralla que atemorizaba intentar subirla.

Su mirada cada vez era más dura…ya era atemorizante.

Lo que nadie sabía era que su corazón era un hervidero de amor.

Soñaba con ser amada y amar, pero no dejaba que nadie se acercara. Fue su terrible dilema.

Comenzó a vivir lo que soñaba en los libros.

Quería que un libro de esos fuera su historia de amor.

Fue tal su deseo que ese Sol, Estrellas, Luna, Universo y Cosmos se lo pusieron a sus pies.

***

Un día salió a caminar como siempre lo hacía. Esta vez, por alguna razón divina se encontró en un callejón que no recordaba haberlo recorrido antes.

Se sintió extraña, ya que para ella no había senderos en ese pueblo que no hubiese caminado.

Iba a continuar por otro camino, pero algo se sobresaltó en su corazón que la hizo permanecer en ese rumbo.

Decidió recorrer esa calle acompañada del silencio que había.

La calle terminaba en una vieja casa, ya se iba a regresar, cuando vio un letrero en la puerta que le llamó la atención, caminó hasta allá para verlo bien, decía:

– Aquí puedes leer lo que NUNCA leerás en otra parte.

Había otro letrero más pequeño aun lado, pero había que acercarse más para leerlo:

– S no entras te arrepentirás toda la vida.

Ella no entendía por qué su corazón estaba agitado. Latiendo muy rápido. Su respiración no era la misma, sentía que el aire no le alcanzaba.

Nunca se había sentido así cuando salía a caminar.

Decidió entrar. En un viejo pedazo de madera que estaba en la puerta se podía leer: ‘Abierto’.

Empujó la puerta y sonaron unas pequeñas campanitas que la sobresaltaron, pero al instante también la sobrecogieron… la embrujaron de amor.

La tienda era más pequeña de lo que se hubiera imaginado. Solo había 3 anaqueles con viejos libros, todos muy limpios y ordenados. Había otra parte donde solo había montones de hojas, pero clasificadas por áreas y temas.

Nadie salió a atenderla.

Se molestó. Ya se iba, cuando vio en una esquina de un viejo anaquel un letrero que decía:

– Textos y escritos para quienes aman… amar…

Caminó hasta allí y comenzó a detallar que cada cubículo tenía un título.

Uno le llamó la atención:

– Para quienes quieren amar, pero le temen al amor.

No había ningún libro ni hoja alguna. Solo un papelito en donde debían estar los libros que decía: “Habla conmigo”.

Después de leerlo, lo puso nuevamente donde estaba. Se giró buscando a alguien, pero no aparecía nadie. Se sintió molesta por unos segundos de que nadie apareciera. Y se fue.

Cuando salió supo que debía regresar allí de nuevo.

¡Y regresó!

Esta vez al cruzar la puerta y sonar las campanitas apareció un joven con una sonrisa que la conmovió de inmediato, pero fue su adulzada voz la que la estremeció:

– Yo sabía que ibas a volver, le dijo mirándola de manera intensa a sus ojos.

– No te imaginas cuanto llevo contando los segundos para tu regreso.

Ella se sorprendió con ese recibimiento, pero aún más cuando vio los ojos del joven que la recibía, Eran grandes, llenos de vida. Brillaban por momentos, pero a la vez dejaban vislumbrar una oscura tristeza, que contrastaba con su sonrisa.

– Y cómo que me esperabas si nadie me recibió, le dijo ella a manera de reclamo.

– Es verdad. Pero todos desde sus ventanas vieron tu brillo y me juraron que desde afuera se veía como si el Sol hubiese entrado aquí. Entonces, ¿quién no espera el regreso de alguien así?

Hacía muchos años que el corazón a esta bella joven no le golpeaba tan fuerte en el pecho. Por lo que se llevó su mano derecha al corazón.

– Te pasa algo, le preguntó el joven.

– ¡No! ¡Nada! ¡Nada! Pero me puedes decir dónde están los libres de aquel anaquel.

Y señaló con su dedo derecho índice el sitio que dice: “Para quienes quieren amar, pero le temen al amor”.

Bajó su mano rápido, al notar que su dedo temblaba. Rogó que él no lo hubiera notado.

Pero no fue así.

– Todos esos libros están en una salita especial. Allí te muestro todos los títulos que hay. Además, que me puedes contar tus decepciones de amor para indicarte cuál es el mejor para ti.

– Bueno vamos a esa sala, pero no acostumbro a contar nada.

Él la llevó a una pequeña sala llena de lámparas, floreros con rosas amarillas y muchos pétalos también amarillos regados por el suelo.

La sensación al pasar el umbral de la puerta era mágica. El corazón comenzó a latirle más fuerte. Su respiración era agitada y estaba ya segura de querer quedarse allí.

En una mesa estaban acomodados unos manuscritos con diferentes títulos, pero todos tenían como autor la palabra: ‘Anónimo’.

Ella preguntó el por qué todos eran de autor anónimo. A lo que él respondió:

– Es que el autor no quiere que nadie lo conozca ni sepan lo que tuvo que sufrir para escribir todas esas historias que son reales.

Había todo tipo de relatos de amor. Unos muy triste, otros llenos de alegrías y finales felices. Había también nostálgicos con finales terriblemente dolorosos.

La bella joven tomó uno que tenía por título: ‘Cuando el corazón me grita AMA’.

– ¿Cómo es el final de este? le preguntó mirándolo fijamente.

Él, también mirándola intensamente, le respondió con dulzura:

– Hay una regla, tienes que leerlo. No contamos nada de los finales.

Ella se quedó por un rato mirando el manuscrito, suspiró, y al final dijo:

– Voy a leer este.

– Entonces escoge donde sentarte y comienza a leerlo. Si no lo alcanzas a leer todo hoy, puedes regresar al día siguiente y las veces que quieras. Y le señaló donde sentarse.

La hermosa joven se retiró a un rinconcito a leer. Mientras que el joven se fue a viejo escritorio donde se sentó, tomó un lápiz y comenzó a escribir.

Cada cierto tiempo los dos se sorprendían de estar mirando uno al otro.

Los relatos terminaron embrujando a la apasionada lectora, que día a día se presentaba por las tardes a leer más historias de amor.

Ya casi los había leído todos por lo que preguntó:

– Cuándo tu anónimo autor traerá más historias.

– Precisamente me escribió una nota donde me dice que ya inició una nueva, pero que le ha costado mucho terminarla esta vez, ya que terminó muy triste en su última relación.

– ¿Puedo conocerlo? Preguntó la asidua lectora.

El joven quedó en silencio un largo rato.

– Tal vez algún día de estos, pero debo preguntarle primero.

Como ya casi se había leído todo, él decidió contarle historias de amor inéditas, que le había escuchado al ‘Anónimo Autor’, pero que aún no las había escrito.

Fueron largas tardes que se la pasó contándole relatos que la mantenían embrujada de amor.

Hasta que una tarde ella llegó y se sorprendió, nunca había visto tantas flores amarillas y tantas velas encendidas. En una mesa había dos copas y una botella de vino.

Habían acordado tomarse una botella de vino, pero terminaron disfrutando de tres botellas.

Ninguno de los dos supo en qué momento comenzaron todos esos apasionados besos que se daban. Ni cuando estaban los dos sin ropa sobre cientos de pétalos amarillos amándose con incendiada pasión, que nunca antes habían sentido. Así se lo reconocieron uno al otro.

Fue así que comenzó una apasionada relación de amor que los llenaba de felicidad.

Ella comenzó a exigir más y más amor. Era como si el amor que él le profesaba la llenara de más vida y alegría.

Él también quería recibir esa misma intensidad de amor por parte de ella, pero no era así. Sabía que ella lo amaba, pero no con el mismo frenesí que él tenía para amarla.

Esto le abrió la puerta al miedo.

No hay peor enemigo para el amor que el miedo.

El joven cuentista dejó de escribir y solo pensaba en lo peor que se podía venir con su relación.

Comenzó a fustigarse por haberse enamorado otra vez.

Ella le exigía escribir, pero él no sabía por qué le costaba tanto no hacerlo.

El miedo lo llevó hasta desconfiar de su talento. La inseguridad comenzó a rondar su corazón acompañado del desespero que agobiaba su mente.

Ya aquellos pensamientos llenos de sueños y esperanza lo abandonaron.

Todo era oscuro. Ya ni el sol, ni las estrellas ni la luna brillaban como antes para él.

Largas noches de vino, lágrimas y sufrimiento se hicieron presente en aquel estudio lleno de flores amarillas donde todo comenzó.

Una tarde ella llegó

Su mirada era cruel, dura, parecía que lo estuviera incinerando.

– Hasta aquí llego contigo. Toma tus llaves, porque ya no voy a regresar nunca más aquí.

Él se quedó en silencio, pero cuando vio que ya iba a salir le preguntó:

– ¿Quieres conocer todavía al ‘Anónimo Autor’ que incendió tu corazón con esas historias?

– Ya no me interesa, dijo con brusquedad.

– ¡Siempre te interesó! Porque lo besaste con pasión. Le regalaste todo tu cuerpo… ese ‘Anónimo Autor’, soy yo. Ahora ya te puedes ir, necesito llorar a solas.

La hermosa lectora abrió rápido la puerta y se fue. Su corazón le gritaba: ¡‘Regresa’! ¡Abrázalo! ¡No lo dejes!

Pero no lo escuchó.

Hay momentos en que el corazón es capturado por la razón, por la furia, por la terquedad, por la intolerancia. Es cuando uno de los más maravillosos sentimientos, el AMOR, es destruido por siempre.

***

La pequeña librería cerró por mucho tiempo. Del joven lo último que se supo fue que lo vieron en una vieja taberna hablando con un anciano, que pocas veces bajaba de una montaña donde vivía, pero que nadie sabía el lugar exacto.

Al anciano le atribuían poderes mágicos de sanación, pero nadie creía que los tuviera. Lo cierto es que vieron al joven salir con mucha prisa de la taberna. Al rato regresó con una mochila y una larga chaqueta para el frío.

No se supo más de él.

***

– Qué quieres ahogar con esa botella de vino para ti solo, le preguntó el anciano al joven que estaba sentado en una mesa al lado.

El joven sintió como se enterneció su corazón al escuchar la armoniosa voz del anciano que le habló.

– ¡Todo! Quiero ahogar todo, pero no ahogarme. Amo al amor, amo amar. Pero esta noche quiero ahogar al amor. Me ha hecho sufrir mucho, a lo mejor ni sé amar.

– ¿Cómo que no amas? ¿Por qué crees que estoy aquí? Las Estrellas, la Luna, el Universo, Dios, el Cosmos se han conmovido con tus lágrimas y ruegos.

El anciano calló por unos segundos y continuó:

– Me han enviado a ayudarte, a sanar tu corazón y a calmar tu mente. He venido a ser tu maestro. La pregunta es, ¿tú lo quieres?

– Si quiero que seas mi maestro, ya estoy listo. ¿Qué tengo que hacer?

– Tienes que creer en solo lo bello, maravilloso, hermoso, bondadoso de la vida. Debes de creer que Dios, el Universo, la Vida están de tu parte y quieren darte lo mejor de lo mejor. Llénate de fe. Solo tienes que creer, abrir tus brazos, abrir tus manos y abrir tu corazón. La magia divina y celestial, ¡existe! Ve por ropa, aquí te espero… ah, y allá hace frío.

***

Era una mágica cabaña, en medio de grandes árboles. Estaba construida en madera y desde el techo salía una inmensa chimenea. De día los rayos del sol se metían entre los árboles y lanzaban brillantes destellos que hacían que la cabaña brillara en medio de todo ese valle.

Por las noches eran tantas las estrellas que la oscuridad no existía. Y todo brillaba más con la luna, si era luna llena, era magia pura.

Después de unos días el anciano maestro le dijo a su joven alumno:

– Esta noche es la Luna Llena que estaba esperando. Esta noche vamos a hacer el ritual del fuego. Prepara tu corazón. No temas. Esta noche también nos vamos a despedir del miedo con amor y gratitud.

Toda la tarde sopló una brisa que hacía que las ramas y hojas de todos los árboles interpretaban como una especie de una bella melodía que apaciguaba el alma y el corazón, y silenciaba la mente.

Después se hizo un silencio absoluto y comenzó a caer una tenue llovizna, que demoró solo pocos minutos. Todo estaba ya limpio y puro.

El anciano se había desaparecido toda la tarde y apareció apenas cesó la llovizna. Ya comenzaba a oscurecer… iba a empezar la mágica noche.

– Ya pronto nos vamos, no olvides llevar papel y lápiz, dijo el maestro.

Llegaron a un valle donde había una inmensa fogata que apenas se estaba avivando.

– Siéntate. Vamos a llenarnos de Gratitud y a pedir al Universo, al Cosmos, a las Estrellas, a Dios, a la Luna… que nos escuchen y nos regalen lo mejor.

Se hizo una sentida plegaria.

– Ahora coge el papel y el lápiz. Escribe todo lo que quieras dejar ir, incluido ese amor que tanto te hace sufrir y por el cual te sientes apegado. Suelta todo, recuerda que la Vida, el Universo, Dios están de tu parte, son tus aliados divinos. Pero para tomar el control, tú primero tienes que soltar y dejar ir. Ellos te van a sorprender si sueltas todo. ¡Hazlo!    

Al anciano le hacía falta una recomendación.

– La hoguera va a llegar a un punto máximo de fuego y brillo que solo tú lo sabrás, por eso tienes que estar muy atento a ver el fuego. Cuando tu corazón te dé la señal tiras todo lo escrito al fuego. Espera el momento. No lo dejes pasar.

El joven cuentista comenzó a escribir y a escribir. Hasta que llegó a un punto en donde comenzó a llorar desconsolado.

El anciano se acercó, puso con cariño su mano sobre la cabeza del joven, y le susurró:

– Llora. Suelta. Sé por qué lloras así. Suéltala, déjala ir ahora. No olvides mirar la llama. No dejes pasar el momento por llorar. Llora, pero mira las llamas.

Sus ojos estaban tan llenos de lágrimas que no veía bien el fuego. El anciano lo notó por lo que le dijo con autoridad:

– ¡Levántate ya!

– Levanta los brazos. Abre tus manos. Abre tu corazón.

– Dilo duro: Abro mis manos y te suelto, Élise. Abro mi corazón y te dejo ir, Élise. Te dejo ir con mucho amor y gratitud. Ahora mira el fuego y escucha tu corazón.

El fuego era inmenso que parecía llegar al mismo cielo. El joven se agachó y recogió todas las hojas escritas y espero. De un momento a otro arrojó todos los papeles a la gigantesca hoguera. A penas se consumieron por el fuego este se apagó de inmediato.

Al ver esto, el joven escritor levantó su cabeza al cielo para ver el fulgor de las estrellas y la luna, volvió a levantar sus brazos y exclamó con gozo y alegría:

– Todo se quemó. Todo se soltó. Te dejé ir en paz y con amor.

FIN

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