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Crónicas que da miedo contar | La noche de resurrección

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TOÑO  SÁNCHEZ JR.


CRÓNICAS QUE DA MIEDO CONTAR

ISBN: 958-33-5006-0

Primera edición: Agosto 2003

©    2003 Toño Sánchez Jr. ansanjr@hotmail.com

Reservados todos los derechos

Diseño de la portada: Johnny Peña Génes Editorial A. Sánchez S.

Impreso en Bogotá – Colombia

Ninguna parte de esta publicación, incluida la ilustración de la portada, fotografías y anexos, pueden ser reproducidos, almacenados o transmitidos en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor.

“… por cuanto tú, oh Dios, no desamparaste a los que te buscaron”.

SALMO 9-10

Con todo mi corazón y agradecimiento a un viejo que fue vendedor de ‘caballitos’ en el sector amurallado de Cartagena, guía turístico, botones, detective, secretario de juzgado y periodista …

mi padre y amigo, Toño Sánchez Charry, quien me inició

en este hermoso oficio del  periodismo.

4

CONTENIDO

Pág.

AGRADECIMIENTOS ……………………………………………………………………                 7

CAPÍTULO PRIMERO

La noche de resurrección …………………………………………….  11

  • El Alto San Jorge ……………………………………………………………..                 12
  • Las cuentas de ‘El Viejo Rafa’ …………………………………………….                  17
  • Rumba, diversión y traqueteo ……………………………………………                 23
  • Llega ‘El Cabezón’ ……………………………………………………………                 34
  • El ‘duro’ de Montelíbano …………………………………………………..                40
  • Bombardeos de droga y billete ………………………………………….                  44
  • Se rompe la alianza ………………………………………………………….                  48
  • “Esto es a punta de ‘martillo’ ” ………………………………………….                 52
  • Preparativos para la Fiesta de Resurrección …………………………                     58
  • “Vamos por esos hijueputas” ……………………………………………..                68
  • Llegó ‘El Toro Negro’ ………………………………………………………..                  71
  • La pérdida del conjuro de ‘El Viejo Rafa’ …………………………….                      83
  • Quince años después ………………………………………………………..                  92

CAPÍTULO SEGUNDO

El Camaleón

Autodefensas, paramilitarismo, masacres y narcotráfico

en el Magdalena Medio ……………………………………………………………..       99

  • La narcotización de un sueño …………………………………………….               100
  • Una misma historia, un sólo resultado: violencia …………………     102
  • El primer parte en ‘San Vito’ ……………………………………………..                 107
  • La finca del ‘Patrón’ ………………………………………………………….                113
  • El paraíso del ‘lavado’ y del mal …………………………………………                 117
  • Todos los caminos conducen al Magdalena Medio ……………….     119

por parejo” ……………………………………………………………………..            123

CAPÍTULO TERCERO

Autodefensas – Escobar – Pepes …………………………………  227

de inteligencia …………………………………………………………………              249

EPÍLOGO …………………………………………………………………………….      301

FUENTES DE INFORMACIÓN ………………………………………………………….                  303

Agradecimientos

Creo que uno de los más bellos sentimientos de los humanos es el agradeci- miento. Tal vez uno puede perder todo en esta vida, pero nunca el agradeci- miento. Es el que nos hace sentir que no estamos solos en la tierra y que nos necesitamos unos a otros para crecer y evolucionar en la sociedad. Y empiezo por agradecer a Dios por la vida, más en un país donde los periodistas sobre- vivimos.

El triste problema de escribir este tipo de crónicas es que a quienes tengo que agradecerles por ayudarme a construir estos relatos no los puedo mencionar, porque, ellos y ellas, lo exigieron. Sin la generosa colaboración de estas anó- nimas fuentes hubiese sido imposible escribir este libro. Con todo mi cora- zón… Gracias.

Quiero agradecerle a mi amigo y colega Rahomir Benítez Tuirán, quien fue la primera persona que escuchó mi intención de escribir la historia de lo que sucedió en Mejor Esquina, y me animó a no abandonar el proyecto. Esa cró- nica es tan suya como mía.

Al ‘Bufete de la Avenida Primera’, comandado por el ex magistrado Mariano García de León y secundado por los abogados Guido Gómez Ordosgoitia, Jubier Flórez Díaz, Luis Caraballo Gracia, Joaquín Esquivia y Abraham Náder; mi gratitud por sus lecciones de historia de Córdoba y enseñarme la esencia del folclor sinuano. Después de escucharlos fue gratificante escribir sobre porros.

Agradezco a mi paisano y colega Juan Gossaín Abdala, quien accedió a leer los originales. También quiero decirle gracias a Juan Manuel Ruiz Machado,

por sus alentadoras palabras cuando le narraba lo que escribía. Y como pago esperen kilos de rosquitas y enyucaos de la tienda de doña Juana, ubi- cada en el Aeropuerto ‘Los Garzones’.

A la apreciada amiga y colega Marta Elvira Soto Franco, por sus consejos, colaboración y férrea crítica que siempre fue una ventaja inapreciable.

A una gran periodista y amiga, Nidia Serrano Montes, por sus apuntes y recomendaciones.

A mis viejos y apreciados amigos Nicolás, José Luis y Renzo Garcés Vergara, Moisés Puche Sibaja y, Luis Carlos y Gustavo Ordosgoitia, por su amistad y paciente interés en escuchar mis largos relatos. También las gracias van para Edalso Díaz, por relatarme la época revolucionaria y pachanguera del Cole- gio Nacional de Montería. A mi hermano Jairo, el ‘zar’ de la salsa, por su apoyo y compañía.

A mi madre, mis hermanas Patricia y Rosario; a Pablo Antonio y Mario Ernesto; a mi esposa Mery y mis hijos: Millones de gracias por sus constan- tes oraciones, paciencia, generosidad e infinito amor… que se ha vuelto una deuda de amor impagable.


CAPÍTULO PRIMERO

La noche de resurrección

10

                         La noche de resurrección

Mientras María Magdalena, María la madre de Jacobo, y Salomé se repo- nían del susto por el terremoto que causó un ángel de Dios para remover la piedra del Santo Sepulcro con la intención de que aquellas comproba- ran que el hijo de Dios había resucitado, a cientos de kilómetros de allí y miles de años después -en una vereda del norte de Colombia- varios ma- rranos se daban un banquete con los restos de 53 cadáveres que yacían sobre un potrero del caserío Mejor Esquina.

Fue una noche en la que los familiares de las víctimas se vieron obligados a decirles a su alma, corazón y sentimientos, que ignoraran el dolor que sentían por el asesinato de hijos, hijas, padres, madres, hermanos, her- manas, esposos, esposas, amigos o amigas. Era prohibido llorar a sus muertos.

Fueron 15 interminables minutos de plomo, insultos, sangre y muerte, que aún hoy resuenan en los oídos de los supervivientes. Para muchos, esos largos 15 minutos aún no han terminado.

Era un lunes 4 de abril de 1988, cuando millones de colombianos se des- pertaban de las vacaciones de Semana Santa, una noticia radial los sacu- dió y los devolvió a la realidad: más de 30 campesinos habrían sido asesi- nados en el caserío de Mejor Esquina, en jurisdicción del municipio de Buenavista, Córdoba. Era la época en la que aún las masacres conmovían al país. Además, con esta matanza se dio inicio a una era de sangre y exterminio, con un agravante para el departamento de Córdoba, que los ciudadanos de bien descubrieron que estaban en poder del narcotráfico. El Alto San Jorge era un ensayo de lo que más tarde viviría toda Colombia.

El Alto San Jorge

A esta región de Córdoba la conforman los municipios de Puerto Liberta- dor, Montelíbano, Ayapel, Buenavista, Planeta Rica, Pueblo Nuevo y La Apartada. Aquí se encuentran las mejores tierras del Departamento. Los ganados engordan entre un amanecer y un atardecer. Y los pastos pro- pios, más las variedades que ha ido imponiendo la tecnología, dan sus mejores resultados en esta próspera región. Los sembrados de arroz y sor- go dieron allí sus mejores rendimientos.

Se le llama el Alto San Jorge porque al imponente valle lo atraviesa el río San Jorge, que, al igual que el Sinú, nace en el Nudo del Paramillo, pero los separa la serranía de San Jerónimo, que también sirve de límite con el río Cauca.

El viajero y escritor inglés Cunningham Graham dijo: “He recorrido la In- dia, Australia, Argentina. No he visto tierras tan feraces y tan bellas como esas del Sinú y del San Jorge. Allí llaman impropiamente ‘potreros’ a las fincas de ganado, cuando deberían denominarse mejor ‘fábricas de carne’, por el maravilloso poder alimenticio de sus pastos. El día que a esas regiones las doten de vías de comunicación, se convertirán en un sin igual emporio de riqueza”1.

Pero estas regiones se dotaron fue de pistas de aterrizaje y bodegas para el almacenamiento y despacho de cocaína.

Una provincia tan próspera como esta era la ideal para la presencia de la guerrilla y para que llegaran a asentarse los nuevos ricos de Colombia, a quienes los pobladores les dieron el mítico nombre de “Los Mágicos”.

Estos llegaban donde el campesino, comerciante, agricultor o ganadero a proponerles mortales negocios:

  • ¿Cuánto vale su finca?
  • Quinientos mil pesos por hectárea, contestaba el interrogado.

1 Cita tomada del libro de Remberto Burgos Puche: Creación y Organización de Córdoba, página 84.

–     Se la vamos a pagar a un millón la hectárea. Este fin de semana vaya por sus cosas y el lunes nos vemos en la notaría.

El pago era en efectivo. El billete llegaba en costales de lona, de allí el comentario callejero: “Ese sí tiene la tula”. Otros más osados decían en voz baja: “Está con el botín”2, este último apelativo al dinero no era aceptado y traía serios reclamos porque dejaba entrever que el billete venía de mala procedencia, lo cual iba en detrimento de la ‘moral’ del comprador.

Fueron muchas las propiedades que cambiaron de manos, luego de haberlas tenido tradicionales familias que las legaron generación tras generación.

Había propietarios renuentes a vender, pero tras escuchar las mágicas palabras: “O nos vende a nosotros o le compramos a la viuda la próxima semana”, corrían a cerrar el negocio en la notaría. Si el cliente no tenía mujer, entonces cambiaban el término “viuda” por el de “herederos”.

Pero no sólo las tierras encantaron a los nuevos hacendados. Aunque com- prarlas les permitió evadir al fisco y lavar sus ingresos, lo que les fascinó fueron los 129 kilómetros de costa que tiene el departamento de Córdoba frente al Mar Caribe. Con un aeropuerto que recibe aviones de gran ta- maño y un pequeño comando de policía, por lo general, al mando de un mayor antiguo o un recién ascendido coronel. No existía una brigada, sólo un batallón. Pero lo más importante era que Córdoba estaba cerca de lo que se conocía tanto paraíso empresarial y financiero, como mercado negro de armas, contrabando, coca y lavado de activos: Panamá.

El contrabando con ese país tuvo su época de esplendor entre los años setenta y los ochenta. Hasta el champú que se usaba en Montería venía del Istmo. Pero luego muchos contrabandistas cambiaron de oficio y se dedicaron a mover grandes cantidades de dólares, que no eran propias de las utilidades de sus ‘trabajos’ iniciales. Para algunos, la zona del Canal era “el paraíso de la maldad y el billete”. “Lo que no se conseguía en Pana- má era porque no lo habían terminado de inventar”, recuerda un vetera- no contrabandista.

2 Referencia a la persona que tiene mucho dinero, pero de dudosa procedencia.

También Córdoba tenía otra nefasta utilidad. Su ubicación geográfica y los fértiles valles que contrastan en algunas partes con las agrestes estribaciones de las serranías de Abibe, San Jerónimo y Ayapel, permitían la construcción de grandes pistas de aterrizaje, que el mismo entorno mimetizaba. Varias fueron muy famosas, entre ellas una ubicada en el municipio de Buenavista, en una finca que daría mucho que hablar tiem- po después: ‘Caballo Blanco’. Otra en el corregimiento de Buenos Aires-La Manta, jurisdicción de Montería, de nombre ‘Mundo Nuevo’, que los mo- radores llaman ‘La Pista’. Entre 1980 y 1990 funcionaron en Córdoba, según datos de la Aerocivil, 23 pistas con permiso, de las cuales siete esta- ban ubicadas en Ayapel. Las pistas que operaban en el Departamento, incluyendo las ilegales, superaron las 30.

Por lo general el área en donde funcionaba la pista era arrendada o ven- dida a un tercero, que podía ser un testaferro o una persona cualquiera que después desaparecía misteriosamente. Si la pista caía en desgracia, el propietario de la hacienda conservaba la mayor parte de la propiedad y no se calentaba3 con la vuelta4.

Todas estas ventajas de Córdoba no pasaron inadvertidas para un temible grupo guerrillero que había nacido en diciembre de 1967 en la bella re- gión del Alto San Jorge: el Ejército Popular de Liberación, EPL. Inicial- mente su centro de operaciones lo estableció en el Alto Sinú, en un sitio olvidado por el Estado, y que tenía un nombre que inspiraba miedo y respeto: ‘Los Llanos del Tigre’.

Los frentes ‘Francisco Garnica Narváez’ y ‘Pedro León Arboleda’, del EPL, fueron los que azotaron con virulencia a los pobladores, no sólo de Cór- doba, sino también de Urabá y otras regiones del país. Muchos ganaderos, agricultores y comerciantes aprendieron a convivir con la extorsión y el secuestro a que los sometió el grupo subversivo. Se llegó a decir en un momento que los pobladores de Buenavista eran la retaguardia y avanzada del EPL.

A pesar de su poder, los nuevos dueños de las fincas no escaparon a las extorsiones de la guerrilla. Como la avaricia de los extorsionistas no tenía

3 Meterse en problemas con la justicia. ‘Calentar’ o ‘caliente’ lo utilizan para significar lo mismo.

4 Misión o mandado, por lo general para cometer un ilícito.

límites, los hombres del botín decidieron empezar a contratar su seguri- dad para evitar el alto costo del ‘boleteo’ y controlar el elevado ‘arancel’ que el EPL cobraba por cada avioneta despachada de las pistas que opera- ban desde su jurisdicción.

Al principio el EPL sólo cobró un impuesto por avioneta cargada con mer- ca5, y no se metió con los nuevos propietarios, pero los ‘guerrillos’ disfru- taban de un tácito permiso para extorsionar y secuestrar a los hacenda- dos de la región. Esto se interpretó, tiempo después, como una macabra alianza para que los desesperados propietarios vendieran sus tierras a ‘precio de huevo’ a los mafiosos que llegaban a la zona. Aunque tiempo atrás esta práctica la empleaban los mismos finqueros con la guerrilla. Les decían al comandante del frente que no podían cumplir la cuota que se les imponía, pero que si los ayudaban a comprarle a tal vecino, sí se comprometían a pagar lo acordado. Los guerrilleros no le veían ningún inconveniente a la sugerencia y comenzaban a apretar6 al incómodo veci- no para que vendiera más rápido y barato.

Unos cuantos hacendados de Córdoba aumentaron sus fortunas aliándo- se con ‘El Viejo Rafa’ o al EPL. Tal vez se comieron el cuento ideológico, pero el peso de haber sido socio de este despreciable sujeto, los obligó a mantener un bajo perfil.

Cuando la gran mayoría de las extensas propiedades de la zona ya estaba en manos de mafiosos, el EPL comenzó a extorsionarlos. El negocio era tan bueno, que hasta estudiaron la posibilidad de internacionalizar el ‘boleteo’. Incluso, se consideró seriamente enviar una comisión7 a Pana- má para ‘vacunar’ a comerciantes y banqueros de ese país. Pero mientras se daba el proyecto, empezaron a apretar a sus socios.

Estaba a punto de romperse una alianza estratégica.

5 Nombre que le dan a la cocaína o al avituallamiento.

6 Amenazar de muerte.

7 Así llama la guerrilla a los que van a hacer una diligencia o misión.

Un hombre que había llegado a radicarse en Córdoba, y propietario de una finca llamada ‘Las Tangas’, empezó a ver con preocupación esta aso- ciación. En una ocasión sentenció: “No podemos permitir que los mafiosos, con la ayuda del EPL, se queden con todas las tierras de Córdoba”. Este personaje daría mucho de que hablar en Colombia, se trataba de Fidel Castaño Gil.

Otro personaje que llegó a Córdoba también comenzó a preocuparse por la pérdida de exclusividad que tenía en el negocio del narcotráfico: Juan Ramón Matta Ballesteros. Era un hondureño que compró las mejores tie- rras del Alto Sinú. En Montería montó una oficina llamada ‘Inversiones Vásquez’, donde atendía sus negocios. La fachada era una compraventa de camperos Toyota y maquinaria agroindustrial. Fueron los primeros que llevaron a la ciudad los llamados Toyotas anfibios. Pero lo curioso era que a los eventuales compradores que llegaban por uno de estos carros o un tractor, les respondían que no estaban para la venta. Por esta razón se entiende el porqué durante años estuvieron siempre los mismos vehículos exhibidos.

Matta cayó en desgracia años después, y la mayoría de sus propiedades pasó a ser botín de guerra.

Las cuentas de ‘El Viejo Rafa’

Ya para esta época –años ochenta– hacía de las suyas un sujeto llamado Isidro Antonio Martínez Pastrana. Con este nombre no atormentaba a nadie. Es más, físicamente se parecía a lo que hacía: era vaquero y jorna- lero en la hacienda ‘Cuba’, propiedad de Alfonso Ospina. También trabajó en las fincas ‘Los Moncholos’ y ‘Porto Bello’. Más adelante se dedicó, en sus ratos libres, a cuatrero. Alternaba sus oficios varios con la vigilancia: Era soplón y mensajero del EPL. Fue allí donde le pusieron una chapa8 que fue por la que lo conocieron como el sujeto más temido, respetado y despreciable: ‘El Viejo Rafa’.

Nació un 5 de mayo de 1945 en el corregimiento de Tierrasanta, munici- pio de Buenavista, Córdoba. Fue el financista más grande que haya tenido el país, aunque sus operaciones no las cotizó a través de la Bolsa de Valo- res, sino en la ‘tula’ del EPL.

A este legendario extorsionista, los campesinos le atribuían poderes so- brenaturales y, además, creían que tenía un pacto con el diablo, para evitar ser atrapado. Decían que se podía esconder detrás de un palo de escoba o convertirse en un árbol. Con poderes o no fue el que llevó a cientos de personas a la ruina y a la desgracia… Y a muchas otras las enriqueció con tierras y dinero.

Era el hombre consentido de Bernardo Gutiérrez, Rafael Kerguelén (a) Marcos Jara, Francisco Caraballo y del resto del comando central del EPL. ‘El Viejo Rafa’ tenía otra virtud, y era que le encantaba el secuestro… los fandangos y las muchachitas de 13 ó 14 años, de Primera Comunión, como dicen en el monte.

Relatan que entró al EPL a mediados de los 80’s, pero otras fuentes afir- man que a finales de los 70’s hacía parte ya de ese grupo guerrillero como auxiliador y colaborador. Su experiencia como conocedor de la región y de las personas que tenían propiedades en toda la zona del San Jorge y

8 Alias o nombre falso que se colocan las personas. Le dicen ‘chapa’ haciendo asociación a la placa que usan las autoridades para identificarse. “ ‘Chapear’ de ley” es hacerse pasar de policía, militar o agente de una institución investigativa.

Alto Sinú, fue su mejor aporte. Para aquellos tiempos pasaba siempre inadvertido ante sus amigos y autoridades.

‘El Viejo Rafa’ jamás se atrevió secuestrar a los del botín, a éstos los extorsionaba. No precisamente por las hectáreas de tierra y ganado que poseían, sino por una famosa y productiva pista de aterrizaje ubicada en una finca en el San Jorge, que con el tiempo alcanzó una fama casi mítica… por el traqueteo9: ‘Caballo Blanco’. Les exigía un excesivo gramaje por kilo embarcado.

Esta hacienda, aunque no aparezca ningún documento que lo demues- tre, era, según la mayoría de los moradores de la región, de un ganadero de Montelíbano: César Cura De Moya. Para muchos hacendados, Cura era amigo y socio de ‘El Viejo Rafa’ en el negocio del traqueteo. Pero esta alianza le trajo tiempo después una pelea con el clan Ochoa, que lo acusó de patrocinar y aceptar que el subversivo extorsionara y secuestrara a los ganaderos y agricultores de la zona.

‘El Viejo Rafa’ tampoco se atrevió a plagiar a los propietarios de otras pistas que operaban en sus límites, como eran las del corregimiento de Buenos Aires-La Manta, Nueva Lucía, El Totumo y Canalete. Por estas rutas se despacharon al mundo miles de kilos de droga. El financista del EPL sabía que con los señores de la droga había que transar, jamás secues- trarlos… ni siquiera irritarlos.

En todo el San Jorge y Alto, Medio y Bajo Sinú, nada sucedía si ‘Rafa’ no lo aprobaba. Incluso, tenía una relación casi paternal con los que ex- torsionaba, pero luego los secuestraba. Los especialistas llaman a este comportamiento, sicópata.

Tenían una base en la vereda de Marralú, en Ayapel, a donde iban todos los comerciantes, ganaderos y agricultores a llevar la ‘vacuna’. Hasta las autoridades sabían de su ubicación pero temían ir hasta allá.

No hay que olvidar que siempre fue bueno con el ron, las fiestas populares y las niñas.

9 Todo lo relacionado al almacenamiento, transporte y exportación de cocaína.

Para descansar del trajín elegía un caserío ubicado al frente del municipio de Buenavista, llamado Mejor Esquina. A todas las fiestas que celebraba esta vereda, se presentaba: la del Sábado de Gloria y Domingo de Resu- rrección, del año de 1988, no fue la excepción.

El mayor problema que tenían los ciudadanos de Buenavista era que esta- ban a la orilla de la Troncal de Occidente, y el EPL para pasar esta vía debía contar con la ayuda de algunos residentes del mencionado munici- pio. Fue ahí donde nacieron muchas de las dificultades por las cuales pa- saron los habitantes de esta población. Varias personas fueron asesinadas por ser auxiliadoras o sindicadas de serlo del grupo guerrillero.

Otras personas se valieron de la confianza que gozaban ante coman- dantes de grupos al margen de la ley para arreglar cuentas persona- les. Un ganadero le debía dinero a otro y para no pagarle lo acusaba de auxiliador de paramilitares o de guerrilleros, de acuerdo al bando donde se moviera. El resultado era que el sindicado aparecía asesina- do. El mismo método se aplicaba también para quedarse con las mejo- res tierras.

Uno de esos crímenes fue el del prestante médico, ex concejal de Buenavista y ex presidente de la Asamblea de Córdoba, Agustín Barba.

El conocido galeno se radicó en Buenavista y se ganó el aprecio y conside- ración de los habitantes de la región. Muchos residentes lo consideraban “El San Gregorio” del San Jorge, por sus aciertos para sanar enfermos. Atendía aproximadamente de 80 a 100 pacientes diarios.

Para finales de los años 80 se presentó un hecho que cambió la imagen del médico para siempre. En Sucre secuestraron a un hijo del ganadero Arturo Cumplido, quien fue compañero de universidad de Agustín Barba.

Barba, por medio de muchos de sus pacientes, se puso en contacto con ‘El viejo Rafa’, y le solicitó que trasladaran de Sucre al San Jorge al hijo de Cumplido. A los pocos días el EPL se robó un Nissan Patrol de la finca ‘Guacarí’, ubicada en los límites del caserío de Mejor Esquina. El vehículo

viajó hasta el municipio de San Andrés de Sotavento y trajo al secuestrado hasta la región en mención.

Lo que hacía Barba era considerado por muchos como buenos oficios, pero otras personas tenían sus reservas. El EPL pidió inicialmente 100 millones de pesos, que era mucho dinero para esa época, pero sólo paga- ron 70 millones. El médico fue con Arturo Cumplido hasta la Mayoría10 de la hacienda ‘La Carcajada’ a llevar el dinero del rescate. Allí estaba ‘El viejo Rafa’ en compañía de un profesor de escuela en Montería, que en los ratos libres se uniformaba: era el maestro Lascario Humánez, alias co- mandante ‘Domingo’. En la mesa estaban también el comandante ‘Raúl’ y Bernardo Gutiérrez.

Luego de contar la plata soltaron al hijo de Arturo Cumplido.

A los pocos días un hermano de Barba, Napoleón Barba, alcalde de Simití, Bolívar, fue secuestrado. El médico viajó hasta la región del Sur de Bolívar para gestionar la liberación de su cercano pariente y también fue plagiado, pero por intervención de un cercano amigo de Buenavista fue liberado.

A pesar de la experiencia, Barba continuó con sus buenos oficios.

Poco tiempo después, el médico se salvó nuevamente, esta vez, de una celada que le tendieron, para dar con el paradero de unos guerrilleros. Unas personas se le acercaron con un cargamento de medicinas, y con la excusa de que era para el EPL, le solicitaron la ubicación de los campa- mentos. Habilidosamente, Barba les pidió que las dejaran y les prometió que buscaría la forma de hacerlas llegar.

Lo que desencadenó su cruel asesinato, opinan muchos, no fue su gestión con la liberación de secuestrados o sus mandados. Fue un ‘favor’ hasta hace un tiempo desconocido.

En una rápida incursión del Ejército Nacional, un soldado hirió al ‘Viejo Rafa’. Este último llegó hasta el corral de una finca de la región, le quitó el caballo al ordeñador y los dos calambucos11 de leche. Echó en estos su

10 Casa principal de una finca o hacienda.

11 Nombre que le dan los campesinos al recipiente donde echan la leche.

armamento y una tula de la que nunca se separaba. Era en donde llevaba el billete de las extorsiones y secuestros. Llegó gravemente herido hasta la finca de ‘Lucho’ López, ubicada en la zona de Mejor Esquina. Luego man- dó a Buenavista por dos médicos para que lo atendieran. La petición iba acompañada de una amenaza de muerte, por si no querían ir en su ayu- da. Según testimonios, lo asistieron los doctores Agustín Barba y Arturo Martínez, este último fue por petición del primero, quien se encontraba muy asustado. Aunque Martínez ha negado su presencia en la ‘interven- ción quirúrgica’, otras personas afirman lo contrario.

Al final, Barba, el ‘San Gregorio’ del San Jorge, terminó salvando al hom- bre más odiado de la región, algo que muy pocos estaban dispuestos a perdonarle.

Tiempo después, un 24 de octubre, a las 7:00 de la noche, el médico cerró su droguería ubicada en todo el frente de la Troncal de Occidente, en la esquina de la calle principal, a la entrada de Buenavista. Caminó unos metros y llegó hasta la farmacia de su colega Arturo Martínez a saludar- lo. Mientras estaba allí, llegó un hombre apodado ‘Gonzalo’, con un en- fermo. El primero le dijo:

– Doctor Barba, qué le damos a este borrachito para que se vaya a acostar, pues se siente muy mal.

Tras examinarlo, le formuló un analgésico y le recomendó que la mejor medicina era el descanso. Se despidió y se fue para su casa, a un costado de la iglesia.

Al llegar le pidió a su señora la cena. Se dirigió a su cuarto y se quitó la ropa, quedó en pantaloneta y sin camisa. Se sentó en la puerta a esperar el llamado de su esposa… pero primero le llegó el de la muerte. Un hom- bre se acercó a su casa y le disparó seis veces. Sus ojos quedaron desorbitados, tal vez no fue porque se le estuviera yendo la vida, sino por su última visión. Al morir miraba al paciente que acababa de atender en la droguería de Arturo Martínez. Ese “borrachito” era el que lo estaba ultimando.

‘Gonzalo’ se lo había llevado para que ‘reconociera’ al objetivo.

El sacerdote Guillermo Vivanco al oír los disparos salió de prisa de la Casa Cural y emprendió la persecución de los asesinos. Los alcanzó en Planeta Rica, y allí los entregó a la Policía. Un testigo recuerda que el párroco les dijo a los agentes: “Suéltelos, que yo mismo los mato… ellos mataron a Barba”. Lo cierto es que el cura Vivanco cargaba una pistola, y con ella fue hasta la finca ‘La Castilla’, días después. Esta hacienda era de un temi- ble sujeto al cual en la homilía del sepelio del médico, Vivanco lo señaló como responsable del asesinato: Javier Piedrahita Cardona.

Este señor era propietario de varias fincas en la región, tiempo después fue acusado de narcotráfico y se lo robaron de una clínica en Barranquilla en diciembre de 1999. Según sus amigos, disfruta hoy de su fortuna en un rancho en los Estados Unidos.

La vez que el sacerdote lo visitó, le dijo: “como sigan las muertes, yo mis- mo lo vengo a matar”. La aversión del párroco hacia el mencionado suje- to era revalidada todos los domingos en los sermones.

Guillermo Vivanco era especializado en Derecho Canónico y fue presiden- te del Tribunal Eclesiástico de Barranquilla, había sido párroco de Tierralta, Córdoba. Tiempo después apareció asesinado junto con un sobrino, en la iglesia de la Ciudadela 20 de Julio, barrio de Barranquilla. Nunca se han aclarado los móviles del hecho.

También para esta época, en el municipio de Ayapel apareció el cadáver de ‘Gonzalo’, quien trabajaba en una finca llamada ‘El Trece’, que junto con los de ‘La Castilla’ formaban lo que se llamó en una época negra de la violencia en Córdoba: Un combo12. Un temible y criminal combo que ame- drentaba a campesinos y hacendados para luego comprarles las propie- dades a miserables precios. Con este refinado estilo de trabajo se hicieron propietarios de las mejores tierras de Córdoba que luego vendían en mi- llonarias sumas, convirtiéndose en los hombres más admirados y respeta- dos de la sociedad monteriana.

12 Grupo de sujetos que se dedican a delinquir.

Rumba, diversión y traqueteo

Mientras los del EPL extorsionaban, secuestraban y asesinaban, los nue- vos propietarios de tierras en Córdoba se divertían a sus anchas con las grandes cantidades de dinero que les llegaba. Luego de las decenas de embarques que despacharon desde las distintas pistas dispersas por el Departamento. Parte de esas utilidades iba a manos de los subversivos del EPL. Ya para mediados de la década de los 80’s esa guerrilla era un engra- naje fundamental en la cadena del negocio del narcotráfico.

Eran famosísimas las rumbas que se daban en varias de estas fincas. Sólo hay que escuchar a muchos cantantes de vallenatos dedicar saludos al propietario de una de ellas, que fue considerada el centro de recrea- ción y de festejo de todos los mafiosos: ‘La Mireya’, también propiedad de César Cura De Moya. Por allí pasaron orquestas nacionales e interna- cionales.

Era sinónimo de estatus ser invitado a una rumba en ‘La Mireya’. El 24 de diciembre de 1986 el Gran Combo de Puerto Rico amenizó una gran fiesta de Navidad en el lugar. Para muchos, aunque no hay nadie que haya dicho lo contrario, fue el festejo por el asesinato del periodista Guillermo Cano. A ella asistieron muchos de los más buscados narcos del país, de ese en- tonces. ‘La Mireya’ está situada en el corregimiento del Anclar, en com- prensión del municipio de Montelíbano.

A pocos kilómetros del Anclar está Buenavista. Como todos los munici- pios de Córdoba, este tiene una calle principal que atraviesa el pueblo, esta vía está a mano derecha cuando se viaja en sentido Montelíbano- Montería. El camino va al corregimiento de Belén, y a tres kilómetros de la cabecera está la finca ‘Caballo Blanco’. Ésta se llamó inicialmente ‘Co- lombia’, y pertenecía a un respetado ganadero y criador de toros bravos para corralejas, Emilio Barguil Rubio. Luego la compró el cachaco13, Al- berto Moreno, pero la administró Remberto Salgado, hombre honorable y respetado comisionista de ganado. Después pasó a manos de Javier Cár- denas, quien la amplió tras comprarle las tierras aledañas a varios veci-

13 Persona del interior del país.

nos, entre los que se encuentran Rosa Julio; Olimpo Tuirán, que le vendió ‘El Algarrobo’; Mufit Janna, asesinado tiempo después por ‘El Viejo Rafa’; y José María Hoyos.

Un nuevo propietario –Javier Cárdenas– fue quien construyó la casa nue- va y decidió ponerle el sugestivo nombre de ‘Caballo Blanco’. Eran aproxi- madamente mil cien hectáreas. Más de 100 personas trabajaban diaria- mente en la adecuación de tierras y otros oficios. Todos los empleados eran residentes en las veredas Las Aguaditas, Las Cruces y Belén.

Antes de que Cárdenas desapareciera furtivamente, sucedió un extraño hecho. Varios hombres se presentaron a la hacienda y secuestraron al ad- ministrador, Héctor Arias. Uno de los trabajadores voló y dio aviso a la Policía. En un sitio conocido como Rusia emboscaron a los secuestrado- res, quienes murieron en el tiroteo. Al identificarlos, uno era oficial del Ejército, y llevaba una cadena, propiedad de un ganadero que había sido secuestrado tiempo antes en Montelíbano. Pero las cosas quedaron ahí y rápidamente se le “echó tierra” al suceso.

Al poco tiempo, en toda la región se hablaba que el nuevo propietario de ‘Caballo Blanco’ era César Cura De Moya, no hay documento que así lo demuestre, pero en ella trabajó como administrador uno de sus tíos, Santander Cura.

La primera vez que se escuchó mencionar en el ámbito nacional a ‘Caba- llo Blanco’ fue después del asesinato de Rodrigo Lara Bonilla, en 1984. Días después del crimen, la propiedad en mención fue allanada por el Ejército, pero no se encontró nada.

A pocos kilómetros de ‘Caballo Blanco’ existía una finca que tenía varios nombres, pero que hoy aún es recordada por haber sido una hacienda que trajo prosperidad a toda la región del corregimiento de Buenos Aires-La Manta, jurisdicción de Montería. Se llamaba ‘Mundo Nuevo’.

Los primeros dueños fueron la prestante familia Echavarría Misas. “Pio- neros del desarrollo económico en Antioquia a comienzos del siglo pasa-

do, y noble ejemplo de consagración al trabajo en términos de altruismo y patriotismo”. Algunos fueron secuestrados por la guerrilla y otros asesi- nados, lo que ha llevado a pensar a muchos que a esta familia la persigue un sino trágico.

Antes de la creación del departamento de Córdoba, 18 de junio de 1952, ya los historiadores de la época se referían a esta hacienda y a sus dueños como personas comprometidas con el progreso de la región. Fue don Ale- jandro Echavarría, junto a 18 ganaderos más, quien en 1943 trajo a lo que sería Córdoba, los primeros tanques garrapaticidas, para atacar este ácaro que estaba acabando los hatos.

Como las vías de comunicación entre Antioquia y esta zona del país eran pésimas, la familia Echavarría construyó una pista de aterrizaje en su propiedad, en donde podían descender hasta aviones DC-3. Campesinos recuerdan cuando llegaban y bajaban con sus alforjas. Con el pasar del tiempo y por la alegría que causaba en los niños ver aterrizar un avión, la finca empezó a ser llamada: ‘La Pista’. Pero en realidad estaba registrada como ‘Mundo Nuevo’.

La inseguridad causada por la guerrilla llevó a los Echavarría a vender la hacienda. La propiedad se dividió y pasó a manos de varios dueños. Para inicios de los 80’s, una de las partes en que se fraccionó estaba en manos de unos españoles de apellido Fernández. Éstos construyeron una impo- nente casa jamás vista en la zona rural de Córdoba.

Pero pasado un tiempo llegó un nuevo propietario. Era un ‘respetado’ gatillero de Medellín, que se convirtió luego en un importante narco- traficante. Jamás fue empleado de Pablo Escobar, más bien eran socios, y este último lo respetaba porque manejaba, para aquella época, a los bandidos y pistoleros más bravos de la ciudad de la Eterna Primavera. El recién llegado era Rafael Cardona Salazar, conocido en el mundo del hampa y del narcotráfico, como ‘Rafico’. Era tal su eficacia que las dos ‘vueltas’ más bravas de la mafia, en el exterior, para aquella época, las hizo él.

Con el nuevo propietario, ‘Mundo Nuevo’ pasó a llamarse ‘Villa Alegre’. Y no era para menos, las rumbas que allí se hacían eran dignas de un car- naval. Por tal razón se llegó a decir que a ‘Villa Alegre’ iban más grupos musicales que al Festival de Orquestas de Barranquilla.

A la mañana siguiente de una de esas bacanales irrumpió en la finca una patrulla del Ejército y arrestó a todos los que allí departían. El oficial que iba al mando estaba tan ‘enérgico’, que se le ocurrió la brillante idea de ordenar que en un sitio se ubicaran los músicos, en otro las mujeres, a un lado de la piscina los escoltas y en una sala los invitados, meseros y conductores.

En la pista habían dos avionetas y un helicóptero. En el parqueadero, decenas de carros todo-terreno. El oficial pidió las llaves de las aeronaves y los vehículos.

Llamó a su superior para informarle de las novedades y solicitó transpor- te. Se llevó como detenidos a los invitados, escoltas y conductores, a los demás los dejó ir.

Cuentan que casi todos los detenidos sabían tocar un instrumento.

Un habitante del corregimiento de Buenos Aires-La Manta, que trabajaba para aquella época en ‘Villa Alegre’, asegura que entre ellos estaban dos miembros de la familia Ochoa y Pablo Escobar.

Cuando la tropa regresó a la finca, los ‘músicos’ se habían ido, y con ellos las avionetas, helicóptero y carros.

De la pista de esta hacienda comenzaron a embarcarse grandes toneladas de droga.

Ya los valles del Sinú y San Jorge se habían convertido en el mayor

despachadero de coca para Centro América, México y los Estados Unidos.

Córdoba era la región con los mejores valles de Colombia, para agricultu- ra y ganadería, y a la vez la bodega más grande del país para almacenar y despachar cocaína.

El ganadero, Rodrigo García Caicedo, describe esa aciaga época de la si- guiente manera: “Pareciera que en Córdoba no hubiese bodegas con dro- ga para despachar al exterior, sino un yacimiento de cocaína”.

Esta situación trocó los valores y disparó la ambición de muchos cordobe- ses. Se convirtió en una desgracia tener poco o no tener dinero, pero se era honorable y respetado así se fuera narco o bandido.

El también ganadero José Luis Garcés Vergara relata que los viejos gana- deros del Sinú cuentan que en Córdoba hay más ricos por el narcotráfico que por la ganadería o agricultura. Ello sin enumerar los que se salvaron de la bancarrota luego de apuntarse14 en un embarque.

‘Rafico’ no podía estar al frente de la finca, porque múltiples labores de ‘gatillo’ y ‘traqueteo’ lo mantenían ocupado. Además, el encargo que aho- ra tenía no daba espera. Había que silenciar con urgencia a un soplón que había develado toda la red del narcotráfico en los Estados Unidos; y estaba ‘empapelando’ y ‘dándole dedo’ a todos los ‘Señores’ de la droga. Lo más delicado de todo era que señalaba a dos de sus socios en el negocio, y eso era muy grave. Los implicados eran: Fabio Ochoa Vásquez y Pablo Emilio Escobar Gaviria.

El soplón era un ex piloto de la Trans World Airlines, más conocida por sus siglas en inglés como la TWA. Lo llegaron a considerar el piloto más ‘efectivo’ del Cartel de Medellín. Hasta llegó a ser el consentido de Escobar. Se trata de Adier Barriman Seal, de 46 años, ampliamente conocido como Barry Seal.

No hay información certera sobre si Seal se entregó a las autoridades norteamericanas y hacía de agente encubierto de la Drug Enforcement Administration, DEA, o si fue capturado en 1983 y decidió limpiar su rico pasado como delator de la agencia antidrogas. Lo cierto es que a finales de junio de 1984 se encontró con la escena que todo soplón sueña.

Barry Seal tomó los mandos de su C-123-K y despegó rumbo a Centro Amé- rica, exactamente al aeropuerto militar ‘Los Brasiles’, en Nicaragua, muy cerca de Managua. El aeródromo estaba bajo control del Ejército Popular Sandinista. Allí lo esperaba un oficial de la milicia nicaragüense, que fue identificado después como Federico Vaughan, de quien los norteamerica- nos aseguraron era asistente del comandante sandinista Tomás Borge.

14 Persona que se anota con determinado número de quilos de droga en un despacho al exterior. Si el negocio se cae tiene que pagar los costos de la cocaína y los gastos que se hicieron hasta donde la cogieron.

Al momento de cargar los 600 kilos de cocaína que iban a ser transporta- dos para los Estados Unidos, Adier Barriman Seal activó la cámara foto- gráfica que le había instalado la Central Inteligency Agency, CIA. El resul- tado no podía ser mejor. En las fotos se revelaba cómo un hombre que se hacía llamar en su pasaporte como Pedro Pablo Caballero Carrera, y que no era otro que Pablo Escobar, cargaba junto con su socio Gonzalo Rodríguez Gacha, Vaughan y varios soldados sandinistas, la aeronave con droga.

Para la época de los hechos, el presidente de los Estados Unidos era Ronald Reagan, sobra recordar la cacería que tenía éste en contra del régimen sandinista. Cuando las fotos llegaron a su escritorio del Salón Oval no dudó un segundo en filtrar primero a la prensa los hechos.

Días después el mandatario del Norte vinculó a los sandinistas con el trá- fico internacional de drogas. Las pruebas gráficas que llegaron a sus manos fueron razón suficiente para desacreditar a los sandinistas. Su decisión echó al traste la misión de Barry Seal.

Citando fuentes de la Casa Blanca, el diario Washington Times en su edi- ción del 17 de julio de 1984 reveló en exclusiva la súper historia de que el régimen sandinista estaba protegiendo a los capos colombianos de la dro- ga. Agregaban también que la colaboración llegaba hasta los extremos de ayudar a embarcar la cocaína que iba hacia los Estados Unidos.

Esta información fue un campanazo de alerta para los narcos. Concluye- ron que entre sus hombres había un delator, pero como esa noche llega- ron varias aeronaves a cargar merca, les costó mucho tiempo saber quién era el informante.

El Cartel no subestimó esta filtración y le encomendó a su más sanguina- rio socio la misión de esclarecer qué había sucedido. El escogido dijo que estaría a la altura de las pesquisas, se trataba de Rafael Cardona Salazar, ‘Rafico’. Este sujeto era el coordinador de las operaciones de narcotráfico del Cartel de Medellín, en la Florida.

En diciembre de 1984, ‘Rafico’, luego de sobornar a varios funcionarios de la policía, fiscalía y gente cercana a la oficina de protección a testigos norteamericanas, rindió un detallado informe de lo acontecido. El dela- tor, vendido, sapo o soplón era Adier Barriman Seal.

Agregó en su exposición que una declaración de Barry Seal había llevado a la captura y desmembración de toda la red de traficantes de droga en Miami y Las Vegas. Además, su testimonio comprometía todas las opera- ciones del cartel de Medellín. Y lo peor era que también iba a testificar en juicio contra Fabio Ochoa Vásquez.

No hay que olvidar que las declaraciones de Seal fueron las que invo- lucraron a los sandinistas y a Pablo Escobar con el tráfico internacional de drogas.

En fin, este testigo de la DEA tenía la información para sentar en el ban- quillo a todos los miembros del Cartel de la droga en Colombia.

… Y había que eliminarlo.

La misión le correspondió al hombre que tenía los medios y las agallas para hacerlo: ‘Rafico’.

Ya en 1974, más exactamente el 25 de diciembre, en el condado de Dade, Florida, ‘Rafico’ había demostrado su sangre fría al asesinar a Antonio Arles Vargas, alias ‘El Chino’, temible narco que se había salido de los lineamientos de la empresa.

Pero esta ‘vuelta’ tenía el rótulo de: ¡URGENT!

Por estar en el programa de protección de testigos fue casi imposible dar con el paradero de Seal durante muchos meses, pero la persistencia y sobornos de ‘Rafico’ dieron sus frutos.

Por tal razón envió a Estados Unidos a cuatro de sus mejores gatilleros. Luego de una labor de inteligencia, que estuvo apoyada, aunque parezca increíble, por miembros de las instituciones norteamericanas, se dio con el paradero de Barry Seal.

El piloto estaba radicado en el condado de Batton Rouge, Lousiana.

El 19 de febrero de 1986, como otros días, Barry salió en su Cadillac Fleetwood. Vestía zapatillas Gucci, pantalón y camiseta Versace, y en su mano izquierda lucía un elegante Cartier. Se entiende todo este buen gus-

to cuando se habla de que Seal ganó en su tiempo como piloto del Cartel de Medellín más de 75 millones de dólares por realizar unos 100 vuelos con droga hacia los Estados Unidos.

Después de realizar algunas diligencias, llegó al parqueadero donde dejó su vehículo. Ya se escuchaban a lo lejos las campanadas de una iglesia que anunciaban la hora. Pero Seal no las terminó de escuchar. El repique horario fue apagado por el martilleo de varias pistolas nueve milímetros. Antes de la última campanada ya Adier Barriman Seal había sido silen- ciado.

Parecía que iba a ser un trabajo limpio.

Pero las autoridades norteamericanas no permitieron que así fuera. Captu- raron días después a los cuatro presuntos responsables del crimen: Luis Carlos Quintero, José Rentería, Miguel Vélez y Bernardo Antonio Vásquez, todos colombianos.

Tiempo después fueron juzgados y encontrados culpables.

Rafael Cardona Salazar se creía un hombre intocable… Y no era para menos.

Tenía dos prenderías en la vía principal de Envigado, en Medellín. Se col- maban de personas que no se parecían a aquellos clientes que las dificul- tades económicas los hacía recurrir a una casa de empeño. Sus asiduos visitantes eran los más reconocidos ‘pillos’ y ‘gatilleros’; allí se daban cita para esperar qué ‘vuelta’ les salía.

‘Rafico’ creía que se las sabía todas. Pero un sujeto llamado Jorge Luis González Correa, también mafioso y apodado ‘El Demente’, le demostra- ría que no era así. Este último aplicaba un viejo aforismo costeño que reza: “A un madrugador, otro que no duerma”.

González era un sujeto que se inició en el negocio de traer licores, electro- domésticos y cigarrillos de contrabando desde Turbo, junto con Alberto Prieto, otro reconocido contrabandista que tenía la dignidad de haber sido el único patrón que se le conozca al que sería el nuevo padrone de la mafia: Pablo Escobar.

‘El Demente’ tenía dos ‘hobby’: El primero era una exagerada pasión por los caballos finos. El otro era más cruel, le fascinaba asesinar a los jueces de concursos de caballos que no escogían a sus ejemplares como cam- peones.

Jorge González era la persona encargada de manejar todo lo referente a las relaciones con las autoridades. A cambio de jugosos sobornos, González tenía una red de informantes en la Policía, Ejército y juzgados de Medellín y Bogotá. Escobar Gaviria le tenía una fe ciega a los infor- mes que le pasaba.

Este sujeto fue el encargado de esclarecerle a Escobar la desaparición de varias personas del edificio San Michel, en Medellín, la noche del 31 de diciembre de 1989. Entre los secuestrados se hallaba ‘Mauricio’, conocido con el alias de ‘Diego Mapas’, era el encargado de coordinar una de las oficinas15 de Pablo para el envío de cocaína a los Estados Unidos.

Auque estas personas nunca aparecieron, Escobar y familiares pagaron avisos en la prensa para dar con sus paraderos. González le aseguró a Pablo que los responsables de las desapariciones fueron el DAS y la Policía Nacional.

Cardona quería pelar16 a González. Lo más extraño es que, aparentemen- te, eran amigos. Ya en aquellos tiempos se escuchaba el comentario en el sentido de que “los mafiosos sólo se unen cuando van a asesinar a un amigo”.

Jorge González andaba tan tocao17 con el asunto, que se le metió en la cabeza que ‘Rafico’ “lo quería joder”. Ante esta incertidumbre decidió ‘ama-

15 Nombre que se le daba a las personas que tenían una ruta para despachar droga o que comandaban a un grupo de sicarios.

16 Asesinar.

17 Estar alerta y desconfiado de otra persona o situación.

rrarle’ un empleado de confianza. Luego de algunos ‘ejercicios’ que reani- man la memoria comprobó que sus sospechas eran ciertas, y decidió no dormirse con Cardona.

La mañana del 4 de diciembre de 1987 citó en una de sus bodegas a un grupo de sus hombres de confianza. Allí los uniformó con prendas del Ejército, y a varios les colocó distintivos de suboficiales. Les dijo que ésta era una operación muy importante para la organización.

Salió en tres carros, tipo militar, hacia la Avenida Las Vegas, llegaron a un sitio en donde estaban ubicadas, para aquel entonces, las oficinas más elegantes de Medellín.

Los uniformados, utilizando tácticas militares, allanaron las oficinas de ‘Rafico’, quien sorprendido levantó las manos y les dijo a sus escoltas que entregaran sus armas, que él arreglaba esto con la ley. En el argot del hampa al temible ‘Rafico’ “lo cogieron de quieto”. Luego de desarmar a sus hombres, el aparente suboficial ordenó a los uniformados disparar contra Cardona y sus secuaces. Así cayó Rafael Cardona Salazar, ‘Rafico’, jefe de una de las más temidas ‘oficinas’ del crimen en Medellín, a manos de Jorge González.

Y como para que los incrédulos concluyan que el adagio que reza: “quien a hierro mata, a hierro muere” se cumple, el 22 de mayo de 1991, a la 1:15 de la tarde, un grupo de sicarios se presentó a la finca ‘La Selva’, ubicada en la vereda Las Lomitas, del vecino municipio de Sabaneta. Allí se encon- traba un peligroso socio, hasta ese día por la mañana, de Pablo Escobar, que había que cascar18.

La alianza de Jorge González con algunos mandos y agentes de la Policía le trajo muchos beneficios. Debido a sus conexiones, sus informes eran muy respetados entre los miembros de la mafia. Él era el enlace entre las autoridades, narcotraficantes y sicarios.

18 Asesinar.

Fernando ‘El Negro’ Galeano Berrío y Gerardo ‘Kiko’ Moncada Cuartas, eran socios y tenían la costumbre de ‘encaletar’ grandes sumas de dinero. Estos también trabajaban con Escobar Gaviria. Una de sus caletas fue asaltada y extraídos más de 15 millones de dólares.

Luego de exhaustivas investigaciones por parte de la organización crimi- nal, se llegó a la conclusión de que González Correa, junto con algunos miembros de la Policía, que trabajaban para él, fue el responsable del robo en la ‘caleta’. De inmediato fueron sentenciados a muerte por el juez del crimen, Pablo Escobar. Este último convocó para el 22 de mayo de 1991, en la mañana, a una reunión urgente en su escondite en El Pobla- do, llamado ‘El Hueco’. Allí se presentó su mano derecha y leal criminal, Mario Alberto Castaño Molina, alias ‘El Chopo’.

‘El Chopo’ le colocó un beeper a sus secuaces, entre los que se encontraba Dairo Ángel Cardoso Metaute, ‘Comanche’ y John Jairo Posada Valencia, ‘Tití’. Luego de recibir por parte de Escobar la orden de cascar a González salieron para Sabaneta, a la finca ‘La Selva’, pero iban muy preocupados de cómo entrarle a ‘El Demente’, debido a su peligrosidad.

Decidieron llegar hasta su finca y ‘picarle arrastre’, con el argumento de darle un mensaje del ‘Doctor’ (Escobar Gaviria). La conversación debía llevar una secuencia lógica que no levantara sospechas en Jorge González. Pero el plan criminal se activaría con una palabra que diría ‘El Chopo’ desprevenidamente, que haría girar la cabeza de González para otro lado. Después de diez minutos la pronunció: “¿Y un caballo como aquél cuánto cuésta?”. Jorge se volteó y ‘El Chopo’ le pegó el primer disparo en el tallo cerebral y lo remataron ‘Tití’ y ‘Comanche’.

Un hijo de la víctima pasó casualmente, cuando estaban asesinando a su padre, no se detuvo, huyó del sitio. Esta acción le salvó la vida.

Tiempo después en una operación de asalto a cargo de unos comandos del Bloque de Búsqueda, ‘El Chopo’ fue ajusticiado, en lo que se constituyó el golpe más certero que le infringían las autoridades a Pablo Escobar.

Llega ‘El Cabezón’

Como en todas las vendettas de mafiosos, el que va quedando vivo hereda el ‘botín’ del muerto, hay veces que hasta la viuda entra en el negocio. Luego de la muerte de ‘Rafico’ a manos de Jorge González, llegó a ‘Villa Alegre’ un nuevo dueño: Elkin Cano, más conocido como ‘El Cabezón’.

En el mundo de los traficantes había un rumor que los hacía delirar de la emoción y a la vez soñar con bultos de dólares, se hablaba de un sitio en la Costa Atlántica que servía de encaletadero19 y embarcadero de cocaína: Córdoba.

El departamento de Córdoba se había convertido en el mejor embarcade- ro y despachadero de droga en Colombia. Narco que se respetara despa- chaba desde las pistas del Sinú y San Jorge, y los hermanos Cano Baena no serían la excepción.

El 29 diciembre de 1987, Elkin Cano se acercó a la Notaría Primera de Montería a solicitar que se le hiciera una escritura por una propiedad que compró, por cien mil pesos, a Gregorio Daza Canchila, en la región de Nueva Lucía, jurisdicción de Montería. En la escritura número 86 del 3 de marzo de 1988 quedó protocolizada la compra de tres hectáreas en la zona en mención, que coincidencialmente está ubicada a poca distancia de la finca conocida como ‘La pista’, y de otra llamada ‘La Rada’, en El Totumo. Entre sus vecinos aparecían en el documento respetados ciudadanos de Montería.

Elkin y su hermano Betto eran dos narcotraficantes que trabajaban con Pablo Escobar en el negocio de la droga. Llegaron a Córdoba a hacerse cargo de las exportaciones del alcaloide desde la propiedad conocida como ‘La Pista’. Tampoco faltaron las bacanales y rumbas que ofrecieron los nuevos propietarios. Asimismo, se reunieron con ‘El Viejo Rafa’ para acor- dar los parámetros de negociación, en otras palabras, cuál sería el gramaje a cobrar por el financista del EPL.

19 Sitio o lugar donde se esconde drogas, armas o personas.

Continuó la alianza narcos y guerrilla del EPL, pero empezó un cambio en la modalidad del pago del gramaje, se hizo con embarques de armas procedentes de Panamá.

Fue tanta la demanda de droga, que la mercancía llegaba por tierra, agua y aire. La palabra de moda escuchada por los investigadores al interceptar teléfonos y radioteléfonos era: “El ‘cabezón’ consignó 350 mil pesos (350 kilos)”. “El ‘flaco’ trajo en el ‘cortamaleza’ (helicóptero) 50 mil pesos (50 kilos)”. Cuando la mercancía salía la palabra clave era: “Jota retiró un millón de pesos (mil kilos)”.

A diferencia de ‘Rafico’, que enviaba a sus ‘gatilleros’ a solucionar a bala sus problemas, Elkin Cano tenía la morbosa costumbre de capturar a al- gunos de sus enemigos y llevarlos a la nueva finca y echarlos en una jaula en donde tenía a dos hambrientos y temibles tigres. También había varios perros doberman, adiestrados para matar a extraños.

Pero los Cano tenían otras ‘debilidades’: les encantaba la brujería y la magia negra. Andaban rodeados de una serie de pitonisas y hechiceros para que les ‘aseguraran’ cada embarque. Aunque parezca extraño, el narcotráfico en Colombia ha estado muy ligado a prácticas de brujería.

Tal era la creencia de los Cano y muchos mafiosos en los quehaceres de lo oculto, que una bruja llegó un día a una de las mansiones de Elkin en Medellín y se encontró con un imponente rostro, hecho por el escultor Igor Mitorage, que adornaba la sala de la majestuosa casa. La hechicera estuvo a punto de desmayarse y sintió que sus poderes los perdía cada vez que miraba la imagen. Un horrible presentimiento pasó por su cabeza y salió corriendo de allí. Los Cano le preguntaron qué le pasaba, y ella les pidió que se deshicieran de la figura que les iba a traer una desgracia. Los propietarios le dijeron que esa obra estaba avaluada en casi dos millones de dólares y que eso era mucha plata para salir de ella así por así. Le recomendaron que fuera más bien al médico.

Los miembros de la mafia dirimen sus conflictos, deudas o faltantes de droga con plomo.

La peor falla es la pérdida de cocaína, que se agrava si el alcaloide ya había sido contado, pesado y encaletado.

La mala suerte le cayó a los Cano cuando en Medellín se perdió una droga que pertenecía a otro socio de ellos y de Pablo Escobar Gaviria: Albeiro Areiza, más conocido como ‘El Campeón’.

Los Cano manejaban una ruta que había coronado20 varios viajes en los que había ido ‘El Campeón’. Este último les entregó una droga para el próximo embarque. Días después un grupo de hombres asaltó y asesinó a los que cocinaban21 y cuidaban el alcaloide. Lo que agravó el asunto fue que entre los muertos estaba un familiar de ‘Moster’, quien era trabajador de Areiza.

Este sujeto conocido como ‘Moster’ era considerado uno de los mejores ‘cocineros’ de droga, pero era irrespetuoso decirles así, más bien era me- jor llamarlos ‘químicos’. Aunque a ‘Moster’ le encantaba silbar y tararear una melodía que hizo muy famosa la orquesta de Fruco y sus Tesos: El Cocinero Mayor. El estado de ánimo del empleado del ‘Campeón’ estaba por el suelo, y ello preocupó enormemente a su patrón, porque esta situa- ción afectaba la producción diaria de coca.

‘El Campeón’ le prometió que pondría a toda su gente a investigar. El resultado fue sorprendente. Se llegó a la conclusión de que los Cano ha- bían planeado el autorrobo, para hacerlo pasar como un asalto.

En vista de que el conflicto afectaba a dos buenos socios, Escobar se hizo a un lado. Pero testigos de esa pelea aseguran que el capo le dio el bene- plácito a ‘El Campeón’, para que acabara con los Cano. Albeiro Areiza le arrancó22 a los hermanos con todo los fierros23. Los más respetados chamanes de Medellín que trataron de encontrar un conjuro para ayudar a sus clientes, también cayeron en esta nueva vendetta.

20 Palabra que se usa para certificar que la droga o el dinero llegó sin ningún problema.

21 Personas encargadas de procesar el alcaloide, no necesariamente son químicos.

22 Palabra con la que describen el ataque de una persona a otra con el fin de matarla.

23 Armas de fuego.

El hermano de Elkin, conocido como Betto, fue el primero en ser asesi- nado.

La mayoría de amigos y trabajadores, en especial los contadores de los Cano, empezaron a morir a causa del martillo24 que estaba repartiendo la gente del ‘Campeón’ y Pablo.

De esas sangrientas acciones hay dos que no pasaron inadvertidas para los colombianos.

Una fue realizada mientras se cumplía un servicio funerario en la Sala No. 1 de los Jardines Campos de Paz, en Medellín. En la noche del jueves 22 de junio de 1989 varios sujetos, al mando de Carlos Mario Alzate Urquijo, alias ‘Arete’, asesinaron a seis personas acusadas de ser allegadas a Elkin Cano.

La otra acción tiene que ver con una cita que les puso un empleado de ‘El Campeón’, apodado ‘El Tuso’, a tres trabajadores de Cano. Se les convocó a una casa ubicada cerca al Hotel Intercontinental, en donde funcionaba una oficina de comunicaciones de Pablo Escobar.

Repentinamente apareció el ‘Arete’ con su ‘combo’, y luego de encañonar a los tres sujetos los colgó de una viga donde murieron ahorcados. Los cadáveres fueron arrojados en un lugar del barrio El Poblado, que fue el sitio escogido por muchos sicarios como botadero de cadáveres.

Con el pasar del tiempo, y después de que cayera su hermano Betto y varios de sus trabajadores, Elkin sintió que estaba más seguro en su ha- cienda ‘Villa Alegre’, en Córdoba, que en cualquier búnker de Medellín. Estando en el Sinú empezó a traerle armas al Epl desde Panamá, que llegaban a la pista que controlaba. Situación que irritó aún más a unos señores de apellido Castaño.

24 Alusión a un arma de fuego disparada contra una persona.

En ‘Villa Alegre’, como otras noches, Elkin después de cenar se fue a dor- mir a una casa cercana a la principal. Era una estrategia que se usaba para escapar si atacaban primero la Mayoría.

En otra propiedad varios hombres uniformados de policía, al mando de un capitán, se alistaban para un allanamiento. Salieron de la hacienda ‘Misiguay’ hasta la finca ‘Santa Elena’, por allí cruzaron en un planchón a la margen derecha del río Sinú. Cerca los esperaba un viejo volco. El ofi- cial subió en la parte delantera al lado del conductor, y el resto de sus subalternos en el platón del vehículo.

Llegaron a la entrada de la hacienda ‘Villa Alegre’. Allí el capitán, un hom- bre de voz ronca, baja estatura y constantes gestos enérgicos, comenzó a dar órdenes para rodear la propiedad. Le solicitó a la persona que llegó a recibirlo que abriera de inmediato la puerta, pero ésta se oponía. Varios perros fueron soltados y corrieron hasta la entrada. Los primeros en mo- rir fueron cinco doberman. Luego cayeron cuatro personas y por último dos tigres que estaban enjaulados.

El capitán sacó una linterna, se acercó a los cuatro caídos, los detalló y ninguno era ‘El Cabezón’ Cano. Lanzó varios improperios y ordenó me- terle candela a la propiedad. Cuando el fuego invadió la oscuridad y per- mitió que la claridad le robara unos minutos a las sombras, la cara del oficial se dibujó en su esplendor. Se trataba de un hombre que años más tarde pasaría a comandar las Autodefensas Unidas de Colombia, AUC: Carlos Castaño Gil.

El cerco contra Elkin Cano se estaba cerrando.

Cano se fue para Cali pensando que allá su suerte cambiaría, pero no fue así. Un oficial de la Policía de apellido Chunza Plaza lo capturó, al parecer, con una orden de captura falsa, y lo encarceló. Allí, mientras ‘El Cabezón’ pensa- ba en su abogado y cómo salir de la cárcel, fue asesinado de varios tiros.

El que ganó la guerra contra los Cano -el combo de Albeiro Areiza, ‘El Campeón’- heredó la escultura.

Lo cierto es que todos los que la adquirieron murieron de forma trágica y terrible, o cayeron en desgracia. Ninguno de los que la ha poseído se ha librado de la tragedia. Por tal razón la imagen pasó a llamarse “El rostro de la muerte”. La lista es larga: Gustavo Gaviria, ‘Primerazo’, ‘Lucho El Taxista’, Albeiro Areiza, ‘Kiko’ Moncada, ‘El Negro’ Galeano, ‘Guayo’, los hermanos Elkin y ‘Betto’ Cano.

Carlos Castaño la tuvo un tiempo en consignación, pero no se atrevió a desempacarla mientras se quedó con ella.

Albeiro Areiza, hijo del dueño de los famosos ‘Quesos Arrow’ en Medellín, fue asesinado junto a sus acompañantes, Camilo Rister y ‘El Tuso’, cuan- do llegaban de arreglar un embarque de droga en Turbo. En la glorieta ubicada frente al aeropuerto Olaya Herrera fue interceptado su vehículo por unos uniformados. Horas después aparecieron los cadáveres en un paraje de La Pintada. A Rister lo sindicaban de haber traído en uno de sus aviones más de 600 kilos de dinamita del Ecuador, para atentar contra la Policía, el Das y el pueblo colombiano.

Ya las diferencias al interior del Cartel de Medellín se habían iniciado, muchos no aprobaban los asesinatos y atentados contra personalidades y ciudades, pero nadie se atrevía a oponerse de frente.

El ‘duro’ de Montelíbano

En los orígenes de Córdoba, el municipio de Ayapel abarcaba la mayor parte de toda la zona del Alto San Jorge. Con el tiempo se fundó Mon- telíbano. En este último florecieron dos familias muy trabajadoras y prestantes: los Cura y los Marchena. Mucha gente sustentaba sus ingre- sos trabajando en sus propiedades.

Emilio Cura era uno de los patriarcas de la región, era de la vereda ‘El Anclar’.

César estudió en Montelíbano y lideraba un grupo de amigos entre los que se encontraban los hermanos Armando y Guido D’rugiero. Era una gallada excesivamente bebedora, parrandera y mujeriega. Con ellos com- partió muchas travesuras propias de la juventud. Pero con el tiempo esas maldades empezaron a bordear los límites del Código Penal. Les gustaba beber y no pagar las cuentas. Los padres, que sabían del mal comporta- miento de sus hijos, los castigaban no dejándolos manejar dinero, aun- que les encargaban ciertas responsabilidades.

En Córdoba era una aventura de machismo y hombría robarse una galli- na, marrano, carnero o un pavo para comérselo en una francachela. En donde el tema de la conversación era el relato del tumbe.

Pero con el pasar del tiempo se empezó a rumorar que César tenía que ver con la pérdida de algunos animales en la región. Parecía haber buscado el delito más castigado de la época para rebuscarse: El abigeato. Una cosa era tumbarse un marrano, otra un novillo.

Lo más peligroso de esta conducta es que se hizo común castigarla con la muerte. Casi nadie era capturado por esta violación, los acusados y hasta sospechosos de cuatrerismo se morían de plomo en los potreros del Sinú Y San Jorge.

En la zona se empezó a perder uno que otro semoviente. No era una novedad, ya que para la época los cuatreros hacían de las suyas, y los más conocidos eran los de la guerrilla. Pero en Montelíbano comenzó a correr un fuerte rumor en el sentido de que César junto con algunos amigos eran los responsables de las pérdidas.

Las autoridades abrieron un expediente contra Cura y su combo. El padre del primero, don Emilio Cura, respetado y querido ganadero de la región, salió a responder por su hijo. Por cuestiones de competencia, para esa época el expediente pasaba al despacho del alcalde de Buenavista.

Para finales de los 70, el alcalde de Buenavista era Remigio Gómez Jiménez, este hombre recuerda que hasta él llegó don Emilio Cura a manifestarle que iba a pagar los animales que se habían perdido, pero que necesitaba que se le entregaran los expedientes que involucraban a su hijo en las prácticas de abigeato. El funcionario le explicó que no se los podía entre- gar porque estaban para fallo, pero días después los documentos desapa- recieron misteriosamente de la Alcaldía.

Y semanas más tarde, César Cura estaba aterrizando en una ciudad de los Estados Unidos en donde vivió por varios años. Trabajó como bombero, mensajero y portero; aprovechó y aprendió a hablar aceptablemente inglés, fue allá donde comenzó sus vínculos con narcotraficantes estadounidenses y colombianos, en especial con la gente que pertenecía al clan de los Ochoa.

Algunos en Montelíbano dicen que se inició como intérprete. A su regreso vino con muchas ‘ideas’ que le dieron sus nuevos amigos del Norte. Para- lelamente inició una amistad con los hermanos Ochoa Vásquez. Al poco tiempo compró dos avionetas y montó un encaletadero de droga con su respectiva pista de aterrizaje.

Inició una lucrativa sociedad con reconocidos narcotraficantes que veían en él un próspero socio.

Con las primeras utilidades compró la legendaria hacienda ‘La Mireya’, propiedad de la familia Marchena. Era una forma de mostrarle a su gente quién era el nuevo patriarca de la región.

También empezó a mandar en una finca llamada ‘Caballo Blanco’, esta propiedad limitaba al suroriente con la hacienda ‘Las Catas’, propiedad de Fernando ‘El Negro’ Galeano, uno de los principales socios de Pablo Esco- bar Gaviria, los Ochoa y Gonzalo Rodríguez Gacha.

Con el tiempo nada se movía en el Alto San Jorge sin el beneplácito de César Cura. En ‘La Mireya’ se daban extravagantes agasajos todos los fi- nes de semana.

En los negocios le iba muy bien a César, y con las mujeres mucho mejor. Pero en este último renglón sólo tenían cabida las monas y rubias. Su corazón y bolsillo se derretían con estos colores. El único tono oscuro que admitía era… el de la noche.

También era aficionado a los toros bravos. Luego de importar unos toros de lidia de España y cruzarlos con ganado criollo, fundó la temida gana- dería: Cura Casta. Los animales se identificaban con un hierro en la pata derecha trasera, eran dos letras C, una pequeña metida en otra más gran- de. Eran los más ovacionados en las corralejas. Empezó a opacar a reco- nocidas ganaderías como las de los Berrío, Barguil, Elías Muñoz, Lozano Martínez y Garibaldi Hoyos, entre otros.

En 1987 dio unos toros para las fiestas de Tierralta, y el escándalo fue grande por el pavor que despertaron los animales en la plaza. A pesar que Cura ofrecía generosas cantidades de dinero a toreros y banderilleros, ninguno se atrevía a medírsele a semejantes fieras. Ni siquiera los autodenominados “malabaristas aerodinámicos de la tauromaquia cos- teña”, en otras palabras lo que llaman los amantes de las corralejas: ‘Saltiador25 de toros’.

En 1988, en San Marcos, Sucre, se llevó el premio a la mejor tarde de toros. Dicen algunos entendidos en corralejas, que “si no hay muertos, los toros son malos”. Los de César Cura siempre iban en contra de la anterior con- clusión. En otras ocasiones Cura hasta pagaba para que no le banderillaran los toros, así evitaba que maltrataran a sus mejores animales.

Pero el gusto por las corralejas rayó en la extravagancia cuando en una ocasión llegó a la plaza de Montelíbano en helicóptero y arrojando dinero desde éste.

Orlando Manga, encargado de comprar y cuidar los ganados de César Cura, recuerda que su patrón era un hombre dadivoso. “El que menos piensa uno ha tenido que ver algo con César Cura, en todo el San Jorge y hasta en Montería”. “Era un hombre generoso, afectivo, conversador e inspiraba mucha simpatía”.

25 Palabra usada por la gente amante de las corralejas para referirse a la persona que brinca o salta por encima del toro más bravo que salga a la plaza.

“Todo el que necesitaba iba a donde él, llegaban a ‘La Mireya’ o a Montelíbano. No desconocía a nadie; para las épocas de colegio mucha gente se presentaba por ayuda y él se la daba. Todas las fiestas patronales eran patrocinadas por don César. Cientos de personas le deben favores de toda clase”.

“Independiente –narró Manga– a cómo conseguía César su plata era un ídolo en esta región. Sabía echarse a la gente al bolsillo. Por ejemplo, si él se ganaba 100 pesos regalaba 40. Por lo general se los daba al más ‘bo- cón’. Hasta los pelaos26 lo querían ya que nunca reclamaba el ‘vuelto’ de los mandados que los ponía hacer”.

“Pa’ que vea usted lo agradecida que está la gente de Montelíbano con César Cura, que tiempo después de muerto un hermano de él fue elegido alcalde. Todos saben que ganó al amparo de la sombra de su fallecido hermano”, evoca con nostalgia Orlando Manga.

Para 1988 Cura llegó a tener 6 mil cabezas de ganado puro, aproximada- mente. Era propietario de las haciendas ‘La Mireya’, ‘Manzanares’, ‘Las Colinas’ y, al parecer, de ‘Caballo Blanco’. Esta última era administrada por su tío Santander Cura.

Por el Alto San Jorge se llega a la Villa de San Benito Abad, allí operaba una pista alterna, que era utilizada por todos los despachadores cuando se ‘calentaba’ la situación. No se sabe de quien era.

26 Término para referirse a los menores de edad o niños.

Bombardeos de droga y billete

Se hizo muy popular en aquella época lo que se conoció como el bombar- deo de droga y billete. No era más que descargar desde el aire los cientos de kilos de cocaína en sitios predeterminados por los compradores. Se asignaban unas coordenadas, y la avioneta arrojaba, al mar o en un cam- po, su valiosa carga.

Todo este sistema era con el fin de despistar a las autoridades y evitar a los desprevenidos testigos, pero esencialmente por el primer motivo, ya que muchas veces las aeronaves eran perseguidas por aviones de combate, por lo cual bajaban de altura y arrojaban su carga, anotaban las coor- denadas y regresaban por la merca o el billete.

Así sucedía en las costas de Norteamérica, México, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Panamá y hasta Cuba, entre otras. En lo que se refiere a bom- bardear perico27.

Algo similar, pero con el billete, sucedía en las costas colombianas, saba- nas y valles de Córdoba y Sucre. También en agrestes zonas como las de la Guajira, Magdalena, Chocó y Urabá, entre otras.

Para mediados de 1987 todo marchaba sobre ruedas en la hacienda ‘Ca- ballo Blanco’, era una de las pistas con mejor promedio de despacho de cocaína en Córdoba. Superada inicialmente por la pista ‘Brasilia’, situada en Canalete, Córdoba. Esta última aventajaba a la primera por tener un excelente sistema de iluminación para operaciones nocturnas.

Para mediados de los 80’s, el municipio de Canalete no tenía servicio de ener- gía eléctrica. Todo se iluminaba con mechones y velas. Unas cuantas familias se daban el lujo de tener una planta. Pero el resplandor que salía de la pista ‘Brasilia’ cuando encendían las luces, iluminaba a todo el pueblo.

27 Nombre que también se le da a la cocaína.

Más adelante la pista de ‘Caballo Blanco’ mejoró su promedio de envíos cuan- do comenzó con sus operaciones nocturnas. Un administrador llegó a decir con jactancia: “Me atrevo a apostarle al que sea, que desde la pista de ‘Caba- llo Blanco’ salen más aviones que desde el aeropuerto internacional Eldorado”.

A diario llegaba mercancía para despachar. Los propietarios de la coca eran los más respetados narcotraficantes del país. Otros eran ciudada- nos, hasta ese momento, de bien, que se ‘apuntaban’ con los narcos para aumentar sus fortunas o por simple avaricia.

En una noche de embarque de droga a uno de los tractoristas encargados de transportar la mercancía desde las caletas hasta la pista se le cayeron 50 kilos de cocaína. Su ayudante se percató del hecho y le comentó al conductor. Éste le respondió que no dijera nada. Días después cuando llegó el reporte del recibido, se descubrió el faltante. Pero ya era demasia- do tarde. Tractorista y ayudante estaban bien lejos de Córdoba.

Después de algunas sanciones por la anterior pérdida se instauraron se- veros controles de ‘peso’ al momento del embarque. Pero luego de un tiem- po, en una auditoría de rutina, el administrador de la pista ‘Caballo Blan- co’ descubrió un terrible hecho: habían desaparecido más de cien kilos de perico tipo ‘excelsior’.

Resulta que había dos formas de procesar la coca para ese entonces. Uno era el perico pulverizado, llamado ‘flex’, que se secaba al aire libre y no quedaba compactado. Sólo tenía éter y acetona, a lo que llamaban los químicos “la parejita”. La otra forma era la tradicional: secado con horno microondas, que quedaba compactado como una panela.

De la primera variedad, cuentan los ‘catadores’, que “son dos ‘chancletazos’ y enseguida pa’ el baño, paisano”. Hoy, por cuestión de demanda y seguri- dad, esta variedad se ha dejado de producir en grandes cantidades, pero se han hecho algunas excepciones para clientes exigentes.

La pérdida del ‘flex’ fue tan grave, que ameritó el desplazamiento de un trabajador de confianza del Cartel de Medellín, apodado ‘Pinina’, para esclarecer los hechos.

“Comprobamos que se trataba de ese sujeto porque tiempo después apa- reció en un aviso de televisión en donde se ofrecía un billete por su captu- ra”, recuerda un trabajador de ‘Caballo Blanco’.

Otros testigos recuerdan que un reconocido narcotraficante fue varias veces a ‘Caballo Blanco’, una de ellas cuando se perdió la mercancía en mención; la otra, para finales de 1987, cuando desaparecieron varios sa- cos llenos de dinero que fueron arrojados desde una avioneta. Según los pilotos, los costales cayeron en la zona rural de la vereda Mejor Esquina.

“Nos dijeron que fuéramos a una cafetería de un amigo en Buenavista (Córdoba) a esperar a un señor que quería hablar con nosotros. Nos pre- guntó cómo habían pasado los dos hechos y se los relatamos. Después de interrogarnos largo rato se paró y se fue; alguien que estaba en la mesa dijo: ese tipo se parece al que le dicen ‘El Mexicano’, ¿no creen ustedes?”, relató uno de los presentes.

Y en verdad, el preocupado personaje era Gonzalo Rodríguez Gacha, así se lo confirmó horas después, César Cura a los indagados.

Con la aparición de ‘El Mexicano’ también lo hicieron dos reconocidas brujas de la región. Era tanto el misterio que encerraban las pérdidas de droga y dinero, que el traficante solicitó la ayuda de las pitonisas.

Las ‘especialistas’ en el mundo de lo oculto pidieron un anticipo de dos- cientos mil pesos. Luego de recibir el dinero, una de ellas, cuando se reti- raba junto a su colega, dijo a los presentes: “esta noche haremos un vuelo de reconocimiento”. Uno de los asistentes recuerda que más tarde comen- tó con otro amigo que estuvo en la reunión:

  • “El vuelo lo hará su puta madre”.
  • “Ojalá se le parta la escoba”, respondió el otro, entre risas.

Esta incursión de ‘El Mexicano’ a Buenavista le confirmaba a muchos habi- tantes lo que se escuchaba desde hacía mucho tiempo a baja voz: que el verdadero propietario de ‘Caballo Blanco’ era este temido narcotraficante.

A raíz de las desapariciones, el sujeto apodado ‘Pinina’ llegó a encargarse de la situación, pero días después viajó de urgencia a Medellín. Por lo que ‘El Mexicano’ dijo que iba a enviar una gente del Magdalena Medio para que pusiera en cintura a los responsables de las desapariciones, pero en especial a los que viven cerca de la zona en donde, según testimonios de los dos pilotos a sus patrones, cayó el dinero: Los habitantes del caserío de Mejor Esquina.

El vuelo –relataron los pilotos- se desarrollaba con normalidad, ya estaba anocheciendo. De pronto la avioneta comenzó a perder altura, al parecer del copiloto, era un problema de sobrepeso. Revisaron las coordenadas y pensaron que se encontraban sobre la hacienda ‘Las Colinas’ o en ‘La Mireya’, por lo que decidieron lanzar 8 tulas llenas de billetes de cinco mil pesos.

El piloto describió que soltó el ‘botín’ cerca de una casa de zinc, al lado de unos corrales y muy cerca a unos palos de mango.

Esta declaración de los pilotos son los únicos testimonios de la desaparición del dinero. Puede existir la posibilidad que haya sido coordinada con sus jefes.

De inmediato partieron de ‘Caballo Blanco’ varios carros rumbo al sitio indicado, pero no encontraron nada. Luego se dirigieron hasta la finca de Francisco Benítez, que está cerca de Mejor Esquina, y que coincide con las coordenadas donde, según los pilotos, cayó el billete, y lo acusaron de tener el dinero, pero él niega rotundamente la sindicación.

Ante la desaparición de las tulas, los encargados de ‘Caballo Blanco’ co- menzaron a desesperarse e iniciaron una investigación que incluía terro- ríficos allanamientos y ‘especiales’ sesiones de preguntas.

Las respuestas obtenidas llevaron a los desesperados ‘investigadores’ a ventilar la posibilidad que una comisión del EPL, que estuvo en la región por esos días de la pérdida, encontró las tulas y se las llevó para sus cam- pamentos en las montañas.

Esta pérdida del dinero ha sido y es un mortal misterio.

Se rompe la alianza

Aunque parezca mentira, en Córdoba sucedió con mucha anterioridad lo que está viviendo Colombia hoy. Antes de que las Farc fueran sindicadas de narcoguerrillas ya el EPL llevaba años de traqueteo en Córdoba y Urabá. Tal vez los guerrilleros reinsertados, que luego regresaron al monte y se enrolaron en las Farc, les hablaron de la rentabilidad del negocio. Lo cier- to es que un reinsertado del EPL relató que uno de los motivos de la divi- sión en la Coordinadora Nacional Guerrillera, conformada por las Farc, M-19, EPL, se produjo porque un ala de las Farc pedía condenar las prác- ticas del narcotráfico y secuestro. El Estado Mayor de las Farc en 1984 condenaba el secuestro como “método impropio de revolucionarios, por- que viola los Derechos Humanos y contradice el ideal humanitario del socialismo”. Además, reconoció que en sus filas había miembros que prac- ticaban este método, pero que serían delatados al país. Esto aconteció en los diálogos con el gobierno de Belisario Betancur. Pero hoy parece que esa facción fue derrotada o ajusticiada.

El narcotráfico estaba ya haciendo estragos en todo lo legal e ilegal.

Por su parte, los pocos miembros de la sociedad cordobesa que cohones- taron por miedo, acción u omisión, pero que aumentaron sus capitales con los narcos, se encontraron en una encrucijada.

Para 1988 había dos problemas que preocupaban a los narcos que opera- ban desde el Alto San Jorge: uno, la pérdida de mercancía y dinero; el otro, la alianza entre algunos mafiosos y la guerrilla. Había un rumor que retumbaba en muchos oídos, en el sentido de que el EPL estaba al mando de un mafioso de origen español de apellido Fernández. Quien luego de salir de la zona le cedió el mando del grupo subversivo a César Cura.

La “lealtad” del EPL con los narcotraficantes era pagada con embarques de armas que llegaban a las mismas pistas del Alto San Jorge, de donde se despachaba el alcaloide. El armamento salía de Panamá en lanchas rápidas y entraba por el Golfo de Urabá, principalmente por Turbo, a las veredas del Totumo, Cope, Tie y La Ceibita. Allí era recibido por unos sujetos apodados ‘Leonidas’, ‘Adonay’ y ‘El Ñato’; eran los enlaces de la guerrilla con los

narcotraficantes. Luego embarcaban los ‘fierros’ en las aeronaves en donde llegaba la droga. Para la época un fusil puesto en las playas de Urabá tenía un costo de $1’200.000 si era un AK-47, y de $1’500.000 para los Galil – SAR.

Otras veces la guerrilla exigía el pago con otra clase de ‘merca’ (víveres y avituallamiento) que llegaba en varios camiones doble troques a las zo- nas de acopio establecidas. Y otra forma de cancelar era con la ‘tula’, pero en pesos colombianos, no le gustaba mucho los ‘verdes’ porque se encartaba con ellos.

Los ‘narcos’ veían cómo la mayoría de las ganancias se les estaba yendo en las ‘comisiones’, por kilo enviado, que les debían pagar a la guerrilla, aunque esta última no se atrevía a extorsionarlos. El alto gramaje era visto como una forma de ‘vacuna’, que en muchos casos era peor que un secuestro. Además, ya se rumoraba que los iban a alzar28 a causa de que los ganaderos, comerciantes y agricultores habían huido de la región. Los que se quedaron estaban arruinados y no tenían más nada que quitar- les… sino la vida.

Los mafiosos no se podían dar el lujo de interrumpir los envíos, debido a los compromisos adquiridos con sus ‘clientes’ en el exterior, en especial los de Estados Unidos de América.

Todas las pistas de Córdoba estaban trabajando con toda su capacidad. Y era tal la pérdida de la proporcionalidad de sus administradores, que a uno llegó a ocurrírsele el disparate de contratar controladores aéreos, para coordinar el excesivo tráfico. Con el fin de reducir los accidentes, como el acontecido en una ocasión en ‘Caballo Blanco’.

A eso de las diez de la noche hizo su aproximación a la pista una Turbo Comander, piloteada por dos norteamericanos. El artesanal sistema de alumbrado estaba encendido. Pero el piloto perdió el control del aparato y cayó en picada en la cabecera de la pista.

28 Capturar a una persona para asesinarla o secuestrarla. También utilizan el término ‘levantar’.

A la una de la mañana no había en la pista ni una tuerca ni una gota de aceite del avión siniestrado, ni restos de la tripulación. Y nadie podía ha- blar del asunto. Todo fue hundido en la ciénaga de ‘Las Marías’.

Al Alto Sinú había llegado un sujeto que se ubicó en una finca que le compró al ganadero de Cereté, Róger Ballesta. La hacienda se conoció con el nombre de ‘Las Tangas’. Su nuevo dueño fue Fidel Castaño Gil.

Era amigo de Pablo Escobar Gaviria, pero no lo acompañó en la guerra contra el Estado, su lucha era contra la guerrilla. Sus modales y excesiva discreción lo llevaron a codearse con prestantes ciudadanos, dirigentes gremiales, políticos e importantes oficiales de las Fuerzas Militares y de Policía, con los que se identificó en el sentido de coincidir en quién era el verdadero enemigo.

Fidel comenzó a ver los beneficios de las tierras cordobesas y empezó a buscar la manera de evitar que el Departamento se convirtiera en una guarida de guerrilleros y despachadores de droga.

Por tal razón empezó a buscar mecanismos para controlar lo que estaba sucediendo en la región. La forma de cómo lograrlo fue sencilla: atacar a su enemigo natural, la guerrilla.

Lo primero que hizo fue ordenar a su jefe militar ‘Doble Cero’ a que se infiltrara con 6 hombres al puerto de Turbo y ‘tumbara’ a toda la red que traficaba armas para el EPL. A los tres días regresó su lugartenien- te con el reporte que todos los responsables cayeron en desgracia; ade- más, llegó con varias bestias cargadas con costales llenos de fusiles y munición. ‘Leonidas’, ‘Adonay’ y ‘El Ñato’ ‘abandonaron’ para siempre el negocio.

Con el pasar de los días, en las zonas donde se daban las famosas ‘alian- zas estratégicas’, se empezaron a romper. Un compañero de andanzas de Fidel recuerda que en una ocasión le dijo a una ‘comisión’ de narcoga- naderos que fue a visitarlo: “o están contra la guerrilla o están contra la guerrilla”. Con ‘Rambo’ de por medio no tenían elección.

Ya para 1988 Córdoba era un hervidero. La situación de orden público estaba candente… por el calor del plomo que se repartía.

Los principales cuadros de los movimientos de izquierda y presuntos esta- fetas, en su mayoría profesores del área de sociales y abogados, empeza- ron a caer en las calles de Montería y del Departamento.

“Esto es a punta de ‘martillo’ ”

Uno de los principales epicentros académicos del Ejército Popular de Libe- ración, EPL, fue la Universidad de Cartagena. Y fue muy cerca de esta ciudad en donde se realizó, para mediados de los años 60’s, ‘El Plenum de Turbaco’. Evento en donde algunos militantes del Partido Comunista oficializaron la idea de conformar un movimiento armado. Tiempo des- pués iniciaron sus actividades en el Sinú. La ruptura que se produjo en el Partido Comunista Internacional, que los divide en marxistas- leninistas y kruchovistas, en lo que fue la línea Pekín y la línea Moscú, tuvo sus reper- cusiones en el Partido Comunista Colombiano, de cuya escisión nace lo que se llamó Partido Comunista / Marxista-Leninista, de orientación maoísta, a cuyo brazo armado lo denominaban ‘El Águila’, que no era otro que el conocido EPL.

Muchos ideólogos y simpatizantes de esta nueva tendencia viajaron a Sucre y Córdoba a vender su nuevo producto. En estas regiones encontraron adeptos por montón. Muchos militantes de las guerrillas liberales y del llamado MRL (Movimiento Revolucionario Liberal) pasaron a engrosar los cuadros del nuevo movimiento, como también los de la Anapo.

La fiebre de revolución que se apoderó de estos hombres era tan avasalladora que se creían estar en la Cuba de 1959. Tenían en Montería dos centros de reunión: uno era el Colegio Atenas, ubicado en la calle 30 con 7ª. Ahí fue donde se inventaron el cuento de que el ‘Che’ Guevara estuvo allí cuando iba para Bolivia. El otro punto de encuentro era un hotelucho de mala muerte en la calle 35 con 3ª.

Entre los más fervientes seguidores del Partido Comunista Marxista Leni- nista estaba Moisés Medina, quien llegó a Montería enviado por el Parti- do. Allí se unió a Carlos Cotes, gran dirigente del fútbol; después llegaron Geminiano Pérez, Antonio Mora, Joaquín Amarís, Boris Zapata, Alfonso Cujavante Acevedo, Jorge Rojas y otros.

Desde 1985 se desata en Córdoba y Urabá una persecución contra toda la izquierda.

En una reunión realizada en un restaurante de Montería, después de lar- gas horas de discusión, el hombre que presidía la mesa, luego de tomar un

sorbo de un exquisito vino tinto francés, tomó la palabra y dijo pausada- mente: “Vea señores, esto se arregla, pero es a punta de martillo”. Los demás hicieron silencio y luego de unos segundos de reflexión respondie- ron: “Entonces, hágale”.

Montería y Urabá se convirtieron en un polvorín.

La guerrilla sabía que quien estaba al frente de toda esta arremetida era el dueño de ‘Las Tangas’, Fidel Castaño. Y principalmente el EPL no iba a permitir que este sujeto les dañara el negocio… que era todo un holding29.

Para 1985, por concepto de extorsiones, secuestro, boleteo y gramaje, a bananeros, ganaderos, agricultores, comerciantes y narcotraficantes, re- cogían mensualmente entre 300 y 450 millones de pesos, recuerda ‘El Marrano’, quien fuera financista de este grupo para aquella época en Urabá.

A estos ingresos había que agregarle otro nuevo frente de entrada: Vigi- lancia de cultivos de coca. En la vereda El Dos estaban cientos de hectá- reas de coca, allí se presentaban los narcos a los comandantes guerrille- ros a negociar por el kilo de pasta o base.

Ante la arremetida de Fidel, los comandantes ‘Betto’, ‘Cocoliso’, ‘Platón’ y ‘Jairo Chiquito’, del EPL, se reunieron con ‘Efraín Guzmán’, jefe del V Frente de las Farc, a discutir qué hacer con la gente que está en ‘Las Tangas’. Llegan a la conclusión que hay que tomar por asalto la finca y “matar hasta las gallinas”. Acuerdan meter un grupo de 600 hombres para que no quede tabla sobre tabla. Aprovechan el encuentro para escoger una comisión de cinco subversivos, al mando de una mujer, para las labores de inteligencia. Debían comprobar si era verdad que la finca tenía, a va- rios metros a la redonda, un circuito cerrado de televisión y campos mi- nados.

29 Según el DRAE es la sociedad financiera que posee o controla la mayoría de las acciones de un grupo de empresas. (En este caso secuestro, extorsión, boleteo y traqueteo).

Uno de los seleccionados dice tener un conocido trabajando en una ha- cienda cercana, y que cree que su amigo no sabe que él es guerrillero. Deciden que la inteligencia se inicie en diciembre de 1985, ya que para finales de ese mes Fidel hacía siempre los inventarios de ganado de todas las fincas que tiene en la región.

La reunión fue aprovechada por los comandantes para recordarles a los subversivos que los ‘tangueros’ tenían fama de mochacabezas, que como se vuelen de las filas se las cortan. Esta macabra práctica de algunos paramilitares contra los guerrilleros era el arma que esgrimían los líderes de la guerrilla para intimidar a sus hombres a desertar.

Terminan concluyendo que hay que empezar a golpear a los ‘tangueros’ en San Pedro de Urabá, Turbo y Apartadó –estos en Antioquia–; y en Tierralta y Montería, en Córdoba.

Los espías llegaron y se ubican en un tupido bosque que está al lado de una ciénaga, con el permiso del administrador, quien fue convencido por el conocido que iban a estar es pescando por dos días. Luego de buscar la manera de estar más tiempo sin dejarse notar del responsable se entera- ron que Fidel no iba a ir ese fin de año a realizar los inventarios, por lo que se fueron y decidieron regresar a mediados de enero de 1986.

Fidel llegó a ‘Las Tangas’ en la noche del 26 de enero de 1986, de la mane- ra que siempre lo hacía: Intempestivamente. Lo único que se habló esa noche por los radios fue la recomendación a todos los administradores de encerrar temprano los ganados.

Castaño llegó conduciendo un Toyota blanco corto, acompañado de un hermano y dos muchachos a la hacienda ‘Jaraguay’. No se dirigió a la Mayoría o al kiosco, sino que siguió a la pesebrera en donde tenía un hermoso semental de raza Holstein llamado ‘El Muñeco’. A un lado esta- ba un fino caballo, trotón y galopador, de nombre ‘Monarca’, que le ha- bían regalado los Ochoa. Estaba acariciando y hablándole a sus animales y no se percató de las cinco personas que habían entrado por un costado de la finca, por donde están los corrales, iban con unas mochilas.

Su hermano desde la cocina vio a los sujetos y gritó a todo pulmón: “Ojo, que ahí van cinco hijueputas con unas mochilas”. Todos se llevaron la mano al cinto y comenzó la balacera. Los atacantes tiraron una granada

que no explotó, luego se dieron a la fuga por en medio de los potreros. Fidel salió para uno de los vehículos, se subió al timón y uno de sus escol- tas lo acompañó. Cogió el radio y alertó a las demás fincas: “Ahí van tres tipos y dos mujeres huyendo, sálganles, los quiero vivos… oigan bien, los quiero vivos”. Dos de los guerrilleros se tiraron para los lados del río Sinú, allí varios hombres les salieron al paso y se entregaron. El otro grupo se dirigía, sin saberlo, hacia ‘Las Tangas’, varios carros se les atravesaron y se dio un intercambio de disparos, donde murieron dos de los persegui- dos, un hombre y una mujer.

Los que quedaron vivos pasaron por un largo y sufrido interrogatorio. La guerrillera era la mujer de uno de los comandantes del EPL. Luego de confesar la acción fueron fusilados junto con el administrador de la finca donde se ocultaron.

La retaliación de Fidel no se hizo esperar en Turbo, Apartadó, San Pedro, Tierralta y Montería.

Se trabajaba en varios frentes. Mientras Fidel con sus hombres “echaba gatillo corrido” en ciudades y veredas, a todo sospechoso de trabajar con la guerrilla; otra gente ‘traqueteaba’ por toda la geografía cordobesa.

Cuando la subversión se percató que eran sus antiguos patrones los que estaban respaldando toda la operación de eliminación de sus redes de apoyo en los campos y ciudades, ya tenían la soga al cuello.

Comenzaron a caer en Montería vendedores ambulantes -algunos traba- jaban a la salida de la Brigada-, zapateros, sastres, comerciantes, ganade- ros, maestros, rectores de colegios, estudiantes universitarios, médicos, abogados y pensadores o ideólogos. Entre estos últimos cayó Alfonso Cujavante Acevedo, coordinador Departamental de la Unión Patriótica y el Frente Popular, junto a Geminiano Pérez y Teófilo Rangel.

La llegada de Cujavante Acevedo a Montería está llena de misterio. Mu- chos dicen que era un desertor del Ejército y que se vino para Córdoba con este nuevo nombre. Lo cierto es que llegó a Cereté y allí estudió. Al pasar los años apareció siendo abogado, políglota, profesor de idiomas y litera- tura. Algunos llegaron a decir que manejaba un discurso socrático.

Vivió con una dama que le decían la ‘Turca’ Chaljub. Comentan que tenía una sensualidad como la de Sonia Braga. Pero este parecido con la actriz brasileña iba más allá, ya que ejecutaba al pie de la letra el argumento de uno de los mejores libros del escritor brasileño Jorge Amado, del cual la Braga hizo un extraordinario papel.

Para marzo de 1988 Cujavante era visto como el principal ideólogo de las Farc en Córdoba.

Para la misma época había llegado al Alto Sinú un grupo de hombres cuya especialidad era el crimen selectivo, venía de ser entrenado por un ex comando israelí llamado Yair Klein. Se hacían llamar: ‘Los Magníficos’, entre los adiestrados estaban ‘El Pionono’, ‘El Negro’ y ‘Fercho’. El primero fue quien disparó contra el dirigente de izquierda y senador por la UP, Manuel Cepeda Vargas, el 9 de agosto de 1994. Crimen este, que según una fuente, fue una retaliación al asesinato del general Carlos Julio Gil Colorado, ocurrido el 19 de julio de 1994, en las afueras de Villavicencio, cuando al paso de su carro se activaron más de 100 kilos de dinamita. Las Farc fueron las responsables de este atentado terrorista. Minutos antes por el sitio de la explosión había cruzado el general Jorge Enrique Mora Rangel, quien tiempo después fue Comandante de las Fuerzas Militares.

Lo primero que hicieron ‘Los Magníficos’ al llegar a Montería fue dar a conocer una ‘lista negra’, en la que aparecían Cujavante, Geminiano Pérez, Jorge Enrique Rojas y Fermín Meléndez Acosta. Pérez se había salvado de un atentado en febrero del 88, en Cereté.

Alfonso Cujavante todavía disfrutaba del estruendoso triunfo que tuvo su movimiento político, la Unión Patriótica, en Córdoba. La lista que él enca- bezó al Concejo de Montería, con segundo renglón de Édgar Astudillo, sacó 2.146 votos, muchos más que aspirantes respaldados por movimien- tos tradicionales. Lo que le preocupaba era que desde el día de ayer, lunes 14 de marzo, le habían quitado la escolta.

El martes 15 salió a las 11:50 de la mañana al taller ubicado en la Aveni- da Circunvalar con carrera 8. a buscar su Volkswagen blanco, placas DB 2951. Llegó al lugar a las 12 y comenzó a hablar con el mecánico sobre el vehículo, y no vio cuando dos sujetos, Algiro Naranjo y otro de nombre Honorio, se bajaron de un Mazda 323, gris. Se le acercaron y lo impactaron 7 veces con pistola 9 mm. Los sujetos no corrieron, cruzaron la calle, se embarcaron y huyeron.

A los minutos una manifestación se formó en el sitio, llegaron seguidores con banderas del Partido Comunista. El alcalde tuvo que decretar toque de queda y ley seca.

Meses después Édgar Astudillo se salvó de morir en un atentado. Por su parte, Jorge Enrique Rojas, durmió en Montería pero amaneció en Bogotá.

Montería se asemejaba a un campo de tiro, todos los días moría alguien a bala.

Pero los cordobeses no se imaginaban el golpe que se avecinaba y que conmovió a todo Colombia.

Preparativos para la Fiesta de Resurrección

Las fiestas patronales, los días santos, las corralejas o cualquier motivo que se inventen los habitantes de una región son válidos para festejar con un fandango. Los moradores de Mejor Esquina no eran la excepción.

Mejor Esquina es un caserío que está a 23 kilómetros del municipio de Buenavista, en el departamento de Córdoba, al norte de Colombia. Es como todas las veredas de la región del Sinú y del San Jorge: Polvorienta, sin ninguna clase de servicios públicos, abandonada y olvidada.

Está enclavada en medio de varias fincas. Para llegar hasta allá hay que atravesar una servidumbre de más de 20 kilómetros. Los moradores vi- ven de cosechar productos de pancoger: Yuca, plátano, maíz, arroz y ñame. También trabajan como jornaleros en algunas haciendas veci- nas. Otros se dedican a la cría de marranos y a la pesca en la quebrada ‘Carate’.

Es una región cubierta de una gran variedad de árboles y pastos. Cada 10 metros hay un palo de mango. La topografía es ondulada. El caserío está compuesto por unas 35 casas de tabla y techo de palma o zinc, que po- drían considerarse las modernas. Las más viejas son de boñiga de vaca y techos de palma amarga. Todas tienen piso de barro y la misma distribu- ción: Una salita, uno o dos cuartuchos y una hornilla. De las varetas del techo cuelgan los puños de arroz, los plátanos, la yuca, las varas de pes- car y la atarraya.

Hay una plaza donde se puede jugar fútbol o sóftbol, y que para las com- petencias de carreras a caballo se acondiciona como meta. Aquí es donde acostumbraban a realizar los fandangos en Semana Santa. A un costado de la plaza están tres pequeñas aulas que conforman el colegio, en una de las paredes había un letrero inmenso en pintura negra que decía: “Viva el Ejército Popular de Liberación – EPL”. Al frente de la escuela está un billar y al lado de éste hay una gallera.

No hay luz. Antes de las 7:00 de la noche la gente ya está recogida y apagados los mechones… pero para los fandangos de Sábado de Gloria y Domingo de Resurrección no se apagaban, al menos así sucedía en años anteriores.

Son muchos los escritores cordobeses que se han referido al origen del fandango, uno de ellos es Juan Santana Vega, oriundo de Sahagún, eco- nomista de la Universidad de Cartagena y autor del ensayo ‘El mundo de las corralejas’ y del ‘Diccionario Cultural de Córdoba’. En este último dice que el fandango es una “especie de danza que se baila en los pueblos de Córdoba y la Costa Atlántica. Este baile es una de las más importantes he- rencias culturales recibidas de los españoles durante el proceso de coloniza- ción en nuestra región.

(…) “En nuestro medio el fandango tiene una coreografía consistente en dar pasos hacia delante y hacia atrás, con cierto aire de garbo y galantería por parte de los ejecutantes, al tiempo que van avanzando en torno a una banda de músicos, que se constituye en el epicentro de dicho evento. La rotación se hace en sentido contrario a como lo hacen las manecillas del reloj. Por lo general el fandango se lleva a cabo en las plazas de los pueblos como viva expresión de alegría de las gentes y en las horas de la noche; de allí surge la creencia que el uso de las velas, que las bailadoras llevan en las manos y que enarbolan por sobre sus cabezas sudorosas, sean para iluminar la senda por donde se desplazan las parejas y no por ese sentimiento de religiosidad que algunos creen encontrarle”.

Narra también Santana Vega, que fue tal la influencia del fandango en el pueblo sinuano, que el obispo de la Diócesis de la Provincia de Cartagena, en 1769, los prohibió y amenazó con excomulgar a quienes se atrevieran a organizarlos. El Gobernador de la Provincia, previendo un desenlace fatal, intercedió ante el propio Rey de España, para que autorizara los fandangos, hecho que se dio tiempo después.

Si ese obispo hubiese visto a las hermosas mujeres sinuanas que bailaban en los fandangos y, en especial, a una llamada ‘María Barilla’, jamás se le hubiese ocurrido semejante ‘herejía’.

Para inicios del Siglo XX nació un porro llamado ‘María Barilla’, que sería motivo de muchas discusiones en el sentido de quién es el autor o autores. Pero lo cierto es que a cualquier cordobés le perdonan no saberse la letra de su himno, lo imperdonable es no haber escuchado, bailado o, al menos, zapateado a ‘María Barilla’.

El porro es la expresión musical de Córdoba. Es un ritmo que acosa al campesino a divertirse y manifestar su alegría. La sangre se calienta y hay que echarse al galillo con urgencia un trago de ron. También el calor del día y el movimiento al compás del porro acalora de felicidad a los presen- tes. De allí en adelante todo es un carnaval de júbilo. La banda de músicos a cargo del fandango, entre pieza y pieza30, sólo puede descansar el tiem- po que transcurre en pasarse todos los músicos la botella de ron. Y una tanda consta hasta de 15 piezas. Hoy las más famosas han bajado a la mitad sus presentaciones por tanda. Pero hay pueblos donde esa nueva medida es inaceptable y puede ser motivo hasta de trifulca.

Santana también nos cuenta en su valioso diccionario que, “el porro al principio de los tiempos se tocaba solamente con tambores y guaches, acom- pañados con palmadas al tiempo que los cantadores improvisaban versos. Después el porro, como cuestión dinámica que es, fue evolucionando hasta llegar a lo que es hoy en día”.

El porro es un ritmo ejecutado por bandas de viento compuestas por 14 ó 17 integrantes que tocan instrumentos tales como: clarinetes, trompetas, trombones, bombos, bombardinos, platillos.

Su nombre -porro- tiene varios orígenes y discusiones. Y es Juan Santana Vega quien nos ilustra mejor sobre este tema: “Las de mayor acogida son las que sostiene Guillermo Valencia Salgado, ‘El Goyo’, quien nos dice que el nombre de porro viene de porrazo, de allí que, según la ejecución o actividad de la porra con que se golpea el bombo, se pueda tocar un porro tapao o palitiao; y la del investigador Aquiles Escalante, quien sostiene que el nombre proviene de un tamborcito llamado porrito”.

El porro tiene dos modalidades: el porro tapao o sabanero, y el porro palitiao o pelayero. “El porro tapao o sabanero llegó a Córdoba procedente de las sabanas de Bolívar, del Bolívar grande como lo llamaba Guillermo Valencia Salgado, ‘El Goyo’, para hacer referencia a ese pedazo de patria que hoy conforman los departamentos de Sucre, Córdoba y el mismo Bolívar. En cam- bio que el palitiao es autóctono de las tierras del Sinú, teniendo su cuna en la población de San Pelayo”.

30 Una ‘pieza’ es una interpretación completa de un porro.

Pero todo el esplendor del porro no está en la melodía sino en el baile tam- bién: “La mujer menea la cintura hacia abajo llevando en las manos manojos de velas prendidas las que le ganan altura a su cabeza, al tiempo que gira sobre sí misma unas veces y otras adelantando y retrocediendo. El hombre por su parte abre los brazos, dobla las piernas a la vez que describe círculos en torno a la mujer sin tocarla. Por lo general el parejo lleva un sombrero vueltiao que a veces se quita para hacer alguna ceremonia con él, ya sea para abanicar a la mujer, golpear el suelo o colocárselo a su pareja en la cabeza”.

Los residentes de la vereda Mejor Esquina, si bien no pierden el tiempo en saber de los orígenes del porro, sí conocen a las mejores bandas, y para ese año, 1988, iban a contratar para su Fiesta de Resurrección a la mejor del momento en su región: ‘La Banda Tres de Mayo de Montelíbano’.

Pedro Nel Quintero Ruiz quería ser director de banda, al igual que su papá. Nació en 1960 en Montelíbano y se crió en un hogar de músicos. Era el noveno entre 11 hermanos. Desde pequeño acompañaba a su pa- dre a todos los toques que podía.

En el colegio comenzó a leer música, con la ayuda de los demás miembros de la banda y con su papá perfeccionó lo aprendido. Se inclinó por el clarinete.

Todas las tardes, cuando el sol bajaba, empezaban en el traspatio de la casa los ensayos. Muchos curiosos se iban por la parte de atrás de la vi- vienda y desde la cerca de vareta miraban embelesados tocar a los músi- cos. Y en el pueblo sabían que cuando había ensayos era porque había llegado un contrato para un fandango, fiesta patronal o corraleja.

Muchos de los integrantes de la banda eran jornaleros en fincas vecinas de la región, macheteros, fumigadores o vaqueros.

A pesar de la inclinación de Pedro Nel por la música, su padre quería un mejor futuro para su hijo. Después de terminar el bachillerato lo matricu- ló en el Sena a un curso de Mecánica. Pero el clarinete terminó siendo la herramienta que mejor aprendió a manejar… y tocar.

La prueba para el nuevo músico llegó un 20 de enero cuando murió su abuela paterna y le tocó ir a cumplir un contrato adquirido con la banda. Ese día vivió al mismo tiempo dos sentimientos opuestos: la tristeza y la alegría.

La mayor parte del año 1987 fue muy regular para la ‘Banda Tres de Mayo de Montelíbano’, pero todo cambió en diciembre para las fiestas de corraleja del pueblo que lleva el nombre de su banda.

Fueron varios los contratos que les llegaron y casi no les alcanzaban las fuerzas para cumplirlos todos. “Ese diciembre los pelaos (hijos) sí tuvie- ron un ‘Niño Dios’ con billete”, recuerda Pedro Nel.

Todo hacía presagiar que 1988 sería un excelente año… y empezó siéndolo.

Pedro Nel viajó a Barranquilla a finales de febrero, como es costumbre de los músicos de esta parte de la Costa Atlántica, para rebuscarse en los Carnavales de la ‘Arenosa’. Por lo general no viaja la banda completa sino unos cuantos, en especial los intérpretes de las trompetas, clarinetes y trombones.

Unos tienen la suerte de ir contratados, pero otros se van a aventurar. Estos últimos se alojan en unos hoteles que son conocidos por todos los empresarios musicales de Barranquilla, quienes llegan hasta allá a bus- car lo que necesiten: Guacharaqueros, timbaleros, bongoseros, flautistas, trompetistas, saxofonistas, guitarristas, pianistas, coristas; para mejor decir, ahí se puede encontrar desde un animador o servidor de trago (ca- chetero) hasta un ingeniero de sonido.

Pedro Nel viajó por solicitud del empresario ‘Lucho’ Llanos. Tocó su clari- nete con una banda que recorrió todas las casetas de los pueblos del At- lántico: Ponedera, Polo Nuevo, Galapa, Usiacurí, Soledad, Barranca, Sa- bana Larga… y por último en el templo del carnaval, Barranquilla.

Luego de semejante correría musical regresó al Alto San Jorge y se en- contró que la ‘Tres de Mayo’ estaba contratada para las fiestas patronales de Uré, corregimiento de Montelíbano habitado en su mayoría por negros amantes del folclor. Tocaron tres días seguidos, el 19 de marzo de 1988 fue el último día de fandango en Uré.

Una semana después se presentaron a la casa de los Quintero, Ruperto Martínez y Luis Argumedo, con el objeto de contratarlos para tocar los días 3 y 4 de abril, en el caserío Mejor Esquina.

El padre de Pedro Nel estaba con varicela y le tocó a su hijo firmar un contrato, por $120.000, que lo comprometía a tocar con su Banda el Sá- bado de Gloria y Domingo de Resurrección, en Mejor Esquina.

El Sábado de Gloria se iniciaba con una alborada, por tal razón la banda debía estar desde la noche anterior en el caserío. Pero la ‘Banda Tres de Mayo’ estaba comprometida a tocar en la Procesión del Viernes Santo en Montelíbano, por la noche. Ellos de todas maneras le aseguraron a los organizadores de las festividades de Mejor Esquina que apenas termina- ran partían para ese lugar. Y así fue.

Luego de varias marchas y paso dobles durante la procesión, cogieron ‘El Bolso’ y ‘El Estuche’: En el primero va la hamaca y el uniforme; en el segundo, el instrumento. Partieron en dos vehículos, un viejo Nissan Patrol azul y un destartalado Jeep Willys, rumbo a Mejor Esquina.

Salieron de Montelíbano a las 8:15 de la noche. Llegaron a Buenavista una hora después, siguieron derecho hasta el sitio Nueva Estación, allí, unos metros después del paradero ‘Donde Felipe’, doblaron a la izquierda rumbo a Mejor Esquina. Este último trayecto era por carretera destapada.

No era la primera vez que iban a estas fiestas. Tiempo atrás habían sido contratados cuatro años seguidos. Por eso cuando los invitaron nueva- mente se sintieron complacidos y ensayaron varios días, porque a la gente de Mejor Esquina le gustaba los porros tradicionales, pero bien tocados… lo mismo que al ‘Viejo Rafa’, que siempre se presentaba por allá.

Entre las piezas que más habían ensayado estaban María Barilla, El Pája- ro, Amor a Carolina, Vámonos Caminando, Fandango Viejo, El Sapo, La Espuela del Bagre, Soy Pelayero, El Conejo Pelao, La Butaca, Margento, El Binde, Manguelito, Ayapel, El Barrilete, La Vaca Vieja, Roque Guzmán y El Toro Negro, entre otros.

El programa de las festividades en Mejor Esquina arrancó el viernes en la noche con el anuncio de la llegada de los músicos. Esta parte era todo un acontecimiento, ya que la banda cuando confirmaba que estaba comple- ta tenía que hacer lo que se llama un ‘Toque de Llegada’ a los habitantes de la vereda. Consiste en interpretar unas seis piezas recorriendo las prin- cipales calles del pueblo, en este caso una sola vía, para que los residentes sepan que la Junta organizadora cumplió. Este ‘saboreo musical’ no se cobra, va sin “taruya”, como llaman a la plata algunos campesinos en los campos cordobeses. Claro que estos cinco o seis porros se sazonan con unos tanganazos31 de ron, que para aquella época eran de Tres Esquinas, el más tomado por toda la región.

Al día siguiente empieza en serio la celebración.

La ‘Banda Tres de Mayo’ llegó a las 10:00 de la noche del 1 de abril de 1988. La gente los estaba esperando y bebiendo. Había personas de las veredas de Campo Bello, Arenoso, La Barra, El Anclar y de los municipios de Buenavista y Montelíbano.

La mayoría de los moradores de esta zona vive de la agricultura, ganade- ría y de los trabajos que consigue en las haciendas vecinas. Otros lo hacen a doble jornada, desempeñan labores propias del campo y la de estafetas del EPL.

Por lo estratégico, el caserío de Mejor Esquina era utilizado por el EPL para hacer reuniones y cobrar extorsiones y secuestros. Uno de los más asiduos visitantes era ‘El Viejo Rafa’, como también otros comandantes del grupo guerrillero. Por otra parte, muchos jóvenes, que tiempo atrás habían sido reclutados por el EPL, tenían a sus familiares viviendo en esta vereda u otras cercanas.

Había un rumor común en todo el Alto San Jorge, y que llegaba a otras partes de Córdoba, en el sentido de que Mejor Esquina era una ‘oficina’ del EPL y que, además, era el sitio de descanso del ‘Viejo Rafa’. Tal vez los residentes de esta olvidada vereda jamás dimensionaron el daño que tal comentario les hacía, con el agravante de que los mafiosos juraban que los habitantes de esta comarca sabían de las tulas de dinero que allí cerca cayeron y se extraviaron.

31 Trago o copa de licor.

Los ‘narcos’, sin ninguna prueba, estaban convencidos de que los habi- tantes de Mejor Esquina le entregaron las tulas a los del EPL… y eso no iba a quedar así.

Las juntas organizadoras de este tipo de festividades son integradas por la misma comunidad. Cada año casi siempre son los mismos; como son fa- miliares, entre ellos se rotan los cargos. El presidente en 1988 fue Ruperto Martínez, y el tesorero Oriel Sáenz. Dos personas muy apreciadas en la región.

Ellos fueron los que delegaron en Luis Argumedo la contratación de la banda, además, se encargaron del programa, que se inició con la llegada de los músicos el viernes 1 de abril. El sábado los festejos se iniciaban desde las cuatro de la madrugada con la alborada, el resto del programa era el siguiente:

  • Viernes 1 de abril (Noche): Llegada de la Banda Tres de Mayo.

Toque de llegada.

  • Sábado 2 de abril:              4:00 a.m. Alborada.

7:00 a.m. Visita a miembros de la Junta y amigos, recorrido por la calle principal. 1:00 p.m. Recepción.

3:00 p.m. Carrera de caballos 4:00 p.m. Peleas de gallos.

8:00 p.m. Fandango hasta el amanecer.

Todo iba de acuerdo con el programa, lo único que había cambiado era el sitio del fandango. Esta vez no se hizo en la plaza principal del caserío, como otros años, sino en el patio y traspatio de la casa de la familia Martínez, ubicada a mano derecha de la entrada de Mejor Esquina, a unos 300 metros de la vereda. La entrada se cobró a $200.oo. Cuando se hacía en la plaza de la vereda no tenía ningún costo.

Ruperto Martínez, presidente de la Junta y licenciado en matemáticas y física, propuso que se hiciera en la casa de su hermana Teresa. Como los

miembros de la Junta no se ponían de acuerdo, Ruperto, que también era concejal para esa época, dijo que él asumía los costos y se llevó la fiesta para donde su familiar. Algunas personas al ver tanto problema llegaron a decir: “Dejemos esto quieto, de pronto es que va a pasar algo”. Por lo general los miembros de la Junta se desplazaban a las fincas vecinas en busca de colaboración, y el trago se fiaba en un depósito de Buenavista, pero esta vez no sucedió así.

La casa de los Martínez estaba ubicada en una loma rodeada de siete palos de coco, un inmenso palo de mango en la parte de atrás, y más al fondo varias matas de plátano. A la entrada, junto al alambre de púas, que está a la orilla del camino, había un inmenso campano. También rodeaban la humilde vivienda unos naranjos, un palo de limón, mara- ñón, tamarindo y un guanábano. Perdido entre todos había unos palos de vaca vieja, cacao y achiote.

Era la primera casa que se encontraba a mano derecha antes de llegar al caserío. El alambre de púas estaba interrumpido por una pequeña puerta de golpe, al lado de un inmenso palo de campano que estaba dentro de la propiedad. Seguía un área despejada de unos 20 metros hasta llegar a la casa, que tenía la puerta al lado derecho y no al centro como es común, a la izquierda había una pequeña ventana. La vivienda estaba pintada de dos colores, hasta un metro del piso era de color rojo, de allí hasta más arriba, de blanco. Ventana y puerta también eran coloradas. El techo era de palma amarga. Desde la entrada se veía lo que se conoce como la loma del cementerio. También se podía observar un pequeño puente que esta- ba a 300 metros.

A la derecha de la casa había una enramada de palma de coroza. En la parte de atrás estaba como especie de un kiosco en forma rectangular, donde se bailaba. Luego seguía otra enramada de coroza destinada para la banda. Al lado izquierdo estaba la hornilla y como una especie de cuar- tucho donde se guardaban el hielo y el ron.

Detrás del kiosco rectangular se levantaba un inmenso palo de mango, a un lado y al fondo unas matas de plátano que también hacían parte de la casa. A varios metros de la platanera estaba un chiquero con varios ma- rranos. Al lado del plátano se había cavado un gran hueco para echar toda la basura del fandango… pero en su interior lo que se encontró fue cientos de vainillas de fusil R-15.

El domingo 3 de abril el programa arrancó a las 9:00 de la mañana con las carreras a caballo, siguió con las peleas de gallos. En la tardecita se hizo un baile para niños. En la noche, antes de las 9:00, empezó el fan- dango. Era el día de mayor público. Aunque muchos testigos dicen no recordar, los músicos aseguran que ‘El viejo Rafa’ llegó como a la 1:00 de la tarde, acompañado de otro guerrillero apodado ‘El Gallero’, de otras personas y de una pelá nuevecita32. Como a las 5:00 de la tarde decidió irse, algunos de sus acompañantes se quedaron.

En un pequeño cuartico montaron la cantina, en donde se vendía hielo, gaseosa y Tres Esquinas. A unos cuantos metros se ubicó la máquina o picó33 que funcionaba con una pequeña planta eléctrica de un caballo y medio de fuerza, eran suficientes para cinco focos y la ‘potente máquina’. Los habitantes de Mejor Esquina sólo conocían y probaban el hielo en esta época, no existía servicio de energía, como tampoco acueducto, mucho menos alcantarillado, tampoco había un puesto de salud, mejor dicho, allí no había nada.

Las casas se alumbraban con mechones que sobresalían de un frasco lle- no de gas líquido. En un día de semana, cualquiera, los mechones se apa- gaban antes de las siete de la noche… pero ese Domingo de Resurrección se iban a apagar un poco más tarde… y para muchos, por siempre.

Desde las siete de la noche empezó a sonar el picó con los mejores vallenatos de la época. Mujeres, niñas, niños y hombres llegaron con sus mejores atuendos. Era el último día de fandango y había que vestirse lo mejor posible. Además, era el Domingo de Resurrección… no era un día cual- quiera.

32 Nombre con el que se refiere la gente del campo a las niñas que están entre la edad de los 13 y 15 años.

33 Así llaman los campesinos a un equipo de sonido o toca discos.

“Vamos por esos hijueputas”

A la misma hora, y en una cercana finca a Mejor Esquina, un grupo de hombres terminaba de aceitar y limpiar sus fusiles. Algunos prendieron un vareto34 para estar a ‘tono’ con la misión que se les encargó.

Un hombre de mediana estatura, negro, de gruesa contextura, como de 35 años de edad, pelo quieto, cara redonda, de hablado firme y actitud imperturbable era el que estaba al mando de los nueve ‘muchachos’ que iban a realizar la vuelta. Luego de dirigir una mirada de reconocimiento y comprobar que cada uno llevara pasamontañas, terciado el fusil R-15 y pistola al cinto, ordenó embarcarse en dos Toyotas Land Cruiser, uno era de color blanco. Y con un suave tono de voz, que reflejaba su pasmosa tranquilidad, y como si se estuviera despidiendo de un hijo dijo: “Vamos por esos hijueputas”.

Salieron de la finca para llegar a Buenavista. Allí desembocaron a la Troncal de Occidente y doblaron a la izquierda, vía a Caucasia. Pero al poco tiempo giraron a la derecha por un sitio que llaman la apartada de ‘El Burro’ y cogieron hacia la vereda Puerta Negra. Luego continuaron hacia Mejor Esquina, atravesando varias fincas. Todos iban dispuestos a perpetrar una de las mayores masacres de los tiempos modernos de Co- lombia, y con ella se reinauguraba un cruel accionar que tiene al pueblo colombiano a pocos pasos del abismo de la desesperanza y desilusión.

Los contratistas le habían asegurado al negro, que estaba al mando del grupo: “Todo lo que hay allí es guerrilla, hasta los puercos y las gallinas”. “Lo más seguro es que ‘El Viejo Rafa’ esté bailando ahí. Cucharo35 que vean, cásquenlo”. Uno de los tipos que acompañaba al negro, luego de una gran chupada al tabaco de marihuana, respondió: “Como usted diga patrón”.

Era bien cierto que el líder del grupo criminal por su formación en las Farc estaba acostumbrado a cumplir las órdenes al pie de la letra, a veces dejaba que se le fuera la mano para granjearse el respeto de sus jefes. Pero

34 Tabaco de marihuana.

35 Termino despectivo para referirse a una persona mayor o de edad.

cuando decidió cambiar de bando se convirtió en el mismísimo diablo. Los que lo conocieron de cerca aseguran que puede ser el tipo que más guerrilleros, estafetas, auxiliadores y sospechosos de serlo… y también de inocentes ha asesinado.

Los carros se iban acercando al lugar indicado, eran las 9 y 30 de la no- che. Como habían cogido por un atajo, que era más largo pero seguro, salieron a mitad del camino principal; allí doblaron a la izquierda, esta- ban en la vía destapada que viene de Nueva Estación a Mejor Esquina. Llegaron a una bifurcación, que está metros antes de la finca ‘Bonaire’. Cogieron nuevamente a la izquierda.

Poco después de las ocho de la noche, Pedro Nel Quintero Ruiz, director de la ‘Banda Tres de Mayo de Montelíbano’, dio la señal para que los clarine- tes y trompetas hicieran la introducción del porro ‘El Cebú’. Se iniciaba el fandango del Domingo de Resurrección en la vereda Mejor Esquina.

La gente empezó a bailar y a seguir bebiendo.

Al iniciar la primera pieza, los hombres lanzaron su grito de alegría. Cada guapirreo36 iba acompañado de un trago de ron. Era la mejor señal. El director de la ‘Banda Tres de Mayo’ ya estaba más tranquilo, había salido con todo. Los porros que le quedaban por interpretar en la primera tanda debían mantener ese entusiasmo para salir bien librado de la crítica. Y, lo más importante, para asegurarse el contrato del año entrante. Antes de finalizar interpretó el himno: María Barilla. El resultado fue el mismo que por años sigue a su ejecución: Alegría, deseos de bailar y echarse al galillo un trago de ron.

Al terminar, muchos se dirigieron a la mesa de fritos. Ya que el arroz apastelao que estaban preparando en la casa del fandango era para la madrugada.

36 Grito de alegría del campesino cordobés.

A la entrada del baile, al lado de un gran palo de campano, estaba la mesa de fritos. Allí estaba la señora Carmen vendiendo empanadas, carimañolas de queso y carne, patacón, chicharrón, asaduras de puerco37 y buñuelos de fríjol cabecita negra. La bebida indicada para bajar la jactura38 era el guarapo (agua de panela con bastante limón y hielo).

A los pocos minutos ya toda la fritanga se había acabado. Pero la señora Carmen Barragán había llegado bien preparada y sacó las dos masas que trajo de reserva, una para las empanadas y la otra para las carimañolas. Mientras tanto, por el picó seguían escuchándose los más variados vallenatos de Alfredo Gutiérrez, Aníbal Velásquez y Los Betos. Por su par- te, la ‘Tres de Mayo’ descansaba y bebía.

De pronto se silenció el picó… era la señal para que la banda reiniciara el toque. Los músicos se toman lo que llaman el ‘trago de salida’, comienzan a afinar sus instrumentos y a los pocos segundos arrancan nuevamente. Pedro Nel reinició el toque con uno de los porros más viejos y hermosos del folclor costeño: La Vaca Vieja. Era el himno musical de las fiestas del 11 de Noviembre, que se celebraban hace muchos años en Cartagena, Carmen de Bolívar y Magangué, la autoría se la atribuye el músico bolivarense Clímaco Sarmiento. Muchos dicen que él no es el autor, lo cierto es que cuando lo entrevistaron sobre el tema dijo: “Bueno, yo la vi suelta y lo que hice fue amarrarla”.

La pieza que siguió fue otra joya musical del folclor sabanero, El Sapo. Continuó luego el bello porro Roque Guzmán, este evoca la época dorada que vivió un millonario hombre que le gustaban en exceso las corralejas, los fandangos, las mujeres y el trago, este último lo compraba por bultos. Era tanto el ganado que tenía, que había un estribillo muy famoso que decía: “uepajé no joda, las vacas pariendo y Roque Guzmán bebiendo”.

Luego siguió el Toro Negro… porro que nunca será olvidado.

37 Nombre que se le da al marrano en el campo.

38 Llenura por excesiva comida.

Llegó ‘El Toro Negro’

… Los dos carros cogieron a la izquierda y pasaron frente a la Mayoría de dos fincas. El camino era ondulado. Se subían pequeñas lomas y luego se bajaba a largos valles. Después de pasar el último quiebrapatas39 había una cuesta. Al llegar a su cima se veía un pequeño bosque que esconde el camino y una quebrada, que parecía honda pero que aún no tenía pro- fundidad, a pesar de que el invierno había empezado a mojar al verano. El guía, que iba sentado en el centro de la silla de atrás, alertó: “Ojo que ya estamos llegando”. Se escuchó al unísono el sonido característico de va- rias armas cuando son desaseguradas.

Al salir de la quebrada subieron nuevamente y giraron un poco a la iz- quierda. La trompa del carro quedó alumbrando al cielo y desde allí al- canzaban a divisar el cementerio. Las copas de los árboles de un lado y otro se entrelazaban en un largo trayecto del camino formando como una calle de honor… pero esa noche tal distinción estaba reservada a la muerte. El guía de un momento a otro se sobresaltó y gritó: “Hey, hey, hey, apaga las luces”. La orden no se hizo repetir. El vehículo que los escoltaba ya venía con ellas apagadas, en este tipo de incursiones sólo el primero las lleva encendidas. Continuaron despacio y al llegar al frente del cemente- rio se divisó a lo lejos el inmenso resplandor de cinco focos encendidos y varios mechones. Era tal el destello en esa oscuridad, que parecía una inmensa fogata, como si una parte del sol estuviera escondida allí. Tam- bién se oían los acordes de un porro. El negro que iba adelante se rascó la nariz con el cañón de la nueve milímetros, se giró para ver a sus acompa- ñantes que iban en la silla de atrás del Land Cruiser, y les peló los dientes en una tétrica sonrisa de satisfacción, sus ojos se alumbraron como los del mismo Satán.

Los camperos recorrieron muy lentamente los 400 metros que los separa- ban del puente. Allí se detuvieron, apagaron los carros y se bajaron rápi- damente. Tres se fueron por el camino real y los siete restantes por el potrero, envolviendo a la vivienda. Estaban a trescientos metros de co- menzar el sangriento episodio.

39 Rieles colocados de tal manera que impiden el cruce del ganado u otros animales de un potrero a otro, o a otra propiedad vecina. Pero que permiten el paso de los carros sin necesidad de bajarse a abrir puertas.

La señora Anita vio lo que sucedió con los carros y un mal presagio llegó a su cabeza. Un cosquilleo de pavor le recorrió la espalda. Apretó la mano de su marido y le dijo: “Mira que allá venía subiendo un carro y apagó las luces”.

El ganado comenzó a correr, como si lo estuvieran espantando… o estaba asustado con lo que veía venir. El marido se giró y le dijo: “Anita, recoge a los pelaos y te vas para la casa, ya mismo”. Uno de los niños hizo un ruego: “Papito, vente con nosotros”. El papá responde: “Vete, que más atrás me voy yo, con el favor de Dios no va a pasar nada”.

Según el almanaque de Bristol, guía meteorológica y astral de los campe- sinos, debía ser luna llena, pero el pronóstico, como siempre, no fue el más acertado, había mucha oscuridad. Sin embargo, la poca luna que se mostraba alcanzaba a robarle color a la oscuridad.

Pero esa penumbra fue la que hizo que mucha gente viera cuando el carro apagó las luces… y también le salvó la vida a varias personas que de inme- diato se fueron para sus casas o para el monte a esconderse.

Dentro de la caseta, la ‘Banda Tres de Mayo de Montelíbano’ había comen- zado a interpretar el porro ‘El Toro Negro’. Es una de las melodías clásicas del folclor sabanero que cuenta lo que acontece en una corraleja cuando sale ‘El Toro Negro’. La mayoría de porros no se canta, solo se interpreta su melodía, es aquí donde muchos conocedores dicen que los porros can- tados son más bellos y sabrosos para bailar, por supuesto que otros afir- man lo contrario. Pero a quienes les gusta los fandangos y fiestas con banda eso no les importa, ya que todas las agrupaciones los tocan se can- ten o no. Este porro empieza con un sensible y hasta nostálgico sonido de trompetas, que segundos después se interrumpe con la alegre sonoridad de los clarinetes y los tambores. Es un porro que obliga a salir a bailar. Y el kiosco que servía de pista de baile en la casa de los Martínez se llenó de bailadores y bailadoras… y era que estaba sonando ‘El Toro Negro’.

Eran las 10:20 de la noche.

Afuera, frente a la mesa de frito, el profesor Tomás Berrío Wilches, que se había despedido de su mujer e hijos, terminó de comerse una empanada y esperó. Uno de los sujetos cruzó por entre el alambre de púas y comenzó a patear las sillas que encontraba en su camino. El profesor Berrío trató de abordarlo, y como respuesta recibió un disparo en la cara. Era el pri- mer tiro de la noche. La señora Carmen gritó y quedó paralizada, con las manos metidas en la masa de las carimañolas. Y así se quedó. Sonó otro disparo, y una mancha comenzó a envolver la masa que estaba entre sus dedos, se dobló lentamente y murió sobre la mesa.

Cuando sonó el primer disparo, los instrumentos de la ‘Banda Tres de Mayo’ perdieron la armonía y cadencia, con el segundo tiro se silencia- ron. Los hombres que se habían adentrado por el potrero también comen- zaron a disparar contra el patio de la casa en donde estaba la mayoría de los presentes.

La gente huyó despavorida a esconderse en los rincones de la casa. No se atrevía a salir, pero la muerte estaba intratable esa noche. Todo el que corría o se quedaba quieto, moría… Hasta las bestias. Los caballos y burros que se alebrestaron con los disparos recibieron también su ración de plomo.

En cambio de los guapirreos que se lanzaban con el sonido de los porros se empezó a escuchar la voz de un tipo que, fusil en mano, venía pateando sillas y gritaba: “Salgan para fuera partida de guerrilleros hijueputas”.

Eduardo Mercado pensó que si obedecían se podía hablar con esa gente y salió… Fue acribillado. Silvio Pérez, que estaba afuera, dijo: “No sigan disparando que aquí hay mucha gente inocente”, fue lo último que dijo en su vida. Uno de los criminales se le acercó: “Cállate la boca, hijueputa”, y le disparó varias veces a la cara. Huesos y carne quedaron pegados en la pared de la vivienda.

Otro de los asaltantes gritaba: “Aquí se van a morir, guerrilleros hijueputas”. “El que me mire a la cara se muere”. Cada insulto era acompañado de un tiro y carcajadas.

Uno de los asesinos que entró por la parte de atrás de la casa se tropezó con uno de los asistentes a quien le decían ‘Quincho’. El sicario lo conocía por-

que aquél se la pasaba en ‘Caballo Blanco’. Lo cogió por el brazo y le dijo: “Apártate ‘Quincho’”, y comenzó a disparar. A ‘Quincho’ no le dio tiempo de recomendar que no disparara contra su mejor amigo, que estaba cerca de él, cuando intentó abrir la boca ya su entrañable amigo caía muerto.

Uno de los criminales gritó de pronto: “Dónde está el malparido del ‘Viejo Rafa’”. Miró hacia el suelo donde estaban tendidos los hermanos Márquez Benítez, al no recibir respuesta disparó a sus cabezas y espaldas.

Algunos músicos, junto a otras personas, se metieron en el cuartico don- de estaba el hielo, la gaseosa y el trago. Otros salieron al potrero. Allí, a uno de ellos se le cayó el instrumento, era el del bombardino, y trató de recogerlo. Una voz exclamó: “No coja ese instrumento, déjelo allí”. Pero el músico ya estaba agachándose cuando escuchó la orden. Primero recibió un planazo de machete en la espalda, después dos patadas. Quedó boca abajo. Otro de los matones que vio la escena, gritó: “Móchale la cabeza”. Pero el verdugo decidió matar a otra persona que trató de ponerse de pie. Luego miró al músico y se echó a reír.

Los miembros de la ‘comisión’ criminal iban vestidos con prendas pareci- das a la de la Policía; algunos llevaban sombreros y otros pasamontañas.

A los minutos, que parecían días, los asesinos sacaron al resto de víctimas que se refugiaba en la casucha y lo tendió boca abajo. A los músicos los arrodillaron, y los instrumentos tenían que estar alzados y la cabeza mi- rando al pasto.

“El que se pare o trate de mirarnos se muere”.

Sabino Avilez, mocho de las dos piernas por la mordedura de una culebra hace unos años, se salvó de milagro. Se encontraba sentado en una silla al lado de su burro, fue tirado al suelo por uno de los sicarios. Primero le mataron al animal y luego le dieron dos tiros. “Este está listo”, gritó el encargado de los disparos. Enseguida el sujeto se giró y miró a un señor que estaba hacia un momento al lado del mocho y le preguntó:

  • “Usted qué es de él”.
  • “Hermano, respondió”.
  • “Entonces se muere”. Dos disparos de fusil se alojaron en la cara de la asustada víctima.

En el cuartucho donde estaba la planta de energía, que alimentaba al picó y los bombillos, se escondieron el operador del equipo, una señora con un niño abrazado y otras personas. En un momento se paró el señor Silverio Sáenz, dueño del picó, a apagar la planta, y dos disparos acaba- ron sus intenciones. De pronto el niño Óscar Sierra, de 9 años, trató de llorar pero enseguida se calló. Uno de los disparos lo mató. La madre lo levantó y lamentándose dijo: “Qué voy a hacer con mi hijo muerto”. Como respuesta recibió dos planazos en la espalda y cayó al suelo.

Había un sujeto de color negro, que estaba sin pasamontañas, pero se escondía detrás de la casa principal, al lado de una mata de plátano. Esta- ba como en un hueco. Era el sitio desde donde más se disparaba y se daban órdenes. La mayoría de los asistentes cuando empezó la balacera trató de huir por esta parte de la vivienda, pero allí estaba este sujeto esperándolos para dispararles a mansalva… los estaba cazando. A esta parte fueron llevadas unas personas que, luego de ser vistas e indagadas por el negro, les daba un tiro de gracia en la cabeza. De un momento a otro gritó: “Pilas, vámonos que nos cogió el día”. Y enseguida volvió a ordenar: “vayan parándose de dos en dos y se van”. Varias personas se levantaron y salieron corriendo, pero enseguida eran derribados a tiros por la misma persona que dio la orden. Siguió una carcajada.

El rocío de esa noche de invierno había cambiado por primera vez su to- nalidad cristalina… ahora era roja… como la sangre humana y animal.

Silvana era una niña de 9 años que se encontraba como otras en el baile. Sus papás no le habían dado permiso para ir el sábado sino el domingo. Estaba como los demás, tendida en el pasto. A su lado estaba el señor Humberto, diciéndole a su esposa que le dolían las bolas. De pronto apa- reció uno de los sicarios y grito: “Quién hijueputas está hablando”. No esperó respuesta. Descargó una ráfaga contra el adolorido viejo. Pedazos de carne y huesos salpicaron a la niña y esposa de don Humberto. No se podía llorar ni a los muertos. El sujeto se acercó a donde Silvana y le colocó la trompetilla del fusil en la nuca. En ese momento la niña elevó una plegaria al Creador: “¡Dios mío!, soy una niña y no quiero morir, yo quiero crecer y tener muchos hijos”. Parece ser a la única que Dios escu- chó esa noche.

El negro volvió a hablar: “Se quedan quietos como están, con la cabeza hacia abajo. Ya nos vamos para que comiencen a llorar a sus muertos”.

Los asesinos se regresaron todos por el camino real y empezaron a quitar- se los pasamontañas. Cuando iban llegando a los carros venía un joven, pasado de tragos, que había salido coincidencialmente de un bautismo en una escondida casa que está diagonal al cementerio y se dirigía al caserío a dormir. Una voz le gritó:

  • “¿Oiga hijueputa, y usted para dónde va?”
  • “Para mi casa”, contestó.

Sonaron tres disparos. Fue el último muerto de la masacre de Mejor Es- quina. Era un joven que ni siquiera era de la región. Había llegado a pasar vacaciones donde unos familiares.

Luego de comprobar que los asesinos se habían ido, la mayoría de las personas salió a las carreras para sus casas. Muchos cayeron al tropezar con los cadáveres.

La finca de los Martínez quedó sola con sus muertos… y no hay nada más silencioso que los muertos.

Decenas de pares de abarcas tres puntá, zapatos y una inmensa olla con arroz apastelao, que se ahumaba en un fogón de leña, fue lo que quedó en la pista de baile del fandango de Resurrección.

Al poco tiempo los sobrevivientes y moradores regresaron… el panorama era apocalíptico. Los marranos se habían salido y se estaban comiendo a los muertos.

Cincuenta y tres cadáveres yacían sobre la vereda de Mejor Esquina.

A los campesinos cordobeses no les gusta alargar su dolor. Cada familia comenzó a recoger su muerto, lo montaban en su burro o caballo y se lo llevaban para su casa o finca. Los que no encontraban sus bestias los cargaban en hamacas. Allá con la ayuda de una pala y un cavador sepul- taban a su pariente.

La mayoría de víctimas que quedó en Mejor Esquina, unas 28, era la de personas que vivían en el mismo caserío o en fincas colindantes.

Como a las cuatro de la mañana pudo salir el primer carro, que llevó varios heridos y la terrible noticia a Buenavista. A las pocas horas del lunes 4 de abril de 1988, el país recibía la noticia de unas de las más aterradoras masacres de nuestros tiempos modernos.

Los criminales, luego de terminar su terrible faena, se regresaron hasta Nueva Estación, allí doblaron hacia la izquierda. Por esa vía se va a Plane- ta Rica, se llega a un cruce que a la derecha conduce a Cartagena y a la izquierda a Montería.

El seis de abril llegaron al sitio de los hechos el ministro de Defensa, gene- ral Rafael Samudio Molina; de Justicia, Enrique Low Murtra; Agricultu- ra, Luis Guillermo Parra; y el director del DAS, Miguel Maza Márquez.

Para Samudio y Maza, la región no les era desconocida. El primero había sido comandante en Ayapel cuando fue capitán. Maza llegó también como comandante y alcalde encargado de Planeta Rica a controlar un levanta- miento popular acontecido en esta población. Sus relaciones con la co- munidad del San Jorge les granjeó muchas simpatías y amistades. Tal vez por esta razón las personas se acercaron con confianza a ellos y les deta- llaron lo acontecido.

Para el Director del DAS, el detalle del ‘negro’ que estaba al mando del grupo y que se ubicó entre las matas de plátano no pasó inadvertido. Ya tenía “serios indicios” de quién podría ser. Recordó otra masacre sucedida hacía un mes en Urabá, la madrugada del 4 de marzo de 1988, cuando varios hombres encapuchados irrumpieron en las fincas ‘Honduras’ y ‘La Negra’, y colocaron boca abajo a sus víctimas y las asesinaron. También se le vino a la mente el asesinato de varios comerciantes de contrabando, ocurrido en octubre de 1987 en el Magdalena Medio.

Se acercó al hueco donde le informaron que estaba el ‘negro’ que más asesinó gente esa noche de Resurrección. Se agachó y recogió varias vai-

nillas, luego se metió la mano al bolsillo y sacó otras tantas que llevaba en una bolsa plástica que decía en un papel: “Evidencia de la masacre fincas ‘Honduras’ y ‘La negra’”. Comparó las vainillas, parecía que estaban usando el mismo armamento, pero la respuesta final se la daría balística en unos días. Guardó en otra bolsa las de Mejor Esquina.

Meses después, dos terribles hechos sucedidos en Antioquia y Santander no le dejaron duda de quién era el sujeto. El primero fue en Segovia, el 11 de noviembre de 1988, en donde fueron asesinadas 43 personas. El se- gundo, conocido como ‘La Masacre de La Rochela’, en donde fue ultima- da una comisión judicial, el 18 de enero de 1989, le confirmaron las sos- pechas. Un hombre apareció como responsable: Alonso de Jesús Baquero Agudelo, más conocido como ‘Vladimir’ o ‘El Negro Vladimir’. Este era el hombre que, según el DAS, estaba la noche del 3 de abril de 1988 en Mejor Esquina. Aunque el parecido físico de este con otro asesino apodado ‘Fercho’ ha sido aprovechado para confundir a la justicia, los dos perpe- traron las más horrendas masacres de Colombia.

Tiempo después, Ruperto Martínez, presidente de la Junta organizadora de la Fiesta de Resurrección y hermano de Teresa, dueña de la casa donde se realizó el fandango, fue asesinado. Igual destino tuvo Luis Argumedo, per- sona que contrató con el primero la banda ‘Tres de Mayo de Montelíbano’.

Ruperto se fue a vivir al municipio de Purísima, Córdoba. Pero hasta su casa llegó un sujeto que había sido concejal de Buenavista, pero que para esta fecha era jefe de una cuadrilla del EPL en Galeras, Sucre. “Aquí es la casa de Ruperto”, preguntó. El solicitado salió y exclamó: “Ajá, ‘Gago’,

¿qué haces por aquí?”. El subversivo le respondió con plomo. Un niño de meses que llevaba Martínez en brazos se salvó milagrosamente.

Luis Argumedo cayó asesinado en 1989, en la puerta de su casa en Buenavista. Era el hombre de confianza de César Cura. Muchos atribuyen

su muerte a dos circunstancias: un malentendido con el clan de los Calle y el ‘viaje’ de su amigo y patrón César Cura.

Oliverio Calle era un ex sacerdote y miembro del Directorio Conservador de Antioquia. Al día siguiente de regalarle cuatro vacas al EPL cayó asesi- nado. Su hermano Gabriel decidió investigar los móviles de la muerte, pero también fue acribillado. Argumedo se había encargado de conseguir un abogado a Gabriel Calle para manejar lo referente a un testigo que estaba detenido, pero éste salió libre. Lo que enoja a los amigos de los Calle que creen que aquél es un cómplice. Sospecha que es infundada, pero alimentada por sus enemigos.

Muchos veían a César Cura como una persona muy allegada a ‘El Viejo Rafa’ y a Argumedo como el enlace entre ellos para encuentros y nego- cios. Al ser capturado Cura por autoridades norteamericanas y llevado a los Estados Unidos, Argumedo quedó sin padrino y fue asesinado. Su muerte sigue siendo un misterio.

Después de la masacre en Mejor Esquina se produjo una estampida de narcos, narcoganaderos y amigos de éstos. Todos estaban escondidos. Para muchos investigadores Cura fue quien pagó la banda de músicos, aunque este detalle era normal en él, ya que todos los años en varias regiones del San Jorge apoyaba fiestas patronales.

De Cura se volvió a saber cuando fue enviado a los Estados Unidos.

César se encontraba de negocios en Panamá, su esposa Brunilda, debía llegar hasta el Istmo para regresarse con él, pero a Cura se le presentó un negocio muy alentador, lo que no sabe es que era una celada de la DEA. Por lo que decidió ir hasta México y le dijo a su señora que lo esperara. Pero en una rápida operación fue llevado a los Estados Unidos. Allá en- frentó cargos por introducir marihuana y lavado.

Pero la operación desplegada por las Fuerzas Especiales americanas el 20 de diciembre de 1989, en Panamá, para derrocar y capturar a su antiguo aliado Manuel Antonio Noriega cambiaría la suerte de César Cura De Moya.

Se convirtió en testigo clave del gobierno americano en contra de Noriega, lo que le redujo sustancialmente una sentencia de 23 años por introducir marihuana a los Estados Unidos, a seis años.

Para el Gobierno de los Estados Unidos era prioridad caerle con todo el peso de la ley a Noriega, y para hacerlo se necesitaba aplicar ese viejo aforismo jurídico que reza: “Dame la prueba y te daré el derecho”. Y los fiscales americanos a punta de testimonios de ex socios del ‘Hombre Fuer- te’ de Panamá lo lograron. Uno de los testigos estrella fue César Cura.

En noviembre de 1991, cuando moría el otoño, subió al estrado como testigo de la Fiscalía, Cura De Moya. Según los medios que cubrieron con amplio despliegue el juicio, César dijo que en 1984 el Cartel de Medellín intentó contratar, por intermedio de la organización terrorista Vasca, ETA, al maestro del disfraz, que se hizo célebre en varias novelas de espionaje, Vladimir Ilich Ramírez, más conocido como ‘Carlos’, ‘El Chacal’, para ase- sinar a Noriega, por tumbarlos en un negocio de drogas avaluado en más de 60 millones de dólares.

Resulta que Noriega entregó las coordenadas de un laboratorio en la fron- tera con Colombia que producía el porcentaje más alto del alcaloide que se exportaba a los Estados Unidos. Esta situación resquebrajó la amistad y sociedad entre los capos y el gobernante.

Además, Cura aseguró que el Cartel le pagó una gran suma de dinero a Noriega por protegerlos cuando se volaron todos para allá, luego del ase- sinato de Lara Bonilla. Aunque César afirmó que todo “se lo contaron”, su testimonio fue clave para enjuiciar al ex ‘Hombre Fuerte’ de Panamá.

Según él, todo se lo contó un sujeto asociado del cartel, llamado Juan Villegas, en un viaje que hicieron a Río de Janeiro. Que las personas que estaban más de acuerdo con la acción de asesinar a Noriega eran Pablo Correa y Rafael Cardona Salazar, ambos muertos para la época de las declaraciones.

En el juicio Cura reveló la identidad de su socio en Norteamérica, Steven Kalish, y lo señaló como la persona que habló con Noriega para solucio- nar el problema con los Ochoa. Y éste a su vez declaró que estableció relaciones comerciales con el dictador en 1983. Negocio que consistía en darle protección a las operaciones de narcotráfico y lavado de activos.

Se cree que Noriega aprobó ‘lavar’ más de 30 millones de dólares, entre 1980 y 1990, en bancos panameños, por lo cual recibía una comisión del cinco por ciento.

En el juicio salió a la luz que Manuel Noriega colaboró en el entrena- miento, aprovisionamiento y entrega de armas a la llamada ‘Contra’ nica- ragüense, a principios de 1980. El dinero de las armas salía del tráfico de cocaína. En ese tiempo el Gobierno norteamericano tenía prohibido por el Congreso proporcionar cualquier tipo de ayuda a los rebeldes en men- ción.

Creíble o no el testimonio de Cura fue fundamental para condenar al general Manuel Antonio Noriega. Y también fue determinante para la reducción de su pena.

En 1997 volvió a Colombia. Un gran homenaje de desagravio le ofreció el pueblo de Montelíbano a su llegada, que incluyó una misa. Luego siguió una recepción para los familiares y amigos cercanos.

Comenzó a arreglar sus cuentas y a pagar las deudas que había dejado. Algunos enemigos echaron a correr el rumor de que Cura era soplón de la DEA. Ya las condiciones para trabajar no eran las mismas de antes.

Por eso decidió irse para Barranquilla y Santa Marta.

A pesar de los años en la sombra no había perdido su debilidad por las monas. Al poco tiempo de su regreso, una de Montelíbano lo enloqueció. Se la llevó a vivir a Montería para evitar los comentarios. Con esta mujer estaba en Santa Marta cobrando una deuda cuando la muerte lo sor- prendió.

Parece que César había vuelto a sus viejos negocios y había ‘coronado’ una ‘vuelta’, pero los socios con los que iba se le ‘torcieron’. Y la mejor manera de negar una deuda es matando al deudor.

La compañera de César estaba arreglándose su cabello en un salón de belleza en Santa Marta, le había dicho a su marido que la recogiera más tarde para que diera su visto bueno. A la hora indicada Cura pasó a reco- gerla, luego de elogiarla salieron.

Cuando se desplazaba con su amante y un cuñado, varios sujetos lo ata- caron a tiros. Murió en el acto.

Y como para que no quedara duda del aprecio y respeto que le profesaba Montelíbano a César Cura, todo el pueblo se volcó a la iglesia y a su sepe- lio a despedirlo. Sentimiento que la justicia y habitantes de Mejor Esquina no comparten.

La pérdida del conjuro de ‘El Viejo Rafa’

Fueron muchas las historias que se tejieron alrededor de este personaje. Dicen que la mayoría de sus amarrados40 sufrió, luego del cautiverio, del ‘Síndrome de Estocolmo’. Los familiares que pagaban por el secuestro quedaban en contacto permanente con el plagiador, lo ‘honraban’ con innumerables detalles.

Se decía que tenía un pacto con el diablo, que por eso nunca lo encontra- ban. Informaciones que llegaban a los organismos de inteligencia lo situaban en varios sitios a la misma hora, “como si tuviera el don de la ubicuidad”, recuerda un retirado coronel que ejerció como director del B- 2 en la Décimoprimera Brigada.

También le atribuían el poder de desaparecerse detrás de un árbol y hasta de un palo de escoba, así lo juraban campesinos en el campo, y secuestra- dos liberados en las ciudades. Y en verdad, cuando el Ejército llegaba nunca lo pudo capturar. Con poderes o no fue el más despreciable secuestrador y extorsionista de Córdoba.

Lo cierto es que en las regiones del Alto Sinú y San Jorge, y el Urabá abundan misteriosas historias que los adultos juran que son ciertas: Son los llamados hechizos de guerra.

Ejército, guerrilleros y Autodefensas combaten también con rezos y con- juros que, según ellos, los protegen de las balas. Militares son testigos del singular ‘blindaje’. Es una batalla en la que no cuentan los derechos hu- manos ni la intervención de la Cruz Roja.

Mientras las compañías de seguridad en el mundo ofrecen chalecos antibalas y altos niveles de protección para aeronaves y vehículos, en las

40 Persona secuestrada.

zonas rojas del país con un simple rezo, conocido como ‘los niños en cruz’, se garantiza el mismo resultado.

La demanda para este singular ‘blindaje’ aumenta en Semana Santa por- que, según las creencias, a las 12:00 del día del Viernes Santo, el encarga- do del rezo tiene que sacar de un árbol una higa con figura de puño. Que luego implanta en forma de cruz, previa incisión, en determinadas partes del cuerpo de un hombre, nunca de una mujer.

La leyenda dice que a las personas que están rezadas o ‘empautadas’, nom- bre con el que se conoce a los ‘blindados’, sólo les entra el plomo por una sola parte del cuerpo, ya sea en medio de la frente, el ombligo o el talón de Aquiles; y que el proyectil debe tener la señal de la cruz en la punta.

Campesinos, soldados, guerrilleros y paramilitares de la zona del Urabá, Alto Sinú y San Jorge son los principales clientes de este tipo de rezos y también son los testigos de sus supuestos resultados.

Uno de estos casos tuvo como epicentro el Urabá. Desde hace años unifor- mados del Batallón Francisco de Paula Vélez, con sede en el municipio antioqueño de Carepa, hablaron del hombre de la M-60, más conocido como ‘El Percherón’.

Apenas comenzaba el combate, lo primero que hacía era quitarse las bo- tas, agarraba su arma y gritaba: “No se preocupe mi teniente, que aquí va ‘El Percherón”. Y lo más jodido era que peleaba ‘parao’.

Sus compañeros aseguran que en varias oportunidades vieron su camu- flado con rotos hechos por munición calibre 7.62 y 5.56. Pero él seguía vivo disparando ferozmente. Cuentan que, quitarse las botas le activaba su ‘dispositivo de blindaje’.

Así vivió por mucho tiempo. Pero cuentan que años después ‘El Percherón’ no fue a las citas de ‘repotenciación’ donde los brujos que le hicieron el hechizo, y cayó en un combate en el Valle del Cauca. Cuando estaba aga- chado quitándose la bota izquierda lo sorprendió un tiro de fusil en medio de la frente. Murió en el acto.

Un oficial primer puesto en el curso de lanceros se adentró en el nororiente de Urabá con una patrulla de diez soldados, en busca de un hombre acu- sado de abigeato y de ser colaborador de la guerrilla.

Cuando la tropa llegó a la vivienda donde se escondía el perseguido, el teniente derribó la puerta de una violenta patada. La casa, que estaba en penumbras, parecía abandonada.

Sorpresivamente, de un rincón de la vivienda, un corpulento hombre, ar- mado con un machete, se abalanzó contra el oficial. Éste se lanzó al piso con su fusil frente a su pecho en forma horizontal para protegerse del machetazo que le habían lanzado.

Luego disparó dos ráfagas, a quemarropa, de su fusil Galil.

Pero el hombre ni se inmutó. Por el contrario, se fue nuevamente encima del teniente machete en ristre. El oficial salió corriendo aterrorizado y desconcertado.

“Hermanos, le disparé dos ráfagas a ese malparido y no cayó”, narró el asustado teniente a sus soldados.

Mientras tanto, el hombre se había dado a la fuga, con tan mala suerte que pasó a escasos 12 metros del sitio donde se encontraba el resto de la patrulla.

El subteniente que estaba al mando le gritó: “¡Alto!”, pero el sujeto no se detuvo. Le dispararon varias ráfagas pero el hombre se perdió en medio de la selva y ni siquiera se encontró rastro de sangre. “Podría jurar que le pegué tres veces pero no cayó”, murmuró el subteniente, primer puesto en polígono en la Escuela Militar.

Un grupo de paramilitares que patrullaba la zona del Nudo de Paramillo llegó a un área de milicianos de las Farc y capturó a varios hombres. Entre ellos había uno al que, al sacarlo de su casa, su mamá le gritó: “tranquilo mijo, que mientras yo esté viva a usted no le pasa nada”.

En la noche uno de los comandantes ‘paras’ dio la orden de matar a un detenido: “Tumben a uno pero no hagan escándalo, con un sólo tiro basta”.

Los encargados de ejecutar la orden escogieron al miliciano antes men- cionado. Se escucharon dos tiros, tres tiros, una ráfaga. El comandante del grupo paramilitar corrió al sitio y gritó: “No joda, les dije que no hicie- ran bulla”.

Un asustado joven, fusil en mano, le respondió: “Vea señor, que a este ‘man’ no le entra plomo”.

Nuevamente le dispararon hasta que el comandante decidió llamar, por radioteléfono, a su superior para contarle lo que estaba ocurriendo. “Dé- jese de güevonadas”, respondió y cortó la comunicación.

En ese momento uno de los miembros de las autodefensas recordó lo que había dicho la mamá del detenido al momento de ser capturado. Enton- ces decidieron mandarla a buscar para romper el maleficio.

Sin embargo, ninguna ‘contra’ les dio resultado. Por lo que mandaron a buscar a un brujo de la región que les dio el único que se usaba en esos casos, que es utilizado por indios y colonos: cortar la cabeza del embruja- do y rezarlo para que descanse en paz.

A la madre y al hijo les aplicaron el conjuro.

Esa noche, aseguran, empezaron a pasar cosas raras en la zona de ejecu- ción. “La tierra donde los enterraron se movía, los árboles parecían caerse y se escuchaban risas”.

El comentario se regó creando un ambiente de terror que obligó al comandante de ese frente de las autodefensas a sentenciar a muerte a todos los miembros de la organización que volvieran a hablar del caso.

Pero hay también quienes narran cómo víctimas inocentes de los brujos han caído asesinadas luego de pagar millonarias sumas por supuestos rezos que nunca funcionaron.

¿Estafa o mito? Iglesia y científicos que opinan sobre estos fenómenos coinciden en que es imposible que suceda y, algunos, lo califican como una estafa…

Y estafado estaba ‘El Viejo Rafa’.

Durante décadas ‘Rafa’ ‘boletió’, secuestró y vacunó a ganaderos, agricul- tores, comerciantes, empresarios y campesinos de la Costa Atlántica y Antioquia. Su fama entre los habitantes de la región del San Jorge y Alto Sinú tomó ribetes de leyendas y misterio.

Tal fue la situación que el Ejército puso un diligente empeño en su captu- ra. El general Vacca Perilla, comandante de la Primera División del Ejérci- to, con sede en Santa Marta, ordenó a un pelotón la misión de capturarlo vivo o muerto.

Alfonso Carvajal, un campesino de la zona de Arcial, sitio donde creció el EPL, recuerda que en una ocasión cuando el Ejército logró localizarlo, en- tró a una casa y “el hombre había desaparecido como por arte de magia”.

“Todos los que vivíamos en la región del Alto San Jorge, recuerda Alfonso, le dijimos a los militares que se consiguieran un brujo, para que los acom- pañara y le aplicara ‘La Contra’, porque ‘Rafa’ estaba ‘rezao’ y por eso siempre se desaparecía, pero no nos creyeron”.

Para los moradores de la ciénaga del Arcial era lo más natural creer en encantos y hechicerías. Sobre sus aguas reposan varias islas pequeñas, que las llaman también ‘firmes’, con el viento se mueven y quedan disper- sas. Los antepasados atribuían este movimiento a poderes sobrenatura- les. Los bagres que de aquí se sacaban eran los más apetecidos de Córdo- ba, sobra decir que tenían toda serie de poderes. Pero los mejores sólo se podían pescar en noches de luna llena.

Si se llegaba a tirar la atarraya, el trasmallo o el anzuelo en noches distin- tas a las mencionadas, todo bagre que se pescaba era incomible. El sabor lo describen los pescadores como “rucho”. Y lo más asombroso es que los artesanales útiles de pesca salían rotos e inservibles de la ciénaga.

Un bagre de luna llena podría medir metro y medio… no todos lo sacaban.

Víctor Lora era un rico ganadero de la zona, amante de la cacería. En una época del año invitaba a cazar tigres a unos amigos de Barranquilla, que se ufanaban de ser excelentes cazadores y tiradores. Pero Lora siempre terminaba humillándolos y llevándose el premio mayor. La razón era que los barranquilleros no sabían que los ‘firmes’ de la ciénaga del Arcial don- de empezaba la faena se movía con la brisa, lo que hacía que se desorien-

taran y se extraviaran, ello les impedía disparar con confianza por temor a herir o matar a un compañero.

‘El Viejo Rafa’ fue uno de los reinsertados del EPL en 1991. Se incorporó a la vida civil con cientos de millones de pesos y con muchísimas propieda- des rurales que manejaban sus testaferros. Varios músicos recuerdan las rumbas que patrocinó en el campamento en donde fueron ubicados por el Gobierno, Juan José, vereda de Puerto Libertador, Córdoba. Por allá desfilaron las respetadas Bandas de La Doctrina, Rabolargo, Nueva Espe- ranza de Manguelito, Chochó, 19 de Marzo de Laguneta, 16 de Julio de Montelíbano, Tres de Mayo de Montelíbano y el conjunto vallenato del viejo Miguel Durán, entre otros.

Mientras ‘Rafa’ hacía un balance de sus ingresos y se divertía, muchas de las familias que llevó a la ruina y miseria se reunieron por varias noches y se resistían a creer que el extorsionista se saliera con la suya. Lo peor, lo que más las indignó es que se fuera a vivir del dinero que les robó. Todos vieron la reinserción del financista como un premio. Cada vez que se en- contraron discutieron si era justo que el viejo siguiera vivo.

Era tal la resistencia que tenía el EPL y sus miembros en el Alto San Jorge, que en 1991 cuando el candidato a la Gobernación de Córdoba, Rodrigo García Caicedo, que era respaldado por el movimiento político que crea- ron los guerrilleros reinsertados: Esperanza, Paz y Libertad y el M-19, se presentó en Puerto Libertador, le dijeron al aspirante que si hablaba uno de los del EPL podría suceder una tragedia.

También le notificaron a García Caicedo que ‘El Viejo Rafa’ seguía extorsionando junto a un combo que había armado. Esta información ya era conocida en todo el Alto San Jorge. Comentaron que el grupo lo tenía en la vereda de Toronto, municipio de Pueblo Nuevo. A ellos se les atribu- ye el secuestro y asesinato de la concejal de Buenavista, Orfelina Hernández de Blel, quien había sido aspirante a la Alcaldía en 1988.

Una noche a principios de octubre de 1991, un grupo de ganaderos, junto a otras personas de profesión ‘oficios varios’, se reunió y acordó recoger

una cuota para dar una recompensa a quien informara por el paradero de ‘El Viejo Rafa’. También se pidió un dinero para los gastos logísticos que demandara la búsqueda. La suma que se recogió fue de 200 millones de pesos. Se entregó una cantidad para la compra de dos motos.

A pesar de la disposición para colaborar, a la mayoría la embargaba el pesimismo por el resultado que fueran a tener las pesquisas. Aunque no lo dijeron públicamente los preocupaba el cuento de los campesinos del Sinú y San Jorge, que aseguraban que el guerrillero tenía poderes mági- cos, que usaba una varita que lo ayudaba a desaparecerse en un cuarto; otros iban más allá y aseguraban que el plomo no le entraba.

Un ganadero se presentó un día con un informe de inteligencia que, se- gún él, se lo regaló un oficial de la Brigada 11. Un aparte del extenso dossier afirmaba que ‘El Viejo Rafa’ tenía una debilidad extrema por los gallos de pelea y que “posiblemente habría sido visto en Cartagena”. Esa misma noche se desplazó hasta La Heroica un grupo de hombres a iniciar la cacería, los primeros sitios que visitaron fueron las principales galleras de la ciudad.

Para los primeros días de noviembre ‘Rafa’ estaba ubicado, tenía una cuerda de gallos de pelea que había causado estragos en la de sus contendores, por lo que había empezado a granjearse respeto y temor por las espuelas de sus animales.

Para inicios de julio ‘El Viejo Rafa’ le arrendó una casa a un sujeto cono- cido como ‘Góngora’, en el barrio San Francisco. Llegó acompañado de una muchacha llamada Ingrid y de un señor de apellido Argumedo, quien se encargaba de criar, cuidar y preparar los gallos. A los pocos días se mudó Rosiris, hermana de Ingrid, con el marido y un bebé de 8 meses.

Le pagó a ‘Góngora’ dos meses por adelantado, cuando éste quiso saber cómo se llamaba le contestó: “Dígame ‘El Viejo’”. Así lo conocían en el barrio. ‘Rafa’ nunca atendió la recomendación de sus comandantes cuando le pidieron que se fuera a vivir a Cuba.

La casa estaba situada en la calle California No 9-208, barrio San Francis- co, en Cartagena, pero había un serio problema… estaba a una cuadra de un CAI.

Los cazadores llamaron a una finca ubicada en la zona rural del munici- pio Buenavista, en Córdoba, a notificar la novedad. Les respondieron que no fueran a atacarlo en una gallera, ya que ponían en peligro la vida de respetados y reconocidos galleros de Bolívar; también les ordenaron espe- rar hasta que se hablara con una gente de Cartagena para ver cómo se podía ‘coordinar’ la ‘vuelta’. “Llamen esta noche a las ocho”, dijo un sujeto desde la hacienda.

A las ocho en punto sonó el teléfono en la finca.

  • “Que más ‘parce’, ¿qué nos tienen?”, preguntaron desde Carta- gena.
  • “Listo ‘parce’, que le haga, que ya todo está ‘coordinado’… que le pue- den hacer mañana… dieron cinco apenas… no vaya a pensar qué horas, güevón… suerte ‘parce’”, contestó el mismo sujeto que habló en la mañana desde la hacienda.

La orden de ‘tumbar’ al ‘Viejo Rafa’ estaba impartida.

Seis personas participaron en la ejecución, se utilizaron dos motos y dos camperos. Uno de los sujetos escogidos para entrar en la casa llevaba una pequeña cámara de fotografía.

El martes 5 de noviembre, a las 6:45 de la tarde, dos tipos irrumpieron en una casa del barrio San Francisco y sorprendieron al hombre sentado en un mecedor viendo televisión, en compañía de tres personas. En sus ma- nos no tenía ninguna ‘varita’, sino un control remoto. El conjuro del que hablaban, que las balas no le entraban, había desaparecido, porque más de 15 balas 9 milímetros entraron en su cuerpo.

Rosiris Martínez Navarro, de 22 años; Ingrid Stella Martínez Navarro, de 18, y mujer del ‘Viejo Rafa’; y Alberto Sánchez Argumedo, de 40, murie- ron en la criminal acción. El bebé de Rosiris se salvó por estar en la casa de una vecina, y Armando Rojas, el marido, por encontrarse en Montería trayendo un viaje de ñame y plátano.

La alevosía fue de tal magnitud, que primero los arrodillaron con las manos en la cabeza y luego los ultimaron. Hasta los gallos de pelea que allí esta- ban les dieron candela.

Uno de los sicarios levantó una pequeña cámara que llevaba colgada de su cuello y le tomó dos rápidas fotografías al cadáver del hombre de más edad… pero olvidó la recomendación que más le hicieron: “No olvide pren- der el flash, güevón”.

Al ‘Viejo Rafa’ nunca lo pudieron capturar. Pero esa noche, al parecer, el embrujo que lo acompañó en los valles y sabanas, de Córdoba y Sucre, lo había abandonado.

Uno de los vengadores antes de salir de la casa se agachó frente al guerri- llero y le tomó el pulso. Quería estar seguro de que, finalmente, había muerto, luego huyeron en dos motos que los esperaban. Un vehículo a prudente distancia también arrancó… otro que estaba ubicado delante de la bomba del Amparo, a la salida hacia Turbaco, quedó a la espera de la señal para partir.

Los vecinos no se inmutaron con el tiroteo porque pensaron que era una guerra de buscapiés, ya que estaban en pleno apogeo las fiestas novembrinas. Los constantes ladridos de la perrita ‘Linda’, que milagrosa- mente se salvó, llamaron la atención de los residentes. Quienes se acerca- ron y se encontraron con la dantesca escena, de cuatro cuerpos tirados en la sala en medio de un mar de sangre.

No se sabe si la noticia era esperada en todo el San Jorge, pero el 5, 6 y 7 de noviembre de 1991 fue de fiesta y júbilo. En Pueblo Nuevo se hicieron varios festejos en ‘honor’ a la muerte de ‘El Viejo Rafa’. Nadie supo quién pagó, pero el ron y la banda de músicos fueron gratis para todos los pre- sentes.

Rafael Kerguelén, alias ‘Marcos Jara’, uno de los comandantes del EPL, le consultó a Rodrigo García Caicedo sobre la posibilidad de traer el cuerpo de ‘El Viejo Rafa’ a Montería para hacerle un póstumo homenaje.

“¡Cómo se le ocurre!”, exclamó García Caicedo. “Si usted quiere que se aca- be su reinserción y que los maten a todos, hágalo”, concluyó el ganadero.

Queda a la imaginación lo que hubiese acontecido si Jara lleva a cabo los honores propuestos.

Quince años después

“Por Córdoba han pasado los tipos y ha sucedido lo más hijueputa de este país”.

Comentario hecho por uno de los jueces de Instrucción Criminal, encargado inicialmente de la investigación de la masacre.

Hasta la fecha no existe ningún condenado por la masacre de Mejor Es- quina. Ni siquiera existen los expedientes, están desaparecidos, a pesar de que fueron tres los jueces de Instrucción Criminal (así se llamaban en ese entonces) los que abocaron la investigación. Los directores seccionales de Fiscalías de Medellín y Montería, por medio de sendos oficios, certificaron no tener información de estos procesos.

Para la época de la masacre el Procurador General de la Nación era Horacio Serpa Uribe, quien pidió al DAS un informe sobre lo acontecido en Mejor Esquina. El DAS no afirma ni niega la existencia de dicho informe, pero tampoco lo muestra. La Procuraduría es la única que mediante Oficio O P 24 de 31 de enero de 2003, firmado por Fernando Brito Ruiz, Procurador Delegado, afirma que esa entidad adelantó cuatro investigaciones “por razón de la referida masacre”, pero todas fueron archivadas. Una tenía que ver con el comandante de la Policía de Córdoba de ese entonces, Gus- tavo Leal, por presunta negligencia al no practicar oportunamente varios allanamientos en fincas del San Jorge y Alto Sinú. Otra tenía que ver con la falta de diligencia de parte de los jueces de Instrucción Criminal.

La única persona que se puso al frente de las investigaciones y seguía con celo los procesos fue el director del Departamento Administrativo de Se- guridad, DAS, Miguel Alfredo Maza Márquez.

Para el general (r) Miguel Alfredo Maza Márquez, la masacre de Mejor Esquina tiene una terrible similitud con la acontecida, diez meses des- pués, el 27 de febrero de 1989, en Sasaima, Cundinamarca. Cuando 17 personas fueron asesinadas en la finca ‘La Paz’, ubicada en la vereda Apo- sentos, a las 2:30 de la madrugada. Allí cayó el esmeraldero Gilberto Molina.

Era el día de un santo, y Molina, como otros años, invitó a sus más cerca- nos amigos, entre los que se encontraba ‘El Mexicano’. La fiesta fue ame- nizada por las canta-autoras de música carrilera: ‘Las Hermanitas Calle’.

Rodríguez Gacha, que se hizo en el negocio de las esmeraldas con la ayu- da de Molina, llegó un rato a la fiesta y se retiró a la hora. Cuando salía le dijo a su amigo y socio: “Compadre, ya me voy, usted sabe los compromi- sos que tengo. Por allí hay una gente del Ejército, pero no se preocupe, que son de los nuestros. No vaya a tener fierros por allí a la vista”. Molina agradeció la información y le dijo que no se preocupara.

Pasada la media noche, cuando el licor ya había hecho estragos en los presentes, se presentó a la entrada una gente uniformada y enfusilada que decía ser del Ejército. Molina ordenó esconder las armas y le dijo a los centinelas que los dejaran pasar. A los pocos minutos 17 personas caían asesinadas, entre las que se encontraba Gilberto Molina.

Semanas después Víctor Carranza, amigo y socio de Molina, acusó a ‘El Mexicano’ de la acción y le declaró la guerra.

Para Maza Márquez la similitud no es una casual coincidencia, sino un patrón criminal, que se estrenó en las fincas ‘Honduras’ y ‘La Negra’, el 4 de marzo de 1988 y que se perfeccionó con toda su sevicia en Mejor Esqui- na. Desde marzo del 88 hasta marzo de 1989 se instauraron y ejecutaron las más pavorosas masacres en Colombia.

Hoy, quince años después, el miedo ronda a Mejor Esquina. A los siete años de edad ya todos los niños saben la historia completa de lo que pasó la noche del 3 de abril de 1988. A los viejos todavía les entra un cancaneo cuando recuerdan lo ocurrido, producto del temor que da evocar aquel terrible Día de Resurrección.

Se necesitaron 53 muertos para que la luz, el agua y un puesto de salud llegaran a Mejor Esquina.

En fin, a esta vereda parece que para 1988 le hubiesen caído todas las plagas. La alianza entre el EPL y narcotraficantes hizo que el grupo gue- rrillero buscara sitios estratégicos para sus encuentros de negocios y el elegido fue el caserío de Mejor Esquina y sus alrededores. El movimiento subversivo también escogió la vereda como oficina, para negociar secues-

tros y extorsiones. Además, empezaron a reclutar jóvenes de la comarca, situación que comprometió a los parientes con el grupo al margen de la ley. En pocas palabras ‘El Viejo Rafa’ convirtió a Mejor Esquina en su ‘sede laboral’.

La situación se agravó para esta olvidada comunidad cuando se perdie- ron, según los narcos, sólo existen los testimonios de los pilotos, varios bul- tos de plata que lanzó una avioneta. Luego vino la ruptura entre el EPL y los narcotraficantes. Entonces, Mejor Esquina quedó con la fama de ser la mayor guarida de guerrilleros y responsable de la desaparición del ‘bi- llete’, que para sus dueños éste había pasado a manos del temible ‘Viejo Rafa’.

Era el momento de hablar con el ‘Mexicano’, José Gonzalo Rodríguez Gacha, y con Henry de Jesús Pérez, responsables de las Autodefensas del Magda- lena Medio con sede en Puerto Boyacá. A los pocos días varios hombres llegaron a ‘Caballo Blanco’ a ejecutar a 53 personas. Se hacían llamar ‘Los Magníficos’.

A los pocos días de la masacre, la familia Martínez tumbó la casa, los ranchos y le metió candela a todo, pero los recuerdos jamás se calcinaron. Aún quedan algunos árboles que fueron testigos de aquella aterradora noche. El palo de mango da frutos todo el año y siempre está verde y lleno de vida. Pero nadie come de los mangos que caen al suelo. Muchos creen que es algo así como tomar la sangre de las víctimas y que esa tierra fue fertilizada con la de 53 personas que el país no recuerda.

Silvana, aquella niña a la cual Dios escuchó su sentida plegaria, tiene hoy 24 años, una hermosa hija de un año. No ha pasado una noche que no recuerde el martilleo de los fusiles y los gritos de sus familiares y amigos que fueron masacrados esa triste noche del Día de Resurrección, 3 de abril de 1988. Fecha que debe llenar de dolor y vergüenza a los cordobeses y colombianos, pero que lamentablemente ya fue olvidada.

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