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Un hombre armado de palabra

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En Colombia, por lo general, ha sido imposible que las personas que se enfrentan, y contradicen con sus ideas a los violentos, terminen sus días de muerte natural y, menos, cuando se tiene por enemigo y con¬tradictor a un grupo  de personas armadas hasta los dientes, como es el caso de la guerrilla. La situación empeora y llega al clímax de la desesperación cuando el que lucha se encuentra solo e ignorado por los demás, por causa del pánico que los arropa. Si alguien vivió durante más de 20 años luchando contra la subversión sin más armas que la razón y el lenguaje, ése es Rodrigo García Caicedo.

Este santandereano fue la voz que se alzó en un momento en que todos en Córdoba contemporizaban con la guerrilla. Ya se había llegado a extremos de aceptar vivir con el boleteo, la extorsión y el secuestro. Llegó la situación a niveles de aberración tales, que era normal ver a ganaderos prestarse para servir de intermediarios de la subversión a cambio de obtener rebajas en sus ‘cuotas’ mensuales; otros, se ofrecían para conseguirles nuevos ‘clientes’. Llegó a tal extremo el boleteo en Córdoba que en un momento fue una ‘distinción’ que a un comerciante, agricultor o ganadero, lo extorsionara la guerrilla: Era sinónimo de riqueza, de opulencia.

Los políticos no escaparon a esta ola de simpatía y, haciendo uso de una ‘lúcida ignorancia’, también contemporizaron y vivieron de la guerrilla. Los congresistas que tenían potencial electoral en zonas de influencia guerrillera hacían pactos con los jefes subversivos para que los dejaran entrar a hacer proselitismo. Rafael Kerguelén, alias ‘Marcos Jara’, líder guerrillero del reinsertado Ejército Popular de  Liberación, EPL, le contó a Rodrigo García que el ex congresista conservador Amaury García Burgos, quien fuera asesinado en 1993 por sicarios, llegó a ser el médico de cabecera del comandante subversivo y de su familia, a cambio de permisos para ingresar a la zona de influencia del EPL y hacer proselitismo.

La ciudadanía parecía impasible ante la agresión de la guerrilla. Ese comportamiento, hasta cierto punto, era normal, pues a los cordobeses nunca les había gustado la guerra, no por cobardía, sino por su idiosincrasia siempre pacífica. Nunca se involucraron en los grandes conflictos políticos del país. Tal vez pensaban que la guerrilla sería algo pa¬sajero. Pero cuando la subversión acabó por arruinar a  centenares de ganaderos, agricultores y comerciantes prefirieron abandonarlo todo e irse para las cabeceras municipales, dándose cuenta de que el problema no era sólo contra los ricos, sino contra toda la sociedad. Fue entonces cuando el conflicto pasó del estrato seis al tres. La clase media empezó a sentir la atronadora arremetida de la extorsión, el boleteo y el secuestro por parte de las FARC y el EPL. Entonces parecía que todo estaba perdido en Córdoba.

Para inicios de la década del ochenta, una voz que buscaba convocar un frente regional contra la guerrilla comenzó a oírse a diario por los medios de comunicación en el ámbito nacional. El responsable de esta quijotesca cruzada era Rodrigo García Caicedo, un sereno hombre, amante del campo, la ganadería y ferviente lector de historia y literatura, a quien todos sus amigos conocían como ‘Rogarca’.

El guardabosques

Este carismático líder y contradictor vehemente de la guerrilla es un conservador por convicción y por ideología, seguidor de las tesis del fallecido caudillo Laureano Gómez. Una foto del ex presidente Gómez adorna su ‘histórica’ biblioteca. Rodrigo García Caicedo nació el 9 de marzo de 1926 en Vélez, bajo la presidencia del conservador Pedro Nel Ospina, pero su adolescencia la vivió bajo los gobiernos de la llamada República Liberal. Era el penúltimo de cinco hermanos; había dos mujeres entre ellos.

En Vélez, su familia siempre se dedicó al cultivo del café. Este municipio, de mayoría liberal, era un hervidero debido a los enfrentamientos políticos que se daban entre los partidos tradicionales. Pero ello contrastaba con la tolerancia que se vivía en el hogar de los García Caicedo en donde su padre, Nicomedes García García, conservador, se dedicaba a atender su profesión de abogado la que combinó con la atención a sus cafetales. Su madre, Rosa Lucía Caicedo, liberal, atendía sus deberes de ama de casa. Los problemas de orden público de aquella época los obligaron a trasladarse a Sasaima, Cundinamarca, municipio donde se produce una de las mejores cosechas de café del país.

En Bogotá culmina sus estudios de bachillerato y pasa a la Academia Militar. Ya la violencia partidista estaba extendida por todo el país, lo que trajo un gran desplazamiento de gente del campo hacia las zonas urbanas. Los conservadores que estaban en un pueblo con mayoría liberal se mudaban a otro de ascendencia ‘goda’. Lo mismo hacían los liberales.

La intolerancia estaba invadiendo al pueblo colombiano, y ‘Rogarca’ la define como el sentimiento de inseguridad y miedo a las ideas que no son nuestras, contrario a la to-lerancia que es la sensación de seguridad. Casi ninguna ciudad del país se sustraía a esta epidemia que estaba   atacando el entendimiento, el corazón y el alma de los colombianos.

En 1944 terminaba el segundo gobierno de Alfonso López Pumarejo y también la llamada República Liberal. Oscuros enredos llevaron al mandatario a renunciar y asumió el fin del período el Designado, Alberto Lleras Camargo.

Con López Pumarejo se inició una gran ‘purga’ en el Ejército Nacional. Fueron retirados todos los oficiales y suboficiales de ascendencia conservadora; entre ellos cayó Rodrigo García.

En julio de 1944 un grupo de generales intentó un golpe de Estado contra López, que finalmente fue conjurado. El Presidente consideró inconveniente, para el futuro político del país, que los principales cuadros militares estuvieran ocupados por miembros de reconocidas familias conserva¬doras, razón por la que centenares de oficiales fueron         llamados a calificar servicios.

Para Rogarca y toda su familia vino una época muy difícil. La violencia política se había recrudecido y les tocó refugiarse “a donde van todos los perseguidos políticos del país: A los Llanos”. Allí, por las condiciones climáticas, cambiaron de oficio; entonces se dedicaron a cultivar arroz, pero les fue como a todos los que siembran en Colombia: mal.

Ante el oscuro panorama, se presentó a Avianca a pedir trabajo y terminó siendo despachador de la aerolínea. En los Llanos la aviación cumplía para aquella época un servicio fundamental. El avión aterrizaba donde le colocaban una sábana blanca. En la aeronave debía ir el despachador para liquidar fletes y pasajes.

Luego decidió que ese trabajo en las alturas lo estaba ‘elevando’ de sus verdaderos planes para el futuro. Pero antes de ‘aterrizar’ a la ciudad donde se radicaría por siempre, Montería, se probó como policía fiscal de aduana en Buenaventura, Cúcuta y Barranquilla.

Mientras trabajaba en el puerto del Pacífico, asesinaron a Jorge Eliécer Gaitán. Ese día, por una rara circunstancia, el muelle estaba lleno de estibadores y camioneros, los que al conocer la fatal noticia se fueron en estampida por las calles. Al enervarse los ánimos por el horrendo crimen decidieron regresar al terminal para incendiarlo y destruirlo, pero se encontraron con la sorpresa de que ya los uniformados de la Base Naval tenían el control del puerto. Regresaron al pueblo y saquearon todo el comercio. Al comandante del puesto de policía de Buenaventura lo asesinaron sus mismos compañeros, porque se había mostrado fiel al gobierno, mientras que sus subalternos no.

Pero el susto que pasó Rogarca en Buenaventura, unido a la vida en los terminales de carga, lo empujaron nuevamente hacia Bogotá. Ya para entonces Laureano Gómez estaba en la presidencia y pronto las cosas mejorarían labo¬ralmente para él. Allá buscó a un amigo, Rafael Pieschacón Sánchez, un abogado que trabajaba en el departamento de Recursos Naturales, dependencia adscrita al ministerio de Agricultura. Para ese momento se había decidido hacer un inventario en el ámbito nacional de todos los recursos naturales del país; se necesitaba gente capaz de medírsele a la aventura y a los riesgos que la tarea implicaba. Días después, Rodrigo García salía del ministerio con un contrato de trabajo entre sus manos.

Las zonas donde debía supervisar los trabajos de inventario y montar oficinas para el control de la explotación de la pesca y caza, la tala de bosques y las quemas eran en las regiones del Sinú y del Magdalena. Llegó a Montería por primera vez en diciembre de 1950. Se alojó en el hotel Central, situado en donde hoy funciona la clínica Central.

***

Para esa época, Córdoba pertenecía a Bolívar. Montería tenía solo 25 mil habitantes en la parte urbana; en la rural, 45 mil. Las calles eran de arena, no se conocía aún el pavimento; los servicios de agua y luz los prestaba una empresa llamada Agua, Hielo y Luz, sociedad integrada por el ingeniero Luis Lacharme, Abraham Pupo y Antonio Lacharme. El agua era apenas decantada, no era tratada; la luz llegaba por medio de una planta a las 6 de la tarde y se iba a la media noche.

La única gran construcción que existía era el Edificio Ker¬guelén, ubicado en la calle 34 con 1ª. Había un monumento a la bandera costeado por el doctor Ramírez Arjona, quien fue general, odontólogo y partero. La obra era una bella estructura ubicada por los lados del mercado en la Avenida Primera, frente al Hotel Panzenú, que años después fue demolido por un ‘genio’. Había muy pocas casas de mampostería y las que estaban eran propiedad de las personas más adineradas de la época. El arquitecto de moda era un señor de apellido Romero. En 1950 funcionaban el puerto fluvial y el mercado público, lo mismo que los teatros Variedades, Montería y Naín. La canoa del señor Zapa, era la única embarcación que cruzaba pasajeros en el río Sinú; el último viaje lo hacía después de la última función del teatro Variedades; 20 centavos costaba el cruce.

En alguno de los teatros de la ciudad se presentó Libertad Lamarque; también, el ‘tenor de las Américas’ Pedro Vargas, quien en una de sus biografías recuerda a Montería porque le tocó bañarse a la orilla del río, con una ‘totuma’, debido a que en el hotel no se responsabilizaban por el suministro del agua.

La gente vivía del comercio, la ganadería y la agricultura. Para entonces se inició lo que se conocería como la ‘fiebre del oro blanco’: todos querían sembrar algodón. Pero en 1951 llegó una terrible creciente que acabó con los cultivos y arruinó a la gran mayoría de los agricultores.

Vino una etapa de tecnificación y los pioneros fueron los Guerra Dixon y Manuel Antonio Buelvas. Les siguieron, varios años después, Alfonso Spath y Elías Milane.

Las principales obras de infraestructura vial se las deben los cordobeses al gobierno del dictador Rojas Pinilla. Fue él quien conectó a Montería con la Troncal de Occidente y construyó el puente sobre el río Sinú y otros más en las zonas rurales de Córdoba.

Aquí la violencia partidista no hizo los estragos que en otras ciudades del país. La clase dirigente conjuró los problemas entre liberales y conservadores y predominó la sensatez. Montería era una ciudad tan apacible que la mayoría de los residentes muchas veces dejaban los muebles en las puertas de sus casas, después de aprovechar ‘el fresco’ de la tarde y de la noche, luego de un día de intenso calor.

Hubo una guerrilla liberal arriba de Tierralta, pero como no sabían nadar no se atrevieron a pasar el caño de Betancí. En el gobierno de Rojas todos se entregaron.

***

Luego de trabajar cuatro años con el ministerio de Agricultura, Rogarca se retiró, pero se quedó en Montería. Tuvo un fugaz paso por la dirección de Tránsito de Córdoba.

Pero su amor por la literatura y la historia lo llevó a relacionarse con varios amigos, con quienes conformó un grupo de discusión que terminaba en inolvidables noches de tertulia. Ellos eran Alejandro Navas, Felipe Fuentes, Benjamín Puche Villadiego, Benjamín Rodríguez, Guillermo Valencia, Hernando Santos, Arístides Mendoza, Rafael Yances, Edilberto Kerguelén, Narciso Rodríguez Jiménez, Adolfo Hernández y el coronel Edgardo Burgos, entre otros. Todos con distintas profesiones, pero con una en común: las letras, la palabra y el trago. Fueron muchas las noches en que los descubrió el amanecer recitando poemas o dis¬cutiendo el tema de moda que más los apasionaba: el nadaísmo.

Eran los tiempos de gloria del periodismo cordobés. Todos los que querían dar a conocer sus ideas sacaban un periódico o una revista, por lo general eran semanales o mensuales. Se destacaban ‘El Comando’, de Eusebio Mendoza Castel; ‘El Heraldo de Córdoba’, de Miguel Escobar Méndez; ‘El Deber’, de Horacio Guzmán; ‘Noticias’, de Julio Nieto; ‘El Rebelde’ de Antonio Brunal y Roberto Yances; ‘Justicia’, del Tribunal Superior y estaba la revista de Santander Suárez Brango, ‘Ecos de Córdoba’ que Rafael Yances Pinedo llamaba ‘la sorpresiva’ porque de un momento a otro aparecía en circulación. Rodrigo García era corresponsal de El Colombiano y El Diario Gráfico; este último era el mismo El Siglo que había sido cerrado por Rojas Pinilla. Sus amigos eran también escritores en muchos medios de comunicación. Pero sus tertulias se vieron interrumpidas al decidir entrar en los avatares de la política.

Para 1952 el presidente Roberto Urdaneta Arbeláez nombró al agrónomo, Manuel Antonio Buelvas Cabrales, como primer gobernador del Departamento. Pero su mandato se vio interrumpido por el golpe de Estado del general Gustavo Rojas Pinilla. En su reemplazo fue nombrado Miguel García Sánchez como nuevo mandatario de los cordobeses.

García Sánchez era un respetado y acaudalado empresario de Cereté, que no tuvo hijos; se le recuerda mucho por excluir de su testamento a uno de sus sobrinos: Amaury García Burgos, quien fuera años más tarde representante, senador y ministro, y asesinado el 4 de marzo de 1993.

El nuevo gobernador nombró a Rodrigo García secretario de Tránsito Departamental, pero antes de tres meses ya estaba por fuera. Una ‘infracción’ lo sacó. La señora Iris Lora era una dama muy consentida por el Gobernador y por ello trató de hacer las veces de ‘ama y dueña’ de la dependencia de tránsito. El recién nombrado director sentó su autoridad como debía, pero en el Palacio de Naín consideraron que García había cometido una ‘infracción’ y le pidieron la renuncia. Allí confirmó que su vida en la política iba a ser muy corta y llena de tropiezos. A su decepción se sumaba la del destierro de su líder y jefe, Laureano Gómez.

No le quedó otra alternativa que aliarse con sus amigos, Carlos Ospina y Julio Badel, para montar la primera empresa repartidora de negocios en lo que a amparos de seguros se refiere; se llamó Agencia de Seguros Limitada.

También era hora de organizar su vida familiar y quién más para acompañarlo al altar que la primera mujer de quien se enamoró en Montería, Rosa Exbrayat, hija del educador e historiador Jaime Exbrayat y de Anita Lacharme Gómez, distinguida y respetada familia de Córdoba. La boda se celebró el 22 de febrero de 1952. Para esa época todas las orquestas que animaban los bailes sociales de Montería estaban en Barranquilla, en los carnavales; entonces le tocó contratar el grupo del maestro Cabezas, que no era la más elitista, pero al menos sabía animar la reunión.

Con la caída de Rojas Pinilla y la firma del Pacto de Benidorm y Sitges, entre Alberto Lleras Camargo y Laureano Gómez, nuevas oportunidades de vincularse a la política llegaron a la puerta de Rodrigo García.

Se crearon dos comisiones en Córdoba para recorrer el Departamento y restablecer una política de entendimiento y concordia. Por el Partido liberal fueron escogidos Edmundo López Gómez y Marcos Díaz Castillo (q.e.p.d.); por el Conservador, Rodrigo García Caicedo y Jaime Pareja (q.e.p.d.). Quedaron por fuera los ‘Ospinistas’, liderados por Mariano Ospina Pérez, a quien en esta región le decían orgullo¬sa¬mente ‘el zorro plateado’, no se sabe si por el color del pelo o por las mañas propias del animal con cuyo nombre lo apodaban. También quedaron por fuera de la ‘torta’ los llamados ‘Alzatistas’, seguidores de Gilberto Alzate Avendaño.

Su trabajo se vio retribuido al ser colocado como cabeza de lista del ‘Laureanismo’ para las elecciones a la Asamblea de Córdoba. Los tres siguientes renglones también salieron elegidos; ellos eran Jaime Pareja, Luis Felipe Doria y Abel Morales Pupo. Para ese entonces los diputados eran elegidos para un período de dos años, sesionaban tres meses por año y devengaban $500 por cada mes traba¬jado.

Entre los diputados estaban Horacio Guzmán, Humberto Burgos Llorente, Antonio Petro Doria, Carlos Cabrales Anaya, Roberto Yances Pinedo, Juan Quintero González, Jerónimo Padrón, Camilo Uribe, Miguel Lengua Puche, Jacinto Fernández y la señora Meyda Mesa de Palomo, entre otros. Ellos tuvieron la responsabilidad de crear el Código de Rentas, Fiscal y de Policía, el reformatorio para menores, entre muchas de sus atribuciones. Los que recuerdan esa época consideran que era un cuerpo legislativo de lujo.

El estilo de hacer política de Rogarca no gustaba a los clientelistas y caciques tradicionales; esto trajo como consecuencia que lo mantuvieran a prudente distancia, si-tuación que lo llevó a considerar su retiro. Pero a las siguientes elecciones el director del partido Conservador en Córdoba, Ramón Martínez Vallejo, le solicitó llenar el tercer renglón de una lista que había sido rechazada por todos aquellos a quienes se les había ofrecido con anterioridad. Rogarca aceptó y perdió, pero las elecciones fueron demandadas y ganó el pleito: no obstante, le dieron la credencial de diputado, cuando ya el período había terminado.

Decidió entonces postularse para concejal. Miguel Escobar Méndez no lo respaldó y él se lanzó en disidencia, encabezando una lista con segundo renglón para Manuel Antonio Buelvas; ambos salieron elegidos. Nuevamente en 1982 aspiró al Concejo y fue respaldado por la unión que se dio entre los ‘laureanistas’ y ‘burguistas’ en torno a Belisario Betancur, aspirante a la Presidencia de la República.

Para ese entonces, Alfonso de la Espriella Espinosa, gobernador de Córdoba, nombró como alcalde de Montería a Álvaro Espinosa, hasta el día de hoy considerado como el burgomaestre con más pantalones que haya pasado por la alcaldía… y eso que solo duró dos meses. Era tan jodido que lo llamaban ‘Mulo con bolas’. Este remoquete no se debía a que fuera maleducado o grosero, sino a las drásticas decisiones que tomó para depurar las viejas costumbres políticas y tratar de acabar con la corrupción, el clientelismo y los malos manejos de los dineros oficiales.

Espinosa tuvo la osadía de recortar la nómina de la alcaldía en 150 puestos e investigar los malos manejos en la Caja Municipal de Previsión y otras dependencias del Municipio. También quiso acabar con las ‘corbatas’, pues había niñas distinguidas de la sociedad que eran nombradas y sólo iban el día de la posesión y del pago. La depuración que inició el Alcalde ocasionó la furia de los caciques políticos de la región. Liberales y conservadores se unieron –siempre lo hacen cuando aparece un “peligro inminente”– en contra del nuevo mandatario: consideraban “atrevida e irresponsable” la acrisolada actitud del honesto funcionario.

El Gobernador fue llamado a ‘consultas’ y se le exigió que, en la mayor brevedad posible, le buscara una salida a la situación, ya que el alcalde podría acabar con las ‘sanas’ costumbres de hacer política, pues su comportamiento podría ser un “nocivo” ejemplo para los demás municipios, lo cual pondría en peligro la estabilidad política y la paz en todo el Departamento. Otros manifestaron que por nada se podía permitir un “brote de fiebre moralista”.

De la Espriella habló con su subalterno, que también era su primo, pero pasaron los días y el Alcalde nada que ‘afinaba’, por lo cual nuevamente lo llamó y le pidió la renuncia. Álvaro le contestó que no renunciaría y que prefería que lo botara. El Gobernador así lo hizo, lo despidió a los dos meses de nombrado. “Recuerdo –evoca Rodrigo García– que un líder político, luego de destituido Espinosa, dijo: ‘es que aquí la justicia marcha o se acaba’”.

Lo cierto fue que nunca hubo un auto de cabeza de proceso por todas las irregularidades que se denunciaron. La ciudadanía quedó impávida ante lo sucedido y por primera vez los monterianos estuvieron a las puertas de un verdadero cambio.

A finales de 1983 Rodrigo García desempeñó el que sería su último cargo público. Por una coyuntura política lo nombraron Secretario de Hacienda Departamental. Era gobernador Julio Zapateiro.

El senador Miguel Escobar Méndez había peleado con Zapateiro y sacó de Secretario de Hacienda al titular de entonces Dordy Verbel, que era cuota del mencionado congresista y del representante Ricardo Pretelt Torres; por tal razón le ofreció el cargo a García Caicedo. Este aceptó pero aclaró que no lo hacía en representación de ningún grupo político.

Pero no duró mucho en el cargo. Estaba próximo a vencerse el contrato con unas de las empresas licoreras y las fichas ya estaban puestas. El problema era él.

“Jorge Gánem Gómez era en ese momento el distribuidor y estaba también licitando para continuar con el contrato. Participaron otras empresas y personas. Entre las interesadas en ganarse la licitación estaba Donaldo Cabrales. Ya Zapateiro había colocado en la Secretaría General de la gobernación a Jaime Pineda Cabrales, cercano familiar del doctor Cabrales y de su señora esposa, que también me presionaban para que adjudicara el contrato a Cabrales”, narra García Caicedo.

Para solucionar el problema, Rodrigo García propuso crear una comisión integrada por un grupo de intachables personajes de Córdoba para que evaluaran las propuestas. También solicitó a la Oficina de Planeación un estudio de la rentabilidad de los licores, que se repartió entre los aspirantes, detalle éste que molestó a muchos de los interesados en adjudicarle la licitación a Donaldo Cabrales. La comisión fue rechazada por la Administración.

Estas discusiones llevaron a García Caicedo a expresar su posición. “Mi único patrimonio es el buen nombre y yo no lo voy a sacrificar por enriquecer a unos amigos que no tienen experiencia de comerciantes”.

La situación llegó a tal punto que el Gobernador no recibía en su despacho a su Secretario de Hacienda. Pero la insistencia de García tuvo sus frutos en Riohacha, Guajira, en donde se encontraban en función oficial. García Caicedo le tocó el tema pero el mandatario simplemente le dijo: “no tengo tiempo para hablar de eso ahora”.

El último y definitivo encuentro fue en uno de los despachos de la gobernación cuando Zapateiro estaba dialogando con el alcalde de Montería, Rodolfo Bechara. Luego de un cruce de palabras el mandatario departamental le dijo a García Caicedo: “no sabes lo que tienes entre manos”. La respuesta de García Caicedo no se hizo esperar y no estaba entre las normas de protocolo: “El que no sabe es usted indio…”. De inmediato salió y cerró de un portazo.

No regresó a su oficina, se fue a su casa. Desde allí llamó a su secretaria y le pidió que le enviara a su residencia una hoja en blanco membreteada; al poco tiempo estaba su renuncia irrevocable en el escritorio del Gobernador. Nunca más pisó las dependencias de la gobernación; bueno, en 1991 estuvo a punto de regresar, pero un perfecto ‘cho¬corazo’ le frustró el regreso como posible Gobernador de Córdoba.

Para Rodrigo García, que siempre ha sido un acérrimo seguidor del orden y la justicia, gran parte de los males del país nacen de una justicia politizada. “Todo esto sucede porque los jueces en Colombia están politizados, por lo tanto no pueden fallar en derecho. Por eso es difícil que se acabe la corrupción. Una justicia politizada le garantiza a los peculadores y prevaricadores absoluta impunidad. En Córdoba la justicia es manejada como los galleros manejan sus ‘cuerdas’ de gallos”.

A raíz de tantos sinsabores decidió retirarse de toda actividad política y liderar una osada causa que lo convertiría en una ‘amenaza’ para muchos, pero, para miles de cordobeses, en el único personaje que dio la cara en los momentos más oscuros de la violencia guerrillera en Córdoba. Se comió las verdes cuando eran demasiado amargas.

Ahora su enemigo tenía fusil y asesinaba a sangre fría, a diferencia de cuando estuvo en la función pública, en donde sus adversarios –los políticos– lo aislaron por no comulgar con las sépticas prácticas políticas que realizaban. En esta nueva cruzada lo abandonaron y se escondieron. Él se había convertido en un problema: el pueblo estaba tranquilo con la guerrilla y ahora Rogarca iba a atizar esa ‘plácida’ relación.

Del silencio a la guerra

El centralismo y la exclusión política fueron dos de las prácticas más nefastas que dejó el Frente Nacional, aunque este acuerdo facilitó la transición del país a la democracia. Córdoba sufrió de manera inclemente los dos males.

Córdoba solo existía estadística y electoralmente para el Gobierno nacional. A los congresistas de la región les era más rentable tener una población libre de toda mirada fiscalizadora que proviniera de Bogotá. El clientelismo se tomó el Departamento; el mejor y único empleador era el Estado.

“Ante un panorama desolador y desesperanzador, qué mejor momento para que llegara la guerrilla y empezara a apoderarse del territorio cordobés”, recuerda ‘Rogarca’.

Siempre ha sostenido que el clientelismo es incompatible con el desarrollo, porque de la mano de este último vienen la educación y el progreso, junto con más oportunidades de crecimiento productivo. Por eso a los políticos nada que tuviera que ver con transformación les gustaba. El    Departamento era el paraíso para la politiquería y para la guerrilla.

Fue así como en Córdoba nació el Ejercito Popular de Liberación, EPL, y comenzó a operar uno de los frentes más temidos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, FARC, el V frente. Le fue tan bien a este último en el Sinú y Urabá que se desdoblaron y fundaron otro, no menos terrorífico, que fue el frente XVIII.

Estos grupos, junto con sus milicianos, auxiliadores y es¬tafetas fueron los responsables de la ruina, destrucción y asesinato de centenares de comerciantes, agricultores y ganaderos de Antioquia y Córdoba.

Durante el gobierno del presidente Belisario Betancur (1982-1986) se crearon las famosas Mesas de Diálogo, que           aprovecharon muchos guerrilleros para obtener salvocon-ductos y transitar por todo el territorio nacional para exponer, aparentemente, sus ideas de paz. La realidad fue otra: tales encuentros sólo sirvieron para que las guerrillas “censaran” a sus futuras víctimas y “oficializaran” la extorsión, el boleteo y el secuestro.

Cuenta Rogarca que eran famosas lo que él llamó las “filas de la vergüenza”. Consistían en largas colas en las que hacían lobby, en el Hotel Sinú, reconocidos comerciantes, agricultores y ganaderos, para esperar a que Óscar William Calvo, cabecilla del EPL y con salvoconducto del Gobierno para integrar las Mesas de Paz, los recibiera en la suite donde se hospedaba, luego de desembarcar en el aeropuerto de ‘Los Garzones’ de la avioneta ‘expreso’ en que se desplazaba por todo el territorio nacional.

“La clase política –agrega– no se daba por aludida con respecto al fenómeno de la guerrilla en Córdoba. En una ocasión el difunto Libardo López Gómez ofreció un agasajo, en Cereté, a su hermano Edmundo, que había regresado de embajador en Rusia; el ‘gancho’ para el ágape era la presencia del guerrillero Calvo”.

No fue sólo el Gobierno quien repartió salvoconductos. Lo propio hicieron los miembros de la subversión con varias de sus víctimas para que pudieran regresar a sus tierras.

A una reunión de estas mesas, realizada en el auditorio de la Cámara de Comercio de Montería, que fue presidida        por el entonces senador Germán Bula Hoyos, y por Óscar William Calvo, asistieron varios cordobeses atropellados por la subversión. Pero la mayoría de los presentes se dedicó a escuchar lo planteado. Sólo tres personas intervinieron. Una de ellas fue José Miguel Matera Porras, propietario de la finca ‘Mundo Nuevo’, ubicada al sur del Departamento; preguntó a Calvo que si la sentencia de muerte que recaía sobre él había sido revocada por el EPL, para volver a su propiedad. Se hizo un desesperante silencio; el vocero de la guerrilla contestó con una sonrisa en los labios, como si estuviera pidiendo un café: “Nosotros hablamos, no se preocupe”.

Y la preocupación se le quitó a Matera Porras, pero después de desembolsarle a Óscar William Calvo 150 millones de pesos para poder volver a su hacienda.

Llegó un momento en Córdoba, en especial en Montería,     en el que estar ‘boleteado’ por la guerrilla era sinónimo de importancia. Otros alardeaban de sus amistades con los comandantes guerrilleros…, con sus verdugos.

Una noche de 1985, Óscar William Calvo cayó asesinado frente a la droguería Electra, en la calle 43A con cra 13, en Bogotá. Ningún movimiento se reivindicó la acción, pero muchos estudiantes de universidades públicas se lo atribuyeron “a las balas asesinas del Estado”. Sin importar quién hubiese sido el autor, a Rodrigo García no lo incomodó en nada el hecho, más bien lo llevó a corroborar que aquel adagio que reza: “Quien a hierro mata a hierro muere”, se cumple.

***

Al igual que cientos de ganaderos de Colombia, los de Córdoba tampoco podían soportar las prácticas de la guerrilla: el secuestro y la extorsión. Rodrigo García era quien encabezaba la resistencia contra los ataques de la subversión, pero una voz no era suficiente; había que pelear rodeado de otros afectados que estuvieran dispuestos a luchar; fue así como llegó en 1988 a la Federación de Ganaderos. Iniciaron su cruzada enviando cartas al Presidente, a los ministros de Defensa, Gobierno y Agricultura, y hasta a la ONU, en donde solicitaban lo que siempre han pedido los colombianos de bien: la protección del Estado. Pero estos clamores jamás fueron respondidos.

La tragedia de Urabá

Si había una zona que sabía por lo que estaban pasando los ciudadanos de Córdoba eran los moradores del Urabá antioqueño; allí estaban los fortines de las FARC y del EPL. Los sindicatos de las bananeras fueron infiltrados por la subversión; cada grupo tenía el suyo.

En San Pedro de Urabá estaba el mejor pie de cría de ganado de Colombia; entre 1982 y 1992 se comercializaba un promedio de mil terneros semanales. El Fondo Ganadero de Antioquia tuvo en esa región más de 34 mil cabezas de ganado; hoy no tiene casi nada. Había diez ganaderos que sumaban como 30 mil reses más “a partir crías”; esto es, que entregaban una novilla de un año y medio a un depositario, a quien le pagaban seis meses de pasto. A los seis meses más, le entregaban un toro para la reproducción; a partir de allí no se pagaba más pasto, sino que se esperaba hasta la producción de crías, proceso de dos años aproximadamente, en donde el depositario no recibía un peso. Ya cuando la cría estaba en condiciones de ser comercializada llegaba el dueño a la repartición que era 50 y 50.

Era tal la financiación de los frentes de las FARC y el EPL que operaban en Urabá y Córdoba, que su producido alcanzaba para subsidiar a nuevos grupos que operaban en el resto del país.

Las operaciones militares del EPL en Urabá no pasaban de hostigamientos y simples escaramuzas con las Fuerzas Militares, pero en 1985, en la vereda de San Vicente del Congo, Necoclí, una patrulla de la policía fue emboscada y les quitaron 22 fusiles galil. En 1987 activaron una bomba tipo Claimord al paso de un convoy militar y asesinaron a 24 soldados. Meses después se tomaron el aeropuerto de Necoclí. Pero fue en agosto de 1988 cuando comenzaron a darle los más contundentes golpes al Ejército, como lo fue la toma de Saiza, en el Alto Sinú, en los límites de Antioquia; allí se unieron a los frentes 5 y 18 de las FARC, destruyeron el pueblo y asesinaron a 22 personas entre civiles, militares y policías. Por su parte, las FARC tuvieron 24 bajas, y el EPL, 9. Luego, en la población de Peque, Antioquia, otra patrulla de la policía fue emboscada y murieron 9 unifor¬mados. En el cerro ‘Solo Dios’, en Córdoba, 17 soldados murieron en una incursión del EPL que contó con el derribamiento de un helicóptero. Todos estos golpes, no sólo mermaban la moral de las tropas regulares del Estado, sino que llenaban de desesperanza y temor a la población civil que veía que la guerrilla iba asestándoles duros golpes a los militares.

Todo lo anterior unido al boleteo, la extorsión y el secuestro acabó con toda la ganadería de Urabá. Muchos ganaderos vendieron sus mejores crías para pagar los secuestros.

Aquí otra vez el abandono del Estado obligó a los comerciantes, bananeros, ganaderos y campesinos a confiar su seguridad a grupos particulares. Eran famosas las rondas nocturnas que hacían ‘Los Rurales’, que eran un grupo de personas de la región que patrullaban a caballo las fincas, enfrentando a guerrilleros, cuatreros y maleantes.

También era la época de un grupo de hombres armados que se hacían llamar ‘Los Tangueros’, temidos en toda la región por su agresividad para enfrentar a la guerrilla. Salían en las noches de luna llena a realizar incursiones a los campamentos de la subversión. Golpeaban en tres o cuatro partes distintas la misma noche, estrategia que hizo creer a sus enemigos que eran muchos. Los ‘Tangueros’ estaban al mando del enemigo más temido de la guerrilla: Fidel Castaño.

Este enemigo se hacía más implacable a medida que la subversión le iba asesinando a sus colaboradores o amigos, como fue el caso de Humberto Quijano, respetado ciudadano y excelso criador de ganado, que era administrador de ‘Las Tangas’. Quijano vivía en la ‘Torre Garcés’, en Montería. Muchos ganaderos hicieron negocios con él; era común verlo en los sitios donde se sientan y departen todos los ganaderos y comisionistas de esta capital.

Un día de 1989, Quijano iba acompañado de su amigo Lito Lopera a recibir un ganado a la zona rural de Turbo, que era considerada como fortín de la subversión. Al pasar por el municipio, un hombre que tenía como fachada un negocio, pero cuyo verdadero trabajo era el de ‘campanero’, sacó de detrás de un estante una radio de onda corta y avisó que acababa de pasar un carro con una gente de Fidel. Los comandantes ‘Beto’ y ‘Gavilán’, del EPL, que acababan de regresar de la finca ‘Tanela’ en el Chocó, recibieron el mensaje y ordenaron a sus hombres que le salieran al encuentro. Para desgracia de los ocupantes un campero cruzó por el retén y no obedeció la orden de pare, por lo cual fue impactado con varios tiros. Murieron unos funcionarios del ICA y otros quedaron heridos. Creían que se trataba de Quijano.

Pero en el sitio conocido como Las Cañas, en jurisdicción de El Limón, municipio de Turbo, fue detenido el carro de Quijano. Allí bajaron a los dos ocupantes del vehículo. Quijano pidió que lo dejaran ir a orinar y cuando lo estaba haciendo salió a correr, pero se torció un tobillo y fue capturado nuevamente. Un grupo de líderes guerrilleros los comenzaron a interrogar, fueron cruelmente torturados y luego asesinados. Cerca a la vereda Tulapa fueron enterrados. Semanas después, un comando a órdenes de Fidel recuperó sus restos mortales y los trasladó a un cementerio para darles     respetuosa sepultura.

Fidel, al enterarse de la captura de su administrador, ofreció a los captores una recompensa si los devolvían, “pero era demasiado tarde: ya se habían ido de cajón”, recuerda un testigo. Pero la cuestión no quedó así.

Semanas después, muy cerca del sitio del retén en donde fue asesinado Quijano, en la localidad de Pueblo Bello, cuatro camiones que venían del Chocó con 42 reses fueron detenidos por la columna ‘Bernardo Franco’ del EPL, al mando de ‘Beto’; allí junto con los auxiliadores bajaron el ganado y se lo llevaron para sus campamentos y fincas. Estas acciones fueron respondidas por Fidel y sus ‘Tangueros’. Se inició una agresiva persecución contra guerrilleros, mili¬cianos, auxiliadores y estafetas. También se inició un bloqueo de suministros en todo Urabá y Córdoba contra los subversivos.

Los habitantes de Pueblo Bello aún recuerdan el costo que tuvieron que pagar por su participación u omisión en el robo del ganado y por permitir que la guerrilla del EPL operara en su territorio: 42 personas desaparecieron.

Se inició una confrontación entre estos dos actores que poco le importó al gobierno central; parecía que mientras la guerra fuera lejos de la capital del país no había que preocuparse.

Pero la arremetida militar que se inició a finales de 1988 y principios de 1989, más por presión de ganaderos, agri¬cultores y comerciantes, comenzó a dar resultados con la apertura de los diálogos de paz, entre el EPL y el Gobierno del presidente César Gaviria en 1990. Los acuerdos se firmaron en marzo de 1991.

La paz que se vio empañada cuando las FARC comenzaron a copar los territorios dejados por el EPL y por las guerras internas entre los reinsertados. Las disidencias de este grupo quedaron al mando de ‘Francisco Caraballo’, situación que también obligó a Fidel Castaño a rearmarse nuevamente.

El Estado no hizo nada por tomar el control de esas zonas. Ello obligó a Fidel Castaño a retomar sus armas y volver a la guerra. “Aquí una vez más se mostró en plena capacidad la ineptitud de los gobiernos nacionales y la incapacidad del Ejército colombiano, ocasionando que las personas pacíficas de Córdoba y Urabá permitieran que la responsabilidad de defenderlas recayera en un grupo por fuera de la ley”, sentenció García.

Para 1993 todos los grupos se convirtieron en Autode¬fensas, a los cuales equivocadamente comenzaron a llamar paramilitares o ‘paras’. Desde allí nuevamente comienza la guerra entre estos dos actores del conflicto, que aún continúa.

***

Para finales de 1991 comenzaron los enfrentamientos entre las FARC y los reinsertados del EPL. Hubo orden del secretariado de asesinar a todos los ‘esperanzados’, que así se hacían llamar por estar agrupados en el movimiento político Esperanza, Paz y Libertad.

Un grupo de milicianos que no se desmovilizó se volvió ‘Caraballista’ y comenzó a atacar a los esperanzados, que conformaron unos grupos llamados Comandos de Resistencia Popular, los que luego pasaron a ser los Comandos Populares, brazo armado de los reinsertados. Y comenzó la guerra. Los frentes ‘Bernardo Franco’ y ‘Pedro León Arboleda’ se reagruparon y quedaron a órdenes de ‘Caraballo’, que en 1994 fue capturado, y recluido en la cárcel de máxima seguridad de Itagüí, Antioquia. Pero esa situación no fue impedimento para hacer programas radiales (radio de onda corta) orientados a organizar sus frentes guerrilleros.

Las Autodefensas diseñaron un plan para recuperar el Urabá y lo iniciaron por Turbo y San Pedro.

Cuentan que en el bar ‘La Tamaití’, en San Pedro de Urabá se ubicaban muchos de los estafetas y auxiliadores de la guerrilla; como era complicado llegar a ‘fuego limpio’ al grill se decidió sonsacarlos con un trabajo. Un día llegó un sujeto apodado ‘El Flaco’ que comenzó a gritar: “pago a 5 mil pesos día de trabajo en la hacienda bananera ‘La Negra’”. Un día de trabajo normalmente se cancelaba a 900 pesos; decenas de personas se pararon del bar y se empezaron a montar al vehículo. Cuando había ya un número considerable ‘El Flaco’ dijo que con esos era suficiente. Una señora que coincidencialmente pasaba en ese instante por el sitio reconoció a los “empleadores” y comenzó a vociferar “bájense, bájense que son los tangueros”. De inmediato se armó una estampida: los pasajeros se lanzaban desde el camión a la calle y los clientes del bar casi terminan destruyéndolo. ‘El Flaco’ al ver que se le dañó la ‘vuelta’ montó en su campero Suzuky y se fue. Ese día decenas de auxiliadores de la guerrilla se salvaron de la muerte casi por puro milagro; la señora que los alertó, desgraciadamente, no.

Meses después las FARC perpetraron en la hacienda La Negra una de las más crueles masacres de que se tenga noticia en la historia de Urabá.

También recuerdan testigos de aquella época, pero con más satisfacción que tristeza, la muerte de los guerrilleros que asesinaron y llevaron a la ruina a cientos de personas en Urabá, como fue el caso de la muerte del temible subversivo apodado ‘El Miura’ a quien las personas de la región le atribuían poderes sobrenaturales. Decían que los ojos y dientes le alumbraban. Tenía una mancha roja debajo de los ojos y nadie le podía aguantar la mirada. Reconocidos comandantes reinsertados del EPL, como ‘Sarley’, ‘El Negro Ricardo’ y ‘El Cura’ le temían. Pero dos personas se ofrecieron para ir hasta San José de Mulatos, Antioquia, a acabar con él. Luego de hablar de una extorsión se pusieron a beber aguardiente; cuando estaban enervados por el licor le dispararon. Pero, ‘El Miura’, antes de morir asesinó a sus ejecutores. Un tercero que fue a verificar el trabajo también cayó de un último tiro disparado por ‘El Miura’. Personas de Arboletes, Apartadó, Turbo, San Pedro, Montería viajaron hasta Urabá para cerciorarse por sus propios ojos de que verdaderamente ‘El Miura’ estaba muerto. La romería terminó en un gran festejo popular.

Igualmente celebraron las muertes de ‘El Gusano’ y ‘Chilín’, dos guerrilleros que sembraron el terror en Urabá. El primero vivía en Sahagún, Córdoba; un comando lo capturó y cuando lo transportaban para San Pedro se accidentaron y tuvieron que ajusticiarlo; la idea era llevarlo vivo hasta San Pedro y ahorcarlo en la plaza principal del pueblo. El otro fue muerto en un bar en la calle Principal del barrio La Granja, en Montería.

La muerte de varios oficiales del Ejército también fue el detonante para una nueva arremetida de las Fuerzas Militares contra la guerrilla que operaba en Urabá.

En enero de 1993 un grupo de guerrilleros disidentes del EPL era perseguido por unidades del Ejército en las selvas de la vereda El Dos, en jurisdicción de Turbo; la acción de los militares los obligó a subir hasta el filo de unos cerros de la zona; eran como 60 guerrilleros. Ya los uniformados les habían cogido la frecuencia por donde se estaban comunicando los subversivos. Los combates se habían iniciado a la 2 de la tarde, pero se suspendieron en la noche.

A las 5 de la mañana los guerrilleros se percataron de que los soldados venían subiendo; por la radio se escuchó cuando el líder de los subversivos les dijo a sus hombres que se fueran de ahí. El comandante de la unidad militar tomó la radio y le dijo: “Viejo hijueputa ¿no es que es muy bravo?, ¿por qué no se para a pelear?”. El otro contestó: “Quieren pelear, entonces vamos a pelear”.

Un grupo de subversivos al mando de ‘Rodrigo’, que murió meses después en un combate frente a las Autodefensas al mando de ‘Santander Lozada’, comenzó el enfrentamiento contra las tropas del Ejército, en el sitio Coiba, nombre como se conoce el filo del cerro, muy cerca de la vereda El Dos. Eran las 6 de la mañana.

Hacia las 9 la guerrilla llevaba tres muertos y varios heridos. La fría mañana contrastaba con el fragor del combate; la nubosidad se confundía con la nube de humo que se levantaba luego del estallido de las granadas y de los morteros de 60 milímetros. El olor matinal del campo se había cambiado por el de pólvora y sangre. “No hay nada que dé más moral que escuchar los alaridos del enemigo cuando le damos con el plomo o con una granada, no hay nada que emocione más que escucharlos aullar por las radios pidiendo auxilio”, relata un veterano combatiente.

Ya no había regreso. A pesar de las bajas los subversivos seguían combatiendo. Los militares pensaban que sólo eran pocos guerrilleros, pero cuando vieron que un grupo los atacaba por otro flanco se percataron de que necesitaban refuerzos. El oficial les dijo por la radio: “les vamos a meter el grillo”. Le contestaron: “Métalo para tumbárselo”. Y así sucedió.

Como a las dos de la tarde un helicóptero se hizo presente en la zona de combate, pasó a gran altura por todo el centro del filo en donde se desarrollaban los enfrentamientos. Ya el comandante guerrillero había ubicado en una parte del cerro a cinco de sus hombres que estaban armados de dos galil, 2 AK 47 y un fal; les había ordenado que esperaran hasta que el piloto se tomara confianza y bajara.

El helicóptero comenzó a ametrallar la zona en donde estaba el grueso de la columna guerrillera; cuando entró nuevamente se escuchó por la radio un grito que decía: “ahora, ahora, ahora muchachos”. Cinco fusiles apuntaron sus trompetillas hacia el aparato y comenzaron a disparar con desesperación; de pronto el helicóptero empezó a fallar; a los pocos segundos explotó partiéndose en dos y se vino a tierra. Murieron 9 uniformados, entre los que se encontraban el comandante de la Policía de Urabá, el comandante de la Base Naval de Turbo y el capitán Walter Frattini Lobacio.

Frattini era muy apreciado, querido y respetado por la población civil de Córdoba y de Urabá por el apoyo que le prestó; además, le reconocían su aguerrida vocación para el combate. Este militar fue quien a inicios de 1992 reunía en Montería a comerciantes, ganaderos, agricultores y demás líderes de la región, para exhortarlos a enfrentar a la guerrilla. Sus discursos estremecían a los asistentes, quienes al final se comprometían a colaborar con el Ejército y a luchar contra la subversión. Su muerte, junto con las de los otros oficiales y soldados, desató una persecución contra la disidencia del EPL, que los llevó a entregarse.

El primer grupo, el ‘Pedro León Árboleda’, se entregó a Carlos Castaño en julio de 1996; el 2 de octubre de 1996 lo hizo el frente ‘Manuel Elkin González’ y 26 subversivos del frente 58 de las FARC; y el 21 de octubre del mismo año depusieron las armas 119 guerrilleros de la columna ‘Bernardo Franco’; estos lo hicieron ante el Ejército de Colombia en un hecho sin precedentes.

Córdoba en el umbral del infierno

Por su parte, en Córdoba, Rodrigo García seguía su lucha verbal contra la guerrilla y el Estado. “El criterio del Gobierno era que mientras el ganado que se robara la guerrilla no saliera del país no habría hambre ni faltaría leche”.

Después, a mediados de los ochenta la extorsión y el boleteo se hicieron insoportables. La guerrilla ya no estaba en la zona boscosa de Córdoba sino en las llanuras y valles, y hasta en las calles de Montería. Rodrigo García decidió junto con el doctor Miguel Villamil Muñoz, presidente de FEGACOR, enviarle una carta al presidente Virgilio Barco Vargas, en donde le planteaban los problemas y le exigían seguridad por parte del Estado.

Para que la carta tuviera más peso decidieron recoger una serie de firmas de ganaderos, agricultores, comerciantes y prestantes personalidades de la región. En esos días de febrero se habían iniciado las fiestas de corralejas en Cereté; entonces decidieron ir hasta la casa del ganadero que daba los toros esa tarde. Se acostumbra en estas fiestas que el dueño de la ganadería ofrezca un agasajo a sus amigos y colegas el día de la corraleja, antes de salir para la plaza. Qué mejor momento para encontrar reunidos a los ganaderos y recoger allí las firmas para la carta al presidente Barco. Pero García Caicedo y Villamil Muñoz se llevaron una profunda decepción. El único que firmó fue Mauricio Barguil Flórez; los demás consideraron que ese no era problema de ellos. La carta se fue sólo con tres firmas.

Ya en octubre de 1987 el Ejército Nacional había inaugurado con mucha fanfarria su nueva Brigada, la Décimo-primera, con sede en Montería. Pero la realidad era otra: el cambio había sido de nombre porque seguía funcionando el Batallón Junín, con sus cuatro compañías.

Al año siguiente se trató de buscar la manera de que la unidad fuera una verdadera Brigada. Pero se necesitaba de la activa participación de todos los ciudadanos. Fue así como dos oficiales, el mayor Velásquez y el capitán Carlos Alberto Fracica (hoy comanda la Fuerza de Despliegue Rápido, FUDRA) se dedicaron a buscar el apoyo de la comunidad mientras llegaba el coronel que se haría cargo de la BR-11. Para ese entonces la gente le huía a la policía y a los militares. Además, el servicio de inteligencia de la guerrilla era muy eficiente en la ciudad y en los pueblos de su influencia.

A los pocos días de iniciada la labor social de los oficiales llegó a Montería el primer comandante de la Brigada, el coronel Alvaro Daniel Medina. El militar se enteró de que el único ciudadano que estaba dispuesto a dar la cara era un santandereano, de esos chapados a la antigua, radicado desde hacía muchos años en la región y llamado Rodrigo García Caicedo. El coronel decidió llamarlo por teléfono para anunciarle que quería ir hasta su residencia a visitarlo; luego de saludarlo y manifestarle el motivo de la llamada le preguntó si no tendría problemas por ir uniformado; el oficial se arrepintió de haber hecho la consulta. Con la respuesta que recibió supo a quién se iba a enfrentar: “Si viene sin uniforme no lo recibo”.

Días después se reunieron en el casino de Oficiales de la Brigada XI una gran cantidad de ganaderos, comerciantes y agricultores; nunca antes se había dado una asistencia como aquella en Córdoba. El miedo tiene a veces la virtud de la convocatoria. Allí muchos de los presentes se decidieron a hablar de la situación que los agobiaba. Otros, reconocieron que ya no podían pagar más extorsiones. Para ese entonces la guerrilla había incendiado fincas, degollado o “ajusticiado” a varios administradores y vaqueros, fusilado centenares de cabezas de ganado. Nadie olvida las más de 100 reses de ‘elite’ que una columna de subversivos fusiló en la finca de Arturo Vega. O el caballo que le castraron a Bernardo Vega que había traído de España como padrote. También se habían incrementado el robo de ganado y los secuestros. Todos los ganaderos quedaron atónitos cuando de la hacienda ‘Rusia’, ubicada en Valencia, Córdoba, varios guerrilleros se llevaron a Oscar Hadad; de allí siguió una pavorosa oleada de secuestros que tocó todos los cimientos de la sociedad cordobesa.

El coronel Medina tomó la palabra y, luego de un corto discurso, concluyó con un lacónico mensaje: “Se los van a llevar a todos y cuando no tengan con qué pagar los van a matar”… y así les sucedió a muchos.

Pero la sensación de sentirse respaldados unos a otros y también por las Fuerzas Militares enervó sus ánimos de lucha y decidieron revivir a GANACOR, que era un gremio que aglutinaba a ganaderos de Córdoba, pero que atravesaba por una difícil situación económica.

También para ese entonces funcionaba la Federación de Ganaderos de Córdoba, FEGACOR, pero su situación económica también era lamentable, y se había agravado aún más cuando en 1982 estalló una bomba en su sede de la calle 24 con avenida primera, siendo presidente de la entidad Miguel Villamil Muñoz.

GANACOR eligió a Rodrigo García como su presidente. “Siempre he creído que las empresas unipersonales son fatales, acepté porque vi que muchos ganaderos me apoyarían en la labor que iniciaríamos”. De la Junta hacían parte también William Salleg Sofán, Sergio Ochoa Restrepo, Bernardo Vega Sánchez y Edgardo Burgos, entre otros. Desde este escenario comenzó la resistencia.

Fueron los medios de comunicación de cobertura nacional los que empezaron a reproducir las denuncias sobre violaciones de la guerrilla en toda la región de Córdoba y Urabá. Pero lo hacían más con el ánimo del escándalo que con el de informar y generar una conciencia de solidaridad con la población afectada. Además, era increíble para los pe¬riodistas toparse con una fuente que hablara con tanta propiedad y claridad. Mientras que Rodrigo García hacía sus pronunciamientos con el ánimo de despertar al país, los comunicadores se deleitaban con semejante “chiva” noticiosa.

Muy a pesar de las buenas intenciones del coronel Medina y sus colaboradores, los resultados contra la guerrilla estaban lejos de verse. Resultó que la Décimo-primera Brigada era solo nombre; operaba con dos batallones, uno era de contraguerrillas. Había muchos oficiales pero pocos sol¬dados.

Para 1988 el general Óscar Botero, ministro de Defensa, organizó una reunión con los ganaderos de la Costa Atlántica y los de Antioquia, en Bogotá. Allí los antioqueños le preguntaron al general Botero qué pasaba en Córdoba. “Allá hay una Brigada y todo está peor”, sentenciaron. Rodrigo García que se encontraba sentado al lado del general Jesús Armando Arias Cabrales le dijo al Ministro: “Usted sólo mandó los oficiales que necesita una Brigada, pero olvidaron enviar a los soldados, han llenado a la ciudad de vallas y no de tropas y la guerrilla sabe esto, señor general”.

El ministro de Gobierno Carlos Lemos Simonds, quien asistió al encuentro de los ganaderos con los militares, les dijo a los cordobeses que ellos no se quejaban, pero estos manifestaron que estaban cansados de enviar cartas. La posición del funcionario cambió cuando en el archivo del ministerio aparecieron cinco mensajes donde se expresaba la desesperante situación de Córdoba. “No sabía que fuese tan grave y creo que el Presidente tampoco”, atinó a decir Lemos Simonds.

Para la época se estaban conformando dos Brigadas Móviles. El ministro se comprometió a que la primera unidad Móvil del Ejército iría a Córdoba… y así fue. Llegó tiempo después del asesinato del coronel Díaz.

Asesinato del coronel Díaz

Una tarde de 1988 el coronel Díaz se desplazaba en un campero Nissan, junto con su conductor y un sargento hacia Tierralta. El oficial era un aguerrido militar, al que se consideraba todo un ‘tropero’, calificativo con el que se conoce a los militares a quienes les gusta combatir, pelear con la guerrilla. Lo que no sabía el bravo militar era que desde hacía varias semanas el EPL y las FARC se habían unido para tomarse al municipio de Tierralta… y precisamente ese era el día del ataque. El uniformado coincidencialmente estuvo en el sitio y en el momento equivocado.

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La carretera a Tierralta comienza en un sitio llamado ‘El Quince’; por lo general, siempre está pavimentado unos metros más para que los que sigan hacia Planeta Rica o Medellín crean que está totalmente pavimentada. Esta vía ha sido asfaltada, virtualmente, en varias oportunidades; son muchos los contratistas y hasta funcionarios públicos que se han enriquecido a costa de ella. Pero el polvo que se levanta con el paso de los vehículos no impide ver las mejores tierras para ganado, pasto y cultivos propios del clima que se dan en esta zona del país. Pero así son las con¬tradicciones de la vida: en las zonas más productivas de Córdoba era donde más se sentía el rigor de la violencia guerrillera. “Desde que se doblaba a la derecha en ‘El Quince’ no se sabía si íbamos a ser secuestrados, boleteados o regresaríamos en un cajón”, recuerda Rodrigo García. Así lo había aprendido el coronel Luis Díaz de boca de los cordobeses, al poco tiempo de llegar. Por eso tenía una avanzada en el Puente de Betancí.

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El plan de la guerrilla consistía en sitiar a Tierralta, acabar con el Puesto de Policía, asaltar la Caja Agraria y esperar a que llegaran los refuerzos del Ejército para emboscarlos. A un grupo del EPL, más de 200 hombres, le correspondió esta última tarea. Los subversivos se ubicaron estratégi¬camente en un sitio que se conoce como ‘La Apartada a Valencia’. Desde allí se controla la vía que viene desde   Montería. Unos pocos subversivos salieron a la carretera y colocaron un retén.

Para unos la llegada de un campero Nissan al falso retén frustró la toma del pueblo del Alto Sinú, y para otros lo acontecido fue lo que desencadenó el proceso de pacificación de Córdoba. Los combates se iniciaron donde no debían comenzar, en la retaguardia, y no en el frente de ataque que estaba aproximándose a Tierralta.

El oficial del Ejército, al ver que eran unos cuantos guerrilleros los que estaban ubicados en el retén, se bajó con el sargento a enfrentarse a los subversivos. Los casi 200   hombres armados reaccionaron al instante y a los pocos minutos tenían cercado al coronel. Este pidió al ya herido sargento que se regresara por refuerzos, que estaban ubicados en el sitio llamado ‘Puente Betancí’, lugar que era considerado como la frontera entre la guerrilla y el Ejército.

Como sucede en toda emboscada, ya era demasiado tarde para dar marcha atrás. Así parece que lo entendió el coronel Díaz quien siguió combatiendo hasta caer asesinado por una ráfaga de fusil disparada por una mujer, la que al verlo caer corrió hasta su cuerpo, se agachó y le arrancó de la inerte mano su pistola 9 milímetros. La levantó hacia el cielo en señal de triunfo gritando a todo pulmón: “Vengan hijueputas por la pistola de su coronel”. Las palabras de la mujer fueron tomadas demasiado en serio por la Brigada Móvil y por la Agrupación de las Fuerzas Especiales del Ejército que desembarcaron en territorio cordobés, no solo por la pistola del oficial, sino por todos los responsables de la emboscada. Allí comenzó la más agresiva persecución de que se tenga conocimiento en el territorio nacional y que llevó a un grueso número de miembros del EPL a desmovilizarse. Otros lo hicieron por el cerco tendido por un hombre a quien la guerrilla odió y temió: Fidel Castaño.

***

Después de la reunión de los ganaderos con la cúpula militar en Bogotá, Jesús María López Gómez, más conocido como ‘El Mono’ López, logró que el ministro de Gobierno, que estaba con funciones presidenciales, doctor Carlos Lemonds, visitara a Montería.

En el club Campestre se dio cita un grupo de personalidades del sector privado y público. Alcaldes y líderes del Urabá antioqueño se presentaron a la reunión que fue organizada por el entonces gobernador de Córdoba, José Gabriel Amín Manzur.

Rodrigo García fue uno de los pocos que intervinieron; habló de la cruel y despiadada persecución de la guerrilla a los cordobeses; no faltó su crítica al constante olvido del Gobierno Central frente a la angustiosa situación. Al terminar la reunión el Ministro se acercó a Rodrigo García y le dijo: “No crea que me he olvidado de la promesa que le hice de enviar la Brigada Móvil”. A las pocas semanas cumplió. “El pueblo cordobés aún está en deuda con el doctor Lemonds, nunca se lo hemos agradecido”, reconoce García Caicedo.

Una mañana estando en su casa, que siempre ha quedado diagonal al comando de la Policía seccional Córdoba, entró una llamada telefónica. Su interlocutor se identificó como el general Álvaro Tovar, comandante de la recién creada Brigada Móvil Nº 1; le informó de que tenía el deseo de conocerlo y de invitarlo a la base militar ubicada en Cerromatoso, Córdoba, para que conociera la nueva Unidad. García no se hizo repetir el ofrecimiento. Se encontró con soldados bien equipados y armados, que contaban con un excelente apoyo helicoportado.

La Brigada comenzó a operar en las regiones del Alto San Jorge y Alto Sinú, pero el general Tovar se encontró con que no había pobladores en la zona y que la mayoría de los propietarios de tierras las habían abandonado. En otras palabras no había información. “Yo vine fue a pelear y si no hay información me voy a otra zona a combatir”, reclamaba el general.

Rodrigo García le pidió al oficial que espera unos días mientras veía qué se podía hacer. Le parecía inconcebible que ahora que tenían el apoyo de las Fuerzas Militares, se fueran a echar atrás, por lo cual llamó a sus colaboradores y amigos Raúl Mora y a Oney Aristizábal para reunirse en Medellín con varios ganaderos e industriales de esa ciudad y de Córdoba, con el fin de exponer la situación. El general Tovar se ofreció a ir, lo mismo que el comandante de la Brigada XI, coronel Eduardo Emilio Cifuentes.

Hablaron en Medellín para que FADEGAN les facilitara un salón; los responsables del auditorio se asustaron cuando se enteraron de que dos altos oficiales estarían en la reunión, debido a que los ganaderos estaban muy amedrentados por la subversión.

El encuentro estaba para las 3 de la tarde. Rodrigo García llegó en la mañana acompañado por uno de sus hijos. Como a las dos mientras hablaba con el doctor Arboleda, vicepresidente de Fadegan, entró la secretaria de este último y le informó asombrada de que había como 150 ganaderos y no sabía dónde los iban a ubicar. Pero la incomodidad no fue óbice para iniciar tan esperado encuentro.

Luego de las presentaciones a cargo de Carlos Villa Navarro, presidente de Fadegan, habló el general Tovar. Los presentes escucharon en silencio las palabras más francas y claras que militar alguno les hubiera pronunciado. Aún se recuerda cómo concluyó: “Para terminar voy a comprar tantas correas como personas hay aquí, también voy a comprar una para mí. Las que les entregaré son para que se amarren, de una vez por todas, sus pantalones… y la mía la voy a coger para darles si no se los amarran. Yo sólo quiero que me digan dónde está el enemigo, no me interesa cómo se llame quien me dé la información”. Era la una de la madrugada y el general aún anotaba en su libreta los datos que les suministraban los, hasta hace unas horas, temerosos ganaderos y comerciantes, que durante largos meses estuvieron amordazados por el terror, viendo cómo desa-parecían sus bienes, fruto del esfuerzo de tantos años de sacrificios.

A las 6:30 de la mañana, García Caicedo llamó al general Vacca Perilla, por ese entonces comandante de la Primera División del Ejército, que tenía como sede Medellín y le solicitó hablar con el general Tovar. Pero Rogarca tendría que esperar varios días para volver a hablar con Tovar, porque aquella misma madrugada, luego de terminar la reunión, viajó a su base de operaciones a romper el cerco impuesto por la guerrilla contra Córdoba y Urabá.

A los diez días los medios de comunicación se sorprendieron cuando la Brigada Móvil presentó un campamento de la guerrilla en donde se recuperaron más de 9 mil reses robadas y gran cantidad de material de guerra incautado.

Muchos campesinos huyeron, temerosos, de sus tierras ya que nunca habían visto o escuchado lo que era un bombardeo aéreo. Decenas de guerrilleros caían en combate o eran capturados; los corredores por donde se desplazaba la guerrilla fueron bloqueados por las tropas; la subversión comenzó a sentir por primera vez los rigores del combate.

El general Tovar era considerado por sus subalternos como un oficial ‘tropero’ que vivía obsesionado con el combate. Pero los excelentes resultados de la Brigada Móvil en Córdoba querían verlos en otras zonas del país y fue así como a los tres meses de operaciones en esta región la unidad se fue a otro lugar de Colombia a devolverle la tranquilidad a otro conglomerado amenazado y perseguido.

“Los golpes de la Brigada Móvil más los que propinaba Fidel Castaño al EPL fueron lo que llevó a este grupo guerrillero a entregarse”, recuerda García Caicedo.

La nueva reforma agraria…

La nueva reforma agraria en Córdoba no corrió por cuenta del INCORA, sino del narcotráfico. Los Valles del Sinú y del San Jorge son unos de los más productivos del país. Por la situación de violencia el costo de la tierra en el Departamento cayó a niveles irrisorios. Los únicos que podían ir a sus propiedades eran los que las tenían cerca al casco urbano y en determinados municipios. Pero aparecieron unos personajes que comenzaron a comprar todas las tierras en zonas de influencia guerrillera. Unos lo hacían porque tenían el dinero suficiente para armar a los trabajadores que les cuidaban la propiedad; y otros, porque habían pactado con la subversión un macabro negocio que consistía en que estos últimos sacaban a los dueños de sus propiedades y luego se las vendían a los nuevos compradores.

Muchos narcotraficantes se hicieron propietarios de las mejores haciendas de la región. Personas de Córdoba recuerdan a Juan Ramón Matta Ballesteros como dueño de miles de hectáreas; también a los testaferros de los Carteles de Medellín y Cali.

Reconoce Rogarca que “mientras los narcotraficantes compraban tierras muy buenas, el INCORA las adquiría a precios infames y entregando unos bonos a varios años, en lugar de dinero en efectivo”.

“Según Gabriel Rosas Vega, que para la época era Director del INCORA, la Reforma Agraria iba por buen camino porque los propietarios estaban vendiendo a bajos precios debido a que no podían ir a sus fincas. Era el Estado aprovechándose de su propia ineptitud”, relató Rogarca.

Otros compradores llegaron aprovechando los precios de ocasión de las tierras. Pero con el transcurrir de los meses todos tenían un enemigo común: la guerrilla.

Fue cuando apareció un personaje que a diferencia de muchos no pactó ni negoció con la guerrilla cuando se ubicó en Córdoba: Fidel Castaño. “Era un hombre decidido que se apiadó de la región y extendió ese beneficio hasta Urabá. Peleó por los cordobeses una guerra que no era de él, pues Fidel era un hombre idealista y generoso”, destaca Rogarca.

“Lo conocí en el proceso de paz con el EPL. Claro, había oído hablar de él y sabía lo que estaba haciendo en contra de la guerrilla, y muchos cordobeses se lo reconocían al igual que yo”.

Iniciados los diálogos de paz con el EPL, se crearon unas zonas de distensión para los guerrilleros. En Córdoba fue escogido el corregimiento de Juan José (Puerto Libertador). Allí se concentró un gran número de combatientes del mencionado movimiento. Pero desde esta zona de distensión los guerrilleros seguían con el secuestro, el boleteo, la extorsión y el robo de ganado, todo ello con la agravante de que las autoridades no podían entrar en el área despejada. “Los ganaderos de Córdoba preferíamos la guerra, así pusiéramos los muertos, pero no seguir con esa farsa de proceso de paz”, manifestó García Caicedo en declaraciones publicadas por el diario El Tiempo en primera página.

Bernardo Gutiérrez, líder del EPL y principal responsable de la negociación con el Gobierno de César Gaviria, se asustó y le pidió al M-19, que estaba desmovilizado, hablar con los ganaderos de Córdoba. Hasta Montería se desplazaron Otty Patiño y Álvaro Jiménez, como delegados autorizados por el EPL. Se reunieron con el ‘Mono’ López, Sergio Ochoa y otros líderes de la región en las oficinas del Fondo Ganadero, desde las dos de la tarde. El encuentro continuó en la noche en un restaurante hasta casi las tres de la madrugada.

La reunión terminó en una charla política sobre todos los problemas que aquejaban al país; hubo muchas coincidencias. Pero el EPL puso como condición a su total desmovi¬lización que Fidel Castaño entregara las armas. “Era claro que a la guerrilla no le preocupaba ni el Ejército ni la Policía, sino Fidel a quien consideraban su terrible enemigo”, precisó García Caicedo.

Aún sin conocer a Fidel Castaño, el líder de la resistencia antisubversiva en Córdoba, Rodrigo García se dio a la tarea de tratar de comunicarse con él, hasta que lo logró.
–R.G. Cómo está Fidel, he querido hablarle porque como debe saber el EPL ha puesto como condición para su desmovilización la entrega de sus armas.
–F.C. Si no fuera usted quien me llama le tiraría el teléfono. No sé cómo me llama para pedirme una cosa así.
–R.G. He escuchado la manera en que usted se ha expresado de Córdoba y de su gente, por ese cariño y aprecio a esta región dele una oportunidad a Córdoba de vivir en paz.
–F.C. Mire don Rodrigo, esto no lo va a entender mucha gente. Yo lo llamo.

Días después García Caicedo recibió una llamada de Fidel Castaño en donde le informaba de que iba a entregar las armas “pero lo hago con un poco de temor”, dijo.

Las entregó en octubre de 1990.

Con el negociador del Gobierno, Ramiro Bejarano, fue con quien se firmó el acuerdo formal de paz con el EPL, pero el acuerdo real fue meses antes en una conocida hacienda que la guerrilla del EPL soñaba con desaparecerla: Las Tangas. Fue allí donde Rodrigo García, de la mano del M-19, se conoció con Fidel Castaño Gil.

Luego de la entrega de armas por parte de las Autodefensas vino la reunión entre los dos enemigos: Fidel Castaño, por un lado; Omar Caicedo y Aníbal Palacios, líderes del EPL, por el otro. Otty Patiño y Álvaro Jiménez asistieron por el M-19 como mediadores. Varias personalidades fueron invitadas, entre las que se encontraban Rodrigo García y el ex gobernador de Córdoba, Jorge Ramón Elías Náder.

A la entrada del quiosco de ‘Las Tangas’ desde donde se impartieron decenas de órdenes de guerra contra el EPL se encontró Fidel con sus adversarios. Luego de un corto saludo se dirigió hasta donde estaba Rodrigo García, extendió sus brazos y le dio un fuerte abrazo. Era el encuentro de dos líderes que luchaban contra un enemigo común, pero con diferentes armas.

La reunión se inició a las 10 de la mañana y siguió hasta las 5 de la madrugada del día siguiente. No hubo trago. Solo café, agua y comida. Se recordaron muchas batallas, pero cuando el EPL recordó la muerte del coronel Díaz, Fidel se levantó y en tono enérgico dijo: “No me recuerden eso porque se puede partir esto”.

Antes de despedirse, Fidel le dijo a Rogarca que hicieran un acuerdo: que mientras “estos señores se comprometan a cumplir sus compromisos y a manejarse bien, nosotros nos comprometemos a defenderlos y a apoyarlos”. García le contestó que así debía ser.

Una lección de poder

Las reuniones de Montería y de ‘Las Tangas’ fueron para la época en que la Constituyente de 1991 estaba debatiendo la reforma a la Constitución, entre otras la referente a la elección popular de gobernadores.

Formalizado el proceso de paz con el EPL, los miembros del M-19 que estuvieron como representantes de los primeros le manifestaron a Rodrigo García su interés de postularlo como candidato a la Gobernación de Córdoba. La razón que motivó al M-19 fue la confianza que había en él; además, era una prenda de garantía para los cordobeses, como quiera que el mayor adversario de la guerrilla era él. Los del M-19 aspiraban a que con este gesto se borrara cualquier duda de la sinceridad de ellos en el proceso.

García se mostró muy sorprendido con el ofrecimiento, “es que yo soy muy conservador y he militado siempre en el sector del llamado ‘laureanismo’, ahora con Álvaro Gómez”, dijo en aquella ocasión.

“La única manera de que yo acepte es que el doctor Gómez Hurtado me respalde públicamente, creo que eso va a resultar difícil, porque yo ni siquiera lo conozco”, le manifestó Rogarca a los representantes del M-19.

A él le preocupaba que Gómez, que para ese entonces era uno de los presidentes de la Asamblea Constituyente junto con Horacio Serpa Uribe y Antonio Navarro Wolf, lo tomara como un oportunista y charlatán, debido a que la postulación venía de antiguos guerrilleros, lo que no era corriente.

Los del M-19 se comprometieron a realizar las consultas en Bogotá. La noticia se filtró en Córdoba y por su casa comenzó una romería de amigos que simpatizaban con su candidatura, entre los que se encontraban Ricardo Pretelt, Remberto Burgos, Ramón Martínez Vallejo, Ramón Berrocal Failach.

Ramón Martínez decidió llamar a Álvaro Gómez y consultarle sobre la aspiración de García Caicedo, a lo que Gómez contestó que él lo conocía y que ya sabía de la propuesta; se sorprendió porque le habían hablado bien de Rodrigo García todos los sectores políticos de Córdoba, algo que no era muy normal. Allí se inició en firme su campaña por la Gobernación. Sus rivales serían Jorge Manzur Jattin y Jaime Torralvo Suárez, del Partido Liberal.

A pesar de representar al conservatismo en la coalición con el M-19 los congresistas de aquel partido, Miguel Escobar Méndez y Amaury García Burgos, no lo respaldaron. El primero se abstuvo y el segundo se fue con Manzur Jattin. “Escobar me cobraba mi independencia y Amaury el no haberme prestado para que sus amigos se quedaran en 1984 con el contrato de los licores”, recordó Rogarca.

Pero un sector del liberalismo representado en Salomón Náder Náder y Alfonso de la Espriella, lo respaldó en su aspiración. Recorrió todo el Departamento en compañía de antiguos jefes del EPL; no obstante, una facción de este grupo no lo apoyó.

El día de las elecciones llegó y por primera vez los cordobeses iban a elegir por voto popular a su gobernador. Ese día para miles de sufragantes hubo muchas irregularidades. Córdoba se acostó con un gobernador (Rodrigo García) y se levantó con otro (Jorge Manzur).

“El día de las elecciones, cuando se presagiaba que Rodrigo García podía ganar, el cacique liberal Libardo López se alió con Manzur. En Ayapel, donde extrañamente se ha dado hasta hoy la mayor votación en la historia de ese municipio, votó más del 85% de la población, a pesar del tremendo aguacero que ese día cayó sobre la región”, relató.

Para muchos políticos el municipio más ‘chocorero’ de Córdoba es Ayapel, debido a su topografía. Ayapel está a orillas de la hermosa Ciénaga que lleva su nombre. Por lo difícil de las comunicaciones entre la cabecera y sus corregimientos se presta para irregularidades, ya que el único camino para conectarse con su vasta zona rural es a través de transporte fluvial, lo que hace que las urnas en los puestos de votación no tengan el suficiente control de las autoridades electorales y policivas. “Además, por una rara coincidencia ese día no hubo control por parte de la Policía y el Ejército”, cuenta García Caicedo.

Muchos de los seguidores de Manzur se hicieron presentes en la entrada de la Registraduría Departamental, al día siguiente de las elecciones. Estaban nerviosos por una posible derrota y esperaban el resultado oficial del conteo. Pero saltaron de júbilo cuando el parlamentario liberal Francisco José Jattin, más conocido como ‘El Gordo’ les dijo a sus seguidores, al llegar a la entidad: “No se preocupen esperen lo que les viene de Ayapel”. Y llegó el ‘chocorazo’ más respetado del que se tenga noticias en todo el San Jorge. Aunque Jattin afirma que solo lo dijo porque en verdad esos son los resultados que más demoran en llegar, siempre que se realizan las elecciones, muchos dudan de ese argumento. Lo cierto es que en Montería comenzó a escucharse una frase que se quedó grabada por mucho tiempo: “Los ‘turcos’ se robaron las elecciones”. Ganaron por 605 votos de diferencia.

“En muchos municipios la Policía participó activamente del debate electoral por la cercanía y aprecio que existía entre el general Gómez Padilla, en ese momento director de la institución policiva y Manzur Jattin. El presidente César Gaviria no tuvo ningún escrúpulo en manifestarse partidario de mi adversario político, lo que motivó a que le enviara una carta de protesta por su inadecuada actitud”, recuerda García Caicedo.

El constitucionalista conservador Hugo Escobar Sierra fue el abogado de García Caicedo, en la demanda presentada por éste, solicitando la anulación de numerosas mesas de votación. Luego de recoger las pruebas presentó la demanda por fraude electoral. Ya para esos días estaba en pleno desarrollo la nueva Constitución Política de Colombia. El Presidente debía enviar al Congreso la terna para elegir al Fiscal General de la Nación; entre ellos iban los nombres de Escobar Sierra y Gustavo de Greiff. “Lo cierto es que Escobar Sierra hizo algo inexplicable: retiró la demanda y las pruebas del Consejo de Estado con el pretexto de per¬feccionarlas, pero, insólitamente, las presentó en forma extemporánea. ¿Cómo explicar una novatada de esta naturaleza en un veterano que lleva muchos años litigando y que es experto en derecho electoral? Me resisto a creer que esto pudiera ser el precio que él pagaba para que lo incluyeran en la terna para Fiscal”, narra con melancolía Rogarca.

Esta sucia jugada alejó por siempre a Rodrigo García de la actividad política. Se dedicó más a sus negocios particulares y gremiales. Pero la aparente paz que empezó a reinar en su vida se acabó a las 2:30 de la tarde del 17 de diciembre de 1996.

Amistades peligrosas

Después de desmovilizados los miembros del EPL, empezó una etapa de resocialización y de acuerdos con el Gobierno para el pago de una mesada a los ex subversivos. Muchos regresaron a sus ciudades de origen, otros se fueron a otros lugares a probar suerte, pero la gran mayoría se asentaron en Urabá. Allá con el tiempo nacería una rivalidad entre las FARC y los frentes del EPL que no se desmovilizaron. Urabá que pensaba en los beneficios de la paz, cayó en una silenciosa guerra de exterminio, que se hizo pública.

En Córdoba nuevamente los finqueros y comerciantes cayeron en manos de la violencia, el miedo y la desesperación.

Tanto en Córdoba como en Urabá se sentía la agresión de dos grupos disidentes del EPL que no se desmovilizaron en 1991, sino que siguieron los lineamientos de ‘Francisco Caraballo’; ellos eran los frentes ‘Pedro León Arboleda’ y ‘Bernardo Franco’. Uno se entregó a Fidel Castaño y el otro al Ejército.

Otro hecho que también marcó un hito en la guerra, fue la muerte de Fidel Castaño a principios de 1994. Asume entonces el control de las Autodefensas su hermano Carlos Castaño. “Parecía como si todos tuviésemos una misión que cumplir sobre la tierra y luego de finalizarla, irnos. Fidel estuvo en las peleas más bravas que se recuerden, inicialmente con la guerrilla y después contra Pablo Escobar, y no le pasó nada. Luego de cumplir con estos propósitos se le dio por morirse”, recuerda con nostalgia un viejo amigo de Fidel Castaño.

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Mientras tanto, en Montería varios desmovilizados se quedaron en la ciudad, entre ellos Rafael Kerguelén, conocido como ‘Marcos Jara’, cabecilla reinsertado del EPL que estuvo al mando de un frente que sembró la destrucción y la ruina en el Alto San Jorge. Pero el pueblo cordobés lo acogió con sus debidas reservas. ‘Marcos Jara’ hábilmente se acercó a la ‘sombra’ de Rodrigo García, quien le aconsejaba que se acostumbrara a vivir con su pasado. “Ustedes hicieron mucho daño; del pasado se puede denigrar pero no destruir. Me tocó interceder para que no le pasara nada y lo relacioné con los mandos militares y de policía”, confiesa Rodrigo García Caicedo.

“Ya estaba en marcha la consolidación de la paz –afirma García–, el compromiso era responderle a la confianza que los reinsertados habían puesto en el Gobierno y en los garantes del proceso. Por ello sentía una responsabilidad moral y ética por la vida de todos los desmovilizados que buscaban mi ayuda. Por su parte, ‘Marcos Jara’ siempre supo que su seguro de vida era Rodrigo García”.

Para mediados de los 90 se venían fomentando en el seno de los reinsertados unos enfrentamientos de tipo conceptual y económico, en donde se vio implicado parte del magisterio. El gremio de maestros se dividió. Unos estaban con ‘Marcos Jara’ y otros con el profesor Avilez. Pero la disputa tenía como objetivo asegurar el control de la Cooperativa de Maestros Cooeducord, una entidad muy poderosa económicamente, que gozaba de la ‘ceguera’ de las entidades de control del Estado.

“Varios maestros fueron asesinados y la guerra que se estaba desatando se la empezaron a achacar a las ya conformadas Autodefensas Unidas de Córdoba y Urabá, ACU”, relató.

“Una tarde se presenta a mi oficina ubicada en el edificio ‘Morindó’, el profesor Boris Montes de Oca; de manera inequívoca y en tono elevado me dice que a los maestros los está matando ‘Marcos Jara’. Para esos días habían asesinado a un educador de apellido Humánez, quien era hermano de uno de los comandantes de la guerrilla”, cuenta Rogarca.

Rodrigo García llamó de inmediato al gobernador de Córdoba, Carlos Buelvas Aldana y al comandante de la Policía, coronel Suárez y los puso al tanto de la denuncia hecha por Montes de Oca.

La situación estaba tornándose incontrolable, hasta que un llamado hecho a ‘Marcos Jara’ para que se presentara a una reunión de carácter “urgente” cambió el panorama. El ex subversivo llegó a la oficina de su protector –Rodrigo García– junto con los profesores Garnica y Domingo Ayala (el primero era el secretario de Educación municipal), a pedirle a García que lo acompañara al encuentro. Así su¬cedió.

El encargado de presidir la reunión “le cantó la tabla a ‘Marcos Jara’ y lo conminó a aclarar todo lo sucedido”. Le recordó que estaba vivo gracias a su protector. El ex guerrillero reconoció que estaba vivo por su amigo y aseguró: “El día que este señor se vaya de Montería o se muera yo sé que me tengo que ir de la ciudad”. Así fue. El día que Rodrigo García se fue con su esposa para Centro América, también salió de Montería ‘Marcos Jara’.

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El 17 de diciembre de 1996, a las 2:30 de la tarde, una explosión sacudió el centro de Montería: 20 kilos de dinamita estallaron debajo de las escaleras del Edificio ‘Morindó’ donde funcionaban las oficinas del Fondo Ganadero, de la cual Rodrigo García era su presidente.

A diferencia de todos los días Rogarca llegó a su despacho a las dos de la tarde, siempre llegaba media hora más tarde. Como de costumbre ascendió por las escaleras. A los pocos minutos de su llegada el profesor Chávez, que era educador y reconocido prestamista, que acostumbraba a comprarle las cuentas de publicidad a los periodistas, a cambio del 20 ó 30%, se inquietó sobremanera cuando la secretaria le informó de que el doctor García ya estaba en la oficina. De inmediato abandonó el despacho y se dirigió a las escaleras; había que hacer un urgente cambio de planes, pero ya era demasiado tarde; el temporizador de la bomba ya había activado el mecanismo de explosión. Fue un sonido atronador: a los pocos segundos a varias cuadras se sentía el olor a pólvora, sangre, piel y muerte.

Cuatro personas murieron, entre esas el profesor Chávez, quien fue sindicado de ser uno de los autores materiales del acto terrorista. Varias personas resultaron heridas.

A los pocos días Rodrigo García estaba refugiado en un país centroamericano.

Las investigaciones demostraron que varios reinsertados y maestros tuvieron que ver con el atentado; algunos indicios señalaban a ‘Marcos Jara’ como posible responsable.

“Los cabecillas del complot –revela Rodrigo García– eran personas con las que había conversado y ayudado. Pero lo más desesperanzador es que en uno de los Batallones de la Brigada XI se sabía del posible atentado y no se hizo nada por evitarlo. Tal vez era una respuesta a las críticas que yo hacía al Ejército”.

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Fueron varios meses en el exilio, pero a un alto costo económico que lo obligó a reconsiderar su regreso a Colombia. Llegó nuevamente a Montería en 1997. Muchos prefirieron expresarle su solidaridad vía telefónica, ya que nadie quería morir mientras lo saludaba. Se convirtió en ave de mal agüero. No fue invitado más a conferencias y su presencia en un auditorio se convertía en un potencial riesgo para los demás asistentes. Las personas siempre tenían una excusa para no demorarse más de la cuenta cuando hablaban con él. El hombre que enfrentó con su palabra y su coraje a la subversión y que lideró junto a otros ciudadanos la resistencia contra la guerrilla era ahora considerado por la sociedad un peligro… Y también por la Fiscalía.

Pero este honesto ciudadano, que hace 20 años estaba convencido de que no llegaría con vida al año 2000, se encuentra dedicado, una vez más, a la lectura de la historia universal y nacional, para tratar de interpretar y explicar las causas y las posibles soluciones a más de 53 años de violencia en Colombia.

Su preparación intelectual y la experiencia vivida en el conflicto cordobés le han dado los argumentos suficientes para no temblarle la voz cuando reconoce públicamente que la paz de Córdoba se debe, en gran parte, a la labor de Fidel Castaño y sus hombres, continuada hoy en día por su hermano Carlos Castaño.

“Carlos Castaño dijo que ellos defendían a la clase media porque no tienen quien la defienda y eso es muy cierto. El Ejército siempre ha tenido una excusa para no ir; es por eso que poblaciones enteras quedan en manos de la guerrilla”, dijo el líder ganadero.

“Los Castaño son unos quijotes que se metieron en esta lucha por no transar con la guerrilla. Tengo especial afecto y gratitud inagotable porque lo que hicieron por Córdoba es incalculable y gratuito. La historia fijará la incidencia que tuvo este movimiento en la pacificación del departamento”, declara con firmeza García Caicedo.

“Los colombianos –continúa– no deben temer exigirle al Gobierno esclarecer la responsabilidad del Estado con los problemas de orden público, por ejemplo como lo sucedido en nuestra región, donde hubo un acuerdo tácito en que la guerrilla no se metía a los centros urbanos a cambio de no ser perseguidos. Era como dejarlos actuar libremente contra poblaciones indefensas de la Costa Atlántica, a cambio de no llegar a las capitales de las principales ciudades. Toleraban a la guerrilla siempre y cuando los dejara dormir tranquilos en las ciudades. Pero al parecer la subversión no cumplió su palabra. Ellos se fortalecieron en las zonas abandonadas por el Estado, aquí en Córdoba nació, creció y se fortaleció la subversión”.

“Jamás me cansaré de manifestar que la guerrilla nunca tuvo la bandera de las reivindicaciones sociales; sólo que Belisario Betancur se las dio y ellos no fueron tontos para no cogerlas”.

“Pero lo más aberrante y sorprendente es que quienes señalaron a la guerrilla como los agresores de los ciudadanos en un pasado, hoy son ‘rotulados’ como enemigos de la paz. Es absurdo que los que defendimos en el pasado la libertad y nuestras vidas, seamos hoy los perseguidos de la Fiscalía”.

“No soy seguidor de las vías de hecho, no puedo ser partidario de las Autodefensas como un sistema, soy un demócrata, conservador y católico. Pero entiendo que el Estado ha obligado a que los ciudadanos de bien entreguen su seguridad a grupos de justicia privada”.

“Los excesos se cometen en toda las guerras del mundo y no se ha escapado ningún Ejército, muchísimo menos los ejércitos irregulares. A los militares los capacitan para una lucha regular, regulada por acuerdos internacionales, pero en muchos casos se violan las conductas aprendidas debido al fragor de la lucha; por consiguiente, no se puede aspirar a que grupos irregulares, sin formación ética, moral no se desmanden. Jamás estaré de acuerdo con estos desmanes, pero entiendo el origen”.

“En la guerra que vivió Córdoba, a las personas que fuimos defendidas por las Autodefensas, no se nos puede responsabilizar por los desafueros de ellos. Lo que hicimos fue defendernos por el abandono total del Estado para con las personas de bien de esta parte del país. La guerrilla ha planteado una guerra en la que el ciudadano que no esté con ellos será eliminado. Es una cuestión de supervi¬vencia”.

“Es increíble que hoy la Fiscalía llame a declarar a los que se defendieron de la agresión de la guerrilla y no llame al Gobierno por no combatir a la subversión. Las víctimas pasaron a ser los victimarios. Me olvido de la modestia para decirle que yo he sido un ciudadano ejemplar, solo que en una ocasión levanté mi voz para exigir que el Estado me defendiera, no sólo a mí, sino a todos los cordobeses de la embestida guerrillera. No entiendo por qué el CTI y la Fiscalía me persiguen como a un delincuente, en la madrugada del 24 de mayo (2001), más de 50 hombres armados hasta el alma, irrumpieron en mi casa a buscar un arsenal de armas. Lo mismo hicieron en las casas de varias familias respetadas y honestas de Montería. Es una lástima que la justicia se haya politizado y, para el peor de los males, reciba órdenes de ‘Tirofijo’; a través del mensajero que tiene viviendo en la carrera 8ª con calle 7ª de Bogotá”, declaró consternado García Caicedo.

Hoy, este santandereano de 74 años tiene aún la fogosidad para hablar duro y con claridad así ponga en riesgo su vida. Su esposa Rosita ni se inmuta, porque tantos años de lucha la han preparado para vivir en el umbral del peligro y la muerte.

“Sé que estoy expuesto a que me maten, lo peor de todo es no saber de dónde vendrá la orden”, declara con la mirada metida entre los libros de su biblioteca.

¿No le da miedo hablar así?

“Ese es el problema de nuestro país: miedo a todo, miedo a lo bueno, miedo a lo malo, miedo al futuro, miedo al desarrollo… Miedo a la esperanza”.

Mayo de 2001

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