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Decisiones arrogantes

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Cuando, en 1993, arreció por parte de las autoridades colombianas la persecución contra Pablo Emilio Escobar Gaviria, la mayoría de los colombianos nunca habían visto a una Policía tan unida contra un solo enemigo, misión y fin: cazar a Pablo. Parecía un clan.

Pero dos años atrás los monterianos ya habían tenido la oportunidad de ver cómo la Policía se unió, como un clan, para dar cacería a tres jóvenes que, inexplicablemente, retuvieron y dieron muerte a un capitán de esa institución en la tarde del domingo 20 de enero de 1991. Muchos atribuyeron este crimen a la arrogancia y soberbia que invadía a los tres muchachos, luego de convertirse en los nuevos ricos de Montería, como resultado de las toneladas de cocaína que despacharon al exterior.

Este caso salpicó a gran parte de la sociedad monteriana, que por consanguinidad, afinidad o amistad, estaba empa¬rentada con estos tres jóvenes, hijos de prestantes familias de Córdoba. Con base en los relatos de varios testigos y del expediente, reproducimos lo sucedido.

***

En Montería casi nada permanece en secreto u oculto. Algunos, de manera exagerada, afirman que ni el secreto de la confesión se salva de conocerse. Llega el momento en que todos saben, pero nadie dice nada. Desde hace muchos años, inicios de los setenta, un grupo de personas incursionaron en el mundo de la ‘marimba’, como se le conoce al negocio de la marihuana. Era la época de los grandes envíos de la hierba a los Estados Unidos.

Muchos, en voz baja, sabían de las grandes fortunas que venían amasando sus coterráneos y tenían el deseo de participar del negocio, “pero que nadie se entere, tú sabes que sería un escándalo”, recuerda un viejo despachador de marihuana, cuando evoca aquellos tiempos. También comenzó un cambio en la mercancía, había otra que daba mucho más que la ‘marimba’ y que tenía exagerada demanda en las calles de Estados Unidos y de Europa: la cocaína. Pero la base prima, pasta de coca, estaba en Bolivia, por lo cual se necesitaban pilotos arriesgados para traerla del vecino país. Varios pilotos monterianos y otros comerciantes se le midieron al negocio.

Algunos jóvenes de esta ciudad que estudiaron aviación con el fin de montar sus empresas de fumigación, debido al auge de los cultivos de algodón y sorgo en Córdoba, terminaron en la nómina de reconocidos traficantes de ‘maricachafa’, de base de coca o de cocaína.

Luego de procesada, la hoja de coca se llevaba a las ‘cocinas’ para convertirla en el polvo que se vende en las calles del mundo, pero el mejor mercado está en Estados Unidos. Por eso, se necesitaba de osados pilotos para llevarla en la ruta previamente establecida: podía ser por Panamá, México, Costa Rica, Honduras u otros países del Caribe. Es aquí en donde una palabra se hizo famosa para muchos monterianos: el ‘apunte’, que consistía en la cantidad de dinero que ‘invertía’ una persona para comprar base de coca o para pagar el kilo de cocaína ya procesado y enviarlo por una de las rutas señaladas. El dueño de la ruta luego del ‘corone’, -término utilizado en este negocio para establecer que la mercancía llegó sin contratiempos a su destino-, descontaba un porcentaje a los que se apuntaron y enviaba las utilidades en ‘verdes’, dólares, a sus asociados.

“Muchos en Montería, de manera silenciosa, se enriquecieron o incrementaron sus fortunas con el famoso ‘apunte’. Pero hubo una vez en que un piloto sobrecargó su avioneta en Bolivia, con el fin de llevar a todos los que se apuntaron, no pudo decolar y se estrelló al final de la pista y se mató, dejando a muchos sin las utilidades en esta ocasión”, relató el ex marimbero.

Con el pasar del tiempo ya la ‘matas’ de coca se sem¬braban en el sur del País y no se necesitaba de aquellos vuelos tan extenuantes. Lo que se buscaba eran sitios de despacho seguros y Córdoba tenía todas las especificaciones para que así fuera.

La violencia guerrillera, que azotó a Córdoba en los años ochenta, sirvió para que muchos testaferros de narcotra¬ficantes se apoderaran de cientos de miles de hectáreas. Por otra parte, muchos perseguidos se vinieron para esta región a ‘enfriarse’ mientras pasaba la ‘calentura’ de la         persecución.

Aún se comenta la recepción que ofrecieron los mafiosos en una finca del Alto San Jorge, el 23 de diciembre de 1986, amenizada por el Gran Combo de Puerto Rico, que se alojó por una noche en el Hotel Sinú. Muchos miembros de la sociedad cordobesa asistieron a la majestuosa fiesta. Los instrumentos llegaron a la finca en un vuelo chárter y desde allí salió la agrupación para la Sultana del Valle a cumplir compromisos con la Feria de Cali.

Era la época en que José Ramón Matta Ballesteros, reconocido narcotraficante, que escapó de una cárcel de Bogotá cuando ‘milagrosamente’ encontró todas las puertas de la prisión abiertas, compró varias de las mejores haciendas de Córdoba. Tiempo después, en una rápida operación de asalto fue capturado en Tegucigalpa y llevado a los Estados Unidos.

Fue también la época de Hernando de Jesús Restrepo Ochoa, reconocido comerciante apreciado por muchas personas y que era enemigo de todo tipo de problemas. A su lado se hicieron ‘Chepe’ Santacruz, Diego Montoya, los hermanos Urdinola, ‘Rasguño’, ‘Cuchilla’, el ‘Mocho’ Arcángel y ‘Chupeta’, entre otros.

Las amistades entre los nuevos moradores y los nativos dieron al poco tiempo sus resultados: varios sitios de Córdoba se convirtieron en bodegas con pistas de aterrizaje para la recepción y posterior despacho del alcaloide.

Fue famosa la pista ‘Brasilia’ ubicada en el área rural del municipio de Canalete, considerada como la ‘inmortal’ ya que nunca se ‘cayó’ ningún embarque hecho desde allí. También otras pistas en Ayapel y Montería tuvieron sus épocas de apogeo, en especial, una llamada ‘La Rada’, situada en la vereda El Totumo, en jurisdicción de Montería.

***

Muchos jóvenes de Montería, entre los que se encontraban Darío Mendoza Parra, Luis Jerónimo Berrocal Fernández y Vicente Mejía Sánchez, pertenecientes a prestantes familias, cambiaron su seguro futuro por coquetearle al negocio de las drogas ilícitas.

“Estos muchachos lo tenían todo, pero eran como esos hijos de generales del Ejército que quieren ser militares, pero sin pasar por la Academia”, relata un testigo de los hechos.

“Todo el mundo –continúa– sabía lo que estaban haciendo inclusive las autoridades, pero se hacían los de la vista gorda. Al parecer, todo se hacía bien coordinado”.

Y de verdad que todo iba bien hasta el medio día del 20 de enero de 1991.

***

El jueves 10 de enero de 1991 el coronel Luis Enrique Montenegro Rinco, director de la Policía Judicial e Investigación, DIJIN, le pidió a su secretaria que llamara con urgencia al capitán Pedro Rojas Betancur, jefe de la sección de Estupefacientes. A los pocos minutos el oficial entraba al despacho de su superior; allí el coronel le suministró la siguiente dirección: calle 27 No. 15-51 y el teléfono 83 35 85, así como otros números más, correspondientes a la ciudad de Montería. El oficial Montenegro le explicó que, según informaciones de inteligencia, desde allí se estaban coordinando embarques de droga al exterior. Le agregó, que debía viajar, en la mayor brevedad, a la mencionada ciudad a realizar labores de inteligencia, tanto electrónica, como de seguimiento y vigilancia, contra personas de las que se tenían indicios estaban negociando con drogas y armas, de acuerdo con las informaciones allegadas por la DIJIN.

La orden de operación fue fechada el 10 de enero del 91 y en ella se explicaba que, para finales de 1990, hubo en Córdoba una gran cantidad de despachos de drogas al exterior. Se asignaron a la misión dos suboficiales, cuatro agentes, un técnico y un capitán. Se suministraron los teléfonos a interceptar: 833585, 835401 y 834701. Al final de la orden de operaciones se lee: “Los gastos que demande el cumplimiento de la misión asignada serán sufragados por la oficina de la DEA acreditada en Colombia”, y estaba firmada por el coronel Montenegro.

El capitán Rojas llamó al sargento segundo Luis Alfredo Isaza Moreno; al cabo segundo Jairo Hernández Martínez; al dragoneante Alfredo Miranda García y al agente Pablo Muñoz Sepúlveda. Les explicó la misión y les solicitó que lo mantuvieran constantemente informado. El 11 de enero de 1991 viajaron en dos carros desde Bogotá hasta Montería, uno de ellos era un Mazda 626L, color plateado.

El sábado 12 de enero llegaron a Montería como a la 1:30 de la tarde, se presentaron de inmediato al comando de la policía, allí los recibió el coronel Castillo quien los envió de inmediato donde el director encargado de la policía judicial en esta ciudad, capitán Gabriel Leal Preciado. Luego de hablar con sus superiores se alojaron en la residencia Santa Rosa, pero días después, por razones de seguridad, se mudaron para las instalaciones de la Institución. Los investigadores se dedicaron a reconocer varias direcciones que les suministró el capitán Rojas en Bogotá. Por otra parte, debían esperar hasta el martes 15 para solicitar la orden judicial para interceptar los teléfonos, ya que el lunes fue el primer festivo del 91.

Los sabuesos no necesitaron más de 24 horas para descubrir que estaban ante una tenebrosa banda de narco¬traficantes que hablaba, en todo momento, en clave. Pero la información más importante no necesitó de analista para interpretarla: escucharon que el sábado 19 llegaban al hotel Montería Real dos pilotos, con la misión de “retirar” (embarcar) varios “miles de pesos” (kilos), en una pista ubicada a menos de 35 minutos de Montería.

Pero ante tanta información en clave, los agentes le solicitaron al capitán Rojas la ayuda de un analista. El oficial envió, el 16 de enero, a otro investigador, Emiro Jerez Jaimes, para que descifrara los mensajes y frases como: “gaseosa”, “consignación”, “retiro”, “picos”, “bolígrafos”, “lapiceros”, “niña”, entre otras.

Ante la cantidad de información, el capitán Pedro Rojas Betancur decidió viajar a Montería, por vía aérea, junto con su chofer Juan Montañez Puerto, el viernes 18 de enero.

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Pedro Rojas Betancur era el único hijo varón, de tres que tenía, del coronel retirado Salomón Rojas, ex oficial de la Policía Nacional, abogado y que, para 1991, se desempeñaba como catedrático de la Universidad Militar, en Bogotá. Su hijo decidió seguir sus pasos al igual que una de sus hermanas. El coronel Rojas recuerda que su hijo lo llamó como a las 9 de la noche del 17 de enero y le manifestó que iba para una misión riesgosa a Montería; al despedirse le dijo: “ahí te dejo a mi mujer, cuídala”. La esposa del capitán tenía, para ese entonces, cinco meses de embarazo, era su primer hijo… y el último.

El viernes 18, el capitán Rojas salió de su casa en Bogotá, muy temprano, acompañado por su esposa María Constanza Vieites, una bióloga, de 24 años, con la que se había casado hacía unos meses. Fueron juntos a comprar el tiquete para Montería. A las 11 de la mañana debía estar en el Puente Aéreo. Le pidió a su compañera que se fuera para donde sus padres, que él la llamaría por teléfono.

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El 18 de enero, a las 12:30 de la tarde, el agente Jerez fue a recoger a su comandante al aeropuerto. En el camino a Montería preguntó en dónde se estaban quedando; el subalterno respondió que en el comando; Rojas le pidió que se bajaran todos en un hotel. Escogieron uno llamado La Perla.

A su llegada al centro de interceptación, que estaba ubicado en una pequeña dependencia de la Empresa de Telecomunicaciones de Colombia, Telecom, sus subalternos lo pusieron al tanto de todas las novedades, como la llegada, el sábado, al aeropuerto de Montería, de unos pilotos.

Al salir de Telecom el oficial Rojas se percató de, que a pocos metros, funcionaba el hotel Los Alcázares. Llegó hasta allí y decidió cambiar de hospedaje. Se alojó en la habitación 305 y le dijo al recepcionista que era técnico de Telecom; sus subalternos hicieron lo mismo en otros cuartos. Luego se dirigió al Comando de la Policía en Montería a presentarse a sus superiores; allí lo recibieron el coronel Fortunato Guañarita y el mayor Héctor Pacateque Fonseca.

Después se dirigió a recorrer discretamente los sitios donde posiblemente funcionaban las oficinas de las personas que investigaba. Al caer la noche pasó nuevamente por el improvisado centro de interceptación y pidió los casetes para     oírlos con detenimiento. Se retiró al hotel Los Alcázares en donde comenzó a escuchar con extrema atención las grabaciones, anotó en una libreta de color café, que siempre cargaba, los nombres: ‘El Totumo’, ‘La Rada’, ‘El Gordo’, ‘Jota’, ‘Caballo’, ‘Bambi’, ‘Rafa’, ‘Tistis’, entre otros. Se durmió sorprendido de la magnitud de lo que habían descubierto.

El sábado 19, como a las 7:30 de la mañana, llamó a su esposa a la casa de los suegros. María Constanza se extrañó de que la llamara tan temprano y le preguntó cómo le iba. El oficial respondió en tono sorprendido: “¡esto es grandísimo!; es de toneladas, es una cosa muy grande; hay pistas de aterrizaje; yo, en esto, no me meto solo; esto es para llamar al GOES o al COPES”. Ella le pidió que tuviera cuidado, que no fuera a ‘loquiar’. A lo que él contestó: “no         gorda, no voy a ‘loquiar’; yo tengo una mujer y una responsabilidad en camino. Voy a recoger unas grabaciones para llevárselas al coronel Montenegro, lunes o martes estoy en Bogotá; cuida esa barriga, yo te llamo”.

Enseguida salió para Telecom que estaba a pocos metros del hotel. Luego de preguntar las novedades se dirigió a Cereté a indagar por una pista que funcionaba en un costado de la vía a Lorica. Antes del medio día se dirigió al aeropuerto Los Garzones, de Montería, para ver si podía identificar a los pilotos, que iban a ser recogidos por un sujeto apodado ‘Tistis’, pero no pudo hacerlo debido a que había mucha gente y no fue posible detectarlos. Pero más adelante se enteraron de que en la habitación 301 del hotel Montería Real se alojó un sujeto que respondía al nombre de William Triana Mejía.

El resto de la tarde la pasó escuchando todo lo que se hablaba por las líneas interceptadas y salió a recorrer los sitios que estaban vigilando. Entrada la noche regresó al hotel.

Al llegar a su habitación, se comunicó con su esposa y le comentó que iba a realizar un trabajo difícil y que él solo no podría enfrentar a ese grupo. Su esposa le recalcó: “Ahora no es que te metas tú solo, tú no eres ‘Rambo’”. Él le respondió que no iba a cometer ninguna imprudencia. Ya eran como las 9 de la noche. A diferencia de la conversación de la mañana, esta vez no habló casi, se le notaba cansado. Después de unas cortas palabras dijo: “te amo, yo te llamo”… Jamás volvió a llamar.

Antes de dormirse, recordó lo primero que haría en la mañana siguiente: conseguir un mapa de Córdoba. Y, antes de las 10 de la mañana, debía estacionarse frente al hotel Montería Real para seguir a un piloto llamado William Triana, que iba a ser recogido por otro piloto de nombre José Betancur, alias ‘Bambi’. Sus hombres, en la mañana de ese día, habían grabado una conversación en la que un sujeto apodado ‘El Gordo’ le decía a otro llamado ‘Pepe’, que fuera al hotel donde estaba William para que coordinara “una vueltecita” que se haría al día siguiente (20 de enero), pues ya estaba confirmada por el señor ‘Héctor’. ‘Álvaro’, el operador de radio, se la pasó de inmediato al huésped del Montería Real. El piloto, al oír la orden, preguntó: “en qué quedó la otra”, refiriéndose a una “vuelta” de un alias ‘Jota’, que en la tarde iba a “retirar 325 mil pesos”; para ello debía coordinar con ‘Andrés’ todo lo relativo a la logística. Pero las llaves del “carrito” no aparecían, por lo cual ‘El Gordo’ se comunicó con ‘Álvaro’ y le ordenó que buscara a ‘Bambi’ y le preguntara por las llaves. Este último dijo que las había dejado pegadas “en el carro junto con unos ‘reporticos’”. En fin, la idea del capitán Rojas era seguir a los pilotos para ubicar el sitio de las pistas y de las fincas de donde se presumía estaba saliendo la droga para el exterior. Se acostó convencido de que al día siguiente tendría la prueba reina.

“Que ‘Caballo’ les salga adelante
con los ‘lapiceros’ ”

El domingo 20 de enero, el oficial se levantó muy temprano, se vistió con un jean claro y camiseta verde clarita, se acomodó discretamente en su cintura su pistola nueve milímetros de dotación y un revólver, se puso zapatos de cuero color café, se acomodó una gorra y cogió su agenda. Se presentó en compañía del conductor Montañez al centro de interceptación. Luego de saludar a sus colaboradores les preguntó por las novedades y le pidió al cabo Hernández que le consiguiera un mapa de Córdoba. Estos le comentaron que habían interceptado una conversación en donde ‘Álvaro’ llamó a William Triana al hotel para decirle que se alistara que ‘Bambi’ lo recogería a las 10:30; añadió que dejara la cuenta del hotel a nombre de ‘El Gordo’.

En el registro del hotel aparece la salida del piloto a las 10:30 a.m., quien dejó firmada la factura No. 013436 por el valor del alojamiento.

Por su parte, a las 9:30 de la mañana, el capitán Rojas salió con su conductor. Se montaron en el Mazda 626 plateado, placas NQ 5333, que habían traído de Bogotá, y se dirigieron al Montería Real, se estacionaron a prudente distancia de la puerta principal y comenzó la espera. Al rato el capitán le dijo al agente Montañez que esperara, que él iba hasta Telecom a ver qué novedad había. Llegó y preguntó por el mapa, pero le contestaron que fue imposible conseguirlo, además, le informaron que el huésped del hotel estaba esperando. El teléfono del hospedaje también estaba intervenido. A las 9:55, aproximadamente, al despedirse de sus subalternos, el capitán Pedro Rojas Betancur, manifestó: “bueno, muchachos, nos vemos más tarde”. Fue la última vez que lo vieron con vida.

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“Desde muy temprano en la hacienda El Totumo, el comerciante Darío Mendoza estaba en los corrales de la finca, pesando y marcando un ganado. Era un hombre poderoso, temido y millonario de Montería. Cerca de allí se encontraba su lugarteniente, Luis Jerónimo Berrocal, un arrogante colaborador, cuyas funciones estaban más allá de las de amedrentar a los ciudadanos”, narró uno de los oficiales que participó en la captura de los tres jóvenes.

Ya era casi medio día. Darío, al parecer, había olvidado ordenar que recogieran a su esposa Marta, a quien había invitado a almorzar en la finca.

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Por su parte, el capitán, junto con su acompañante, el agente Montañez, salieron detrás de una camioneta que recogió al piloto William Triana. No se sabe si fueron los perseguidos los que dieron la alerta, pero lo cierto es que el oficial llegó hasta el sitio conocido como ‘El Quince’, que es una especie de ‘Y’ en donde está el desvió para seguir hacia Tierralta. En ese lugar está una estación de combustible. El capitán llegó a uno de los surtidores, allí lo atendió el bombero Gabriel Antonio Mestre Peinado; mientras surtía de gasolina el carro, el oficial cometió su primer y único mortal error: preguntó dónde quedaba la vía al Totumo e indagó que si la finca de un señor Darío Mendoza estaba cerca. El dependiente le indicó por donde debía coger; le señaló la vía a Tierralta.

Rojas Betancur, apenas salió de allí, se fue convencido de que se iba a encontrar con el descubrimiento de su vida, ya se imaginaba las condecoraciones al terminar la misión. Pero en el mismo momento el bombero llamaba al ‘Muelas’, encargado de manejar el radioteléfono y le pasó el informe: “Esos dos tipos estuvieron preguntando por el patrón y salieron para allá, parecen ley”. La estación de gasolina era un puesto de avanzada de la gente de Darío Mendoza. El oficial y el agente iban derecho a una emboscada.

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La residencia ubicada en la Cl 27 No 15-51, era una modesta casa, localizada en el barrio Costa de Oro, a pocos metros de las casas fiscales de los oficiales de la policía. Allí se podía ver, desde la calle, una potente antena de transre¬cepción para radioteléfono VHS o el llamado de 2-Metros; este equipo tiene una capacidad de alcance de 50 kilómetros sin obstáculos, en línea recta. Había, también, un equipo de escáner, que servía para controlar las frecuencias de las autoridades. Allí estaba el teléfono que correspondía al número 833585. El encargado de manejar esta base de comunicaciones era un personaje de alias ‘Álvaro’. Ese 20 de enero estaba como siempre atento a las comunicaciones.

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En la sede de Telecom los agentes seguían con el monitoreo de las líneas telefónicas. Todo lo que grababan era novedoso, pero esa mañana no había pasado nada en especial, hasta que una llamada entró al 833585; eran las 12:30 de la tarde. Era una señora a quien ‘Álvaro’ le decía “doña Marta”. La señora indagaba por ‘El Gordo’ y pedía una explicación de por qué no la habían ido a buscar para ir almorzar a la finca. En ese momento empezó una conversación por el radioteléfono; Álvaro le dijo a su interlocutora “espere, está sucediendo una cosa rara por allá”; ella le dijo que dejara abierto el teléfono. Este fue el desastroso error para la organización de Darío Mendoza, pero fue un afortunado desatino que favoreció a la justicia. En el radioteléfono una voz daba las siguientes órdenes: “Rada, Rada, Rada, Rada, Rada…, que hay una gente rara en un carro gris…, ya ‘El Enano’ viene atrás con dos muchachos…, dile que los desvíe…, que ‘Caballo’ le salga adelante con los lapiceros…”.

…Y así sucedió. En el sitio conocido como ‘El Bicho’ o ‘Nueva España’, entre El Quince y el desvío al Totumo, un toyota, último modelo, interceptó al oficial con el agente; luego de un cruce de disparos, de donde resultaron heridos el uniformado Montañez y un sujeto alias ‘Caballo’, fueron finalmente capturados el capitán Pedro Rojas Betancur y el agente Juan Montañez Puerto. Enseguida los llevaron a un sitio conocido como ‘La Construcción’, en la finca Palermo, kilómetros más delante de la hacienda El Totumo, que es la misma conocida como El Engaño, y en donde funcionaba la pista de aterrizaje de nombre La Rada.

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Los agentes que estaban en el centro de monitoreo se percataron, de inmediato, de que su superior había sido descubierto y se comunicaron con el capitán Leal, encargado de la Policía Judicial en Córdoba. El oficial dijo que era mejor esperar hasta más tarde y que, a lo mejor, apenas se dieran cuenta los captores de que los detenidos eran ley los dejaban ir. Pero no fue así: jamás aparecieron.

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A las 4 de la tarde entró una llamada telefónica al 833585. Los agentes apostados en el centro de interceptación se pusieron alertas, pero ‘Álvaro’ le contestó una corta frase a su interlocutor que dejó helados a los investigadores: “Llámeme por el otro medio que ya por aquí no se puede hablar nada”. Era la prueba de que el capitán había sido capturado y había hablado… o lo habían hecho hablar.

Los investigadores llamaron nuevamente al capitán Leal y le pusieron la grabación, éste se preocupó un poco más y decidió ir hasta la casa de Costa de Oro en donde funcionaba el radioteléfono. Era un poco más de las 6 de la tarde. El capitán Leal los dejó a una cuadra del sitio con un agente de apellido Romero. El oficial no quiso intervenir porque no había una orden de allanamiento.

A las 6:30 de la tarde, aproximadamente, llegó a la casa un Mazda gris. De pronto, de la casa salieron presurosos, tres hombres, uno de ellos era Darío. El agente Romero se acercó al auto, y le dijo: “Darío, el jefe dijo que pase por allá, que quiere verlo”; Darío arrancó de inmediato y solo volvieron a verlo dos meses después.

Esa fue una larga noche para la Policía en Córdoba. Ya en Bogotá sabían de la desaparición del capitán Rojas y su conductor.

Se acercaba una cacería, que no tenía antecedentes en la historia de Córdoba, sólo superada con la que se realizó dos años después contra el capo de la droga, Pablo Emilio Escobar Gaviria.

Tal vez los implicados en el secuestro y desaparición de los uniformados pensaron que Rojas era un simple ‘capita¬nucho’. Pero la situación no era así. Y los monterianos y cordobeses estaban a pocas horas de comprobarlo. La noche del 20 de enero, a las 11:30, aproximadamente, la policía le ‘echó mano’ al primer sospechoso. El capitán Leal detuvo a un joven que venía por la vía que conduce a la vereda de El Totumo, en un toyota, color beige, placas MDK 412; su conductor era Hernando Berrocal Lora. Aunque fue liberado horas después, fue la primera persona detenida y, más adelante, involucrada en los hechos. Al día siguiente le correspondió el turno a Clodomiro Mendoza, hermano de Darío, y a Fabio Puerta Botero, residente en el barrio Costa de Oro; allí funcionaba el radioteléfono… Siguieron decenas de capturas.

***

¿Qué pasó con el capitán y el agente entre la una y las 5 de la tarde? Hay varias versiones. A pesar de que hubo testimonios de los autores materiales, todos en sus declaraciones se implicaban entre sí. Y después de la presión por las capturas todos cambiaron sus versiones. ¿Cuál fue el testimonio verdadero? ¿El que entregaron ante los oficiales encargados de la persecución? O ¿El rendido ante los        jueces semanas después de las capturas? Oficiales que estuvieron en la operación aseguran, años después, que todos dijeron la verdad en el momento indicado, pero         después no querían que otro saliera bien librado.

Comienza la cacería

El martes 22 de enero, la hija del coronel retirado Salomón Rojas, que también era oficial de la Policía, llamó a su padre y le pidió que pasara urgente por la oficina del coronel Montenegro, que tenía algo que decirle. La experiencia le había enseñado que la palabra urgente, siempre encerraba tragedia. Al llegar, el comandante de la Dijín le informó que su hijo estaba desaparecido desde el domingo y que en la mañana de ese día habían encontrado incinerado el carro donde se movilizaba, en un paraje de la vía que conduce al corregimiento de El Caramelo, a mil 700 metros de la carretera asfaltada, que de Montería conduce a Tierralta. Los ojos del coronel Rojas se aguaron, sintió que caía en un profundo abismo. Montenegro se dio cuenta, hizo una pausa, y con la mano en alto le juró que removería cielo, tierra y, si era el caso, a todo el departamento de Córdoba, para encontrar al capitán Rojas. Y así lo hicieron sus subalternos, muchas veces cruzando el límite de la legalidad, pero jamás encontraron el cadáver del oficial Pedro Rojas Betancur ni el de su conductor el agente Juan Montañez Puerto.

El 22 de enero de 1991 llegó a Montería, procedente de Bogotá, una numerosa comisión de oficiales y técnicos forenses, al mando del teniente coronel Gustavo Alonso Caldas Trujillo. Relevaron del mando a todos los funcio¬narios de la Sijín en Montería, hasta a las secretarias. En menos de 72 horas, más de 200 uniformados pasaron a órdenes de los nuevos oficiales, se expidieron más de 30 órdenes de allanamiento, más de 15 teléfonos interceptados y se inició una cacería contra los presuntos responsables de la desaparición del capitán Pedro Rojas Betancur y el agente Juan Montañez. La persecución incluyó a familiares, amigos, conocidos y proveedores de los implicados. No había respiro: de día, de noche, o de madrugada, se escuchaban las fuertes pisadas de las botas, frenazos de vehículos y motos frente a casas o negocios. En segundos decenas de uniformados y civiles tomaban el control y no dejaban cuarto, clóset o rincón sin registrar. La búsqueda de los desaparecidos y de los inculpados fue metro por metro; hectárea por hectárea, tanto en la zona urbana como rural de Córdoba.

También para esos días se desplazó desde Medellín a Montería la Juez 90 de Instrucción Criminal.

Para el 25 de enero ya los investigadores tenían infor¬maciones de que los dos uniformados habían sido asesinados, incinerados y echados a la ciénaga Betancí o al río Sinú.

Personas con negocios y amigos de los implicados huyeron de Montería por temor a la diligencia con que la Policía estaba actuando. Como no hay nada que corra más que una mala noticia, se regó en la ciudad que las autoridades iban a dar “gatillo” a todo el que estuviera implicado y no colaborara. Los miembros de la institución uniformada no hicieron el mínimo esfuerzo por desmentir estos rumores. Tal vez creían que era una buena estrategia para encontrar pronto al capitán y su conductor.

Muchos testigos, que declararon bajo reserva, ante las autoridades, a las semanas aparecían muertos; otros potenciales declarantes eran súbitamente asesinados.

***

El 22 de enero, más de 40 uniformados se trasladaron a la vía que conduce al corregimiento de El Caramelo, en jurisdicción del municipio de Tierralta, a mil 700 metros del desvío, frente a la hacienda Castilleral, encontraron incinerado el Mazda 626 L donde se movilizaba el capitán y su conductor. Todos los moradores recordaron que como a la una de la madrugada del lunes 21 habían escuchado “un tropel, pero nada más”. No se encontraron orificios de bala en el vehículo ni rastros de sangre. Ya había aparecido una parte de la evidencia, los temores de los investigadores se estaban confirmando en el sentido de que sus compañeros habrían sido asesinados, pero no aparecían los cadáveres.

Entre el 22 y 24 de enero se realizan 16 allanamientos entre Montería, Cereté y Bogotá. El 26, en el corregimiento de Nueva Lucía, en la finca La Esmeralda, fueron encontrados insumos para el procesamiento de cocaína. En menos de tres meses se descubrieron en Córdoba más de 11 tone¬ladas de droga, caletas y armas. Pero el capitán y su          conductor, nada que aparecían.

El 28 de enero los investigadores llegaron con el testigo, Víctor Modesto Díaz Mora, tractorista de la finca ‘El Totumo’, acompañados por la juez 90 de la justicia penal militar, a la finca ‘Palermo’, ubicada frente a la primera mencionada, en donde se creía habían tenido a los dos uniformados; llegaron hasta el sitio denominado ‘La Vivienda’, pero no encontraron nada. Ese mismo día allanaron la finca ‘Las Avispas’ (es la misma finca ‘El Rodeo’) y se descubrió que alias ‘Caballo’ es Roberto Prieto, un ex agente del DAS. Por último, se inició una búsqueda, metro por metro, en la ciénaga Betancí y en el río Sinú de los dos cuerpos de los despa¬re¬cidos.

El testigo Víctor Modesto fue el primero en caer. El 28 de febrero llegaron unos hombres en una moto a su residencia en el corregimiento de Guateque, le dijeron “Hola, Víctor” y enseguida lo ‘prendieron’ a plomo. Después siguieron muchos más, apenas se levantaba la reserva del nombre.

***

Los tres amigos huyeron hacia el vecino país de Venezuela, luego de ocultarse por unos días en fincas de amigos ubicadas en Córdoba y Bolívar. Con la ayuda de un contacto en Barranquilla viajaron hasta Cúcuta y de allí partieron a San Cristóbal con documentos falsos. Estaban convencidos de que la situación se iba ‘enfriar’.

Pero mientras los tres jóvenes se divertían viendo el Suramericano de fútbol, que se realizaba en un estado fronterizo de Venezuela, las autoridades colombianas descubrieron, en un lugar de las afueras de Barbosa, Antioquia, los cadáveres de Jairo y Fernando Pineda Vásquez, asesinados y con signos visibles de tortura. El primero era conocido con el alias de ‘Jota’ y dueño del negocio ‘Car-Wash 100 Millas’, de donde según las autoridades, se coordinaban negocios ilícitos. A ‘Jota’ se le atribuiría la propiedad de más de 6 toneladas de droga incautadas en la hacienda ‘La Vorágine’, que también era conocida como ‘La Arizona’. El ex oficial del Ejército, Negiff Espinosa también apareció cruelmente asesinado, en Medellín, en esta vendetta que se desató por la desaparición de los dos miembros de la policía. En Córdoba testigos con identidad protegida también comenzaron a ser asesinados. La noche del 12 de febrero, luego de irse el servicio de luz, dos sujetos llegaron hasta la calle 23 con avenidas 2ª y 3ª y asesinaron a la señora Marta Gulfo, suegra de Luis Jerónimo Berrocal, la que se encontraba en compañía de dos de sus hijas. Muchas versiones se tejieron sobre este hecho, pero un manto de misterio envuelve este fiero asesinato.

La sociedad monteriana estaba sintiendo el rigor de la           ‘esmerada’ atención que la policía y las autoridades inves¬tigadoras le habían puesto al caso, dirigido por una aguerrida juez de Orden Público, Cruz Helena Aguilar. Montería parecía sitiada y el pánico se apoderó de muchas familias.

Varias llamadas interceptadas indicaron a los investigadores que los fugitivos estaban en algún lugar de Venezuela, aunque algunos oficiales aseguraban que la información la suministraron allegados a los tres jóvenes, con el fin de bajar la presión a la que estaban sometidas respetadas familias de Montería.

“También para estos momentos ya había corrido otro rumor que consistía en que el capitán Rojas había cuadrado un billete largo con ‘El Gordo’ y al no llegar a un arreglo lo mataron. ‘Jota’ y Darío tenían cada uno su pista de aterrizaje y la alquilaban para recibir y despachar ‘mercancía’. ‘Jota’ comentó más de una vez “Darío se putió el negocio”, recuerda un testigo de excepción de los hechos que pidió se mantuviera su nombre en reserva. Pero esta versión en vez de aplacar la ‘hostilidad’ de los investigadores, al parecer los irritó, aún más.

***

La Semana Santa de 1991, que se inició el Domingo de Ramos, 24 de marzo, nunca la van a olvidar Darío Mendoza Parra, Luis Jerónimo Berrocal Fernández y Hernán Sánchez Mejía. Se encontraban, con sus familias, en un exclusivo sitio de veraneo en Venezuela llamado Puerto de la Cruz. Ya Luis Jerónimo y Hernán habían decidido, con sus esposas, regresar a Colombia y entregarse a las autoridades, porque según ellos, nada tenían que ver con los hechos. Pero un giro de un familiar no llegó a tiempo y tuvieron que esperar hasta que pasara la Semana Mayor para el regreso.

Con anterioridad las autoridades colombianas habían enviado a tres capitanes de la policía con el fin de seguirles la pista. Fue así como el Jueves Santo, 28 de marzo, mientras echaba combustible a un carro que le había prestado un amigo, Luis Jerónimo fue capturado por un grupo de hombres fuertemente armados, junto con su esposa y su hijo de 7 meses. Los dividieron en dos carros. Cuando quedó con sus captores no se imaginó lo que estaba por venir. De inmediato le colocaron una capucha y lo empezaron a ‘ablandar’ para que dijera dónde estaba su amigo Darío. Éste fue el que siguió: lo detuvieron pasado el medio día. En horas de la tarde fue capturado Hernán, junto con su amigo Edgar Duque Lopera, quien les colaboró en su estadía en Venezuela. Recuerda este último que como a las 4 de la tarde, cuando Iba a comerse “un sudado”, varios hombres irrumpieron en la cabaña y uno de ellos les dijo: “buen provecho hijueputas”, luego los esposaron y los montaron a un jeep Cherokee.

Según los detenidos comenzó contra ellos un infierno. Cuentan que fueron presionados física y psicológicamente. Cuando estaban en los carros eran golpeados y la pregunta era una sola: “¿Dónde está el capitán? No se sabe si la intención era asesinarlos, pero lo cierto es que policías de civil de Venezuela y Colombia, los detuvieron y no los llevaron a ninguna estación, para seguir el procedimiento diplomático de deportación, sino que los trasladaron a un puerto en donde, según los detenidos, sus captores discutían si los asesinaban allí o en alta mar. En un momento de esos, de uno de los carros saltó la esposa de Darío y salió gritando pidiendo auxilio y se metió en una unidad residencial. Luis Jerónimo, también se lanzó de un carro y salió gritando hacia unos oficiales de la Armada venezolana que se hallaban muy cerca. Los militares dialogaron un momento con los captores y luego de verificar las identificaciones devolvieron al detenido.

Hay quienes piensan que los investigadores esperaron hasta el Jueves Santo para realizar la operación, para así aprovechar la vacancia judicial de los dos países y poder mantener por más tiempos a sus capturados. Pero no hay prueba en contrario que sustente la anterior tesis.

Desde Puerto de la Cruz los llevaron hasta Caracas, por vía terrestre, fueron más de seis horas de viaje y tortura. Al llegar a Caracas en la madrugada del Viernes Santo, los separaron. Hernán y Edgar fueron a un calabozo; Darío y Luis Jerónimo a otro. Recuerdan que en el día les pegaban con palos, en la noche, cada media hora, les echaban agua y les colocaron una grabadora a todo volumen con música rock. Cuando manifestaban que tenían derecho a un abogado, los venezolanos les contestaban: “coño de tu madre, tú no tienes derecho a nada”. Ese mismo día los trasladaron a territorio colombiano. En el puente internacional Simón Bolívar, entre San Antonio y Cúcuta, fueron entregados a la Policía Nacional, sin realizar ningún trámite de deportación. Fue una operación de ‘solidaridad de cuerpo’ de la autoridad venezolana para con la colombiana.

Según lo contado por los detenidos, lo peor estaba por venir, al llegar a Colombia.

“A Hernán le desviaron la nariz a causa de los golpes, le quemaban las manos con cigarrillos, le pegaban con la placa de un carro y le colocaban una bolsa plástica en la cabeza. Una noche le dijo a uno de los policías que quería orinar, le contestaron que si se lo sacaba se lo mochaban, le tocó orinarse en los pantalones”, contó Édgar Duque.

Luis Jerónimo y Darío también narraron la serie de angustias a las que fueron sometidos por la policía venezolana y los oficiales colombianos que participaron en los operativos. “Uno de ellos era de apellido Bernal, a quien le pregunté que quién era, me respondió: el mismo que te viene dando desde Venezuela”.

Comienzan las versiones

El sábado 30 de marzo dos aviones de la Policía Nacional partieron del aeropuerto El Dorado, uno se dirigió a Montería al mando del coronel Alonso Arango Salazar; otro, salió al mando del coronel Caldas Trujillo, rumbo al terminal aéreo Camilo Daza de Cúcuta. Un general llamó a la Primera División del Ejército, con sede en Santa Marta, para que enviaran dos helicópteros al aeropuerto Los Garzones de la capital de Córdoba.

El aeródromo de Montería ya presentaba exceso de pasajeros, por causa de los viajeros que no querían esperar hasta el último día de las vacaciones de Semana Santa para regresar a sus hogares. Para muchos fue extraño ver la llegada de dos aviones privados, de dos helicópteros y varios vehículos cerca de la plataforma.

En el vuelo que llegó de Cúcuta cuatro hombres encapu¬chados, con las manos esposadas y algunos en pantalón corto y pies descalzos, descendieron y fueron divididos. Al cabo de un momento Hernán y Edgar fueron subidos a la aeronave que llegó de Bogotá. Recuerda Edgar Lopera que a su compañero lo hacían abrir, en pleno vuelo la puerta, y lo amenazaban con arrojarlo. Hernán comenzó a gritar y a rogarles que no le hicieran eso. Minutos después aterrizaron y dijeron “bajen al chiquito”. Hernán Sánchez Mejía estaba listo para declarar, por lo cual lo llevaron de inmediato a Bogotá a tomarle versión libre.

Luis Jerónimo recordó cómo lo subieron a un helicóptero y lo llevaron rumbo a Los Córdobas, municipio al lado del Caribe. Luego de amarrarlo de los pies lo empujaron al vacío, bajaron el aparato hasta que su cabeza rozaba con la superficie, luego lo alzaban y lo tiraban nuevamente. Dijo que en tierra le amarraron de las manos con una larga cuerda, después lo empujaban al río Sinú; luego de unos segundos lo jalaban y repetían el procedimiento. Por último, lo ataron a un árbol y los uniformados se ubicaron a prudente distancia y comenzaban a practicar tiro al blanco, pero disparando a los lados de quien hacía las veces de tarjeta de tiro. Al terminar, también estaba listo para su versión.

Darío, recordó todo lo que le hicieron durante las dos primeras noches, después de la detención en Puerto de la Cruz. Relató, que al igual que Hernán, también lo ponían a abrir la puerta del avión en pleno vuelo, después le colocaban una bolsa en la cabeza. Al poco tiempo ya estaba en ‘disposición’ de rendir su versión.

Versión de los oficiales al mando de la operación
en Cúcuta y Montería

Por su parte los oficiales responsables de ir a buscar a los fugitivos, coronel Gustavo Caldas Trujillo, capitanes Néstor Bernal Fernández y Jaime Castaño Navas, afirmaron que estuvieron en Venezuela para verificar si los sospechosos eran las personas que estaban buscando. “El 29 de marzo los recibimos y los trasladamos a las dependencias de la SIJIN, en Norte de Santander. Unos venían descalzos y en camisetas. Yo mismo les suministré comidas y bebidas, con dinero de mi bolsillo; me conmovió su actitud”, relató el oficial Bernal.

Según el mismo capitán “el sábado 30 viajamos a Montería para verificar lo que me dijo Luis Jerónimo en Cúcuta. Me contó que él era el encargado de llevar la cuenta de la ‘mercancía’ que llegaba, las caletas y de sacar la droga a la pista de embarque. Colaboró con la ubicación de cuatro caletas en donde se encontraron más de 11 toneladas de cocaína. Declaró que Darío era transportador y financiaba los gastos de la operación. Que éste poseía dos avionetas, de las cuales una se había accidentado en el Caquetá”.

“Con respecto a los hechos me dijo –relató el capitán Bernal– que escuchó en su carro que un hombre de Darío, ubicado en el sitio ‘El Quince’, que tiene un radio, que dos tipos en un carro Mazda preguntaron por la finca El Totumo. Darío llamó para que interceptaran a los tipos. Luis Jerónimo partió para la finca, al llegar le dijeron que el patrón le había dejado dicho que llevara a ‘Caballo’ a Montería a curarlo de la herida que recibió cuando interceptó al capitán y su conductor. En el recorrido ‘Caballo’ le refirió los hechos. Que había salido en el toyota azul con ‘Chepe’, ‘Ferney’ e ‘Israel’; cruzaron disparos con los del Mazda, al capitán se le acabó la munición y salió huyendo hacia el monte pero fue capturado. Darío llegó hasta el sitio y manejó el carro del capitán hasta ‘El Totumo’. Más tarde Luis regresó nuevamente a la finca en donde tenían a los retenidos, allí vio a Darío, ‘Guandolo’, ‘Israel’ y ‘El Enano’ interrogando al oficial. Salió luego a esconder una ‘mercancía’ que tenían lista para embarcar en ‘La Rada’. La escondió en un rastrojo, al lado de un camino que lleva al corregimiento de Buenos Aires. De allí se fue a dormir a la finca ‘El Rodeo’ (también se conoce como ‘Las Avispas’). A eso de las 11 de la noche llegó Darío, posteriormente arribó el carro donde iban los que capturaron a los policías. Oyó cuando le dijeron a Darío que todo estaba listo, que ya habían cumplido la orden, y que llevaban eso dentro del carro. Que iban a botarlo al río, enseguida salieron por el camino que está paralelo al río a botarlos. Los responsables de las muertes fueron Antonio Ariza, alias ‘Chepe’; Ferney Galve; Israel, alias ‘parcero’; ‘Mono’, ‘Guandolo’, Álvaro, alias ‘Caballo’”.

Continuó el capitán Bernal su relato manifestando que Luis Jerónimo le dijo temerle a Darío, que lo asesinaría, ya que les diría a los dueños de la droga, quién fue el ‘soplón’. Por tal razón enviaron a Bogotá a Darío, Hernán y Édgar. Después cogieron un helicóptero y fueron a la finca ‘La Arizona’, en el corregimiento de Buenos Aires, y allí indicó dónde estaba una caleta. Luego de cavar 15 metros encuentran 6.500 kilos de droga. Al día siguiente (marzo 31) fueron a la finca ‘El Irán’ y llegaron hasta otra caleta que podía almacenar hasta 20 toneladas de droga, pero ya estaba vacía. Se dirigieron, entonces, a la finca Nuevo Mundo, donde había una caleta de 5 toneladas, pero también estaba vacía.

“Ese mismo domingo, Luis Jerónimo, nos llevó a la hacienda ‘El Rodeo’ para indicarnos cómo llegó el vehículo con los trabajadores y dónde se encontró con Darío la noche del 20 de enero. Nos subimos en un helicóptero y tomamos como referencia el río Sinú rumbo a Jaraquiel. Más adelante, Luis señaló una casa con techo de zinc rojo, a un costado aterrizamos. Allí nos indicó la carretera por donde cogió el carro con los costales de nylon para arrojarlos al río. Los habían incinerado después de asesinarlos”, narró el capitán Bernal.

Por su parte el coronel Alfonso Arango Salazar, oficial que partió de Bogotá a Montería en uno de los aviones mani¬festó que el sábado santo, 30 de marzo, recibió en el aeropuerto Los Garzones, de manos del coronel Caldas, a    cuatro detenidos.

“Darío me contó que él había dado la orden de que lo esperaran y cuando regresó ya Luis Jerónimo y sus hombres los habían matado. Luego hablé con Luis Jerónimo y me contó otra historia. A las 4 de la tarde montamos a Darío en un avión y lo enviamos para Bogotá. Entonces nos fuimos con Luis Jerónimo en un helicóptero a varias fincas en donde nos señaló varias caletas, una de ellas con 7 toneladas de droga. Ese sábado nos tocó dormir en la finca donde encontramos el alcaloide, porque nos cogió la noche de tanto sacar paquetes de cocaína. El domingo por la noche nos fuimos a dormir a Tolú; allá, mientras veíamos televisión, Luis se alteró cuando vio en los noticieros la manera en que presentaron la información”, narró el coronel.

Asimismo, el coronel Caldas recordó que Darío, llorando, le dijo en Cúcuta que él tenía pleno conocimiento del error que cometió, pero que “desgraciadamente las personas que  trabajaban para él se le salieron de las manos”. “Dio a             entender que él no dio la orden de matar al capitán y al agente; quien tomó la decisión fue Luis Jerónimo”, evocó el alto oficial.

“Darío me confirmó –continúa el coronel– que sí los mataron. Que él se encontraba en la finca ‘El Rodeo’ ese 20 de enero y que como a las 11 de la noche llegó Luis Jerónimo y le dijo ahí traigo los paquetes, refiriéndose a los cadáveres, los cuales fueron quemados y echados al río Sinú, en bolsas de polietileno, esa misma noche”.

“Ellos tenían, en un sitio llamado ‘Mochila’, una tienda que la administraba un campesino con un radio, que alertaba a los hombres de Darío en ‘El Totumo’. El capitán llegó hasta ‘Mochila’ y se devolvió hacia ‘El Quince’; cuando iba hacia ese sitio fue cuando los interceptaron”.

“El traslado de Cúcuta a Montería fue lo más de normal; ellos venían esposados y sentados en diferentes partes del avión. El viaje fue como entre amigos, ellos venían charlando con nosotros. Al llegar les tapamos las cabezas para pasarlos a unos camperos, porque había mucha gente y ellos son muy conocidos”, contó el alto oficial.

“Los movimos de allí –continúa su relato el coronel– porque ‘Andrés’ le había manifestado a los capitanes Castaño y Bernal que los iba a llevar a unas caletas donde había almacenada cocaína. Efectivamente Luis Jerónimo los llevó a dos caletas donde se encontraron 7 toneladas; la finca se llamaba ‘La Arizona’. A Darío lo sacamos del avión y le colocamos sobre la cabeza una camiseta gris del coronel Arango y lo montamos en un Mitsubishi rojo de llantas anchas. El fiscal de Cúcuta no quiso escucharlo en versión libre alegando problemas de jurisdicción. No queríamos que más adelante se echaran para atrás o acomodaran entre ellos lo que habían dicho, ya que ambos se habían inculpado mutuamente. Decidieron, entonces, que los capturados le dieran una versión libre al coronel Arango grabada, ellos aceptaron. Darío la dio en el carro y Luis Jerónimo en el avión”.

“Relató Darío –cuenta el coronel Caldas– que luego de trasladar a los dos uniformados a la finca, le lavaron la herida al agente y les dieron agua. Luis Jerónimo salió para Montería con el herido y regresó como a las 6 de la tarde. A la salida de ‘Mochila’ se encontró con su subalterno y le comentó que iba para Montería al centro de comunicaciones a cuadrar todo. Se llevó con él la libreta de anotaciones del capitán, que en esa ciudad quemó. Después se fue para la finca ‘El Rodeo’; como a la media noche le dijeron que llegó Luis Jerónimo, quien pidió que le prestaran a un vaquero a quien le dicen el ‘Mono’ para que ayudara a llevar los ‘paquetes’ al río. Le contaron que los habían quemado. Darío dijo que por qué no los habían dejado mejor en el carro con letreros de las FARC, para desviar una posible investigación. Al final responsabilizó a Luis Jerónimo de todo. Por último, se le pidió el favor a Darío que se dejara filmar para hacerle llegar el video al coronel Salomón Rojas, oficial en uso de buen retiro de la Policía. En la cinta Darío le pidió perdón al padre del oficial asesinado, el teniente Núñez fue el encargado de hacer la filmación, Darío se sentó en la silla de la derecha del campero”.

“Darío responsabilizó de todo al capitán Díaz, que era el comandante titular de la SIJIN de Córdoba. Que lo había asesorado mal. Que le daba un millón mensual, lo mismo que a un director del DAS. Para el día de los hechos el capitán Díaz ya llevaba varios días de comisión en Bogotá, realizando un curso”, concluyó el coronel Caldas.

Versión de Hernán Sánchez Mejía

El 30 de marzo en Bogotá rindió versión libre Hernán Sánchez Mejía. El siguiente es su relato:

“Ese domingo, en horas de la mañana, llegó a la bomba del kilómetro 15, de propiedad de Darío, un Mazda gris con placas de otra ciudad. Cuando estaban despachando la gasolina el capitán preguntó dónde quedaba la finca ‘El Totumo’; el bombero le explicó cómo llegar y enseguida le comunicó lo sucedido a una persona apodada ‘Muelas’, quien tenía un radio. Darío envió a sus muchachos a capturar a los sospechosos. El capitán ya iba de regreso para ‘El Quince’ cuando fue interceptado por los hombres de Darío; en la balacera resultaron heridos ‘Caballo’ y un agente de la policía. Darío cogió el Mazda y se regresó con los capturados para la finca ‘Palermo’, que está ubicada al frente de ‘El Totumo’.

“En la mitad de un potrero estaba Darío, junto con 10 guardaespaldas, interrogando a las dos personas retenidas; luego de requisarlos se dieron cuenta de que era un capitán y un agente de policía. Darío interrogó al capitán sobre su persona y sobre la misión que estaba desarrollando. Luego se fue –Darío– y dejó orden de que los eliminaran. Después de asesinados los incineraron y los llevaron a la finca ‘El Rodeo’ para botarlos al río Sinú, ya que esta hacienda queda al lado del río. Estábamos en Cartagena cuando Darío expuso que debíamos salir del país, porque si nos encontraban nos mataban. Agregó que él podía, por un tiempo, facilitarnos la estadía. Un señor en Barranquilla, Ernesto Saavedra, fue el encargado de llevarnos a Cúcuta. Allá contratamos a un señor del F-2 de apellido Contreras, para que nos mantuviera al tanto de toda la investigación. Un tramitador, Víctor Montagut, nos consiguió los pases provisionales para pasar a San Cristóbal, Venezuela.

“Manuel Antonio Buelvas era el jefe, trabajaba con marihuana: al morir éste, Darío tomó el mando de esa ‘oficina’; los contactos de Buelvas pasaron a Darío. Este último incur¬sionó en el narcotráfico, compró una finca y le hizo una pista de aterrizaje. Luis Jerónimo era el administrador del   manejo de la pista para los despachos de coca. Darío me invitó a ser su socio en un laboratorio, que quedaba en una parcela de 11 hectáreas, que colindaba con mi finca. As¬pirábamos a una producción mensual de 500 kilos; y se alcanzaron a hacer 440 kilos que eran de un señor ‘Mike’; a raíz del incidente se desbarató todo”.

“Desde Venezuela Darío se comunicaba con Antonio Ariza (‘Chepe’) en Medellín, casi todos los días, para indagar por la situación. Luis Jerónimo iba a trabajar hasta el lunes siguiente del problema; iban a liquidarlo laboralmente.

“El día de los hechos con Darío estaban ‘Chepe’, ‘Ferney’, ‘Israel’ y Jorge Pérez, este último, administrador de ‘El Totumo’. El capitán y el agente estaban sentados sobre unos arbustos, atados de pies y manos; el oficial no tenía muestras de maltrato, pero su compañero tenía la camiseta ensangrentada por la herida. Veinte días después, en una conversación en Venezuela, supe que Jorge Pérez (‘Guandolo’) asesinó al capitán, e ‘Israel’ al otro. Luego los quemaron y los botaron al río, en la finca ‘El Rodeo’. Darío dijo que lo había hecho porque ya no había retroceso y que era imposible hacer otra cosa”, contó a las autoridades Hernán.

Versión de Luis Jerónimo

La siguiente es la versión libre que rindió Luis Jerónimo Berrocal el 2 de abril de 1991 a las 3:30 de la tarde:

“Estaba en una finca viendo un ganado. Como a las 12:00 escuché, por radioteléfono, que un carro debía salir al encuentro de otro vehículo; luego, que había un herido. A medio día, estaba almorzando, cuando me llamaron por radio para que me presentara a la finca ‘El Totumo’; al llegar pregunté por Darío; me contestaron que había pasado en un automóvil hacía rato, pero me había dejado la orden de llevar a ‘Caballo’ a Montería, que estaba herido en el brazo derecho. Me contó que habían cerrado a un carro y un tipo se bajó disparando y le pegó un tiro. Fui primero a donde un familiar de mi esposa pero no lo encontré; luego, donde un oftalmólogo amigo; él me acompañó donde un traumatólogo, quien trató a ‘Caballo’ (luego se demostró que Berrocal les dijo a los médicos que la herida se debió a un accidente de trabajo) Después pasé por mi casa a buscar una muda de ropa. De regreso a la finca me encontré con Darío, quien me dijo que iba para Montería a ver cómo estaban las cosas. Me quedé en ‘El Totumo’, como una hora, y decidí partir para Montería nuevamente, pero cuando iba llegando me llamaron para que me presentara en la finca ‘El Rodeo’.

“Allí me dijo –continuó Luis Jerónimo– que se había metido en un problema con gente de la policía, y me pidió que me fuera para la finca ‘La Negra’ a organizarle unas asuntos. Estando en ‘El Rodeo’, pasó un carro y le dijeron los pasajeros que de parte de Darío que llevara esa cosa para el río. Sólo vi pasar el carro. Salí para la finca ‘Santa María’ y allá me encontré con Hernán Sánchez. Procedimos a irnos para una hacienda vecina a la de él. Estando allí llegaron unos muchachos a quienes les dicen ‘Israel’, ‘Chepe’ y Jorge Pérez (‘Guandolo’); contaron que habían retenido a los dos policías, que ellos habían hecho su trabajo y que les habían ordenado botarlos al río. Con Hernán nos fuimos a la hacienda ‘El Covao’. A los pocos días Darío nos mandó a buscar a Cartagena; nos encontramos en Arjona (Bolívar) en la finca de un amigo de él. Allí nos propuso irnos para Venezuela, aduciendo que allá no íbamos a tener problemas, que el problema era él”.

Luego contó los pormenores de todo lo sucedido en Venezuela en momento de la captura.

No se sabe por qué, pero la policía buscaba con más ahínco a Luis Jerónimo. Tal vez la fama que se había granjeado de buscapleitos era argumento suficiente para sindicarlo como el autor material e intelectual de las desapariciones, aunque, según versiones, aparezca como, no responsable.

Versión de Darío Mendoza

El 8 de abril de 1991 dio su versión, ante un juez, Darío Mendoza Parra:

Contó que llegó al aeropuerto de Montería el 30 de marzo a las 10:30 de la mañana, que lo tuvieron dentro de un avión hasta las 6:30 de la tarde, y que nadie podía acercarse a la aeronave, a excepción de los policías que lo trajeron de Cúcuta y de los que llegaron de Bogotá.

Narró todas las torturas a las que fue sometido desde el momento en que los detuvieron en Puerto de la Cruz. “Empezaron los golpes por todo el cuerpo, en especial, por parte de un oficial colombiano de apellido Bernal. Toda la noche nos interrogaron. En Caracas, con los ojos vendados, me hacían subir y bajar escaleras, contar los pasos; era como una azotea. Me pegaban con un tubo, me quitaban la venda y me colocaban una bolsa plástica. De allí, bajo torturas, nos trasladaron a Cúcuta en un trayecto de 18 horas por tierra. Nos hacían decir cosas que no teníamos por qué decir y que no teníamos por qué saberlas. Nosotros contestábamos lo que ellos querían”, relató Darío.

“En Cúcuta –continuó– nos colocaron en calabozos separados; a mí me amarraron, de la muñeca izquierda, a unos barrotes, lo más alto que pudieron. Apretaron tanto las esposas que me hicieron estas marcas; al día siguiente tuvieron que llamar a un cerrajero para que abriera las esposas. A las 9 de la mañana nos trasladaron al aeropuerto; íbamos esposados, separados y encapuchados. Pensé que iría a disposición de un juez, pero nos llevaron a Montería. Allí cogieron a Édgar Duque y a Hernán Sánchez, los pasaron a otro avión, y sólo los volví a ver el martes 2 de abril. Nos llevaron a dar un paseo, como decían ellos; me llevaron a Coveñas, Barranquilla, Medellín y, finalmente, a Bogotá”.

“Al llegar a Bogotá –sigue su relato–, me dijeron que debía firmar unos papeles. En el aeropuerto de Montería me hicieron unas filmaciones y grabaciones, para con ello liberar a mi esposa de todo eso. Y como no conocía de mis otros compañeros procedí a complacerlos en decirles lo que ellos querían que yo dijera. Me sugirieron que debía reconocer que un trabajador mío, Luis Jerónimo, había dado la orden de secuestrar y desaparecer a los oficiales de la policía”. En este momento la diligencia se suspendió porque el llanto impidió que Darío continuara con su relato. Sólo alcanzó a concluir: “yo nunca he matado a nadie, tengo a toda un pueblo que lo puede aclarar”.

Pero 8 días antes, el 31 de marzo a las 3 de la tarde, en Bogotá, Darío dijo a las autoridades que “el 20 de enero estaba en la finca ‘El Engaño’ (es la misma finca ‘El Totumo’) cuando unas personas llamaron por radio preguntando por mí. Luis Jerónimo mandó un carro y le hicieron señas de parar y los encendieron a tiros. Los capturados explicaron los disparos porque creían que era la guerrilla. El oficial me dijo que me tenía los teléfonos intervenidos y los de Luis Jerónimo; que había ido a la finca por un dinero, a realizar un arreglo conmigo. Luis Jerónimo se había ido a Montería a llevar al herido; cuando regresó, como a las 5:30, yo salía de la finca y hablamos de carro a carro. Le dije que ahí estaba la gente, que yo iba para Montería a dar unas instrucciones sobre los teléfonos interceptados que el capitán dio. Las dos personas a las que nos referimos (capitán y agente) quedaron con vida en la finca a cargo de Luis Jerónimo Berrocal, y no supe más de ellas, sino cuando estaban muertas”.

El 24 de abril ya todos habían cambiado sus versiones y la verdad se diluyó, pero la responsabilidad empezó a salpicarlos por igual.

Trece días antes, los medios de comunicación comenzaron a publicar informaciones que, según Darío y Luis Jerónimo, eran manipuladas por las autoridades. El 11 de abril de 1991 el diario El Tiempo publicó, en la página 7ª, una información titulada “Avanza investigación sobre coca incautada en Córdoba”; el sumario de la información señalaba que las “5 toneladas de droga eran de Nasser y Vargas”.

Los implicados -Darío y Berrocal- manifestaban que se estaba orquestando un plan para que los narcotraficantes los asesinaran, al filtrar a los medios informaciones tenden¬ciosas.

El jueves 12 de abril, El Tiempo informó, en primera página, que 12 toneladas de droga se habían incautado en Córdoba, en cuatro meses.

Aparece ‘Guandolo’

En la madrugada del 5 de mayo de 1991, un grupo de hombres, vestidos de civil, interrumpió el sueño de una familia en el barrio Edmundo López. En uno de los cuartos encontraron a un sujeto que aún estaba somnoliento. Su esposa, asustada, preguntó qué pasaba; la respuesta que obtuvo no la animó a preguntar más: “venimos a matar a este hijueputa”. De inmediato varios hombres lo agarraron y le ataron las muñecas con un cable eléctrico y, a empellones, lo subieron a un campero. Acababan de capturar a un sujeto llamado Jorge Pérez, más conocido como ‘Guandolo’, administrador de la finca ‘El Totumo’, –también conocida como ‘El Engaño’–, donde funcionaba la pista de aterrizaje ‘La Rada’. En pocas horas ‘Guandolo’ estuvo ‘dispuesto’ a contar la versión, que según los jueces de instrucción, sería el testimonio más cercano a la realidad.

Después de la captura y de las declaraciones de los tres implicados en los hechos, el interés de los investigadores se centró en Jorge Pérez. Todas las versiones lo señalaban como uno de los autores materiales de los hechos. El 8 de mayo de 1991, en las oficinas de la SIJIN, en Montería, pasadas las 7:30 de la noche, se recibió el testimonio de ‘Guandolo’. Previo a la declaración se presentó un hecho curioso: el declarante se negó a que el abogado Hirán Herazo lo apoderara. Según uno de los testigos, ‘Guandolo’ temía que el defensor, que era amigo de Darío, lo hiciera matar por lo que iba a contar. Semana después, Herazo fue, al parecer, víctima de intimidaciones por parte de unos agentes de la Policía Judicial, en Medellín. Además, entre este abogado y Hernán Sánchez, nació un odio que, por poco, termina en una tragedia mortal. El enfrentamiento no siguió debido a la decidida intervención de un reconocido “garante” de la región.

Después de superado el impasse, una abogada hizo las veces de defensora de oficio. ‘Guandolo’ cantó lo que sabía. Esta es su versión:

“Trabajé por 5 años con Darío Mendoza. El 20 de enero me llamaron por la noche para que me ‘abriera’ de la finca; me dejaron 100 mil pesos con Hirán Herazo. Yo sé de la muerte de uno; del otro no me consta nada.

“Quienes los cogieron fueron ‘Ferney’, ‘Chepe’ y ‘Caballo’; a ellos los mandaron. A los policías los subieron a un Toyota azul. En ‘El Totumo’ estábamos Darío, Luis Jerónimo, yo e Israel (alias ‘Parcero’) Luis Jerónimo dijo camine vamos allá abajo a ver los señores que se están dando plomo; nos subimos a un Waz de color gris y salimos. Cuando llegamos cerca de ‘Mochila’ (es un corregimiento de Montería, que está ubicado frente al desvío que conduce a la vereda de ‘El Totumo’ y a la finca que lleva el mismo nombre), nos encontramos con el Toyota azul de Luis Jerónimo. Ahí venían ‘Ferney’, ‘Chepe’, ‘Caballo’ y los dos agentes. Había dos heridos, ‘Caballo’ y un agente de la policía. Allí, Luis Jerónimo, me dijo que me devolviera, y siguió él con Darío e Israel a buscar el carro de los capturados. Nosotros nos regresamos con los policías que iban acostados en el piso del vehículo; nadie comentaba nada. Los llevamos a la ‘Vivienda’ tal como lo había ordenado ‘Andrés’ (Luis Jerónimo)

“La ‘Vivienda’ es un campamento que queda en la finca ‘Palermo’, aproximadamente a 20 minutos de la mayoría*. De la casa se sale de frente, se cruza una puerta de golpe; después de caminar unos 10 minutos, se llega a una quebrada que se seca en verano; desde allí se divisan el     campamento y unos potreros en donde hay unos corrales pintados de negro y naranja: ésa es ‘La Vivienda’. Antes de llegar a ‘Palermo’, ‘Kiriki’ (Hernán), Darío y ‘Andrés’ hicieron bajar a los policías en la punta de un rastrojo. Allí estuvieron conversando por un rato; no sé de qué hablaron. Después dijeron que siguiéramos para ‘La Vivienda’. A uno de los agentes lo montaron en el Mazda, en la silla de atrás conmigo; Darío iba manejando. Al capitán lo embarcaron en el UAZ o en el Toyota, lo cierto es que llegamos a ‘La Vivienda’ en tres carros”.

“Los metimos en una piecita y los sentamos con las manos atadas a la espalda. Allí ‘Kiriki’ y Darío, –no recuerdo si Luis Jerónimo estaba allí–, interrogaron al capitán. Después ‘Kiriki’ dijo: ‘Guandolo’ vaya con ‘Chepe’ y denle en la cabeza. ‘Chepe’ sacó caminando al agente que no estaba herido (capitán), llegamos a la quebrada y allí le pegamos como cuatro tiros, él con la pistola del ‘capi’ y yo con el revólver del agente”.

“Dejamos al ‘capi’ en la quebrada. Al regresar ‘Kiriki’ preguntó: quién le dio; ‘Chepe’ respondió: ‘Guandolo’, yo le di como unos dos. En ‘La Vivienda’ quedaron ‘Kiriki’ y el otro policía vivo. Como a las 8 ó 9 de la noche llegó ‘Andrés’ en compañía de un señor gordo que tenía como 15 días de estar bajado en la finca de ‘El Totumo’. ‘Andrés’ ordenó quemar el carro; ‘Chepe’ e Israel cogieron el Mazda y le echaron varias latas de gasolina y fueron y lo prendieron. De esa finca salimos para otra que se llama ‘El Rodeo’; ahí botamos al río a los policías; los llevaron en 8 sacos de nylon; llegaron en un carro blanco que manejaba el gordo que vivía en ‘El Totumo’. Israel y ‘Chepe’ se quedaron en ‘El Rodeo’. El gordo los vaciaba al río. Los costales estaban babosos, enmielados, mantecosos; no sé si los cuerpos estaban descuartizados o quemados. Después salimos para ‘Palermo’ en el carro blanco; una máquina estaba sacando la droga que cogieron después en la finca ‘Manaos’. La droga estaba en el rastrojo donde estaba la caleta grande, que es amarilla por dentro; allí cerca está el tanque de combustible. ‘Andrés’ autorizó a sacar esa ‘mercancía’ y entregarla al tractorista ‘Gabriel’”, concluye su relato ‘Guandolo’.

De aquí nacieron las diferencias entre Hirán Herazo y Hernán Sánchez, ya que este último consideró que fue aquél quien indujo a ‘Guandolo’ para que declarara que él autorizó la muerte de los uniformados, cuando en realidad nunca fue así.

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El 9 de mayo, a las 6 de la mañana, orden de registro en mano, oficiales, suboficiales, investigadores, junto con la fiscal 24 de Orden Público, siguiendo las indicaciones de ‘Guandolo’ llegaron hasta una casa de tablas sin pintar, sin puertas, con techo de palma y en mal estado. Antes de esta casa hay un potrero cercado con estacones de color negro y naranja. En el centro de la casa existe una especie de sala de estar de 2 metros de fondo por 2.5 de ancho; al lado izquierdo se ve una pieza donde supuestamente funcionaba una cocina. Al otro lado hay un cuarto desocupado; al frente del patiecito hay otra habitación, en cuyo interior se encuentra un horcón en el medio, que sostiene la casa. En este lugar fue donde estuvieron amarrados el capitán Rojas y el agente Montañez. Aún se escucha el eco de sus ruegos para que se les perdonara la vida. En la parte de atrás de la casa, como a tres metros, hay un frondoso árbol con mangos; al pie del grueso tallo había una gran cantidad de hojas manchadas de una extraña sustancia pastosa, que se extendía a todo su alrededor. El mayor Héctor Pacateque Fonseca, se agachó y recogió varias hojas, como muestras para enviarlas al laboratorio.

Después se dirigieron a una caleta que ‘Guandolo’ declaró que era de ‘Andrés’. “Allí el ‘Indio’ tiene encaletados unos fusiles”. Al lado de un árbol de camajón, cortado con motosierra, cavaron más de un metro y encontraron una caja de fibra de vidrio, en cuyo interior hallaron varios fusiles R-15, munición, proveedores y granadas.

Una de estas diligencias fue vigilada por la procuradora delegada, Yolanda Paternina Bustamante, quien, en algún momento sintió sed y le pidió agua a uno de los oficiales de la Policía. El oficial le señaló una camioneta en donde había agua. La señora Paternina llegó al vehículo, abrió una puerta y sacó una botella de agua; en ese momento creyó ver un marrano en el platón de la camioneta, pero, al mirar    detenidamente, se sorprendió al comprobar que era una persona atada de pies y manos, descalza y toda sucia de barro: se trataba del guía, ‘Guandolo’. Muchos creen que hoy Jorge Pérez está vivo por el descubrimiento de la procuradora.

Esta funcionaria fue la que también salvó al ‘Muelas’, –encargado de manejar la radio en ‘El Quince’ bajo la clave ‘Carnicería’–, quien fue la persona que informó de que el capitán había preguntado, en la bomba, por Darío y la finca. Dos hermanos del ‘Muelas’ estaban ‘desaparecidos’ mientras él aparecía. Después de la intervención de la procuradora, todos aparecieron.

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En un oficio fechado el 16 de mayo, la sección de crimi¬nalística de la Policía judicial reconoció que en las muestras enviadas se halló sangre humana, pero que había una sustancia que no se podía determinar y recomendó enviarla al laboratorio de ECOPETROL.

Una semana después los especialistas de la empresa petrolera colombiana certificaban que “las partículas encontradas tienen características similares a las fracciones de destilados medios, tipo queroseno, producido y comercializado normalmente por ECOPETROL”.

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Semanas después ‘Guandolo’, por intermedio de un escrito firmado por el abogado Hirán Herazo, solicitó ampliación de indagatoria. En esta ocasión se retractó de todo lo declarado en su primer testimonio. Más adelante pidió otra ampliación y acusó al ya fallecido Jairo Pineda Vásquez de haber ordenado el asesinato por no haber llegado a un acuerdo económico con el capitán. Tiempo después apareció una nota ‘post mortem’ firmada y autenticada en la notaria 6ª de Medellín, el 13 de febrero de 1991, por Pineda Vásquez, en donde testifica que él ordenó el homicidio. Pineda había desaparecido el 18 de febrero de 1991 y apareció muerto el 23 del mismo mes, junto a dos personas más, en Barbosa, Antioquia.

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A pesar de los cambios de versiones y después de casi dos años de recopilar pruebas, la investigación se cerró el 4 de diciembre de 1992. El 29 de abril de 1994 les dictaron resolución de acusación por varios delitos entre los que se encontraban homicidio agravado y violación al Estatuto Nacional de Estupefacientes –Ley 30–. Los defensores de los procesados pidieron la nulidad de la Resolución. Pero el 14 de noviembre de 1995 el Juzgado Regional denegó la     declaración de nulidad invocada por los defensores, providencia que fue ratificada en segunda instancia por el Fiscal Delegado ante el Tribunal, el 22 de febrero de 1995.

En febrero de 1996 fue capturado José Antonio Ariza Her¬nández, alias ‘Chepe’.

El 5 de noviembre de 1996 el Juzgado Regional de Medellín declaró penalmente responsables a Luis Jerónimo Berrocal Lora, Darío Mendoza, Hernán Sánchez Mejía y Jorge Pérez Cumplido, como coautores del doble homicidio. Y a Hernando Berrocal Lora por violación a la Ley 30. Las condenas fueron de 49, 47, 28, 18 y 8 años, respectivamente, pero esta sentencia fue apelada y modificada.

La soledad del delito

Vino una controversia jurídica entre los abogados defensores por anular todos los testimonios que, según ellos, se habían tomado de manera ilegal, empezando por haber estado 5 días detenidos en manos de la policía sin ponerlos a órdenes de autoridad competente. Además, alegaron que no hubo deportación, sino un favor de la justicia venezolana para con la colombiana.

En su momento, los jueces reprocharon los métodos de las autoridades, y lo plasmaron en su providencia cuando le pidieron a la Procuraduría que investigara si hubo ex¬cesos de los oficiales y suboficiales que estuvieron en la operación y la investigación. Pero al final, los jueces y         magistrados se basaron en los serios indicios de culpabilidad de los implicados.

En ese entonces se pensó que una cacería como esta no se presentaría nunca más, pero dos años después, ya no sólo los monterianos, sino todo el país y el mundo verían cómo la Policía se unía, como un clan, para acabar con el capo del cartel de Medellín, Pablo Emilio Escobar Gaviria.

Todos cambiaron sus versiones, pero con el tiempo la amistad que existió entre ellos se empezó a resquebrajar, hasta llegar a las amenazas de muerte, situación que obligó a las autoridades penitenciarias a trasladarlos a distintas cár¬celes.

Pero todo no terminaba allí. Sus familias se comenzaron a desintegrar, hasta el punto en que sus esposas los abandonaron. Los ‘amigos’ que se enriquecieron o que aumentaron sus fortunas ‘apuntándose’ en las ‘vueltas’ restringieron sus visitas, y los teléfonos de sus padres no volvieron a repicar para preguntar por ellos.

No se sabe si la agresividad de las autoridades para dar con los responsables de la desaparición y asesinato de los dos uniformados fue la que determinó armar un proceso y condenar a estas personas. Lo cierto es que la Policía fue excesivamente diligente y en algunos momentos hostil, para recaudar las pruebas y llevar a la cárcel a los respon¬sables.

“Si bien todo lo que se hizo no hará aparecer con vida al capitán Rojas y al agente Montañez, existe la certeza, en la ciudadanía cordobesa, de que se hizo justicia. Lo mismo, deben pensar en la familia del retirado coronel Rojas: que quienes orquestaron el doble homicidio están en prisión”, advirtió un oficial que participó en los operativos.

Aunque la sociedad monteriana aprobaba, por omisión, lo que hacían aquellos jóvenes –los que no estaban de acuerdo lo aparentaban muy bien–, no hay duda de que lo sucedido dejó a varias familias destrozadas y muchas enseñanzas. La principal es que, como reza aquel viejo adagio, “hay que aprender de las experiencias ajenas porque las propias son demasiado dolorosas”.

Hoy Darío, Hernán y Luis Jerónimo, están pagándole a la sociedad el precio de su delito. La pena impuesta no va a regresar a los desaparecidos, pero, al menos, la justicia hizo su parte.

Enero 2001

Índice

Pág.

Agradecimientos 7
Introducción 9
Cóbrale diez mil pesos 15
La isla que vendió Torralvo 101
Un hombre armado de palabra 123
Los licores, un trago que no da guayabo 181
Decisiones arrogantes 221


ANTONIO SÁNCHEZ SÁNCHEZ es uno de esos periodistas que resulta Incómodo para algunos medios y fuentes oficiales, pero para quienes saben de periodismo es simplemente un apasionado de este oficio, al que se ha dedicado desde que obtuvo su grado en la facultad de comunicación de lnpahu, hace más de 13 años.

Su paso por las redacciones de periódicos como EL TIEMPO y El Meridiano de Córdoba le han permitido acumular una amplia experiencia que se consolidó en programas radiales y televisivos, como En Caliente, un espacio por el que desfilaron personajes nacionales de la talla    de Horacio Serpa, Noemí Sanín,  Andrés Pastrana, general (r) Harold Bedoya y Édgar Perea, entro otros, a quienes confrontó en temas po¬lémicos, que ya hacen parte de su perfil profesional.

Contrataciones dudosas, adminis¬traciones cuestionadas y personajes públicos oscuros, que han hecho parte de su trajinar periodístico, lo han costado desde presiones pa¬tronales hasta censuras provenientes de políticos y funcionarios que hoy están bajo la lupa de las autoridades.

Parte de las historias que nunca publicó por cuanta de esas intentonas por acallarlo, son las que recoge hoy en su libro LAS CRÓNICAS QUE NO ME DEJABAN CONTAR, una recopilación que desempolva desde el extraño asesinato del Ministro Amaury García Burgos, la venta de una isla que hizo un funcionario público, el asesinato y desaparición de un capitán de la policía, la historia de un personaje que narra la época de la violencia en Córdoba, hasta los vericuetos del jugoso negocio de los licores en Córdoba, su tierra natal.  Casos que son una radiografía de lo que sucede en otras regiones de Colombia; por lo cual este trabajo constituye un pequeño aporte a la búsqueda del verdadero origen de la violencia en nuestro país.

Será un libro que sin duda levantará ampolla en varios sectores.

Júzguelo usted.

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