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CRÓNICAS QUE DA MIEDO CONTAR | EL CAMALEÓN

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CAPÍTULO SEGUNDO


El Camaleón


El Camaleón

Silvana tuvo la oportunidad de salvarse y contar su experiencia. Pero no sucedió así meses después con las víctimas que cayeron en la vereda El Tomate, el 1 de septiembre de 1988, municipio de Canalete, Córdoba… ni con las de Segovia, Antioquia, el 11 de noviembre de 1988… ni con las integrantes de la comisión judicial en ‘La Rochela’, Santander, el 18 enero de 1989.

Lo que muchos entendidos llaman ‘daños colaterales’ eran devastadores para el pueblo colombiano.

Para las autoridades se había iniciado una manera brutal para combatir a la guerrilla: las masacres. Que consistía en atacar a las poblaciones don- de, según informaciones, estaba la red de apoyo y auxiliadores. Las pes- quisas del DAS llevaban a un sitio: Puerto Boyacá.

Autodefensas, paramilitarismo, masacres y narcotráfico en el Magdalena Medio

La narcotización de un sueño

Cuando el 24 de diciembre de 1965 el Presidente de Colombia, Guillermo León Valencia, sancionó el Decreto Legislativo No 3398, por el cual se organizaba la defensa nacional, no se dio cuenta que estaba perforando una hendija que sería utilizada por muchos militares para armar a civiles. Estos últimos hicieron en muchas ocasiones acciones propias de la milicia que para varios analistas no era otra cosa que el “trabajo sucio”. La res- ponsabilidad de defender a los colombianos de la agresión guerrillera fue trasladada por muchos uniformados a grupos de civiles armados, lo que se constituyó en la más clara forma y época de ‘paramilitarismo’ puro. La citada norma sería el mecanismo que le dio vida a las Autodefensas del Magdalena Medio, en donde se creó la primera ciudad antisubversiva del país: Puerto Boyacá.

El Artículo 24 del Título IV rezaba que “la participación en la defensa civil es permanente y obligatoria para todos los habitantes del país”. Pero fue el Artículo 25 el que metió a muchos civiles a la guerra contra la guerrilla. “Todos los colombianos, hombres y mujeres, no comprendidos en el lla- mamiento al servicio militar obligatorio, podrán ser utilizados por el Go- bierno en actividades y trabajos con los cuales contribuyan al restableci- miento de la normalidad”.

Para el general Maza Márquez, persona que le reveló al país el vínculo militares- Autodefensas-narcotráfico-‘paras’, -hechos que no deben interpretarse como un vinculo institucional o estatal- el desarrollo histó- rico de la violencia en Colombia ha estado ligado por muchos años a los movimientos de Autodefensas, que se afianzaron con el asesinato de Jor- ge Eliécer Gaitán. Años más tarde unos fueron desmontados por la am- nistía ofrecida en el gobierno del general Gustavo Rojas Pinilla; otros, fueron derrotados por sus políticas represivas. Sin embargo, al poco tiem- po renacieron otros grupos amparados en una llamada violencia econó- mica, que les daba un soporte ideológico, pero después muchos de estos grupos se pusieron al servicio de terratenientes y pasaron a defender inte- reses particulares netamente financieros.

Uno de estos movimientos se gestó en el Magdalena Medio, en donde la agresión guerrillera iba en aumento. En esa vasta zona confluyen siete departamentos de Colombia (Cundinamarca, Boyacá, Tolima, Caldas,

Santander, Antioquia y Bolívar), allí se inició el primer proyecto anti- guerrillero de Autodefensas, organizado por militares, que con el tiempo trató de encontrar un soporte político e ideológico. Era el más fuerte crea- do hasta entonces y estaba enclavado en medio de una región en donde se produce gran parte de la riqueza de la Nación, entre las que se destacan el petróleo y el oro. Además de ser el paso obligado que interconecta a todo el país.

Una misma historia, un sólo resultado: violencia

En el Magdalena Medio, como en Córdoba, las primeras manifestaciones de violencia aparecieron con el desplazamiento forzado de colonos por parte de poderosos latifundistas que, amparados por las mismas autori- dades, se apropiaban de las mejores tierras.

Después vino lo que se conoció como la época de la violencia política, que tuvo como punto de partida el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948. El conflicto bipartidista fue bien aprovechado por muchos para apropiarse de cientos de miles de hectáreas aptas para la agricultura o la ganadería.

Siguió la etapa de represión, después de una amnistía ofrecida por el go- bierno del general Rojas Pinilla. Y por último llegó el escenario que origi- naría el nacimiento o ‘bautismo’ de muchos movimientos políticos y ar- mados, que algunos entendidos han llamado la época de violencia del Frente Nacional, década de los 60’s. No puede pasar inadvertida la toma del poder en una pequeña isla del Caribe por unos “barbudos”, Cuba.

Es el tiempo de la Anapo, MRL, Farc, ELN, EPL, Moir, Moec, PCC, UNO, entre otros.

En el Magdalena Medio toda esta época se vivió con una mortal intensidad.

Muchas personas llegaron a Puerto Boyacá (lo que antes se conocía como Territorio Vásquez, que comprendía a Puerto Boyacá, Otanche, Borbur) atraídas por la bonanza petrolera que se instauró con la llegada de la Texas Petroleum Company, empresa muy ligada al desarrollo y conflicto de la región.

Auque suene ya a lugar común, la despreocupación del Estado por la hostil ‘reforma agraria’ que se realizaba en gran parte de Colombia y su total ceguera, mudez y sordera a todo lo que sucedía en el campo, en especial el Magdalena Medio, le dio las herramientas ideológicas y políti-

cas a los hombres que conformarían los más temidos grupos guerrilleros de la región y a quienes años más tarde los combatirían.

Estaban dados los dos principales ingredientes para desestabilizar una par- te de la Nación: conflicto social y riqueza. Para inicios de 1950 nació un grupo armado llamado ‘Guerrilla de la Ribera’, conformado por militantes del Partido Liberal. Amparado en la amnistía decretada por el general Rojas se acogió al perdón y entregó todos los ‘fierros’ en Puerto Berrío, Antioquia.

Éste es otro municipio del Magdalena Medio que se convirtió en parte importante del desarrollo de esta historia. Para 1948 era una ranchería a orillas del río Magdalena. Allí, liberales y conservadores no se podían ver; en los campos la Policía perseguía a los primeros, especialmente a sus líderes militares. Hubo dos muy temidos, apodados ‘El Mico’ y ‘Caballito’; uno cayó en Cúcuta y el otro en el municipio de Sopetrán, en Antioquia. Los que se salvaron de la persecución, con el tiempo conformaron la Unión Nacional de Oposición, UNO, con sede en Berrío. Nadie en la ciudad sabía que era de izquierda, pero en el monte sí. Un terrible fin se vislumbraba.

Su principal fundador fue Darío Arango, un trabajador del muelle, ya que para entonces el principal medio de transporte era el río Magdalena. Para inicios del 50 llegó el ferrocarril. Este sujeto organizó una red de finanzas que puso contra la pared al comercio. Quien se quejaba ante la Policía aparecía muerto. Las utilidades de la ‘vacuna’ las invertían en la compra de negocios de los finados o de los que se declaraban en quiebra.

Varias noches a la semana se citaba a los ciudadanos a reuniones de concientización dictadas por el ideólogo Pedro Lozada. Era tal su poder de palabra, que algunos asistentes a manera de exageración decían, que asis- tían soldados. Las ‘inducciones’ se dictaban a un kilómetro del pueblo, en un sitio con el sugestivo nombre del ‘Aterrao’.

A mediados de los 60’s, la región vivía del trabajo en el muelle y el ferroca- rril. También de los sembrados de plátano, arroz, maíz, ajonjolí y yuca; otros lo hacían de la ganadería y de las labores diarias en haciendas. La gran mayoría de la gente aprendió a convivir con el conflicto y con el inducido resentimiento hacia el Estado.

Ya en toda la región se sabía que había grupos armados. En 1965 comen- zó a operar el IV Frente de las Farc, al mando de Ricardo Franco y Martín

Villa. Era tal la incidencia, y para muchos la aceptación, que de este gru- po nacieron otros cuatro frentes, el XI, XII, XIX y XXII.

Política y administrativamente poseían el control de concejos y alcaldías.

“Para ese entonces el Magdalena Medio era la región subversiva por exce- lencia de Colombia”, recuerda Iván Ruiz, veterano guerrero de la época residenciado en Puerto Berrío.

La luna de miel entre comunidad y guerrilla se empezó a deteriorar cuan- do esta última, luego de arruinar, echar o asesinar a los hacendados y comerciantes de la región, se fue contra el resto de la población.

Paralelamente el Ejército Nacional comenzó, al amparo del Decreto Le- gislativo 3398, a vincular a ganaderos, agricultores y demás ciudadanos a labores antisubversivas. Fue entonces cuando se comenzó a articular un engranaje que hasta la fecha es el argumento de guerrilla, Ong y países “amigos”, para deslegitimar a todas las Fuerzas Militares como Institu- ción, en el sentido de que el paramilitarismo es una política de Estado.

Inicialmente, fue una búsqueda de apoyo de la ciudadanía para enfrentar a la subversión, pero terminó comprometiendo a un gran número de civi- les –enfusilados– en actividades antisubversivas. La nueva estrategia des- pertó todo el odio y deseo de venganza que estuvo apaciguado por años en los corazones de los civiles o nuevos combatientes. Habían recibido una ‘patente de corso’… y todo se valía.

El presidente Julio César Turbay Ayala ordenó en 1979 reactivar una uni- dad militar, muy recordada por gestas memorables en su glorioso pasado, pero que será una ‘papa caliente’ en su nueva etapa: El Batallón Bárbula. Se ubicó en una propiedad vecina y donada por la Texas Petroleum Company, en el sector conocido como Calderón, en Puerto Boyacá.

El 4 de junio de 1983 el presidente Belisario Betancur inauguró la que subversivos, simpatizantes de la guerrilla y enemigos del Ejército se les dio por llamar “temible” Brigada XIV, con sede inicialmente en Cimitarra, Santander, y luego en Puerto Berrío.

Para finales de 1981 ya se había dado comienzo a una nueva era violenta. En la hacienda ‘La Primavera’, en la vía que va de Berrío a Remedios,

antes de llegar a San Juan de Bedout, fueron emboscados y asesinados trece soldados del Batallón Bomboná. Una carga de dinamita les explotó cuando iban por leña para el rancho41. Los cadáveres fueron recogidos a pedacitos.

Ante semejante acción, varios hombres de Puerto Boyacá llegaron a Berrío al mando de un tal ‘Manuel’. A los pocos días Darío Arango, dirigente de la UNO, fue ‘alzado’ por unos sujetos de civil, en su oficina ubicada en la calle 8 con carreras 4 y 5, detrás de lo que hoy es el Banco Ganadero. Después apareció muerto. A los minutos se echó a correr el rumor que murió en las instalaciones del Bomboná.

Después cayó otro dirigente de la UNO de nombre Fernando y apodado ‘Medio Polvo’. Se encontraba en una cafetería del parque principal cuan- do un sujeto se le acercó y le pegó tres tiros en la cabeza. Con tan mala suerte para el victimario que habían dos agentes del DAS por el lugar y salieron a perseguirlo. El asesino se fue corriendo por la calle en donde estaba ubicado el Batallón de Servicios del Bomboná. Los detectives cre- yendo que había entrado preguntaron: “Aquí se metió un tipo que venía corriendo”, preguntó agitado uno de los detectives. El suboficial que esta- ba de guardia le respondió: “Yo no he visto entrar a nadie, pero si quiere entre a buscarlo”. Los agentes calibraron la propuesta y retrocedieron. De la misma manera que llegaron a la garita se regresaron a su comando.

No se conocieron las razones pero mucho tiempo después la estación del DAS fue trasladada a La Dorada.

Don Pedro era un señor que tuvo su casa pegada al cementerio de Berrío, a un lado de la cancha del barrio Pueblo Nuevo. A unos pasos de su resi- dencia tenía su ‘oficina’. El oficio de don Pedro era atender el anfiteatro del pueblo. La cercanía entre casa y sitio de trabajo se debía a que no le gustaba que el muerto lo esperara mucho tiempo, además que no le agra- daba que se le dañara “el paciente”, así llamaba a los cadáveres. Al viejo

41 Así denominan en el Ejército a la cocina, y ‘rancheros’ a los cocineros.

siempre lo acompañaba el aroma inconfundible del formol… hasta pare- cía que se cepillara los dientes con esa disolución. Su constante aroma era entendible: Tenía que atender en ocasiones excepcionales hasta 25 ‘pacientes’. “Otros días era más suave porque llegaban entre 3 y 5”, re- cuerda.

Se estaba prendiendo la guerra… empezaba la pacificación del Magdale- na Medio.

El primer parte en ‘San Vito’

La nueva etapa en la confrontación armada en Colombia se inició a prin- cipios de 1981 en una finca llamada ‘San Vito’, a media hora de la Troncal del Magdalena Medio, a 60 kilómetros de Puerto Boyacá, en la vía a Puer- to Zambito. Allí en un potrero, frente a una humilde casa, Gonzalo de Jesús Pérez recibió el primer parte de su lugarteniente, ‘El Mono Celín’, de los diez primeros hombres adiestrados.

A la “ceremonia” asistieron varios oficiales y suboficiales del los batallo- nes Bomboná y Bárbula.

Ese mismo día don Gonzalo pidió que el día que muriera fuera enterrado allí, en su finca, donde estaba recibiendo parte.

Con la ayuda de varios cuadros militares de estas dos unidades, los hom- bres de Gonzalo se entrenaron en manejo de armas largas, evasión y em- boscadas. La instrucción se llevó a cabo, por cuestiones estratégicas, en el Bárbula, en medio de los predios de la Texas Petroleum Company.

Para finales de 1979 muchos ganaderos pagaban a varios muchachos para que los cuidaran y los acompañaran a las haciendas, pero la situa- ción se deterioró hasta el punto que no eran suficientes para proteger- los, por lo que decidieron crear sus grupos de autodefensa orientados por los militares.

Pero un secuestro sucedido en 1982 contra la hermana de un ‘duro’ creó de un ‘plumazo’ los escuadrones de la muerte: el MAS, Muerte A Secues- tradores. A los operarios de este pavoroso grupo los llamaban ‘Los Masetos’, nombre que con el tiempo se convirtió en sinónimo de pavor y muerte. La franquicia por utilizar el apelativo de ‘masetos’ no tenía costo monetario sino en especie… se pagaba con sangre. El que lo usara tenía que ser cruel y sanguinario. Muchos combos se autoproclamaban ‘masetos’, dizque para infundir más respeto. Otros usaban la ‘marca’ para ocultar al verdadero responsable de la acción.

El Frente XI de las Farc era el ‘coco’ de la región, nadie escapaba a su extenso brazo represivo… ni los familiares de sus integrantes. Campo Elías Álvarez, alias ‘Mutis’, estuvo 6 años en sus filas, cuatro con el XI y dos con el XXII. Fue reclutado en Yacopí, Cundinamarca, y en 1981 se les voló cuando se enteró que el comandante del frente, ‘Martín Caballero’, había ordenado el asesinato de su hermana que se había quedado en la finca cuidando a la mamá. La razón para la muerte fue que la joven hablaba y daba agua a los soldados cuando pasaban por la propiedad.

Su grupo se desplazaba hacia la zona de Cundinamarca, a una vereda llamada Patavaca. Allí, estando de guardia, una noche se voló y llegó has- ta el Bárbula. Allí fue recibido por el capitán Tarazona, quien luego lo envió a la ‘milicia’ para que les colaborara.

‘Mutis’ dio un brusco giro en sus conceptos y actuar. Se pasó al lado de los grupos de civiles que se habían armado. Como muestra de confianza llevó a sus nuevos comandantes a una vereda de Santander donde entregó a 6 colaboradores del Frente XI. Todos desaparecieron en las aguas del Mag- dalena.

Los militares estaban tan sorprendidos por la capacidad que tenía la ‘mi- licia civil’, que habían adiestrado para operar, que empezaron a temer que se les saliera de las manos. Con el pasar del tiempo los ganaderos, comer- ciantes, agricultores y demás ciudadanos comenzaron a apreciar más los trabajos de los nuevos combatientes, que el de los soldados y superiores. Por eso, el apoyo incondicional iba en aumento.

Muchos de los ‘combatientes civiles’ llegaron por deseos de venganza y otros por el pago mensual que se ofrecía. Era un atractivo sueldo que servía para avivar un sentimiento denominando ‘causa’.

Gonzalo de Jesús Pérez, era un viejo de hablado ronco y bajo, como el de ‘El Padrino’ en la película de Martin Scorsese. Era de gruesa contextura y me- diana estatura, siempre llevaba sombrero blanco. Trataba bien a sus subal- ternos y amigos. No quería ir a una guerra frontal con la guerrilla sino echarla de la región para defender los nuevos territorios. No le gustaba que

se metieran con las autoridades y exigía constante respeto para ellas. Le gustaba que las patrullas fueran de sólo 9 hombres, ya que más era enredar- se. Para esa época los morrales se amarraban con los lazos de los vaqueros.

La ‘milicia civil’ comenzó a crecer y se empezaron a crear bases con ante- nas repetidoras para sus comunicaciones. La primera funcionó en un sector de la vereda de Zambito y se llamó: ‘Tecal’, pero por radio era ‘Teca’. La otra la montaron en Calderón, cerca al Bárbula, ésta era la famosa ‘81’ (ochenta y uno).

Un hombre de entrada edad apodado ‘Llovizna’ recuerda que en esa épo- ca el Ejército reunía a la gente y le explicaba que era legal armarse y ayudar en las labores de inteligencia contra la guerrilla. “Muchos íbamos al Bárbula a ofrecernos de guías y colaboradores. Luego les propusimos que nos enseñaran a manejar armas y que nos prestaran algunos subofi- ciales para salir a patrullar. Para ese entonces, tanto población como Ejér- cito nos necesitábamos”.

“El Batallón –narró ‘Llovizna’- empezó a trabajar mucho con los ganade- ros y los campesinos, uno veía a la guerrilla y salíamos de una para el Bárbula, nos uniformábamos y a pelear se dijo”.

En Puerto Berrío para 1982 la situación era una caldera. Había dos sacer- dotes muy escuchados, los hermanos López Arroyave, entre ellos uno lla- mado Bernardo que se oponía a la ofensiva del Ejército Nacional. Muchas operaciones se cancelaron por su presión, lo mismo que muchos guerri- lleros capturados eran dejados en libertad por la intervención del cura.

Era tal la situación de orden público, que hubo sectores en donde la Poli- cía no podía entrar, pues era recibida a candela. Los uniformados al igual que los agentes del DAS debían pasar en sus cuarteles, ya que a griles, bares, cafés y, menos, a la calle se podían asomar, porque los prendía la guerrilla.

Pero la llegada de la Brigada XIV en 1983 cambió y determinó las nuevas condiciones de guerra.

Llegaron a Berrío y cogieron como centro de operaciones lo que antes era el Hotel Magdalena, ubicado a orillas del río, cerca al muelle. El lugar fue, años atrás, el sitio de descanso de los más exigentes pasajeros que usaron por muchos años el transporte fluvial.

Ya para 1983 el Partido Comunista había hecho una alianza con la UNO y se había ganado varios escaños en el Concejo de Puerto Boyacá y Puerto Berrío.

Ante esta situación y el rápido crecimiento de las Autodefensas, Gonzalo Pérez llamó a Henry de Jesús Pérez Morales, uno de sus hijos que era taxista en Bogotá, para que lo ayudara en el proyecto antisubversivo. “Era la época paramilitar, paramilitar de lo que después fueron las Auto- defensas”, recuerda ‘Llovizna’.

Henry era un tipo alto, trigueño, de pelo negro y hablado fuerte, buen conversador. Se hacía apreciar rápidamente, pero era implacable con la guerrilla, con sus enemigos… y hasta con sus amigos. Entre sus rivales se contaban políticos afectos a “causas raras”, mejor dicho, de izquierda. Otros lo describen como un lobo con piel de cordero, al que se le obedecía más por miedo que por respeto.

Fue él quien inició por órdenes de quien fue su primer patrón, ‘El Mexica- no’, –el otro fue Pablo Escobar– la era del ‘martillo’ contra líderes, segui- dores, concejales, alcaldes y sospechosos de pertenecer al Partido Comu- nista o a la Unión Patriótica, UP.

El 1 de abril de 1983 el Gobierno del Presidente Belisario Betancur creó la Decimocuarta Brigada, dos meses después, exactamente el 4 de junio, le hizo entrega de la Bandera de Guerra al primer comandante de la unidad, general Daniel García Echeverri. A su mando quedaron los batallones de Infantería Nos. 2 y 3: Bomboná, con sede Puerto Berrío; y Bárbula, en Puerto Boyacá. También a sus órdenes quedaron las unidades llamadas Fuerzas de Tarea: Ricaurte, García Rovira, Nariño y Galán, todos acanto- nados estratégicamente a todo lo largo del Magdalena Medio.

Muchos lo recuerdan como la persona que empezó a decirle a la pobla- ción que no podía dejarse matar arrodillada, que tenía que defenderse. Fue quien buscó un acercamiento entre el campesino y los militares, em- pezó a enseñarles que los soldados no eran sus enemigos.

Testigos de la época recuerdan una anécdota con el general García, que se repitió muchas veces, mientras estuvo de comandante en esa área, y que muchos exageran con el fin de describir lo terrible de aquel período. A él le gustaba dirigir personalmente los programas radiales con los co- mandantes de las diferentes patrullas que estaban operando en la juris- dicción de la BR-14. Luego de los respectivos saludos castrenses pregun- taba el alto oficial:

  • “¿Qué novedades hay?”.
  • “Mi general, para informarle que vi pasar por el río como 10 cadáve- res”, respondían.
  • “Siga, qué otra novedad tiene”, contestaba el comandante de la Bri- gada.

El mismo diálogo se repetía con otras unidades que operaban cerca al río Magdalena.

El 28 de diciembre de 1983 el general García Echeverri hizo entrega de la Brigada XIV a un recién ascendido Brigadier General considerado para el momento como el mejor oficial del Ejército, tiempo después lo llamaron ‘El Pacificador’ del Magdalena Medio: Faruk Yanine Díaz.

Hijo de una maestra de escuela en Santander y de un inmigrante pa- lestino, fue criado en un hogar austero y humilde. Su paso por la Escuela Militar estuvo siempre ligado a las mejores notas y primeros lugares. Su liderazgo avasallaba a sus compañeros. En el combate su fervor con- trainsurgente era a toda prueba, estaba en la primera línea de los consi- derados oficiales troperos, lo que le granjeó un gran respeto frente a subalternos, compañeros y superiores. Era un militar demasiado entu- siasta y enérgico.

Era el hombre indicado en el lugar preciso y en un momento decisivo. Su personalidad arrollaba, sus discursos tocaban el corazón de los asistentes sin importar si eran campesinos, ganaderos, comerciantes o intelectua- les. Se vinculó y comprometió a gremios y ciudadanos en todas las obras sociales y de desarrollo en el Magdalena Medio. También se hizo muy amigo de un hombre que había sido un líder de izquierda, pero los abusos de la guerrilla lo convirtieron en un furibundo antisubversivo: Pablo Emi- lio Guarín Vera.

Este último era el máximo líder de Puerto Boyacá, fue concejal, diputado y representante a la Cámara. Estaba convencido de que unas Autodefensas Campesinas bien entrenadas y respetuosas de la población civil serían determinantes en la pacificación de la región. No era un guerrerista, sino un ideólogo. Junto a Yanine hizo una llave que convenció al pueblo que la alianza: Ejército-Población Civil, sí funciona.

Los frentes XI y XXII de las Farc se resistían a perder el territorio y a la población… y también el petróleo. Lo que agudizó los enfrentamientos entre lo que ya era un paramilitarismo puro y la guerrilla.

La guerra era en ciudades, veredas, caseríos y selva. Los ajusticiamientos eran a diario. Pasaba el tiempo y los años, y nada que aflojaba la guerra. En todo el país se empezaba a escuchar, a muy baja voz, lo que estaba aconteciendo en una desconocida zona que llamaban el Magdalena Me- dio. También se acercaba una temible alianza con los ‘señores de la dro- ga’ que reventaría en mil pedazos el proyecto de Autodefensas Campesi- nas que venía cogiendo credibilidad y respeto en Puerto Boyacá.

La finca del ‘patrón’

A la salida de Puerto Boyacá, y tras recorrer varios kilómetros, que inclu- yen pasar a la margen izquierda del río Magdalena se llega a Doradal. Un poco antes, al lado derecho, está la Hacienda ‘Nápoles’. A la entrada hay una estructura que se asemeja a un arco, está pintado de blanco y en letras azules tiene el nombre de la propiedad. Lo más curioso para todos los transeúntes es que sobre la parte superior de la estructura reposa una vieja avioneta.

En mayo de 1978, Jorge Tulio Garcés y sus hermanos, propietarios de la hacienda ‘Gecen’, vendieron sus tierras en Doradal. Otro señor, Alberto Villegas, también acababa de vender su finca ‘Nápoles Viejo’. El nuevo dueño de las tierras: Pablo Emilio Escobar Gaviria, quien las recibió en julio de ese año.

A los pocos días Escobar empezó a comprarle a los vecinos y a remodelar las construcciones adquiridas. Más de 250 personas trabajaban para él. Cuando se construyó una represa dentro de los predios, se alcanzaron a contratar 500 personas. Todos los de la región estaban felices de que el nuevo patrón diera trabajo y pagara mejor que los demás hacendados. Escobar empezó a arborizar la finca. Por más de un año el vivero que estaba en Mariquita, Tolima, sólo le vendía a él.

Al poco tiempo le puso por nombre a toda la propiedad, Hacienda ‘Nápoles’. Distante a 170 kilómetros de Medellín y 233 de Bogotá.

El sacerdote de Puerto Triunfo fue a bendecir la nueva finca, Pablo en agradecimiento le regaló un Toyota corto. El cura pensaba que era un regalo personal, pero un día el mafioso le pidió prestado el carro y le puso un letrero grande en las dos puertas que decía: “Propiedad de la parro- quia de Puerto Triunfo”.

Al frente de ‘Nápoles’ compró unas tierras que llamó ‘Parcelas California’, que luego se las iba vendiendo o regalando a sus socios y amigos.

A todos los que rodeaban al mafioso les gustaba imitar lo que hacía el capo. Muchos se dieron a la tarea de indagar por tierras que estuvieran

vendiendo por la zona aledaña o cercana a ‘Nápoles’. La mayoría de esas propiedades estaba en Puerto Triunfo, La Dorada, Honda y Puerto Boyacá.

El cuento de Autodefensas no le importaba al de ‘Nápoles’. Él tenía a sus muchachos y le gustaba lo urbano. A lo que en el monte llaman comba- tientes él los conocía como sicarios. A la guerrilla le daba plata o plomo, el mismo método aplicaba a jueces, magistrados, periodistas y autoridades. Para su llegada a la nueva propiedad ese cuento de Puerto Boyacá “le importaba un carajo…” por ahora.

Para 1984 ‘Nápoles’ era la hacienda más admirada de la región. Tenía aeropuerto, lagos artificiales y naturales, plaza de toros, y era el zoológico que poseía la más variedad de animales exóticos de Colombia.

Desde la entrada, la que está a la orilla de la autopista, hasta el segundo puesto de control, había casi tres kilómetros. La carretera era asfaltada. A ambos lados decenas de árboles de diferentes variedades entrelazan sus ramas impidiendo ver el cielo, sólo filtraban algunos destellos del sol o de la luna. Era como si se estuviera atravesando un verde túnel. Al terminar se llega a un sitio más despejado donde se confirmaba si era de día o de noche. En ese lugar había una antigua locomotora ubicada a mano dere- cha. Al frente colgaba un gran aviso en madera que decía “Bienvenidos al Parque Zoológico Natural Nápoles”. Al fondo a la izquierda estaba un kiosco de palma que servía de cochera a un carro antiguo, que tenía va- rios orificios de bala. Seguía una garita ubicada al lado de una puerta de golpe y de otra metálica. Una era para los que iban a pie y la otra para los vehículos. Adelante había una vara que sólo se levantaba con previa auto- rización. Las personas que iban de paseo al zoológico nunca franquea- ban esa entrada. Para ellos, ‘Nápoles’ tenía otro acceso, que también esta- ba a un lado de la autopista y que conducía a la Mayoría vieja de la pro- piedad. A esta parte de la hacienda la llamaban ‘Nápoles Viejo’, por allí se llegaba al lago y a un área donde estaban los hipopótamos, cebras, rino- cerontes y las gigantescas réplicas de dinosaurios.

Después de franquear el puesto de control seguía una vía construida en concreto. A diferencia del anterior trayecto este tenía palmeras a lado y lado. Se llegaba a un recodo donde había un desvío a la derecha. Si se continúa por ese sentido se llega a la bodega donde estaban las motos acuáticas, aeroplanos, excéntricas motos y carrozas, entre otros raros juguetes del patrón. Seguía la casa del administrador y las pesebreras

donde estaban los más finos corceles. A un lado estaba la taberna ‘El Tablazo’ que se asemejaba a esas cantinas del lejano oeste. Al frente de lo mencionado se veía un gran lago.

Si se desviaba a la izquierda, se divisaba una inmensa puerta de madera que reposaba sobre unos rieles para que abriera electrónicamente. Al frente estaba el parqueadero. Sólo el patrón podía pasar esa entrada en carro, a los demás les tocaba a pie… Bueno, había unas cuantas excepciones, en- tre las que se encontraban las mozas del jefe.

Otra vía se observa a la izquierda metros antes de la entrada, es una ca- rretera asfaltada que conducía al aeropuerto de ‘Nápoles’. A un lado de la entrada había una garita de seguridad con dos ventanas. Al otro lado una inmensa jaula con un león. Pasar esta puerta era entrar al círculo íntimo del patrón. En esta área era donde se hacían los más extravagantes feste- jos… y se planearon los más horrendos crímenes de Colombia.

Al abrirse la puerta se ve al fondo una casa de dos pisos, pero de inmedia- to se pierde interés en ella, ya que a lado y lado del camino están varias jaulas con la más variedad de animales y aves exóticas, que se roban toda la atención.

Al seguir se llega a una hermosa edificación de estilo colonial, de dos plantas, construida en ladrillo y madera. A la izquierda está una piscina para adultos y otra para niños. Al frente una sala de estar con televisión donde se ubicaban los lugartenientes de confianza de los ‘duros’ que lle- gaban. Al fondo un gran comedor donde se hacían las reuniones de tra- bajo. Al otro costado las habitaciones.

La casa tenía 8 cuartos, lavandería, cocina industrial, cancha de fútbol, tenis, basket, volibol, microfútbol, parque de diversiones infantiles, una gigantesca antena parabólica y una discoteca en la parte de atrás.

Una hacienda con todas esas comodidades no podía pasar inadvertida. Además de sus lujos, muchos testigos vieron desfilar por allí a políticos, militares, policías; candidatos a concejos, asambleas, alcaldías, go- bernaciones y Presidencia; modelos, presentadoras de televisión, periodis- tas, empresarios, ganaderos, agricultores, comerciantes, traquetos, pillos, sicarios y bandidos, entre otros. Era símbolo de estatus ser invitado a ‘Nápoles’. A la gran mayoría de asistentes le encantaba hacerse notar en

la hacienda para que dijeran luego en Medellín: “Mira, ese tipo que va allá debe ser un ‘duro’, porque lo vi con el patrón en ‘Nápoles’ el otro día”.

En fin, para 1984 ‘Nápoles’ era todo un acontecimiento. Ya varias perso- nas y socios de Escobar habían comprado tierras por la región, entre ellos José Gonzalo Rodríguez Gacha, ‘El Mexicano’. Adquirió una muy menta- da y tristemente célebre, porque fue allí donde se planeó el crimen de Luis Carlos Galán Sarmiento, tenía por nombre la ‘Freddy Uno’, ubicada en los límites de Tolima y Cundinamarca. Otras estaban ubicadas por la ciénaga de Palagua y Calderón.

‘Nápoles’ era administrada por Hernán Henao, alias ‘HH’.

Era tal la romería por Doradal para ir de visita donde el patrón, que al frente de ‘Nápoles’ se construyó un hostal, para que los visitantes se hos- pedaran allí mientras le asignaban turno de entrada. También servía para que se alojaran los acompañantes que no eran autorizados a seguir con sus jefes. En este lugar también se daban unas bacanales de muerte.

A muchos ‘duros’ no les gustaba bajarse en donde lo hacían escoltas y gatilleros, por lo cual construyeron casa-fincas al frente de ‘Nápoles’. El con- dominio se conoce como ‘Parcelas California’. Tiene tantas vías internas, cruces y atajos, que mucho tiempo después le salvó la vida a más de uno.

‘Nápoles’ fue visitada en abril de 1994 por la esposa de Pablo Escobar, ‘La Tata’ Henao. Primero tuvo que pedirle permiso a Ramón Isaza, quien per- mitió la llegada de la viuda a Doradal, pero negó la del hijo del mafioso, Juan Pablo Escobar. La razón era muy sencilla: Los deseos de venganza contra los hijos de Escobar estaban vivos en el Magdalena Medio. Los ami- gos y trabajadores del ‘Viejo’ Ramón no habían olvidado los asesinatos y atentados ordenados por el capo contra Isaza y su pueblo, en especial el crimen contra uno de los hijos del líder antisubversivo. Ese sentimiento le impedía a Isaza garantizar la seguridad del hijo mayor de Escobar.

Cuentan que la viuda se paró en lo que quedó de la casa principal de la hacienda, frente a la piscina, y empezó a llorar.

El paraíso del ‘lavado’ y del mal

En la década de los 70’s ya muchos narcotraficantes habían penetrado al Estado colombiano y a sus organismos de vigilancia y control. Sus nego- cios eran tan rentables que no sabían qué hacer con los millones de dóla- res que les llegaban por las toneladas de droga despachadas.

Panamá se convirtió entonces en un paraíso fiscal, al estilo Suiza. Muchos banqueros y funcionarios panameños salían a vender su ‘portafolio de servicios’ a los que tenían el billete, recalcándoles las nuevas ventajas de invertir en el Istmo. Allí había un militar bastante avezado que no quería quedarse por fuera de esa torta. Era bajito, de modales campechanos y horrible fisonomía, la cara se asemejaba a una piña. Se trataba de Ma- nuel Antonio Noriega.

Toneladas de ‘verdes’ empezaron a entrar al sistema bancario del canal. Comenzaba un largo romance entre narcos, banqueros y algunos funcio- narios de ese Gobierno.

El general Rubén Darío Paredes, ex candidato a la Presidencia de Panamá, reveló que en 1982 Noriega y el clan Ochoa firmaron un acuerdo, que incluía la entrada en operación de un laboratorio en el Darién. El ‘Hom- bre Fuerte’ del Istmo recibió, según Paredes, 4.6 millones de dólares.

Los grandes capos comenzaron a viajar constantemente a ese país a di- vertirse y negociar. En la frontera con Colombia se instaló un laboratorio que, según los planes, superaría la producción de otro muy famoso que estaba por caer: ‘Tranquilandia’ y ‘Villacoca’.

El lunes 30 de abril de 1984 la historia del país volvió a cambiar de rumbo. Ese día fue asesinado el ministro de justicia Rodrigo Lara Bonilla.

Para demostrar su inocencia, en un lío que se armó con un cheque de Evaristo Porras, el ministro se une al coronel de la Policía Antinarcóticos, Jaime Ramírez, y comienzan a caerle a los laboratorios de los narco-

traficantes. Cayeron los que sostenían la estructura: ‘Tranquilandia’ y ‘Villacoca’. Tal osadía la pagaron con la muerte.

Todos los barones del narcotráfico se volaron a sus refugios en Panamá. Este hecho y la indignación por el crimen llevó a Estados Unidos a mirar con recelo a su aliado y empleado en el Istmo, Noriega.

Las autoridades panameñas le informaron a los narcos que Estados Uni- dos iba a empezar una cacería contra las cuentas que tenían en los ban- cos de Panamá. El dato les dio tiempo de retirar millones de dólares de las cuentas que tenían en el Canal y de huir. Pero antes, se reunieron en hotel Marriot con el ex presidente Alfonso López Michelsen y el Procurador General de la Nación, Carlos Jiménez Gómez. De allí salió lo que se cono- ció como el “Memo de la Mafia”.

Todo el billete de los narcos en Panamá era transportado a Colombia por todas las líneas de transporte conocidas e invertido en el sector primario nacional: El campo. El ‘Mexicano’, también hizo lo mismo, pero otra par- te del dinero la enterró. Tenía esa curiosa costumbre, lo mismo hacía con las novias que lo fastidiaban o aburrían.

Esta estampida de dólares hizo que gran parte de las mejores tierras del Magdalena Medio y de Córdoba pasaran a manos de narcotraficantes del llamado Cartel de Medellín o de sus testaferros. Al llegar a las nuevas propiedades, decidieron no pelear con quienes operaban allí y, mejor, op- taron por hacer alianzas con ellos sin importar que fuera el Estado, la guerrilla o los ‘paras’. Con los tres hicieron alianzas.

Se inició lo que el general Maza Márquez llamó la “narcorreforma agraria”.

Paralelamente los grupos que inicialmente eran auxiliadores del Ejército fueron girando hacia un movimiento de Autodefensa, con proyecto políti- co incluido, al amparo de la Asociación Campesina de Agricultores y Ga- naderos del Magdalena Medio, ACDEGAM, creada en 1983, pero con personería a partir del 22 de julio de 1984. Otros grupos de civiles arma- dos iban creciendo a imagen y semejanza de su líder. Por ejemplo, las Autodefensas de Víctor Carranza y de Henry Pérez eran auténticamente campesinas; las del ‘Mexicano’ inicialmente lo fueron pero al unirse a la gente de Escobar terminó siendo netamente sicarial.

Todos los caminos conducen al Magdalena Medio

“El repentino cambio de actitud de Noriega -que intentaba salvar su cue- llo, ayudando a Estados Unidos en la lucha antimafia- lo había vuelto peligroso y más ‘resbaloso’ que un espejo enjabonado”, recuerda un tra- bajador de Escobar. Esto obligó a los narcos, que habían huido a Panamá tras el asesinato del ministro Lara, a regresarse a Colombia y refugiarse en el Magdalena Medio.

La caída de sus dos grandes laboratorios en el sur del país, ‘Tranquilandia’ y ‘Villacoca’, también los llevó a buscar una nueva zona para montar las ‘cocinas’.

Cada ‘Señor de la Droga’ se trasteó al Magdalena Medio con su ‘combo’. Llegaron armados con los más modernos fierros.

Ya el ‘Mexicano’ había roto la alianza que tenía con las Farc por un mal- entendido entre el precio ofrecido y el establecido por su hasta entonces ‘socio’… La guerrilla. Ambos bandos se ‘arrancaron’ y murieron amigos de lado y lado. La orden para exterminar a un movimiento político estaba aproximándose.

El 19 de septiembre de 1982 el presidente Belisario Betancur expidió el Decreto 2711 por medio del cual creó la “Comisión de Paz Asesora del Gobierno Nacional”. Eligieron a 40 personalidades de la vida pública para integrarla. Su coordinador fue John Agudelo Ríos. El 19 de noviembre de 1982 se expidió la Ley 35 conocida como la Ley de Amnistía. Todo estaba dado para iniciar un proceso de paz con los grupos guerrilleros.

Luego de varios meses de diálogo, el 28 de marzo de 1984, se firmó el acuerdo entre la Comisión de Paz y las Farc. Casi dos meses después, el 14 de mayo de 1984, las Farc ordenaron a sus entonces 27 frentes, un cese al fuego por un período de un año, orden que entró a regir a partir de las cero horas del 28 de mayo de 1984. El M-19 y el EPL se acogieron al cese el

30 de agosto del mismo año. El 4 de junio de 1985 se promulgó la Ley de Indulto.

Pero en el Magdalena Medio parecía que toda esa normatividad no exis- tía. Lo que allí se había iniciado no era una amnistía sino una guerra sin cuartel que se exacerbó después del 30 marzo de 1985, cuando las Farc lanzaron en La Uribe su movimiento político, Unión Patriótica, UP.

Ese día Noemí Sanín, entonces ministra de Comunicaciones, se escanda- lizó porque sólo un medio de comunicación (Promec) fue a cubrir el acon- tecimiento. Tres aviones fletados y cuatro helicópteros llevaron hasta el sitio de encuentro a las personalidades de la vida nacional que fueron testigos del hecho.

Aparece el ‘Negro Vladimir’

Por esos días, en un enfrentamiento de tropas del Ejército, que llevaban como guías a miembros de la recién adiestrada ‘milicia civil’, contra el frente XXII de las Farc, murieron seis subversivos. Por acción de la suerte se salvó de ser capturado el comandante de una de las columnas. Era un peligroso ‘guerrillo’, que su sola presencia infundía miedo, le decían ‘Vladimir’. Ese día la vio negra y por un momento pensó que no conocería a su primera hija que estaba por nacer.

La derrota militar lo dejó mal parado ante su superior, que desde hacía un tiempo lo tenía entre ceja y ceja a él y a su padre. A este último lo quería ‘cascar’, situación que intranquilizaba aún más al negro.

Tiempo después de ese combate, ‘Vladimir’, cuyo nombre era Alonso de Jesús Baquero, pidió permiso para llevar a su embarazada mujer a Barrancabermeja para un control. Estando allí decidió volarse de las Farc. Se le presentó en Puerto Boyacá a Luis Alfredo Rubio, político de la re- gión. Horas después estaba en ‘Base Uno’, en el ‘Tecal’. Se avecinaba una época de intenso trabajo.

Baquero era conocido con los alias de comandante ‘Alfredo’ y ‘Vladimir’. Era muy serio, con voz de mando fuerte, excesivamente drástico con sus hombres. Cuando decía que había que matar a alguien se mataba porque se mataba. Tenía un trato casi reverencial para con sus patrones.

Fue llevado a la BR-14 donde se puso a las órdenes del B-2, para suminis- trar información de todo lo que sabía de la guerrilla. Por primera vez el Ejército elaboraba un completo organigrama de un frente de las Farc. No se sabe si fue por retaliación, pero ‘Vladimir’ en una confesión a las auto- ridades a cambio de beneficios jurídicos dijo que fue “invitado a Tolemaida” (Fuerte militar donde funciona la escuela de formación de Suboficiales, la Escuela de Lanceros y el campo de entrenamiento de las unidades de élite de las Fuerzas Militares, está ubicado entre Tolima y Cundinamarca) a contar su experiencia en la subversión.

Luego de dictar varias charlas en donde contaba todo lo que conocía de las Farc, se regresó al Magdalena Medio. Allí quedó a órdenes de Henry

Pérez. Se le asignó una extensa zona de la región, la misma que patrulló con su antiguo Frente.

Lo primero que hizo cuando se le dio un grupo fue asesinar a la mayoría de los moradores de la vereda Vuelta Acuña, Santander, por ser auxiliadora de las Farc. Este caserío es una especie de islita, ubicado a la margen derecha del río Magdalena, a 20 minutos en lancha desde Puerto Berrío. Allí, Vladimir montó inicialmente su cuartel general.

Iván Roberto Duque, quien para aquel tiempo estaba ayudando a armar el discurso ideológico de las Autodefensas del Magdalena Medio, junto a otros ideólogos, describió años después a ‘Vladimir’ como “el tipo que más mató guerrilleros en este país”.

Fue el terror en la región de Yacopí y San Mateo, santuario del Frente XXII de las Farc. También de la zona de Puerto Berrío, Puerto Araújo, San Juan de la Carretera y Carare-Opón. “Consideraba (Vladimir) que había que cas- tigar a la gente por ser guerrillera”. Esto lo ratificó el país más adelante.

Junto a ‘Vladimir’ había otro sujeto muy parecido a él en todo. En lo físico y en lo brutal: ‘Fercho’. Muchas veces eran confundidos. Lo importante para sus patrones es que eran letalmente eficaces.

“Desde la llegada de ‘Vladimir’ se comenzó a ‘cascar’ por parejo”

Era tal el sentido anticomunista y antisubversivo que se había desatado en Puerto Boyacá, que en una ocasión llevaron a un conferencista, de apellido Angarita, a dictar una charla que tenía el sobrecogedor título: “Por qué es lícito matar comunistas”. Al terminar su disertación un atro- nador aplauso sacudió el recinto.

En los colegios a los niños se les enseñaba qué era el anticomunismo.

Nada se quedó en la teoría. En el monte y ciudades operó ‘Vladimir’ con toda crueldad. “Desde su llegada se comenzó a ‘cascar’ por parejo”, re- cuerda ‘Llovizna’, miembro de las Autodefensas de aquel tiempo.

Por esa época, en una operación militar, las Autodefensas capturaron a un guerrillero apodado ‘Beto’. Era el segundo al mando del frente ‘Ricar- do Franco’, una disidencia de las Farc. El subversivo dijo donde vivía su hijo y madre, a cambio pidió que lo dejaran regresar al Frente: “Yo les coordino y cuento todo”, prometió. Henry Pérez, receloso aceptó.

“ ‘Beto’, después de 15 años con las Farc, se convirtió en un verdugo de ellos. No se sabe quién fue más cruel, si José Fedor Rey, comandante del ‘Ricardo Franco’, quien fusiló a más de 120 guerrilleros en Tacueyó, o ‘Beto’ ”, recuerda un ideólogo.

‘Beto’ revelaba los movimientos de algunas columnas, y las Autodefensas se encargaban de montar las emboscadas. Recuerda un combatiente de la época que con la información recibida se producía “la matazón más hijueputa de gue- rrilleros”. Henry Pérez llegó a recuperar más de 150 fusiles del ‘Ricardo Franco’.

Tiempo después ‘Beto’ desertó y se fue para las Autodefensas, pero por su sevicia comenzó a tener problemas con la gente de Pérez. En un combate fue asesinado por un compañero en un sitio llamado ‘Cerro Coronel’, en- tre Boyacá y Cundinamarca.

Muchos consideran, sin exageración, que entre ‘Vladimir’ y ‘Beto’ “mata- ron a más de seiscientos guerrilleros”. Y puede ser cierto, ya que tuvieron el entrenamiento requerido… Yair Klein puede dar testimonio de ello…

El principio del fin

Nadie sabe en qué momento nació la amistad entre los narcotraficantes, ‘El Mexicano’ y Pablo, con Henry Pérez. Muchos la atribuyen a que era lógico que se tuvieran que encontrar por cuestiones de “defensa y sobera- nía”. Pero a finales de 1984 una gente de Henry “le echó mano a un carro con 80 kilos de perico y confiscó la ‘mercancía’”. El ‘Mexicano’ lo llamó a dialogar, se encontraron y nació lo que llaman los novios “amor a prime- ra vista”. Los tipos se identificaron claramente como acérrimos antico- munistas. Empezó una amistad y una relación ‘comercial’ que inicial- mente beneficiaba el crecimiento del proyecto de Autodefensas. También se oficializó el exterminio de los miembros del Partido Comunista y todas sus ramificaciones, como la Unión Patriótica, UP, un año después. Empe- zaron a caer militantes, concejales, diputados, alcaldes y candidatos pre- sidenciales.

Luego siguieron las reuniones de Henry con Pablo y el resto del ‘Combo’ de Medellín.

Pérez comenzó a facilitarles la compra de tierras y a prestarles seguridad rural, ya que ellos andaban con su gente de confianza que los cuidaba. Testigos recuerdan que ‘El Mexicano’ aterrizaba en los helipuertos de los Pozos Vasconia I y II de la Texas Petroleum Company. “Henry les decía a los de seguridad que quienes llegaban eran políticos y los cogía de ‘gan- cho ciego’. Luego salíamos de allí en camionetas para la hacienda de Ga- cha o para la ‘Isla de la Fantasía’. La gente de la Texas le copiaba42 a Henry, ¿o cómo se explica usted que la guerrilla nunca se metió con los Pozos de Puerto Boyacá?”.

Muy disimuladamente Pablo Emilio Guarín empezó a comentar las reser- vas que tenía respecto a estas nuevas amistades y relaciones. Presagiaba un mal final.

42 Que le creían y confiaban.

Gacha hizo con Henry lo que muy a menudo hacen los prestamistas con los ‘buenos’ acreedores: Le siguen soltando dinero y favores, así tengan deudas pendientes. Cuando el deudor se da cuenta es muy tarde, para cancelar tiene que entregarle hasta el alma al usurero.

De un momento a otro ‘El Mexicano’ se convirtió en el comandante y patrón del proyecto de Autodefensa. Henry pasó a ser una figura decora- tiva, pero seguía siendo un líder muy respetado y temido en Puerto Boyacá, a pesar de todo, allí una hoja no se caía si no era la voluntad de él.

En el movimiento de Autodefensa pasaba algo similar. Se decía que el comandante era el viejo Gonzalo de Jesús Pérez, pero su hijo era quien manejaba todo. Y en especial la relación con los mafiosos. Al primero también le preocupaba la alianza que se estaba dando, pero no dejaba de expresar su satisfacción cuando le llegaba la mesada que le enviaba su hijo.

De un momento a otro muchos grupos que se encontraban patrullando fueron llamados para ser reubicados en nuevas áreas. En éstas no había que perseguir guerrilleros sino prestar vigilancia. La nueva responsabili- dad consistía en cuidar los laboratorios y pistas donde se hacía el procesa- miento y embarque de cocaína. La orden era no permitir que la guerrilla les cayera.

Llegaron a montarse más de 40 cocinas en el Magdalena Medio. Fue la época en Puerto Boyacá donde el peso colombiano estuvo a punto de desaparecer por el dólar.

La iniciativa de perseguir a la guerrilla se perdió.

Cuando pasaba el tiempo y no se hacían operativos antisubversivos, a las carreras montaban uno. Se iban a una vereda, con información que to- davía no había sido verificada, y atacaban a varias personas por ser sospe- chosas de auxiliar a la guerrilla.

Por estar ocupados y distraídos con el narcotráfico descuidaron la guerra contra la guerrilla, la sociedad comenzó a reclamarles resultados y opta- ron por ordenar masacres. Las peores fueron en zonas influenciadas o de interés para el narcotráfico.

Pero en la época de 1985 Pablo Escobar tenía en su nómina, tanto a las Autodefensas como a la guerrilla, o si no cómo entender la acción con- tra el Palacio de Justicia el 6 de noviembre del año en mención. Esa operación fue ejecutada por un comando del movimiento guerrillero M- 19, pero pagada, según informes de inteligencia, por el jefe del Cartel de Medellín.

Para 1986, el Magdalena Medio era el escondite preferido de los mafiosos. Y las autoridades ya lo sabían.

Por esta razón muchos se trastearon para los lados del Alto San Jorge y Sinú, en Córdoba, días después de ordenar el asesinato de uno de los pe- riodistas más respetados y apreciados del país: Guillermo Cano Isaza, ul- timado el 17 de diciembre de 1986. Seis días después estaban los gestores intelectuales del crimen celebrando la ‘vuelta’ en ‘La Mireya’ con el Gran Combo de Puerto Rico.

La causa antisubversiva ya estaba narcotizada… y Henry Pérez también.

Comenzó a construir fincas al estilo narco. Levantó una en Calderón, al lado del Bárbula, con un lago artificial y un kiosco en la mitad para aten- der a las visitas. Construyó una pista para sus finos caballos. Sólo le falta- ba la plaza de toros, para aquel tiempo, mafioso que se respetara cons- truía una.

Y lo peor de todo era que a “Henry le comenzó a gustar el perico”, pero no para exportarlo sino para el consumo personal. La penetración de las drogas en las Autodefensas era inocultable.

Pablo Guarín, líder social y político de la región que incluso llegó al Con- greso, comenzó a cuestionar la infiltración del narcotráfico en la organi- zación antisubversiva. Ya avizoraba que estaban perdiendo el norte antiguerrillero y que ese iba a ser el principio del fin. Estas ‘reservadas’ reflexiones llegaron a oídos del ‘Mexicano’, que vio en el líder un poten- cial problema.

Dos hechos llevan a Guarín a confirmar sus temores. El primero fue la desaparición de 19 personas en octubre de 1987, entre Cimitarra y Puerto Boyacá. Los desaparecidos transportaban mercancía de contrabando. El segundo fue un plan que se urdió en una famosa hacienda.

Con el argumento de que un grupo de contrabandistas le traía armas a la guerrilla, fueron capturadas y desaparecidas 19 personas, junto con los camiones en que transportaban electrodomésticos, textiles, ropa y otros artículos. Lo cierto es que algunos familiares de las víctimas reconocieron que ellos tenían que pasar por zonas de influencia guerrillera y pagar una ‘cuota’, pero la información que tenía un temible ‘Negro’, que operaba con las Autodefensas, no coincidía con aquella. Después de los hechos, las autoridades empezaron una sigilosa investigación que terminó trágica- mente el 18 de enero de 1989.

Lo segundo que preocupaba a Guarín y que él sólo conoció cuando se ejecutó la acción fue que en una reunión en ‘Nápoles’ se acordó tumbar a un candidato presidencial. Tenía una característica que lo hacía ‘apeteci- ble’ para los asesinos, era de la UP: Jaime Pardo Leal. El 11 de octubre de 1987 fue acribillado cuando venía por la carretera que de La Mesa condu- ce a Bogotá, procedente de su finca.

La muerte de Pardo Leal fue un excelente pretexto para cristalizar el ase- sinato que seguía en la lista y que se ejecutó un mes después. Nadie duda- ría que serían las Farc.

Pablo Guarín no fumaba. Lo hizo por primera vez cuando asesinaron a Pardo Leal. Estaba en Girardot en las fiestas de ese municipio, cuando se enteró del hecho: “Cómo matan a este tipo, Dios mío”, dijo. Retiró a la candidata de Puerto Boyacá que estaba participando en el reinado y se fue para su tierra.

“El próximo soy yo”, exclamó sudoroso Guarín a un amigo. “Doctor, el próximo soy yo”, repetía y encendía otro cigarrillo.

“A uno lo mata el miedo a morir. Una forma de no ser miedoso es no temerle al miedo. Hay que saberlo administrar”, decía esa tarde que se enteró de la muerte del líder de la UP.

El 15 de noviembre de 1987 Pablo Emilio Guarín Vera salió de Tunja en su carro rumbo a Bogotá. Viajaban con él su hijo, en la parte de adelante, y

atrás él en medio de dos guardaespaldas. Los escoltaba un Renault 12 con cuatro personas. En Chocontá, Cundinamarca, se detuvieron a comprar pan, y en el momento en que reanudaban el viaje, una camioneta, que venía en sentido contrario, abrió fuego contra el vehículo de Guarín. Un tiro de fusil sonó dentro del carro del congresista. La sorpresa era tal que los escoltas no reaccionaron como es debido y los agresores desapare- cieron.

Cuando empezaron los tiros, Guarín se agachó en su puesto y se quedó así. A los segundos sus acompañantes se dieron cuenta que estaba herido en el costado izquierdo. Alcanzó a llegar con signos vitales al hospital de Chocontá. Al ingresar dijo en tono quejumbroso: “Me dieron… me die- ron…”. No volvió a hablar nunca más.

Murió sin saber disparar un arma.

En su sepelio se leyó una cita que había escrito para una ocasión como ésta: “Si algún día encuentran mi cadáver no lo recojan, dejen que los buitres de las Farc lo devoren; ustedes recojan mis banderas y sigan”.

El día del sepelio, la temperatura en Puerto Boyacá alcanzaba los 37 gra- dos a la sombra. Más de 20 mil personas desfilaron por la plaza Jorge Eliécer Gaitán en los dos días que tuvieron el cadáver allí, para rendirle homenaje. Ya para el último día, la alta temperatura descompuso el cuer- po. Los que pasaban a darle el adiós final no les importó hacerlo con un pañuelo en la nariz.

Por esos días, un noticiero de televisión entrevistó al comandante guerri- llero Raúl Reyes. El periodista le preguntó si ellos ordenaron la muerte de Guarín, a lo que Reyes respondió: “Un hombre, como el bandido de Pablo Guarín, creador del tenebroso MAS, no podía tener otro fin distinto”.

Ni lo negó ni se lo reivindicó. Una sonrisa apareció en los labios de Rodríguez Gacha y de Henry Pérez, al escuchar las declaraciones.

Tras el impacto de su muerte empezaron a surgir preguntas sobre los móviles y autores del homicidio. Pero nadie se atrevía a buscar las res- puestas. Que las tenían ‘El Mexicano’, su lugarteniente Beder Yesid Ba- rrera Ramírez y los hermanos Jaime y William Infante… y Henry Pérez, también.

Al salir el dictamen de Medicina Legal tampoco nadie quiso indagar por qué había un tatuaje alrededor del orificio que hizo la bala a su entrada. Ésta era una clara evidencia que el disparo que mató a Guarín no salió de la camioneta que los atacó inicialmente, sino del mismo vehículo en don- de se desplazaba… del escolta que iba a su izquierda.

Un año después, Óscar Guarín, hijo del asesinado dirigente liberal, ratifi- có la versión en la discoteca ‘Discocentro’, en Puerto Boyacá. Agregó que, ‘Pedro’ el escolta que iba en el carro, fue quien le disparó a su padre. Tiempo después, Luis Eduardo Ramírez, ‘El Zarco’, confirmó el hecho.

‘El Mexicano’ vio en Guarín un obstáculo en el proyecto de expansión de las Autodefensas. La idea era montar grupos en las selvas del Yarí y Putumayo, junto a varios laboratorios de coca, a lo que el líder liberal se oponía privadamente, al menos pensaba que era así, pero todos sus co- mentarios llegaban a los oídos de Rodríguez Gacha.

Se aproximaba 1988 y, con él, nuevas sorpresas. Era año de elecciones, guerras y masacres. Por primera vez se elegirían alcaldes por voto popular.

Un bombazo sacudió el exclusivo barrio de El Poblado, de Medellín, en la madrugada del 13 de enero de 1988. El blanco fue el edificio Mónaco, vivienda del capo Pablo Escobar. Este episodio era la notificación para Colombia de que una sangrienta guerra se avecinaba entre el Cartel de Cali y el de Medellín. Con este atentado se acababa la “intima relación” que existía entre los narcos de las dos ciudades. Al olvido pasaron aque- llas francachelas memorables en la que se turnaban los mafiosos para colocarse de padrinos entre ellos. Muy famosas fueron las bacanales en la discoteca Kevin’s de Medellín.

Dos hechos desencadenaron la guerra. El primero fue una solicitud que le hizo Helmer ‘Pacho’ Herrera a Pablo Escobar para que asesinara a un ciclista, hijo de un reconocido industrial. La idea era que la muerte cayera en manos del otro cartel. “Pero como Pablo no era ‘guevón’”, narró una fuente, primero secuestró al pedalista y le quitó una fuerte suma de dine- ro. Esto indignó a Herrera.

El segundo hecho fue un lío de faldas, donde estaba involucrado un cer- cano amigo de Escobar apodado el ‘Negro’ Pabón. Quien tiempo después apareció asesinado en un hotel cercano al aeropuerto de Panamá.

Escobar llamó a uno de los Rodríguez Orejuela y les dijo que tenía infor- mación que ellos querían atentar contra él. Pero que el responsable de todo era ‘Pacho’ Herrera. Les pidió que se lo entregaran para que todo siguiera como antes. Pero los de Cali se negaron y allí empezó la guerra.

La segunda semana de enero de 1988 el oficial retirado Germán Espinosa Rubio, alias ‘El Indio’, llegó de Cali a visitar a unos amigos que vivían en el barrio El Poblado de Medellín. En la madrugada del 13 de enero se levantó muy temprano y llevó hasta el edificio Mónaco el vehículo que la noche anterior le entregaron. La detonación notificó a Colombia de lo que esta- ba por venir.

Esta acción obligó a Escobar a abrir otro frente de guerra, el primero era contra el Estado. Este último lo continuó con el secuestro. Tres días des- pués del atentado a su residencia plagió al aspirante a la Alcaldía de Bo- gotá, Andrés Pastrana. El 25 del mismo mes ordenó asesinar al Procura- dor General de la Nación, Carlos Mauro Hoyos, y en una sorpresiva incur- sión de la Policía fue liberado Pastrana. La intención del narcotraficante era doblegar al Gobierno de Virgilio Barco, quien respondió el 27 de enero con el rígido estatuto: En Defensa de la Democracia. Nuevamente todos los mafiosos se fueron para el Magdalena Medio.

El administrador de ‘Nápoles’ recuerda que en 1988 fue el último año que se hizo una bacanal en la hacienda, ya que la persecución no permitía agasajos ‘sosegados’, como le gustaban al patrón, amigos y sicarios.

Para esa misma época, inicios de 1988, Escobar trajo a un terrorista espa- ñol, especialista en explosivos, y apodado ‘Manuel’, para que adiestrara en un rápido curso a sus hombres.

Las clases las dictó ‘Manuel’ en un apartamento de la urbanización Miravalle, en Medellín. Asistieron los sicarios apodados ‘Cuco’, ‘Arete’, ‘Harby’ y ‘El Tuso’. Luego de aprobado el curso Escobar citó al terrorista español a una de sus fincas, ubicada por Aquitania, para hablar sobre terrorismo. Luego de escucharlo detenidamente le entregó una fuerte suma de dólares y se despidió de él. A los pocos kilómetros de salir, uno de los pasajeros que escoltaba a ‘Manuel’ sacó su pistola y le pegó cinco tiros.

Escobar lo mandó a asesinar porque sospechaba que el terrorista lo podía combatir con los mismos medios.

Por otra parte, al Batallón Bárbula llegó un nuevo comandante: Luis Arsenio Bohórquez Montoya.

Dentro del territorio de lo que era la Texas Petroleum Company, había un sector llamado Muelle Velásquez. Se trata de un miserable caserío de pes- cadores, que contrasta con la riqueza que extraen allí del subsuelo co- lombiano, más de 15 machines. Al frente queda la ciénaga Palagua. Hace muchísimos años vivió de la pesca, entre 1980 y 1983 se cargaban hasta tres camiones diarios. “Ya no se coge casi nada, y lo que se pega es muy pequeño. El agua se ha dañado porque la petrolera echa el líquido que queda en los machines a los humedales, y cuando llega el invierno parte se vuelve salada”, relata Raúl Alfonso Quiceno, morador de la región.

Desde hace más de 50 años los machines vienen funcionando y sólo en 1999 a los moradores del Muelle Velásquez les construyeron el acueducto y les llegó la energía, por intermedio del Plan Nacional de Rehabilitación, PNR.

Pero entre 1987 y 1989 la región vivió una bonanza que no fue propia- mente de peces y petróleo.

En la mitad de la ciénaga queda una especie de isla en donde hay una hermosa casa, que tiene planta eléctrica, antena parabólica y helipuerto. La llaman ‘La Isla de la Fantasía’. Allí se celebraron reuniones y bacana- les, y se planearon asesinatos de personalidades.

La isla sirvió en diciembre de 1987 como punto de encuentro de los mer- cenarios extranjeros que llegaron al país a dictar unos criminales cursos que el país conoció meses después. Allí le dieron los últimos detalles al plan de lo que fue adiestramiento en tácticas de guerra, asalto a vivien- das, planeación y estrategia, guerra política, explosivos y asesinato de blan- cos en movimiento. Se escogió como sede para los entrenamientos a ‘Base Uno’, en Cimitarra, Santander. Otra sede fue ‘Cincuenta’, y otra en Putumayo, cerca de la frontera con Ecuador.

El caserío de Puerto Zambito fue elegido para las operaciones de asalto urbano.

Durante varias semanas se registraron intensas lecciones de muerte y en- trenamiento por parte de mercenarios israelíes e ingleses. Después de fi- nalizados los cursos, se desencadenaron en Colombia las más terribles masacres.

El mercenario que llegó primero con su grupo fue el de Yair Klein. Al curso que dictó lo llamaron ‘Pablo Emilio Guarín’.

Los otros ‘contratistas de la muerte’, los ingleses, al mando de un tal ‘Dave’, llegó a Puerto Boyacá en 1988.

El ‘Fercho’ y ‘Vladimir’ fueron los alumnos más aventajados del curso y los consentidos de instructores y patrones. Estos dos ‘graduados’ comanda- ron los grupos que cometieron las matanzas más terribles.

Para inicios de marzo de 1988 llegó desde Córdoba una urgente solicitud a Puerto Boyacá. Se necesitaba a un grupo de muchachos para solucionar un ‘problema’ en el Alto San Jorge. La exigencia era que fueran ‘buenos’.

Los escogidos para la labor habían aprobado el curso y estaban a pocos días de poner a prueba lo aprendido. El grupo llegó a Urabá a inicios de marzo y se estrenó en la madrugada del viernes 4 de marzo de 1988, en dos fincas de Turbo, Antioquia. Allí dejaron varios cadáveres que daban fe de su mortífera eficacia.

El grupo siguió hacia Córdoba a mediados de marzo. El martes 15, a me- dio día, asesinó al abogado y docente Alfonso Cujavante Acevedo. Luego se dirigió a la zona rural de Buenavista, en el San Jorge. Allí aplicó con todo rigor lo que le enseñó el maestro Yair Klein en la ‘cátedra’ de planeación y estrategia. A los pocos días estaba montada la operación conocida como la masacre de Mejor Esquina.

En las elecciones del 13 de marzo de 1988, el movimiento político Unión Patriótica ganó 18 alcaldías en todo el país: una en Bolívar, Nariño, Cundinamarca y Chocó; dos en Santander, Arauca y Caquetá; tres en Meta; y cinco en Antioquia. Decenas de aspirantes ganaron una curul al conce- jo, y en muchas poblaciones obtuvieron la mayoría.

Pero muchos de los elegidos no terminaron el período. Es más, otros ni siquiera lo empezaron.

El 18 de mayo de 1988, cuando pagaba la cuenta en el hotel El Cristal, en Medellín, Elkin de Jesús Martínez Álvarez fue asesinado. Ese día recibió el triste honor de ser el primer alcalde de elección popular asesinado en Co- lombia. Elegido en el municipio de Remedios, le faltaban 13 días para posesionarse.

Luego siguieron concejales y simpatizantes de la UP.

En noviembre de ese año, ‘Fercho’ y ‘Vladimir’ se unieron de nuevo para perpetrar otra terrible masacre. El viernes 11 de noviembre, pasadas las seis de la tarde, un grupo de hombres armados, al mando de un negro, se bajaron de tres camperos en el parque principal del municipio de Segovia, nordeste antioqueño, que en ese momento se encontraba atestado de fie- les que salían de misa y que paseaban por la plaza. Alzaron sus armas y comenzaron a disparar contra los presentes. Otros asesinos se dirigieron al bar ‘Johny Key’ y ultimaron a los que allí departían.

Murieron cuarenta y tres personas.

La noticia de la masacre fue olvidada 24 horas después por la elección de la reina nacional de la belleza, en Cartagena.

Con esta masacre se cerró el año 88 y llegó otro más terrible y violento para el pueblo colombiano. En 1989, todos los alumnos de Yair Klein sa- lieron a ejercer su nueva ‘especialización’: Masacradores y expertos en explosivos.

El proyecto de las Autodefensas del Magdalena Medio estaba ya en manos del narcotráfico. Muchos militares dieron un discreto paso al lado y em- pezaron a ver cómo las personas que ayudaron a que se defendieran de la guerrilla y a colaborar con el Ejército se salieron de control tras quedar en

manos de los ‘señores de la droga’. Otros contados uniformados aprove- charon la bonanza del billete que había y se olvidaron también de la lucha antisubversiva. Altos oficiales en Bogotá empezaron a presentir el daño que le haría a la Institución castrense la metamorfosis de los integrantes de las Autodefensas. Alguien dijo: “Por eso es que no hay que hacer cosas buenas que parezcan malas”.

Además, como recuerda un líder ‘para’ de la época: “El peso en Puerto Boyacá desapareció, todo se pagaba en dólares, hasta las putas cobraban en ‘verdes’. Nos presentábamos a todas las fiestas y reinados de los pue- blos vecinos. Cada ‘patrón’ y comandante patrocinaba su candidata”.

El único norte que existía era el de la ruta de la droga: Estados Unidos.

El 18 de enero de 1989 una comisión de investigadores llegó a la zona del Bajo Simacota, a las veredas de Puerto Nuevo y La Rochela, para realizar unas indagaciones sobre la muerte y desaparición de varias personas, en especial la de 17 vinculadas al comercio del contrabando. De quienes no se volvió a saber desde el 9 de octubre de 1987, cuando se desplazaban en cuatro vehículos, entre ellos un camión que traía electrodomésticos, tex- tiles y ropa.

Ese día de octubre los contrabandistas traían de Venezuela hacia Medellín una mercancía avaluada en más de 50 millones de pesos. En Puerto Araújo, Santander, a pocos kilómetros de Puerto Berrío, fueron detenidos en un retén del Ejército. Allí fueron retenidos por un tiempo, algunos logran hacer varias llamadas a sus familiares.

Luego de aclarar los interrogantes siguieron su trayecto. Pero más ade- lante en el sitio La Lizama, un grupo de hombres armados los detuvo, al mando estaba un sujeto apodado ‘Vladimir’.

Los comerciantes fueron torturados y sus cuerpos nunca fueron halla- dos. Testigos de los hechos dijeron que fueron asesinados y que los cadáveres fueron arrojados al río Ermitaño, por los lados de la vereda Zambito.

Algunos investigadores llegaron a cuestionar el retén militar. Otros, sin prue- ba alguna, llegaron a sospechar que desde allí se les avisó a los asesinos.

Nueve días después, dos familiares de los desaparecidos llegaron a Puerto Boyacá a preguntar por sus parientes, pero nunca aparecieron, lo que ele- vó a 19 las víctimas. Los carros fueron desarmados y botados a una ciéna- ga por los lados de la hacienda ‘El Diamante’, en el Magdalena Medio.

Aunque para muchos fue una simple coincidencia, en diciembre de 1987 se inauguró con mucha pompa la nueva boutique de Puerto Boyacá: ‘Va- riedades Cuqui’. La propietaria era doña Marina Ruiz, la esposa del pa- trón, Henry Pérez. Los artículos que se vendían eran electrodomésticos, ropa de marca, perfumes y textiles, entre otras prendas.

La justicia comenzó a atar cabos y se iba acercando a los responsables. Fue así como llegaron a La Rochela.

El lunes 16 de enero de 1989, 15 funcionarios judiciales salieron desde San Gil a Barrancabermeja, Santander. La comisión se desplazó a varias veredas de Cimitarra a realizar unas indagaciones. Dos viejos camperos Toyota, uno extralargo rojo y otro corto gris, los movilizaban. Repartie- ron por la región las respectivas boletas de citación. El martes 17 cumplie- ron varias diligencias por la zona de Puerto Capote y Puerto Parra, y deci- dieron dejar para el miércoles 18 el sector de La Rochela.

Antes de llegar a esa vereda decidieron separarse para cubrir más rápido todo el área. Unos cogieron para el caserío en mención y los otros para Puerto Nuevo, ubicado en la margen izquierda del río Opón. Pero no pu- dieron cruzar porque fueron interceptados por unos sujetos armados que se identificaron como miembros de las Farc. Les comentaron que ellos les suministrarían toda la información que requerían, que se regresaran por el resto de la comisión.

Y así lo hicieron. Cuando estaban todos, como a las 11:00 de la mañana, llegó en un campero Samurai blanco, un negro fornido, de mediana esta- tura, al que llamaban comandante y trataban con mucha reverencia. Lucía en su cuello unas cadenas de oro y llevaba puesto un sombrero blanco. Habló despacio con uno de sus hombres y luego se dirigió a la comisión judicial: “A las Farc nos alegra que estén por aquí para aclarar y juzgar los crímenes de los paramilitares”.

Luego de hablar un momento, les comentó a los funcionarios judiciales que el Ejército estaba cerca y que era mejor hablar en otro sitio. Les pro- puso entonces que le entregaran las armas y se dejaran amarrar por si los militares llegaban, ellos dijeran que la guerrilla los tenía prisioneros. Los jueces no vieron ningún problema y aceptaron.

Todos se montaron en sus carros y cogieron por la Troncal de la Paz, que estaba en construcción, hacia Barrancabermeja. La caravana la encabe- zaba el Samurai del negro.

Luego de recorrer dos kilómetros, en el sitio La Laguna, vereda La Roche- la, municipio de Simacota, Santander, el vehículo se detuvo. Los demás hicieron lo propio.

El negro se bajó con un R-15 en la mano y comenzó a disparar contra los ocupantes de los dos Toyotas. Lo mismo hicieron sus acompañantes. Más de 600 vainillas se encontraron en el sitio.

A los heridos los remataron con un tiro en la cabeza. Luego el comandan- te ordenó: “Busquen los expedientes y métanles candela a los carros”. Después comenzó a pintar los vehículos con consignas alusivas a las Farc.

De un momento a otro el negro gritó: “Pilas, vámonos que nos cogió la noche”. Esta frase fue muy parecida a la misma que, también un hombre negro pronunció en la noche del 3 de abril de 1988, en Mejor Esquina: “Pilas, vámonos que nos cogió el día”.

Media docena de cadáveres quedó tirada en la polvorienta carretera y otros tantos dentro de los carros. Tres personas se salvaron milagrosamente de la masacre cuando los criminales las creyeron muertas. Fueron éstas las que reconocieron al negro como responsable del múltiple crimen.

La descripción se refería al ‘Negro Vladimir’. Fue la primera vez que el país escuchó este pavoroso nombre, aunque muchas autoridades ya te- nían referencia de él desde Mejor Esquina.

Esta criminal acción llevó al columnista del diario El Tiempo, Enrique Santos Calderón, a escribir una columna el domingo 22 de enero de 1989 titulada: “Qué hacer con los paramilitares”. En uno de sus apartes decía: “El león se salió de la jaula y nadie parece capaz de salir a cazarlo”. Ya el

desmadre de estos grupos era de conocimiento público, pero la solución estatal no era directamente proporcional al daño que ocasionaban.

Esta acción asustó y sorprendió a muchos en el Magdalena Medio que venían tolerando la situación, ya que esperaban que las cosas volvieran a su rumbo. La reacción de las autoridades no se hizo esperar, el Gobier- no Nacional comenzó a tomar medidas excepcionales como la de dero- gar los decretos que permitían armar civiles y reclutarlos para labores militares.

Además, se creó por Decreto el Cuerpo Especial Armado, CEA. De allí salió lo que se conoció como Cuerpo Élite o Bloque de Búsqueda. Su misión específica era la de perseguir a los grupos armados ilegales, en otras pala- bras a los paramilitares, sicarios, narcoparamilitares y Autodefensas. Con- tra Pablo Escobar y sus hombres cazaron una guerra a muerte.

Se aproximaba el fin de las Autodefensas del Magdalena Medio.

Un sujeto que había llegado a Puerto Boyacá en 1983 como médico y que trabajaba en Acdegam, le asestaría el primer rudo golpe a los cimientos de las Autodefensas. Le reveló al mundo secretos que parecían inenarrables. El sujeto después de enterarse de la masacre de La Rochela, tomó la deci- sión de no trabajar más con esta gente. Esperó unas semanas, una noche durmió pero amaneció a cientos de kilómetros de Puerto Boyacá.

Se presentó a las autoridades colombianas, y fue tal su testimonio que lo llevaron ante el Congreso de los Estados Unidos. Nos referimos a Diego Viáfara Salinas. Fue el tipo que entregó las pruebas, que los medios de comunicación llamaron ‘El Dossier de las Autodefensas del Magdalena Medio’. Todo mundo quedó pasmado con las revelaciones. Viáfara pasó al Programa de Protección a Testigos y se quedó como informante de la DEA.

Relató al mundo paso a paso cómo se contrataron a los mercenarios ex- tranjeros para adiestrar a los escogidos. “Al primer curso, dijo, se ‘matri- cularon’ cincuenta hombres, distribuidos así: De Henry Pérez y ‘El Mexi- cano, 20 y 20. De Víctor Carranza 5 y otros tantos de Pablo Escobar en sociedad con Fabio Ochoa”. También entregó las coordenadas de la finca ‘Cincuenta’ -en Puerto Boyacá- donde se entrenaron los comandos, y ha- bló de los vínculos de los militares del Bárbula, Bomboná y la BR-XIV con Henry Pérez y sus subalternos.

También reveló quiénes eran los verdaderos jefes de las Autodefensas y qué estaban haciendo.

El Gobierno no dudó del testimonio y comenzó la persecución. A la gente de Puerto Boyacá nunca la había perseguido la Policía ni el Ejército, pero esta presión hizo recapacitar a muchos.

Un video revelado al país demostró cómo en el Magdalena Medio se esta- ban preparando escuadrones de la muerte. El general Maza Márquez se encontraba en su búnker del DAS dialogando off the record con un perio- dista extranjero, a quien decidió mostrarle un video que tenía de unos hombres entrenando tácticas de defensa y ataque. Cuando el acompa- ñante del oficial vio al que dirigía la instrucción dijo que lo conocía: Lo identificó como Yair Klein. A los pocos días los videos aparecieron en los noticieros.

Muchos miembros de las Autodefensas comenzaron a desertar y a pre- sentarse al DAS y a la Procuraduría General para pedir protección a cam- bio de testimonios.

La razón: Una serie de acontecimientos les demostró que los ‘barones de la droga’ estaban en otro cuento… en guerra contra el Estado.

En el Magdalena Medio autoridades y miembros de la organización paramilitar no aguantaban la presión, por lo que muchos colaboraron con la justicia.

Fue así como se empezó a armar el expediente contra el ‘Negro Vladimir’, quien se ocultaba en la vereda de Vuelta Acuña, pero iba mucho a su casa en Puerto Berrío ubicada en pleno centro, en la calle 15 con carreras 7ª y 8ª. Un amigo le dijo que había orden de “echarle mano”, pero el ‘negro’ se soltaba a reír.

El lunes 14 de agostó de 1989 ‘Vladimir’ dio una entrevista a un periodista del diario El Tiempo, en donde se describió como un “campesino bueno que no ha hecho nada”. Dijo que vivía del campo, en una parcela que le compró a la Caja Agraria, y que pertenecía al movimiento político More- na, creado por Acdegam.

Al día siguiente, un capitán de la Policía lo citó. ‘Vladimir’ accedió a verse con él en Berrío, el miércoles 16 a medio día en su propia casa. El oficial le iba a contar, supuestamente, que había un operativo contra él.

El miércoles 16, a las 11:00 de la mañana, llegó a Berrío desde Bogotá un avión de la Fuerza Aérea Colombiana con una unidad del Cuerpo Élite de la Policía y una orden de captura. Sin consultar con las autori- dades del puerto, se dirigieron con el capitán que pactó la cita a la casa acordada. ‘Vladimir’ trató de enfrentar a los uniformados con dos escoltas que lo acompañaban, pero el llanto de sus dos hijas y su espo- sa lo detuvieron. Salió a la puerta y gritó: “No disparen, que yo me entrego, no vayan a matar a mi niña”. El oficial al mando de la misión le ordenó arrodillarse y caminar sobre sus rodillas y manos. Se arras- tró sobre el áspero concreto del andén hasta la calle. “No se vaya a levantar porque se muere”, le dijeron. Los escoltas fueron tendidos bocabajo.

Dos policías que parecían gigantes, se acercaron al negro, le pusieron las esposas y lo embarcaron en una camioneta que lo trasladó hasta la Briga- da XIV mientras regresaba el avión. ‘Vladimir’ nunca imaginó salir de esa guarnición –a la que tantas veces entró– rumbo a una cárcel.

Al día siguiente, todos los miembros de la Policía de Berrío fueron rele- vados.

Henry Pérez comenzó a colaborarle con plata y abogados a ‘Vladimir’. A la esposa le montó un negocio en Puerto Berrío para que viviera de él.

Pero la pelea entre Pérez y Pablo Escobar hizo que el ‘negro’ pasara al olvido para todos.

Entonces ‘Vladimir’ se dedicó a escribir cartas a la gente clave de las Autodefensas y a algunos militares. Allí exponía su situación económica y demás penas. Los que le mandaron la liga43 se salvaron; los que no enviaron nada, fueron víctima del ventilador que prendió. Un juez lo mandó para la cárcel del Barne, en Tunja. En ese lugar el frío lo estaba matando. Entonces mandó una carta en donde prometía colaborar con la justicia a cambio de un inmediato traslado a Palmira, Valle.

La principal víctima de sus declaraciones fue el general Faruk Yanine Díaz. Cuando le había contado todo a la justicia, envió otras cartas a gente clave, pidiendo dinero para retractarse.

43 Propina que se da por un favor o mandado.

La otra guerra

La gente no había salido del asombro ni digerido los más de seiscientos crímenes que las autoridades atribuían a ‘Vladimir’, cuando dos hechos, dos días después, abofetearon al país. El calendario marcaba el 18 de agosto de 1989. El primero de los episodios se registró en Medellín.

En la mañana una ráfaga de fusiles de asalto R-15 sacudió a los tran- seúntes de una de las avenidas de la capital antioqueña. Varios hombres dispararon con sevicia contra la camioneta del condecorado oficial Valdemar Franklin Quintero, comandante de la Policía de Antioquia.

Al conocer el crimen, una solidaridad de cuerpo empezó a invadir a varios oficiales honestos de la Policía que veían cómo ya habían matado a un Comandante y que los próximos podían ser ellos.

Pero faltaba otro terrible crimen ese día para acabar de sacudir al país. Éste se perpetró a 389 kilómetros de Medellín, en la localidad de Soacha, a las afueras de Bogotá.

En la noche, una ráfaga de ametralladora acabó con la vida del aspirante presidencial por el Partido Liberal, Luis Carlos Galán Sarmiento.

Aunque las autoridades atribuyeron este asesinato a los narcotra- ficantes: Escobar y Rodríguez Gacha, muchos se preguntan si este cri- men fue el resultado del ‘pedaleo’ de algunos líderes políticos de An- tioquia y otras ciudades, que “se la pasaban en ‘Nápoles’ visitando al patrón”.

Nada iba a ser igual para las Autodefensas o paramilitares del Magdalena Medio, la espiral de la muerte en que nunca se pensaron meter los estaba avasallando.

El asesinato del coronel Valdemar Franklin Quintero llenó de coraje y co- jones a una parte del Alto Mando de la Policía, que se atrevió a combatir con decisión al narcotráfico. Y el crimen de Galán les dio el respaldo polí- tico que nunca habían tenido.

Una facción de la organización de Escobar empezó a ver con preocupa- ción la actitud terrorista del capo. Incluso, uno de ellos avizoró lo que estaba por venir si no detenían al narcotraficante.

Algunas personas tomaron la decisión de ayudar a las autoridades en- viando informes secretos. Hubo un informante muy importante en los registros del DAS con el código ‘Alekos’. Un dato de esta fuente le salvó la vida al candidato presidencial César Gaviria Trujillo a finales de 1989.

En una casa cercana al aeropuerto Olaya Herrera se encontraron unas bazucas para atentar contra el avión del aspirante cuando se aproximara a la pista. El hallazgo lo hizo una unidad del Bloque de Búsqueda al man- do del coronel Martínez Poveda.

Con el pasar del tiempo, Escobar Gaviria empezó a ver con recelo al her- mano menor de su amigo Fidel Castaño, Carlos. “Pero no tenía la prueba reina para arrancarle. Más bien aparentaban darse una mutua confian- za para ver quién daba primero la mamada44, para uno matar al otro”. Pero cuando el capo quedó recluido en ‘La Catedral’ le pegó dos ‘envionazos’ a Carlos Castaño, quien por ser tan ‘arisco’ se salvó.

Por otra parte, todos los acontecimientos y atentados de la llave terroris- ta: Escobar Gaviria – Rodríguez Gacha, contra el Gobierno y el Estado colocaron a Henry Pérez por primera vez en peligro. Ya no podía entrar a Puerto Boyacá como antes, nunca había sido perseguido por la justicia. Persecución que arreció después de cada acto criminal de sus socios y patrones: Luego del bombazo contra Maza Márquez el 30 de mayo de 1989… el asesinato del gobernador de Antioquia, Antonio Roldán Betancur, el 4 de julio… el crimen de Valdemar Franklin Quintero, el 18 de agosto… de Luis Carlos Galán, el mismo 18 de agosto… de la bomba al diario El Espectador, el 2 de septiembre… a las sedes políticas ubicadas en Bogotá, el 21 de septiembre… al hotel Hilton de Cartagena, el 25 de septiembre…

44 Oportunidad.

al avión de Avianca, el 27 de noviembre… al edificio del DAS, el 6 de di- ciembre. Ya Henry estaba casi ‘maduro’ para hacer un trato con él.

Después de la muerte de Luis Carlos Galán, el Cuerpo Élite, la nueva uni- dad de asalto de la Policía Nacional, se tomó la hacienda ‘Nápoles’, allí montó su cuartel general. Comenzó entonces la persecución de mafiosos por toda la región, en especial los que estaban por los lados de ‘Parcelas California’, el exclusivo lugar donde pernoctaban algunos narcos que iban a visitar a Escobar. La construcción de varias vías de acceso y de atajos que tenía ese lugar, le salvó la vida a más de un narcotraficante.

Hay un aparte que nunca se supo con respecto al primer oficial que en- viaron a Medellín a perseguir a Escobar, después del asesinato de Valdemar Franklin Quintero y Luis Carlos Galán. El escogido fue Rosso José Serra- no. Lo mandaron porque había sido compañero de Quintero, “pero a los cuatro días se regresó a Bogotá a pedir ‘cacao’ y fue reemplazado”. Un general retirado de la Policía comentó a sus colegas en un día de pesca: “No sé como sale a decir que él acabó con los narcotraficantes, si él se regresó asustado de Medellín. Recuerdo que dijo que eso estaba peligroso, que no había en quien confiar. Se regresó y no hizo nada. Para terminar de joder se autoproclama el personaje de Colombia poniendo a votar a los familiares de todos los policías del país en una encuesta de una cadena radial”.

Henry Pérez empezó a dejar de ser el reyezuelo que era en la región, ya miembros de la Brigada XIV también lo perseguían, con excepción de su amigo y comandante del Bárbula, coronel Luis Arsenio Bohórquez Montoya.

Estaba a punto de iniciarse el Apocalipsis… pero la operación.

La llegada del hombre indicado

“En ocasiones el destino de una nación depende de la integridad de un sólo hombre”.

Cita del escritor Mark Bowden haciendo referencia al general Hugo Martínez Poveda.

Luego de la masacre de La Rochela, el Gobierno del presidente Virgilio Barco decidió crear unas unidades especializadas para atacar el crimen organizado. Para inicios de 1989 operaban los Grupos de Operaciones Especiales, Goes, que fueron reemplazados por el Comando de Operacio- nes Especiales, Copes, con sede en una escuela de formación en El Muña, Cundinamarca. De allí salió lo que se conoció como el Cuerpo Élite. Llega- ron a ser 1500 hombres, altamente entrenados por oficiales y suboficiales especializados en España, Francia, Israel, Inglaterra y Estados Unidos. Para diferenciarse de los demás agentes de la Policía usaban sombreros. La principal diferencia con el resto de la tropa radicaba en el entrena- miento y en que tenían plena autonomía operacional y económica, ade- más de estar muy bien equipados. Esta reestructuración hacía parte del Comando Especial Armado, CEA.

Después de la fuga de Pablo Escobar, en 1992, la prensa colombiana bau- tizó a un grupo de estos hombres como el Bloque de Búsqueda.

A pesar de las guerras que se han librado, Colombia es un país extraño. No tiene héroes sino antihéroes. Pareciera existir una fobia a reconocer las grandes gestas de algunos compatriotas. Sólo se les hace algún reco- nocimiento en las catedrales o iglesias durante las honras fúnebres. Allí es donde la generosidad de elogios brota de tal manera que el resto del país termina dudando de lo bueno que se le atribuye al finado.

Pero en la Policía Nacional y en el Ejército hay cientos de héroes anónimos cuyo premio a sus proezas es una anotación de felicitaciones en su hoja de vida.

Por ejemplo, Colombia no tendrá cómo pagarle al presidente Virgilio Bar- co Vargas su entereza por enfrentar al crimen organizado y el narcotráfico.

Que hubo muchos inocentes que perdieron la vida, sí es cierto, pero no los mató él sino los delincuentes. Y había que atacar con dureza al crimen organizado.

Sólo el tiempo juzgará si el costo que se pagó por frenar a Pablo Escobar valió la pena y si las acciones fueron las acertadas. Aquí es donde el pragmatismo de los norteamericanos da lecciones cuando decide ir tras un criminal.

Uno de los oficiales más destacados de la Policía Nacional, a quien nunca le ha gustado la ‘vitrina’ ni los elogios, es Hugo Martínez Poveda, coman- dante del Bloque de Búsqueda que acabó con Pablo Escobar Gaviria. Otros uniformados que merecen igual reconocimiento en esta persecución, son el general Miguel Maza Márquez, el general Jaime Ruiz Barrera, el coro- nel Valdemar Franklin Quintero (q.e.p.d) y el coronel Jaime Ramírez Gómez (q.e.p.d), entre otros.

Colombia ni siquiera recuerda los rostros de muchos de ellos, pues a las ruedas de prensa de las autoridades va el jefe y ni siquiera llevan al oficial o suboficial que sobre el terreno comandó la acción exitosa. Pero cuando no se cumple el objetivo, aparecen los ‘chivos expiatorios’ por montón.

Cada vez que el joven Hugo Martínez veía llegar a su pueblo a los amigos que se habían ido para la Escuela de Oficiales de la Policía ‘General Santander’, le daba “envidia de la buena”. Sabía que él también podía llegar con el uniforme de gala a su humilde casa y sorprender a sus pa- dres. Quería que se sintieran orgullosos y, luego, salir a la calle para que las muchachas supieran que llegó.

Pero la situación económica de su padre era limitada. Tenía que alimen- tar y educar a 9 hijos. Él era el cuarto y, además, gemelo.

Su papá se batía como un león en el trabajo. Era artesano, tenía un alma- cén donde vendía y reparaba artículos de cuero. Además era propietario de una cafetería, y los fines de semana administraba una piscina, que también era bailadero. Gracias a esa dedicación, todos terminaron bachi-

llerato y fueron a la universidad. Doña Rita, su madre, era la que ponía la correa y la mano dura en la casa.

Hugo Martínez Poveda hizo la primaria en el pueblo, y el bachillerato de internado en un municipio ubicado a 5 horas en carro desde su casa.

Su mamá tenía la creencia que eso de la Policía era demasiado costoso, aunque tal vez esa era la excusa para esconder el miedo que le daba que a su gemelo le fuera a pasar algo. Por eso le insinuó a su hijo cuando terminó bachillerato que se presentara a la Universidad Nacional, en la que no había que pagar mucho.

Hugo se presentó en 1964 a la Facultad de Arquitectura y pasó. Pero apa- reció un problema. Había que demostrar que poseía familia en Bogotá, que respondiera por él, pero no tenía a nadie. Esto le abrió la posibilidad de presentarse a la Academia de Policía que no pedía ese requisito sino llevar a un acudiente que podía o no ser un familiar. Además, averiguó que no debía pagar mucho. No era como hoy, que cobran todo.

La mayoría de los admitidos era de familias humildes. Todos llegaron en bus desde sus pueblos. Dicen que los pocos ricos que entran, seducidos por el uniforme, no demoran.

La Escuela les había exigido llevar un baúl y muchos llevaron dos. Un com- pañero que venía desde Popayán llegó un domingo. Como su acudiente era un parlamentario, se fue al Congreso a buscarlo con equipaje incluido. Por obvias razones, le tocó pasar la noche allí, en vela, cuidando el baúl.

Al llegar a la academia, dos de sus paisanos eran alférez: Jairo Rodríguez y Rosso José Serrano. En esa época se era un año cadete y otro alférez, luego se salía como subteniente. Pero ese año el Gobierno le exigió a las academias dos años de carreras profesionales, por lo que toda la instrucción se fue a tres. Martínez Poveda hizo dos de Derecho, pero el Ministerio de Educación echó atrás el plan de estudios. Les valieron lo estudiado pero no tuvieron tiempo para ascenderlos a alférez. Se graduaron 47 de 150 que entraron.

Salió de subteniente para la estación Restrepo, en Bogotá, a prestar vigi- lancia. A los pocos días aprendió su primera lección, que no olvidó nunca y que hasta le sirvió años después cuando persiguió y dio de baja al delin- cuente más peligroso de Colombia.

Una noche, estando de turno en la estación, recibieron una llamada de una desesperada señora que estaba siendo maltratada, junto a su esposo, por su hijo que se encontraba bajo los efectos de la marihuana. El tenien- te les dijo a su conductor y a otro agente que él se encargaría de todo. Confiaba en sus condiciones y en lo aprendido. Cogió su bastón de man- do, le hizo una llave al sujeto y lo inmovilizó. Pero el capturado pegó un brinco, se salió de la llave, se golpeó con el bastón y levantó a trompadas a Martínez, a otro policía y nuevamente al papá. El oficial le dijo al otro tripulante de la patrulla, un veterano uniformado, “cójalo como usted sabe”. El hombre tomó el bolillo y le dio severo garrotazo detrás de las rodillas. El tipo cayó al suelo. “Así es que se coge, mi teniente”, le dijo el agente señalando al piso.

A los tres años fue herido y se enfrentó por primera vez a la muerte. Es- tando de subcomandante de Distrito en Pacho, Cundinamarca, una no- che se presentaron unos ciudadanos a quejarse de los abusos de dos poli- cías borrachos en un bar del pueblo. El oficial mandó por ellos y ordenó que cerraran el establecimiento. Al rato llegaron con uno que venía gri- tando. El teniente preguntó por el otro y le contestaron: “Dijo que si es tan guapo que vaya usted y lo saque”. Amarraron al borracho y se retiraron. A los minutos llegó el otro ebrio y al ver a su compañero atado sacó una carabina San Cristóbal de 30 tiros y todos los que estaban en la estación salieron huyendo. Martínez, que estaba en piyama, al escuchar la gritería se asomó desde un segundo piso y vio en el patio al agente armado. Se metió a su alcoba, cogió su revólver y se lo metió en el bolsillo de una bata que se puso. Bajó con las manos en los bolsillos, se acercó donde el policía y le hablo: “Tranquilo, ¿qué le pasa? muestre, preste esa arma”. Acto se- guido estiró la mano para tomar la carabina, pero recibió como respuesta un rafagazo. Cayó al suelo, trató de sacar su arma pero la aguja percutora se enredó en el bolsillo. Empezó a rodar sobre su cuerpo, sintió un que- món en una pierna. Desenredó su revólver y disparó desde el suelo seis veces. El agresor murió. Había hecho 27 disparos, uno hirió al oficial en una pierna. Vino una larga investigación pero fue exonerado de toda res- ponsabilidad. Días después los hermanos del muerto reconocieron ante él que su familiar iba a terminar así por su mal comportamiento.

Al llegar a capitán se hizo el propósito de terminar la carrera de Derecho y lo cumplió. Se graduó como abogado en la Universidad Libre, de Bogo- tá. Después se especializó en Derecho Administrativo. En la Institución se capacitó en Policía Judicial, Inteligencia e Investigación.

El amor lo llevó a cometer una desobediencia que pudo costarle la ca- rrera. Estaba muy enamorado y se quería casar, pero de subteniente estaba prohibido. A todos los que pedían permiso se les negaba, por lo que decidió hacerlo sin informar. Se casó y cuando ascendió a teniente notificó su nuevo estado. Otros enamorados comenzaron a hacer la misma ‘perrada’.

El hecho de alternar el curso para mayor con la especialización en Dere- cho Administrativo, no le impidió ocupar el primer lugar de esa promo- ción. Lo nombraron comandante de la Novena Estación, en Bogotá. Le recibió a Rosso José Serrano.

Como premio por haber sido primer puesto en el curso de ascenso, lo enviaron a España. Se fue un año a estudiar Criminología en la Universi- dad Complutense de Madrid. A su regreso ocupó por dos años la Jefatura del F-2 en Bogotá. En el curso a teniente coronel ocupó nuevamente el primer lugar, uno de sus compañeros fue Teodoro Campo.

Luego de ser comandante de la Escuela de Barranquilla y de Distrito en Caldas, en julio de 1989 llegó a la Subdirección de la Escuela General Santander. No podía quejarse de su carrera tanto académica como poli- cial. Pero ese palmarés no era suficiente para llegar al máximo grado. Había que estar en operaciones contundentes para que no existiera nin- guna clase de objeción. Sabía de muchos que con una insignificante hoja de vida habían llegado a general, pero en la cancha de tenis y en los baños turcos se conocía la verdadera razón del ascenso: Lambonería.

El coronel Martínez Poveda sabía que él jamás haría eso, prefería pedir la baja. Además nunca le gustó la ‘vitrina’ ni la adulación. Era fiel seguidor de ese pasaje del Nuevo Testamento que reza: “Que tu mano derecha no sepa lo que hace tu izquierda”.

Y la misión importante que esperaba llegó una tarde. Le pidieron que se desplazara a la Dirección General urgente. Allí le dijeron que iba a coordi- nar todas las fuerzas que estaban en Medellín buscando a Pablo Escobar. Le agregaron, que sería un comando rotativo, que cada quince días llega- ría un nuevo comandante.

A los pocos minutos le trajeron una hoja donde se notificaba su traslado a una unidad llamada: Comisión Especial a Medellín.

El primer problema con el que se enfrentó fue con la desconfianza. Nadie creía en nadie. Tuvieron hasta que censar a las personas que vivían alrede- dor de la Escuela Carlos Holguín, todos los teléfonos fueron intervenidos y las empleadas del servicio puestas en cuarentena. Pero a las pocas semanas una operación le daría la confianza y credibilidad suficientes para ser lla- mado comandante del Bloque de Búsqueda: La Operación Apocalipsis.

A mediados de noviembre de 1989, Pablo Escobar se había refugiado en la finca ‘El Oro’, al frente de la Estación Cocorná, a la margen izquierda del río Cocorná. Allí estaba con sus lugartenientes y otros capos. A esta pro- piedad se llegaba sólo por el río o por aire.

Muchas personas que no le quisieron vender a Escobar sus tierras por esa zona, corrieron la escritura bajo tierra. Así sucedió con un matrimonio de extranjeros que residía allí cerca.

Ramón Isaza recuerda lo que Escobar hizo en una ocasión con el casero de la finca ‘El Oro’. El humilde hombre se fue para Puerto Triunfo a reali- zar unas compras. Allá se encontró con un comandante de Policía que le preguntó si el ‘patrón’ estaba en la hacienda, a lo que el empleado contes- tó que sí. El uniformado esperó que se fuera y llamó a una central de radio y le dijo a Escobar: “Patrón, tiene un sapo con usted. Le pregunté que si usted estaba allí y me dijo que sí”. Al regresar el casero lo amarra- ron a un palo, le echaron gasolina y lo prendieron.

Según testimonios en esta finca se planeó el atentado al Das. Estuvieron presentes Pablo Escobar, Rodríguez Gacha, Albeiro Areiza (a) ‘El Cam- peón’, ‘El Arete’ y ‘El Chopo’. ‘El Mexicano’ empezó la reunión comentan- do: “La vez pasada fallamos por haberle puesto sólo 150 kilos de dinami- ta, ahora le vamos a meter más de una tonelada de amoniacal. Hay que borrar el edificio”.

Por medio de inteligencia electrónica y humana el coronel Martínez Poveda, comandante de la fuerza Élite, logró ubicar a Escobar. Montó la opera- ción que se denominó Apocalipsis. Como tiempo después se montó otra por la misma región, decidieron repetir el nombre y agregarle el dos.

Cuatro días antes de ser ubicado Escobar en la finca ‘El Oro’, Carlos Cas- taño llegó al sitio a visitar al capo y a Jorge Luis Ochoa.

Los encargados de la inteligencia electrónica grababan todos los días, en unos viejos equipos de rastreo de comunicaciones, hasta 5 casetes de con- versaciones que se emitían por las frecuencias vigiladas. En las noches el coronel empezaba a escuchar uno por uno. En una ocasión escuchó la voz de Escobar cuando pedía que le llevaran una muchacha. La comuni- cación se captó en la zona del Magdalena Medio. A los pocos días dos jovencitas del colegio Estatal de Medellín, Lina María, de 16, y Yanira, de 15, llegaron a la hacienda. Varios agentes lograron seguirlas hasta el Mag- dalena Medio, pero tuvieron que abstenerse de continuar con la vigilan- cia para evitar ser descubiertos.

Paralela a esta interceptación llegó al DAS una información sobre la posi- ble ubicación de Escobar. Ésta iba acompañada de un enredado plano de la zona. El controlador del informante hizo saber que necesitarían un guía para llegar al lugar.

Enviaron a un campesino apodado ‘Ponzoña’, quien, en compañía de dos agentes de inteligencia, recorrió la zona en un carro, llevaban camuflado un escáner y escuchaban todas las comunicaciones. Oían cuando estaban reportando el vehículo en donde se movilizaban, pero siguieron su camino y luego los reportaron otra vez “sin novedad”. ‘Ponzoña’ señaló la entrada a Estación Cocorná, pero siguieron derecho, ya que por allí sólo entraban los moradores del caserío y los que llegaban al puerto, para que los cruzaran a donde el patrón. Por ese camino habían entrado las dos muchachas.

El guía les comentó que nunca había ido a la finca. Que sólo conocía la entrada que estaba situada a la orilla del río, allí había unas escaleras inmensas por donde se subía.

‘Ponzoña’ no había dormido en casi toda la noche, por eso cuando el coro- nel Martínez ordenó levantar a sus hombres aquella madrugada del 22 de noviembre de 1989, él estaba despierto y muerto del susto. Iba nada me- nos que a guiar a esta fuerza de élite a capturar o a matar a Pablo Emilio

Escobar Gaviria, el enemigo público de Colombia. El guía conocía la re- gión de Doradal, Puerto Triunfo, La Danta, Aquitania, Cocorná y gran parte de la zona de río Claro y Cocorná como su casa… pero desde el aire las cosas no son como en tierra.

Seis helicópteros partieron desde Barrancabermeja y lo hicieron a muy baja altura, en lo que se conoce como vuelo aerotáctico, para evitar ser vistos y para que el sonido de los aparatos no recorriera mucha distancia. Iban en sentido contrario por el río Magdalena y luego se desviaron, para coger el Cocorná. Iban a ser las siete de la mañana. Otros 150 uniforma- dos se aproximaron en varios camiones y cerraron las vías que creían podían ser de escape.

Para ‘Ponzoña’ desde arriba todo era verde y nada se le parecía a lo que había recorrido y conocido.

La desorientación del guía era desesperante. De un momento a otro co- menzó a gritar: “Aquí es, aquí es, aquí es”. Pero los helicópteros ya esta- ban sobre la finca. Y comenzaron a ser impactados por tiros de fusil que disparaban los escoltas de Escobar.

Los minutos en que estuvo desorientado el guía fueron los necesarios para que Escobar y Jorge Luis Ochoa se volaran de la hacienda ‘El Oro’. Mario Henao Vallejo, cuñado de Pablo, murió en el ametrallamiento que realiza- ron los helicópteros artillados.

Aunque aterrizaron lejos de la propiedad capturaron a 60 personas, deco- misaron 35 fusiles R-15, dinamita, una completa red de comunicación y una camisa con la cédula de Escobar. En los radios confiscados escucha- ban la voz del capo.

Una escuadra del Cuerpo Élite se metió en la selva a buscar algún sendero, pero se perdieron. En la tarde llegó el general Carlos Julio Gil Colorado con la orden de bombardear el área, pero el coronel Martínez Poveda impidió la acción hasta tanto no aparecieran sus hombres, que lo hicieron hasta el día siguiente. Como no conocían nada de la zona, Escobar se les escapó.

En la misma zona de búsqueda montaron el centro de mando y el cambuche para pasar la noche. Martínez y otros oficiales llevaban 72 ho- ras sin dormir, se acostaron a las 7:00 de la noche. A las 10:00 un helicóp-

tero apareció con unos potentes reflectores alumbrando la zona, se le- vantaron agitados y pensaron que el aparato buscaba a Escobar para sacarlo del cerco. El oficial se disponía a ordenar disparar, cuando su se- gundo al mando, el mayor Leonardo Gallego, escuchó la voz del mayor Óscar Naranjo por el radio, quien llegaba a colaborar en la búsqueda. Estuvieron a punto de derribarlo.

Pablo cruzó el río y se tiró para ‘Nápoles’, luego cruzó la Autopista y se metió para la parte de atrás de las Parcelas California. Allí esperó a que se ‘enfriara’ la vaina.

El encargado de las grabaciones registró una conversación en donde Es- cobar exigió que le reclamaran a la gente que tenía en el Ejército y Policía por no ‘cantarle’ con tiempo el operativo. “Y mándeme a traer a ese malparido del radar (base aérea de Palanquero), para ver qué pasó con ese guevón, que no avisó”, reclamó por el radio. También pidió con ur- gencia el nombre y un perfil del tipo que comandó la acción, para ver si estaba en nómina… si no para incluirlo… o para darle plomo.

Fue la primera operación de envergadura contra Pablo Escobar, no parti- cipó ningún gringo ni tampoco hubo ayuda técnica o electrónica de los norteamericanos ni de otro país.

Fue una acción cien por ciento criolla.

Después de esta operación contra el ‘Barón de las Drogas’ llegó la ayuda norteamericana, que constaba del avión plataforma que ubicaba las se- ñales de emisión desde donde hablaba Escobar. Pero el margen de error era muy grande.

Al inicio, si se conocía la frecuencia por donde se comunicaba se le pro- gramaba al escáner hasta esperar que hablara. Si esto no ocurría, tocaba

monitorear por semanas y grabar voces, que se iban metiendo a un archi- vo con un código. También la búsqueda dependía de las ondas de radio por donde se comunicaban los delincuentes. Unas veces lo hacían por Walkie-Talkie, punto a punto, antenas repetidoras que iban desde ‘Nápoles’ hasta Medellín, VHF y un artesanal sistema de trunking. Cuando se ubi- caba la emisión llegaban a las repetidoras. Con el pasar del tiempo, la táctica de rastreo fue mejorando.

Escobar siguió moviéndose por el Magdalena Medio. Muchos de los traba- jadores de las Autodefensas se fueron con él porque pagaba mejor. Ya las lealtades no eran cuento de causa ni de principios sino de billete. Un co- mandante paramilitar apodado ‘Veinticuatro’ (24), escogió al capo como su nuevo jefe, lo cual no le impedía seguir copiándole45 a Henry.

1989 no fue un año del todo negro para las autoridades. Una contunden- te acción de la Policía Nacional, comandada por un oficial de apellido Gallego, acabó con el narcotraficante y jefe militar del Cartel de Medellín, José Gonzalo Rodríguez Gacha. Cayó abatido en medio de unas plataneras, en la finca ‘La Lucha’, en Tolú, Sucre, el viernes 16 de diciembre, cuando se enfrentó a un grupo de uniformados. Gracias a ese positivo, la Navidad no fue tan amarga para la Policía.

Con la muerte del ‘Mexicano’ se oficializó la segunda ruptura de los gru- pos de Autodefensas del Magdalena Medio. La primera se dio con el asesi- nato del socio de Víctor Carranza, el viejo Gilberto Molina. Que fue orde- nado por José Gonzalo Rodríguez Gacha.

Rodríguez Gacha era el socio de causa de Henry Pérez, y el que lo apoyaba en su lucha antisubversiva, con su muerte quedaba un único patrón…

45 Obedecer.

Pablo Emilio Escobar. Un leve malestar sofocó el cuerpo de Henry, la cosa se estaba complicando.

La serie de asesinatos y atentados de Escobar contra personalidades y autoridades del país obligó a los organismos de investigación a indagar cómo funcionaba este aparato criminal.

Ya antes, en abril del 89, unas declaraciones de Maza Márquez, basadas en testimonios de desertores, revelaron los vínculos mafia-Autodefensas, que involucraba también a algunos militares, resquebrajaron la imagen que muchos tenían de las Autodefensas. Después de la masacre de La Rochela y el crimen de Galán, el Gobierno le cayó con todo al narcotráfico, el crimen organizado y los grupos armados del Magdalena Medio. Pero los enemigos de las Fuerzas Militares usaron estas individuales acciones para señalar que la práctica del paramilitarismo era una actividad institucional y una política estatal. Hasta el día de hoy el Estado libra otra lucha para demostrar que no es así.

“Matemos a ese hijueputa ahora…”

Entre los hombres de confianza de Henry Pérez estaban viejos líderes cam- pesinos, que eran comandantes de grupos de Autodefensas. Uno de ellos era Ramón Isaza, un hombre muy humilde, bajito, pelo quieto y piel tri- gueña; de voz grave, de un trato deferente para con los demás, incluidos sus subalternos. Por su manera, se ganó el respeto y aprecio de sus hom- bres. Fue amiguísimo del viejo Gonzalo y amigo de Henry Pérez.

Ramón Isaza es uno de los pocos miembros que quedó de aquel para- militarismo puro que nació en el Magdalena medio. Es de la región de Argelia, una vereda muy cercana al río Cocorná y Claro. Desde joven fue protegido de uno de los curas López Arroyave. El Ejército que había empe- zado a reclutar campesinos para la lucha antisubversiva se propuso arre- batárselo. El sacerdote se da cuenta y una mañana le dice a Ramón, quien era temeroso de Dios, “anoche el Señor me mostró un sueño en donde me vendes”. Isaza se asustó. Días después un tipo llegó con una escopeta y casi lo mata. Salió huyendo y se presentó, junto con su amigo ‘El Mono’ Celín, en un batallón. Comenzó a trabajar como guía. Por su fogosidad y lealtad llegó con el tiempo al Estado Mayor de las Autodefensas del Mag- dalena Medio. Fue de los primeros en presentir el fin de la Organización antisubversiva cuando se apoderaron de la región Escobar y ‘El Mexica- no’. “El narcotráfico no nos dejó ni un solo camino a las veredas, lo único que dejó fue la mala fama y la tragedia”, recuerda.

Henry lo escuchaba mucho, pero el día que más debió oírlo no lo hizo.

El viejo Ramón veía que Escobar los quería meter como fuera en la gue- rra contra el Estado y se lo advirtió a Henry. Además, le comentó que Escobar comenzó a extorsionar a los ganaderos de la región para com- prar explosivos y atentar contra inocentes y el Gobierno.

Después de la muerte de Rodríguez Gacha, Escobar citó en ‘Nápoles’, que ya había sido desalojada por el Cuerpo Élite, a Henry Pérez. Este último fue en compañía de Ramón y varios de sus hombres. Arribaron a las 4:00 de la tarde en cuatro camperos, esta vez iban más armados que de cos- tumbre. Entraron y a un lado de la piscina estaba Escobar sentado frente a una mesa sobre la que se podían ver varios documentos y recortes de

periódico. El ‘Patrón’, sin embargo, no estaba leyendo en ese momento, sino disfrutando de un tabaco de marihuana.

El ambiente era sofocante por la alta temperatura, y tenso por el tema a tratar. Escobar fue al grano. Le pidió a Pérez que le entregara a unos hacendados que no querían apoyarlo para la guerra. Henry se negó y le dijo que no podía ayudarle en su pelea contra el Estado, porque su lucha era netamente antisubversiva. Pablo se molestó y le dijo que pensara bien las cosas, que después volvían a hablar. Antes de despedirse le recordó que ahora era él quien daba el billete, haciendo alusión a que ‘El Mexicano’ estaba bajo tierra y los muertos no giran plata.

Henry y Ramón se levantaron, se despidieron y caminaron hasta el parqueadero. Allí el viejo se le acercó a Pérez y le dijo: “Matemos a ese hijueputa ahora, Henry. Mire que no tiene casi escoltas, matémoslo aho- ra”. El líder paramilitar se quedó unos segundos pensando, se giró y miró hacia donde estaba el narcotraficante y respondió: “Vámonos, otro día regresamos y lo jodemos”.

Se notó que Henry no conocía del ‘aspero’ comentario popular que dice: Cuando tu enemigo agache el cuello… ¡córtaselo! Tuvo la ocasión y la perdió… pero Escobar no desaprovechó su oportunidad.

Pérez empezó a recibir propuestas de organismos de inteligencia del Esta- do para que se uniera a la guerra contra Escobar. Se empezaba a ventilar una salida jurídica para ellos si capturaban o mataban al capo. Henry tomó la determinación de ‘torcérsele’ al ‘patrón’, y se comprometió con el Gobierno a entregar al narcotraficante. Ramón Isaza lo apoyó, pero le recriminó el no haberlo escuchado aquella tarde en ‘Nápoles’ cuando fue- ron a hablar con Escobar.

Henry Pérez se fue a donde el general Rodolfo Herrera Luna, que en 1990 había llegado como comandante de la Brigada XIV. Pérez le ofreció una valiosa información al general y al Cuerpo Élite de la Policía.

Con esos datos se montó la logística para la que sería la última operación por aire, tierra y ríos contra Pablo Escobar Gaviria en el Magdalena Medio.

Arrancó Apocalipsis II.

Henry sabía que Escobar estaba en la zona de Aquitania. Hacía tan sólo unos días habían vuelto a hablar. El líder paramilitar hizo un plano y lo envió al Cuerpo Élite. Los uniformados decidieron meter una avioneta con un guía para tomar unas aerofotografías. El informante también re- sultó desorientado, pero alcanzó a detallar una amplia zona en donde podía estar la caleta, no se sobrevoló por mucho tiempo el área para evi- tar ser descubiertos.

A la media noche del 6 de julio de 1990, bajo un terrible aguacero, 100 miembros del Cuerpo Élite llegaron acompañados de un informante de Pérez, en tres camioncitos a un punto previamente acordado. De allí si- guieron a pie, sigilosamente, hasta cruzar un puente en la vía que va a Aquitania. La oscuridad y la intensa lluvia que caía no los dejaron ver las decenas de canecas con dinamita que tenían reservadas para intrusos como ellos. Los centinelas de Escobar tampoco pudieron ver a las perso- nas que pasaron por su puesto de vigilancia.

Al amanecer llegaron a la caleta que el guía conocía, pero ya no había nadie. Por lo que encontraron, dedujeron que Escobar había estado allí. El narcotraficante tenía por costumbre recibir a las visitas en una parte y dormir en otra. Lo que tenían claro era que estaba en la zona, por lo que metieron ocho helicópteros al área.

Aunque las autoridades lo desmienten categóricamente, otros testigos aseguran que aquel sábado 7 de julio de 1990, fecha en la que se inició la Operación Apocalipsis II, Henry de Jesús Pérez iba en uno de los ocho helicópteros que participaron en la misión. Había un cerco por tierra, agua y aire que parecía infranqueable.

Henry, por medio de su radio operador, que se encontraba en tierra, se comunicó desde el helicóptero con Escobar. Conocía la frecuencia porque con el capo iba el comandante paramilitar ‘24’. El narcotraficante, tam- bién por medio de su enlace radial le respondía: “Hermano, me persigue el Ejército”. Pérez lo persuadía a que se moviera para una zona que pre- viamente había acordado con las autoridades llevar al capo para emboscarlo. Pero Escobar, que era tan receloso, y que había empezado a sospechar desde hacía un tiempo que el paramilitar se le estaba ‘torcien- do’, se le movía en sentido contrario.

Como los helicópteros se desplazaban a muy baja altura, el oficial que iba al mando en uno de los aparatos divisó a un motociclista, le pareció sos- pechoso que en un sitio tan despoblado un civil se estuviera moviendo. Ordenó a los hombres en tierra detenerlo.

El sujeto fue abordado por varios uniformados. Lo interrogaron y el cap- turado dijo no conocer nada. Uno de los miembros del Cuerpo Élite llevó sus manos a la espalda y desató de su morral una pequeña pala. Se la pasó a uno de sus compañeros y le dijo: “Cava detrás de aquellos matorra- les un hueco grande para echar a este hijueputa y la moto”.

El pánico se apoderó del individuo que se ofreció a llevarlos hasta una escondida vivienda que había visto “por allí”. El tembloroso motociclista señaló una dirección con el dedo.

Al rato, el mismo Pablo Escobar le salió al radio a Henry Pérez y lo increpó:

– “Henry, vea hijueputa, dejémonos de payasadas, usted me vendió y pre- párese para la guerra. Le voy arrancar”.

La emboscada había fracasado.

Ante tal situación el Grupo Élite estableció un amplio perímetro en donde creían que el capo debía estar moviéndose, se procedió a ametrallar y bombardear toda el área.

El amedrentado guía los llevó hasta una rústica construcción de tabla, que se asemejaba más a una guarida que a una casa de las que acostum- braba usar el capo para esconderse.

Debajo de una cama había una culebra muerta a tiros. Martínez Poveda comentó por radio a sus superiores: “Mi general, ya este tipo vive es con las culebras”.

A pesar de ser descubiertos continuó la operación por varios días. En una caleta encontraron unos uniformes, aún ensangrentados, de varios agentes que había ordenado asesinar Escobar a la salida de Cementos Río Claro. También hallaron fusiles, munición y dinamita. Fueron capturadas más de 50 personas entre las que se encontraba Hernán Henao, alias H.H., administrador de ‘Nápoles’. Este se acercó esposado hasta donde el coro-

nel Martínez Poveda y le dijo: “Yo sé que usted es un oficial correcto y decente. Aquí hay mucha gente que depende de mí, se me ha perdido un maletín con 22 millones de pesos que corresponden a la nómina”.

El coronel Martínez perdió su habitual imperturbabilidad, sus ojos brilla- ban de indignación. Llamó a todos los oficiales y sentenció: “O aparece ese maletín o se van todos de baja en 24 horas”. Antes del tiempo dado apareció el maletín con el dinero completo.

Esta traición de Pérez contra su último patrón produjo la tercera y defini- tiva ruptura del proyecto de Autodefensa. Ya nunca Puerto Boyacá y todo el Magdalena Medio iban a ser como antes. La única calma que se cono- cería era la de la tumba.

Cada integrante de las Autodefensas se alineó con el mejor ‘patrón’. Mu- chos se quedaron con Henry, pero otros se fueron con Escobar. Empezó una carnicería humana.

Todo carro con placas de Medellín que llegaba a Doradal o a Puerto Boyacá era decomisado, y los ocupantes, de no tener una convincente explica- ción, desaparecían. Un día fue descubierto a tiempo un camión con tres toneladas de dinamita que viajaba rumbo a Puerto Boyacá.

El rumor que se escuchaba en toda la región era: “El comandante Henry Pérez no come natilla este año (1990)”.

Cuando ya se hizo incontrolable la situación debido al miedo de los pobla- dores, Henry Pérez reunió a toda su gente y le confesó que la guerra con- tra Pablo era inminente. Pidió a los presentes que definieran sus lealtades: “Los que se quieran quedar a mi lado lo pueden hacer, y los que no, que se vayan antes de que los mate”.

Un empleado de Henry a quien en toda la zona lo conocían como ‘Móvil 24’, encargado de las caletas, pistas y embarques, ya se había ido para el lado de Pablo. Pérez le respondió asesinando a toda su familia.

Cerca de la finca de ‘Móvil 24’ estaba la hacienda de la familia Duque, a quienes conocen con el apodo de los ‘Carnegato’. Henry ordenó que tam- bién les dieran.

En la acción asesinaron a la mamá de los ‘Carnegato’, una señora de más de 70 años de edad.

En el velorio, los Duque, apoyados por Escobar, juraron vengar la muerte de sus familiares. Aunque nadie se atrevió a cuestionar la acción de Pérez, la mayoría de sus lugartenientes veía un mal final por la manera en que se estaba conduciendo la guerra.

En Doradal, Ramón Isaza se había convertido en el mejor aliado del Go- bierno en la lucha contra Escobar, ya que el control que ejercía sobre la Autopista Medellín- Bogotá ayudó a descubrir varios vehículos cargados con explosivos con destino a la Capital de la República. En Puerto Boyacá, muchas de las personas que participaron en esta guerra, son unos con- vencidos que miles de bogotanos están en deuda con Ramón. También empezó a controlar, con éxito, la hacienda ‘Nápoles’, ‘Parcelas California’, Puerto Triunfo, Sonsón, Aquitania y La Danta.

Pero Isaza y su familia no escaparon al odio de Escobar. El 24 de diciem- bre de 1990 un carro bomba dirigido contra él asesinó a uno de sus hijos.

Esa tarde Ramón se dirigía hacia Doradal, pero decidió quedarse en San Miguel a tomarse unos aguardientes con unos amigos. Por eso le pidió a su hijo que fuera hasta el pueblo, pero antes de llegar fue sorprendido por una terrible explosión donde murió al instante con dos escoltas.

La lucha antisubversiva se había dejado de lado y dentro de las Auto- defensas se inició una cacería de brujas. Muchas veces por una simple sospecha se hicieron terribles purgas. El miedo y el pánico se apoderaron de los miembros de la organización y de la comunidad de Puerto Boyacá.

Cada vez Henry pasaba más tiempo en su finca ‘Las Palmeras’, ubicada al lado del Batallón Bárbula. Hacía meses había construido en medio de un arbolado lugar un puente sobre un riachuelo. Este paso lo llevaba a un atajo que daba a terrenos de la guarnición militar, lo que le permitía salir de cualquier emboscada que le tendieran sus enemigos, que ya eran muchos.

Tal vez por no ir a su casa de Puerto Boyacá no supo en qué momento su segundo hombre en las Autodefensas, ‘Ariel Otero’, se había empezado a convertir también en el ‘segundo’ de su esposa, doña Marina, según co- mentarios de cercanos colaboradores.

‘Ariel Otero’ era un ex oficial del Ejército llamado Luis Antonio Meneses Báez. Que estando en una unidad militar, que operaba en el Urabá, se hizo amigo de una gente que trabajaba para ‘El Mexicano’. Éstos, a su vez, lo recomendaron muy bien con el capo, quien terminó acomodándo- lo en su nómina. Luego de varios trabajos para el mafioso, entre ellos unos en Tolú, Sucre, fue retirado del Ejército y “le echaron mano” las autoridades.

Después de estar pocos meses detenido salió y se fue para Puerto Boyacá. Iba en busca de otro ex oficial de apellido Tarazona, quien se lo presentó a Henry Pérez. Allá en un maratónico ascenso, y por encima de otros más antiguos, se convirtió en el segundo al mando de las Autodefensas… y de todo.

El abrazo de la muerte

El comandante del Batallón Bárbula, coronel Luis Bohórquez Montoya, llegó a Puerto Boyacá en noviembre de 1987, la misma fecha en que llega- ron los mercenarios israelíes a entrenar a los paramilitares.

Bohórquez era un militar con una clara convicción de que el principal enemigo de Colombia era la guerrilla. Respaldaba que los civiles se arma- ran para combatirlos y no le molestaba quién aportaba el capital para armar una ‘milicia civil’. Lo importante era derrotar a la subversión. Pero no medir las consecuencias de su respaldo le trajo serios problemas, que empañaron una promisoria carrera militar.

Tiempo después fue acusado de prestar las instalaciones de su unidad para capacitar a los comandos, de permitir que se montara una antena de comunicaciones en su guarnición y de colaborar con estos grupos.

El oficial comenzó a tener más problemas en marzo de 1989 por las públi- cas sindicaciones de paramilitarismo que le hizo el Departamento Admi- nistrativo de Seguridad, DAS. Lo señaló como “un eficaz colaborador de las escuelas de sicarios que operaban en el Magdalena Medio, financiadas por jefes del narcotráfico”. Acusaciones que repercutieron en toda la ins- titución castrense.

El Partido Comunista, por medio de su presidente Gilberto Vieira, orientó un candente debate en el Congreso de la República sobre el tema, que se convirtió en un escándalo nacional. El 24 de marzo de 1989 los altos mandos del Ejército relevaron del cargo al coronel Bohórquez. Lo envia- ron a un puesto administrativo en el CAN, en Bogotá.

Una semana aguantó la cúpula militar la andanada de los medios de comunicación en donde revelaban los posibles nexos del coronel con los grupos de Autodefensas del Magdalena Medio. El 1 de mayo fue retirado de la vida castrense luego de 23 años de servicio y 16 meses en el Bárbula.

Ante el escándalo, Henry Pérez le organizó un homenaje nunca visto en Puerto Boyacá a un oficial que haya sido enviado a calificar servicios. El coronel Bohórquez se sentía comprometido con esta región, por lo que se

convirtió en un asiduo visitante luego de su retiro. Algunos llegaron a comentar que trabajaba con Pérez.

Tras su salida, el coronel Bohórquez se fue en contra de sus superiores y algunos miembros del DAS, para defenderse de las sindicaciones. Reveló que fue “víctima de fuerzas oscuras” y que nunca tuvo nexos con el narcotráfico. La controversia se prolongó por mucho tiempo, en octubre del mismo año el ministro de Defensa, general Óscar Botero Restrepo, dijo en una declaración que el comandante del Bárbula fue destituido porque en su jurisdicción “se desarrollaron hechos graves en el área operacional puesta bajo su responsabilidad, los cuales estaba en obligación de cono- cer, prevenir y reprimir”.

El retirado oficial no se aquietó y siguió defendiéndose.

Un miembro de un organismo de inteligencia del Estado viajó urgente de Bogotá a Doradal, allí se reunió con Henry de Jesús Pérez, quien fue con un abogado y con el ‘padre Ciro’. Se acordó con el visitante luchar contra Pablo Escobar a cambio de que detuvieran la persecución en su contra.

Por último, el emisario tocó el tema del coronel Bohórquez.

  • “Nosotros sabemos que está bajo su protección y que además trabaja con usted”, dijo el visitante.
  • “Qué quiere”, preguntó Henry.
  • “Que le recomiende callarse o callarlo”, intervino el otro.
  • “Suéltenme primero a Jaime Eduardo Rueda Rocha, para matarlo, y yo me encargo de hablar con el coronel para que se esté quieto”, ripostó Pérez.

El emisario se quedó pensativo, no tenía autorización para ese acuerdo y atinó a decir: “Hágale con lo del coronel, hable con él para que se calme, que nosotros le colaboramos con lo otro”.

Para algunos ‘señores de la guerra’ siempre hay personas sacrificables y parece que el coronel Bohórquez lo era para Henry Pérez.

Jaime Eduardo Rueda Rocha nació en marzo de 1958 en Yacopí, Cun- dinamarca. Esta vereda es tristemente célebre por haber dado los mejores gatilleros del país. Rueda militó primero en una cuadrilla de las Farc, lue- go se pasó para el bando contrario, los paras. Era uno de los ‘cascadores’ de confianza de ‘El Mexicano’. Tanto es así, que el capo se lo recomendó muy especialmente a Yair Klein.

Rueda Rocha fue el escogido por su patrón para realizar la ‘vuelta’ más despreciable de aquel 18 de agosto de 1989, en Soacha… ‘tumbar’ a Luis Carlos Galán Sarmiento.

Fue quien coordinó todos los detalles. Hasta la fecha muchas personas dudan que a Rueda Rocha no lo hubiesen ayudado algunos escoltas ‘torci- dos’ para cometer el crimen. Otras afirman que fue un asesinato político orquestado por sus enemigos en complicidad con la mafia… Y unas pocas personas aseguran que fue un crimen inspirado desde ‘afuera’ para forta- lecer una verdadera lucha antidrogas.

Parecía que todo había sido bien ‘coordinado’ si no es por unas fotos que publicaron varios medios de comunicación, en donde aparece un hombre de mediana estatura, de bigoticos, con sombrero blanco, sosteniendo una pancarta alusiva a la manifestación del aspirante.

Cuando un esmeraldero, socio de Víctor Carranza, vio las imágenes em- pezó a hurgar en su memoria para establecer dónde había visto a ese sujeto del sombrero. Hasta que recordó que era un miembro de un ‘com- bo’ de sicarios apodado ‘Los Negritos’, que le trabajaban al ‘Mexicano’. Tomó el teléfono y llamó al DAS, a los pocos minutos estaba en una ofici- na que llamaban el ‘Búnker’ contando su descubrimiento.

Rueda Rocha era uno de los líderes de ‘Los Negritos’. Las autoridades co- menzaron a hilar delgado hasta que dieron con una residencia en el sur de Bogotá. El 22 de septiembre de 1989 fue capturado allí José Orlando Chávez, el de la pancarta, y otras cuatro personas no identificadas. Sema- nas después Chávez se acogió a unos beneficios que ofrecía la legislación colombiana y comenzó a colaborar con la justicia. Reveló que uno de los capturados era Jaime Eduardo Rueda Rocha.

Chávez y un primo, que también fue detenido en la misma acción, queda- ron en libertad, pero fueron asesinados con toda sevicia en un barrio del sur de Bogotá.

La mayoría de los grandes crímenes se planea de tal manera que cada eslabón que participa no conoce a los otros que colaboran. Todo se hace bien compartimentado, hecho que permite la no vinculación de los auto- res intelectuales. Es por ello que después de todo gran crimen aparecen tres o dos eslabones asesinados, con ello se rompe el hilo conductor de la investigación.

Rueda Rocha era el principal enlace entre el crimen de Galán y los autores intelectuales. Y no hay nada más imposible en Colombia que demostrar la autoría intelectual a punta de investigaciones, testimonios o indicios. Por eso, a Rueda había que sacarlo o matarlo dentro de la cárcel. Tras su captura, ‘El Mexicano’ empezó a apoyarlo con dinero y abogados.

Si bien Henry no había ordenado el crimen de Galán Sarmiento, estuvo esa noche en la hacienda ‘Freddy Uno’, propiedad de Rodríguez Gacha, cuando se acordó asesinar al candidato del Partido Liberal.

Sabía que Rueda, luego de la muerte del ‘Mexicano’, se podía ir con Pablo y acusarlo a él de ser el responsable del asesinado del aspirante presiden- cial. Era mejor intentar sacarlo de la cárcel y matarlo. Lo que no se ima- ginaba Pérez es que Rocha era más malo que él.

El 18 de septiembre de 1990, un año después de haber sido capturado, Rocha se voló de la cárcel La Picota de Bogotá, en lo que se llamó un ‘cambiazo’. Dos hombres entraron al penal, uno era su defensor y el otro un obrero que se hizo pasar por abogado. Luego de cambiar de ropas y colocarse una barba postiza salió sin ningún problema del centro peni- tenciario.

Uno de los líderes de las Autodefensas de aquel entonces aseguró que dos ‘agentes’ de civil escoltaron a Rueda Rocha hasta Puerto Boyacá. Por el camino iban chapeando46 de ley para no tener inconvenientes.

Para esta fecha ya estaba más que prendida la pelea entre Henry y Pablo Escobar.

46 Identificarse como autoridad o como alto funcionario público.

A inicios de junio de 1991 el coronel Bohórquez dio unas declaraciones a una revista, que retomaron otros medios, en las que afirmó tener unos casetes en los que involucraba a varios generales en la guerra sucia. “Yo tengo grabaciones”, decía, de vínculos de paras y militares, que salpicaban a altos funcionarios de inteligencia de otros organismos de investigación.

“Estoy dispuesto a decir verdades y conste que con esto estoy exponiendo mi vida. Óigase bien, mi vida. Pero no voy a dejar que me tiren un baldado de agua podrida en el rostro, porque detrás de esto veo algo muy feo”, declaró al medio impreso.

Entonces, un emisario se presentó donde Pérez a recordarle el favor que le hicieron y otro que le habían pedido.

El coronel Luis Bohórquez Montoya llevaba unos días en Puerto Boyacá visitando a sus amigos, entre esos a Henry Pérez. Para finales de junio de 1991 el retirado oficial subió a la segunda planta y entró al cuarto de Henry, que se encontraba allí con su esposa Marina y otras personas. Le comentó que se tenía que ir para Bogotá porque quería estar en el cum- pleaños de un hijo. Henry se levantó de la cama y le expresó lo agradecido que estaba con él, luego le dio un efusivo abrazo… como cuando se le da un pésame a un amigo entrañable.

Se despidieron, y Henry le dijo que por cuestiones de seguridad lo iban a escoltar hasta Bogotá. El coronel llegó sin novedad a la capital el domingo 23 de junio de 1991.

Al día siguiente, el 24 de junio, alrededor de las cinco de la tarde, cuando se dirigía por la calle 132 con carrera 41, del barrio Cedritos, con su espo- sa, a comprar una botella de champaña para celebrar el cumpleaños de uno de sus hijos, un sujeto se le acercó y le pegó tres tiros: Dos en la cabeza y otro en el pecho, con una pistola 9 milímetros. El oficial tal vez no reaccionó cuando vio al sujeto… tal vez lo iría a saludar porque era una de las personas que lo había escoltado el día anterior.

Con este crimen Henry de Jesús Pérez cumplía su parte del trato hecho un año antes, cerca de la hacienda ‘Nápoles’.

Por su parte, Rueda Rocha comenzó a montar su propio grupo. ¿El jefe o patrón? Era el que mejor le pagara… su fin estaba cerca.

La degradación de un sueño

En el año de 1991 no había novedad ni esperanza para las Autodefensas del Magdalena Medio. El problema era que la lucha con Escobar los tenía mal económicamente. La mayoría de ‘traquetos’ que poseía laboratorios y cocinas en la región los cerraron esperando que se ‘enfriara’ la situación. Los pocos que seguían operando pagaban el impuesto, que no era sufi- ciente para la guerra.

Escobar venía peleando contra el Estado, al cual ya tenía casi arrodillado. Ya se estaba legislando para él. A finales de 1991 el caricaturista Héctor Osuna reflejaba la realidad del momento. En una caricatura aparecía el ministro de Justicia, Jaime Giraldo Ángel, Juan Gómez Martínez y el pre- sidente Gaviria. Este último sentado en un escritorio, escribía las medidas que le tomaban a Escobar. Los números de la talla correspondían a los decretos de sometimiento a la justicia, 2047, 3030 y 303, para que el mafioso aflojara su accionar contra el país.

Escobar había ofrecido 400 millones por la cabeza de Henry Pérez, a la espera de que uno de sus colaboradores se le torciera47 por esa suma y lo matara. La jugosa recompensa volvió más paranoico al paramilitar. La incertidumbre y la desconfianza lo llevaron a consumir grandes cantida- des de cocaína, que lo volvían más agresivo y descompuesto. Al igual que cuando a Escobar lo delataban, que hacía terribles purgas internas en su aparato criminal, Pérez comenzó a realizarlas.

Su padre, Gonzalo de Jesús, que se había retirado de la comandancia por un tiempo, le pidió a Henry nuevamente el mando, a lo que le respondió: “Primero muerto”. Un dinero que había sido guardado por el viejo fue desenterrado por el hijo para invertirlo en la guerra, lo que agudizó más el conflicto.

Con Henry andaba un lugarteniente apodado ‘Policía’, que también tuvo problemas con el viejo Gonzalo. Le debía un dinero y se ’gozaba’ una moza que el viejo había dejado hacía poco tiempo.

47 Traicionar.

Las seguidas discusiones de padre e hijo ya eran de público conocimiento en Puerto Boyacá. En una ocasión a Henry se le escuchó decir a un asesor y amigo: “Vea doctor, ya mi papá me tiene hasta aquí (recorría con el dedo índice su frente), me dan ganas de ‘pelarlo’”.

Los hermanos de Henry (por parte de padre), que eran criminales y te- midos, comenzaron a andar seguido con el viejo. Temían un desenlace trágico.

Aunque el dinero del narcotráfico compre todo en esta vida, es una plata maldita, ya que el pago por tenerla es la tragedia. Lo grave es que hay miles de personas dispuestas a pagar ese precio.

Julio de 1991 inició mal para Henry Pérez. Fue trágico. Empezó a tener pesadillas en las que sus amigos lo mataban o lo entregaban a sus enemi- gos, lo que le impedía conciliar el sueño. Ante esta situación buscó con- suelo en el trago y en el perico.

Además, una terrible duda le carcomía el alma y corazón… Marina, su esposa. No sabía cómo interpretar el aprecio y las miradas que su compa- ñera compartía para con Ariel Otero.

Muchas personas en Puerto Boyacá comentaban, a muy baja voz, el trato ‘especial’ que doña Marina le profesaba a Otero, pero nadie se atrevía a llevar al oído de Henry semejante comentario, porque podía morir por calumniador, ya que lo último que podía hacer la mujer del patrón era regalarle ratos de intimidad a otro.

A esta incertidumbre y recelo se sumaba la persecución de Escobar, que era implacable, y las diferencias con su padre. El fin de semana, que inició el viernes 5 de julio de 1991, iba a mitigar todas sus penas y dudas a punta de aguardiente y droga.

El domingo 7 de julio, Henry llegó a las 3:00 de la tarde al ‘Rinconcito Gardeliano’ grill, que era de su propiedad y ubicado en el centro de Puerto Boyacá. Inició atendiendo asuntos de trabajo, pero acompañados de abun- dante aguardiente, whisky y ‘pases’ de cocaína.

Ya en la noche no aceptó que le hablaran de ‘güevonadas’, sino de tangos, que era otra de sus otras debilidades. La rumba ya estaba prendida.

Como a las diez de la noche, ‘Chacho’, su radio operador, nerviosamente lo interrumpió, le dijo que ‘Policía’ pedía con urgencia ponerlo al medio. Henry le metió a su ayudante una mirada de esas que dicen “después arreglamos” y cogió el handy.

  • “Aquí veinte, siga…”
  • “Comandante aquí ‘Policía’, el viejo suyo acaba de ‘arrancarme’, ¿qué hago?”
  • “Marica, no se deje matar, usted verá”.

Este diálogo ha sido motivo de interminables discusiones en Puerto Boyacá. Ya que muchos afirman que Henry con sus comentarios le dio orden a ‘Policía’ de hacer lo que quisiera. Otros consideran lo contrario, que le sugirió que se escondiera para evitar problemas.

Henry siguió escuchando tangos y bebiendo en el ‘Rinconcito Gardeliano’.

Por su parte, ‘Policía’, junto con cuatro escoltas, fue a una caleta de un barrio de Puerto Boyacá, sacó cinco fusiles R-15 y salió en busca del viejo Gonzalo de Jesús Pérez. El encuentro fue en la calle donde está ubicado el Cuerpo de Bomberos.

El viejo Gonzalo venía con dos de sus hijos en un campero Toyota blan- co. Antes de llegar al Cuerpo de Bomberos se bajó con sus acompañan- tes y se dirigió a una residencia en donde se alojaba generalmente ‘Po- licía’. Comenzó un tiroteo. Desde una oscura azotea de una residencia un sujeto se acomodó suavemente el culatín de un fusil de asalto R-15. En su mira ubicó el pecho del viejo, tomó un suave respiro, detuvo su respiración y echó el gatillo hacia atrás con un movimiento que pare- ció una caricia. El tipo era un certero tirador. El preciso disparo se perdió entre los otros que hacían los escoltas de ‘Policía’ y los hijos de Gonzalo.

El fundador de las Autodefensas del Magdalena Medio no tuvo tiempo ni de suspirar, se fue hacia delante y cayó en la destapada vía. Al acto cesa- ron los disparos y sus hijos corrieron a auxiliar a su padre, pero el hombre ya estaba arreglando cuentas con el Creador.

‘Policía’ se terció el fusil y se dirigió a las escaleras, bajó y se reunió con sus hombres a quienes les dijo: “Vámonos, que ese hijueputa viejo no nos va a

chimbiar48 más”. Y partió rumbo a una de sus fincas. Eran las diez y cuar- to de la noche.

En el ‘Rinconcito Gardeliano’ nuevamente ‘Chacho’, el radio operador, in- terrumpió a Henry y le dijo nerviosamente:

–     “Patrón, le van a pasar una razón urgente”.

–     Pérez cogió el radio y moduló: “Siga”.

–     “Comandante, acaban de matar a su papá…”

–     “Quién”, interrumpió Henry.

–     “Policía, señor”, le respondieron.

Se hizo un silencio. El comandante de las Autodefensas le entregó el radio a su colaborador. Se levantó de la silla y gritó a sus hombres: “Saliendo”.

Se montó en su camioneta y, acompañado de sus escoltas, se fue rumbo a su finca ‘Las Palmeras’, ubicada al lado del Batallón Bárbula. Un guarda- espaldas destapó otra botella de Buchanans y se tomó un largo trago. Bajó el vidrio del campero, se rasgó la garganta y pegó un escupitajo. Luego exclamó: “Qué vaina tan hijueputa, ahora sigo yo”.

Tenía razón.

Toda esa noche y madrugada tomó, lloró, escuchó tangos y música carrilera.

Mientras tanto, en Puerto Boyacá los hermanos medios de Henry se lleva- ron el cadáver de su padre para el hospital. Allí se hicieron presentes ami- gos, autoridades y allegados. El comentario iba como toda mala noticia, a mil por hora, “Henry mandó a matar al viejo”.

Los familiares acordaron enterrarlo al día siguiente, lunes 8, a las 4:00 de la tarde.

48 Joder, molestar.

Por su parte, Henry siguió bebiendo hasta el siguiente día. A las diez de la mañana le dijo a varios de sus hombres que lo acompañaran a Puerto Boyacá al velorio de su padre.

Cuando llegó a la casa, varios de sus hermanos lo insultaron. Uno dijo: “Henry, yo sé que usted es nuestro hermano, pero usted mandó a matar a mi papá”. Otra hermana, Rosalba, a quien le decían la ‘Pelo de Bruja’, le gritó: “Miren (señaló con la mano el féretro de su padre) lo que hizo este hijueputa hermano de nosotros”. Otro le pidió que se fuera de allí, que no iban a permitir que viera a su padre.

Henry trató de ver a su padre y se formó un altercado, pistolas aparecieron en las manos de los bandos enfrentados. El comandante de las Autodefensas calmó a sus hombres y salió nuevamente para su finca, iba llorando.

En ‘Las Palmeras’ se reunió con lo que quedaba del Estado Mayor y les dijo: “Pase lo que pase estaré en el entierro de mi padre esta tarde”. Man- dó a reunir a 100 de sus hombres para que los acompañaran al pueblo y envió por tres buses.

En Puerto Boyacá la iglesia San Pedro Claver estaba adornada para la misa de velación.

Muy cerca de la casa donde se velaba a Gonzalo Pérez también se celebra- ban las honras fúnebres de otra persona. Los dos velorios fueron progra- mados para las cuatro de la tarde, el párroco de la catedral de Puerto Boyacá dispuso celebrar un sólo oficio para los dos muertos. Los familia- res aceptaron.

El coronel comandante del Bárbula se presentó a donde los hermanos de Henry y les prohibió que llevaran armas a la iglesia, les recalcó que si no cumplían la recomendación, los detenía a todos, ellos aceptaron ir desar- mados.

La ceremonia religiosa se inició puntualmente, demoró 55 minutos. Los dos ataúdes estaban en las afueras de la catedral, cuando de varios buses se bajaron decenas de hombres de civil armados. Se acercaron donde los familiares de Henry, los inmovilizaron y amarraron. Luego los subieron a los buses. Otros asaltantes cogieron uno de los féretros y se fueron. Antes de llegar a la Troncal, donde está la famosa valla que reza: “Bienvenidos a

Puerto Boyacá, tierra de paz y progreso, capital antisubversiva de Colom- bia”, se dieron cuenta que el cadáver que llevaban no era el del viejo Gon- zalo. Se regresaron nuevamente a la iglesia San Pedro Claver por el muer- to correcto.

Luego del trueque, se dirigieron a la finca ‘San Vito’, la hacienda en donde el viejo Gonzalo recibió en 1982 parte de los primeros diez paramilitares de Colombia. En esa propiedad había dicho que lo enterraran. Eran como las nueve de la noche y llovía intensamente, lo que hacía más tétrica la escena que se vivía.

Al llegar Henry ordenó encerrar en uno de los cuartos a sus hermanos y hermanas.

En un rincón de lo que parecía una sala, Henry lloraba desconsoladamente. En otra casucha, que hacía parte de la finca, colocaron el cadáver del viejo Gonzalo.

El padre Carlos se acercó a Henry y le habló del perdón. El líder paramilitar le solicitó entre sollozos que hablara con sus hermanos para reconciliarse y no enterrar a su padre estando peleados.

El sacerdote fue al cuarto donde permanecían amarrados los hermanos y les explicó que Henry no había mandado a asesinar a su padre y que les pedía perdón. Sus parientes aceptaron las explicaciones y mandaron a llamar a Henry al cuarto. Allí se abrazaron y reconciliaron. Luego co- menzaron a cantar el disco del cantautor Roberto Carlos, “tú eres mi her- mano del alma, realmente el amigo…”, y salieron de la habitación toma- dos de las manos.

Esperaron hasta la mañana del día siguiente, martes 9 de julio, para darle sepultura a su padre. El cura Carlos ofició otra misa a las 10:00 de la mañana. Después cavaron una fosa en un montículo que llamaban ‘Ventiadero’ y allí enterraron al primer comandante de las Autodefensas del Magdalena Medio de Puerto Boyacá.

Henry pronunció unas últimas palabras: “Mi padre dijo, aquí inicié mi batalla, aquí adiestramos los primeros diez hombres, aquí me dieron el primer parte, aquí en este potrero empezó todo… y aquí quiero que me entierren”. Se escuchan unos sollozos.

Siguieron 11 terribles días para Henry Pérez. No volvió a conocer la tran- quilidad del sueño. Las pesadillas no lo dejaron tranquilo. Y el trago y perico se convirtieron en su mejor compañía.

Empezó a sospechar con más ahínco que Ariel Otero tenía algo con su esposa Marina. Recibía en su finca sólo a los amigos más allegados, a ellos les contó que quería ir el 20 de julio a Puerto Boyacá a los actos conmemorativos de la fiesta religiosa de la Virgen del Carmen. Confiaba que ella iba a interceder ante Dios para que lo sacara de la depresión en que se encontraba.

… Y si supiera de una reunión acontecida a finales del año anterior ya se hubiera muerto de un infarto.

Una tarde, a finales de diciembre de 1990, Escobar citó a uno de los her- manos Duque, los ‘Carnegato’, a uno de sus escondites y le encargó la ‘vuelta’ de Henry Pérez.

“Ese hijueputa piensa que se me olvidó el arrancón que me metió con la Policía y Martínez Poveda el año pasado”, recordó. “Quiero a Henry y al traidor malparido de Ramón Isaza muertos lo antes posible”, ordenó.

‘Carnegato’ le recordó que la entrada de la gente a Puerto Boyacá era dura, que esa ‘vuelta’ se tomaba su tiempo para hacerse “a lo bien”. Con respecto al viejo Ramón podía ser más fácil, porque el ‘cucho’ se la pasaba en Doradal, La Danta y ‘Parcelas California’.

“Usted verá, pero le recomiendo eso”, dijo el patrón.

La situación estaba tan peligrosa en un sector del Magdalena Medio, que todo forastero que llegaba a Puerto Boyacá, Puerto Triunfo, Doradal y La Danta era asesinado.

Ante tal recelo, a Pablo Escobar y ‘Carnegato’ se les ocurrió meter en la zona a una pareja que tuviera documentos de la región, como por ejem- plo de Honda, Mariquita o La Dorada, los dos primeros municipios de Tolima y el último de Caldas.

Es así como llegan a Puerto Boyacá, seis meses antes de las fiestas de la Virgen del Carmen, y en diferentes días, una pareja y dos muchachos. Los primeros montaron un asadero de pollos en el centro del pueblo. Los otros dos una venta de fantasías cerca de la plaza de mercado. Con el pasar de los días se ganaron la confianza de vecinos, colegas comerciantes y el más importante de todos… el de los urbanos49 de Henry.

Pablo Escobar con sus tácticas de terrorismo y secuestro de personalida- des, ya tenía arrodillado al Gobierno y ‘arreglada’ su entrega, sólo faltaba que la Asamblea Constituyente prohibiera la extradición de nacionales colombianos. Esto ocurrió el 19 de junio de 1991 a las 12:30 de la tarde: Con 51 votos a favor, 13 en contra y 5 abstenciones se tumbó la extradi- ción en la primera vuelta. A las tres horas y 15 minutos de ese mismo miércoles, Pablo Escobar, que lucía una espesa barba, gafas oscuras, blue jean y camiseta blanca, se entregó a la justicia colombiana.

Luego de la negociación de entrega, el Gobierno le hizo otro tácito regalo al narcotraficante por haberse presentado en ‘La Catedral’… ‘Las llaves del penal’. Con este acto el Estado legalizó la primera oficina del crimen que se conozca en Colombia. Desde este centro de reclusión se ordenaron y se cometieron los más espantosos asesinatos… y también se arreglaron despachos de droga al exterior. Las bacanales eran lo de menos. Las rutas que tenía como suyas, entre las que se encontraban: ‘Fanny’, ‘Las Pailas’, ‘Los Zapatos’, ‘Rasputín’, ‘El Pequeño Gigante’, y ‘Tomás R.T.’, duplicaron sus utilidades.

Después de entregarse Escobar, la ruta que más le produjo dólares, y por la cual se enviaron miles de kilos de coca a Estados Unidos, fue una lla- mada ‘Las Pailas’. Según relató un sicario apodado ‘El Arete’, la coordina- ba un sujeto llamado Nicolás Vergonzoli.

“La droga se compraba en Medellín y se le entregaba a un tal ‘Chepe Volqueta’ que la transportaba hasta Maracaibo, Venezuela. Allí había un

49 Militantes de las Autodefensas que actúan de civil y armados en las ciudades.

taller de fundición de aluminio, donde se fundían las pailas en unas formaletas. Se les hacia un espacio para que el aluminio quedara con un hueco por dentro, allí se ‘encaletaba el perico’. Luego con varios puntos de soldadura se disimulaba una tapa. Después de aprobados los documentos de exportación se embarcaba la ‘carga’ en 8 ó 10 contenedores rumbo a Miami y New Jersey. Todo el papeleo era legal”.

En dos o tres contenedores iban las pailas con la droga. En Estados Uni- dos ya sabían cuales eran, luego de desocuparlas las echaban al fondo del mar. Las otras eran comercializadas legalmente. Después de entrar miles de kilos de alcaloide al país del Norte, en noviembre de 1992, se cayeron

1.200 kilos en New Jersey. Con el descubrimiento por parte de las autori- dades, también se vino abajo la ruta. Fueron días muy tristes los que se vivieron en ‘La Catedral’ al conocer la noticia.

Al día siguiente de la entrega del narcotraficante, un conocido emisario llegó a Puerto Boyacá desde Bogotá. Muy temprano se reunió con Henry Pérez y lo conminó a que expidiera un comunicado en donde ponía fin a la guerra contra Escobar. El paramilitar notó que el mensajero no llegó con la deferencia que antes lo hacía. Pensó en que el Gobierno ya no lo necesi- taba y eso era peligroso también. Por eso, ese mismo jueves 20 de junio de 1991 emitió un comunicado firmado por él y por Ariel Otero, donde po- nían fin a la guerra contra Escobar. “Todo sea por la paz de Colombia”, decía un aparte. Ramón Isaza se negó a firmar. Uno de sus colaboradores aseguró que el documento ya venía redactado desde Bogotá.

El Gobierno le acababa de maniatar las manos a otro de los peligrosos enemigos de Escobar, pero se las dejó libre al capo.

Pero mucho tiempo antes el Gobierno ya se las había maniatado a los miembros del Bloque de Búsqueda. Fue después de la acción en donde perdió la vida la periodista Diana Turbay, a finales de enero de 1991.

Como se estaba negociando con el capo se le exigió al Cuerpo Élite “bajar- le a las operaciones” contra Escobar. Un mes antes de la entrega del capo al coronel Martínez Poveda lo enviaron de comisión a España. Muchos

decían que era un premio a su dedicación en la persecución, pero otros oficiales en privado afirmaban lo contrario: Un castigo. Ya que el narco- traficante exigió para su ‘sometimiento’ que expatriaran a su incisivo per- seguidor. Y que dieran de baja a sus cercanos colaboradores en el Bloque.

Un superior y amigo de la época del coronel Martínez describió su comi- sión al exterior como una petición de exilio del presidente Gaviria al Go- bierno español.

“Ay muchachos, no me dejen morir…”

En todo Puerto Boyacá se sabe que uno de los días más especiales que hay al año es el de la fiesta de La Virgen del Carmen, por encima del Día del Campesino que se celebra con mucha pompa en esta región, lo mismo que el de San Isidro Labrador. A Henry Pérez le gustaba asistir a estas celebraciones. Era tal el respeto por la fecha, que no aceptaba que nadie fuera armado a la procesión y a la misa.

Los sicarios que habían llegado a Puerto Boyacá agradecerían de corazón esta deferencia de Pérez.

Hacía unos años, para esta misma fiesta, Henry convenció al arzobispo de Manizales, José de Jesús Pimiento, que ofreciera una misa en el par- que principal, Jorge Eliécer Gaitán. Monseñor aceptó. Uno de los ideólogos de las Autodefensas ordenó a todos los frentes llevar pancartas alusivas al movimiento y a la vereda que representaban. Cuando el prelado impartió la bendición, se levantaron las pancartas y el arzobispo terminó bendi- ciendo a las Autodefensas del Magdalena Medio. A partir de esa fecha, los miembros de esta organización tomaron a la Virgen del Carmen como su Patrona. El noticiero televisivo “24 Horas” registró el ‘celestial’ momento de la bendición.

Desde la muerte de su padre, 7 de julio de 1991, los días de Henry fueron trágicos. La noche y el alba se unían sin que pudiera conciliar el sueño. Cuando lograba hacerlo por unos segundos, veía el cadáver de su padre pidiéndole ayuda. Entonces se levantaba sobresaltado y comenzaba a llo- rar acompañado de una botella de aguardiente.

En los cortos momentos de sobriedad leía el libro del Apocalipsis del pro- feta San Juan. Lo terminaba y comenzaba de nuevo. El remordimiento lo estaba matando. Pero confiaba que su Patrona, La Virgen del Carmen, el sábado 20 de julio, iba a interceder por él ante el Creador. Por ello se pro- metió asistir a todos los actos programados para conmemorar tan espe- cial fecha.

Lo otro que atormentaba a Henry era su esposa. Ya estaba prácticamente convencido de que entre ella y Ariel existía más que amistad. Tal vez por

eso no avisó que llegaba en la noche del 19 de julio a Puerto Boyacá, se metió tarde, pero allí estaba doña Marina esperándolo, para consolarlo.

Los amigos llegaron y se tomó unos tragos viendo la semifinal de fútbol de la Copa América, entre Colombia y Brasil. La recepción demoró hasta la madrugada.

El sábado 20 de julio la misa estaba programada para las tres de la tarde en la catedral del parque principal, luego seguía una procesión que in- cluía pasar por las principales calles hasta llegar a la iglesia San José Obrero, en el barrio Obrero, a pocas cuadras de la casa de Henry.

En la noche, Pérez iba a ser condecorado con la Orden al Mérito Cívico Pablo Emilio Guarín, luego iría al lanzamiento del Movimiento Agropecuario Nacional, Maná, nuevo grupo político en la región.

Todos los acompañantes y personalidades del pueblo comenzaron a lle- gar a la casa de Henry Pérez a la una de la tarde. El alcalde Gustavo Londoño también llegó a esa hora. Todos los presentes escucharon cuan- do el paramilitar le gritó a Evelio Osorio, su jefe de escoltas: “Que nadie lleve armas a los actos”. Luego salieron para la catedral.

Después de una sentida ceremonia empezó la procesión de La Virgen del Carmen. Cogió por la carrera de la catedral hasta detrás del Cuerpo de Bomberos, allí doblaron hacia la izquierda para coger la vía principal de dos carriles, hasta llegar a la calle 20 y seguir a la iglesia San José Obrero.

Ésta es una pequeña iglesia incrustada en medio de dos humildes casas y una angosta calle. La multitud se agolpó en el atrio, eran las seis y cuarto de la tarde. De repente se escucharon varios disparos, que cogieron por sorpresa a todos.

Dos hombres cayeron al piso, eran Henry Pérez y Evelio Osorio. El guar- daespaldas murió en el acto. Lo mismo sucedió con otros testigos, entre los que se encontraban dos niños. Los sicarios que acompañaban a los que le pegaron a Henry y a Evelio comenzaron a disparar al aire, lo que
generó aún más confusión que fue aprovechada por los agresores para huir.

La balacera que se formó fue de los mil demonios, tanto que espantó la bendición que tenía preparada La Virgen del Carmen.

A pesar de la recomendación de ir desarmados, muchos llevaban sus fierros.

Los otros escoltas se acercaron a Henry, quien tenía un tiro en el tórax, el rostro y el cuello. La onda expansiva del impacto en la parte derecha del cuello le rompió la arteria carótida y la vena yugular. La presión con que empezó a salir el chorro de sangre se asemejaba a un surtidor. Él mismo se colocó la mano en la herida y presionó para parar la hemorragia. Otros órganos, como la garganta, no estaban comprometidos porque habló cla- ramente: “Ay muchachos, no me dejen morir, llamen a ‘Base Uno’ para que cierren todas las salidas”.

Al instante, por varias frecuencias se escuchó a los agentes del Das y Poli- cía, y militares ordenar cerrar todas las vías de salida y acceso, que in- cluían el río Magdalena.

Uno de los auxiliadores de Henry dijo: “Vamos a llevarlo al hospital”. Era el centro asistencial que estaba más cerca, pero Henry alcanzó a suplicar: “No, llévenme a mi clínica”… la sangre se escapaba y el reloj parecía estar de afán.

La clínica estaba ubicada a varias cuadras de la iglesia San Pedro Claver, en el centro del pueblo. La había construido Acdegam para atender a sus afiliados. Cargaron a Henry y lo montaron en su carro, una Toyota cua- tro puertas blanca, y salieron rumbo al centro asistencial. Pérez no se cansaba de repetir: “No me dejen morir muchachos”. La sangre había perdido su normal curso y quería salirse como fuera de su cuerpo. A pesar de la presión que ejercía Pérez sobre la herida, el fluido se escurría con fuerza por entre sus dedos, que salpicaba el rostro de quienes se acerca- ban a darle aliento.

Entraron a las carreras a la sala de urgencias de la clínica pero allí no había ni equipos ni profesionales para atenderlo, por lo que debieron tras- ladarlo al hospital. Ya Henry Pérez no hablaba con la voz enérgica que lo

caracterizaba, su tono se iba apagando. Su constante plegaria, “mucha- chos, no me dejen morir”, ya era casi un susurro. Los labios tenían un color blanquecino, su piel estaba poniéndose amarillenta y estaba tem- bloroso. El shock en el que iba a caer era inevitable, su presión había bajado rápidamente, lo que hacía que el flujo de oxigeno a su cerebro fuera escaso… y el reloj con un afán inusitado.

Parecía que este hombre tuviese más del promedio de cinco litros de san- gre en el cuerpo que tienen los humanos. Luego de subirlo en la silla de atrás del campero, la debilidad lo obligó a aflojar la presión de su mano sobre la herida del cuello, un chorro de líquido rojo fue expulsado y man- chó parte del parabrisas. Ya no podía solo tapar su cuello, uno de sus acompañantes lo ayudó.

Llegaron al hospital y ya estaban todos los médicos, enfermeras y auxilia- res esperándolo. Corrieron en una camilla hasta urgencias. Su semblante se asemejaba a la de un hombre somnoliento, el color de la piel era de un tenue amarillo. Los médicos iban a empezar a reponerle fluidos y esta- bilizarlo cuando trató de pronunciar nuevamente su plegaria, pero la dejó a medio terminar… “muchachos no me…” Sus ojos se desorbitaron, la boca se le llenó de sangre… Eran las seis y cuarenta de la tarde, el líder de las Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio, Henry de Jesús Pérez, le había cumplido la cita a La Virgen del Carmen y a los sicarios de Pablo Escobar. Estaba muerto.

A los pocos segundos, un lugarteniente del fallecido líder, conocido como R-11, cogió su radio y con quejumbrosa voz se dirigió a todos los que estaban en la frecuencia:

– “Aquí R-11, por favor hagan silencio…” Espero… “El patrón ha fallecido…”

Las comunicaciones se activaron nuevamente cuando alguien dijo que ya tenían a tres de los que cometieron el atentado. ‘Ariel Otero’, quien se había atribuido el mando, ordenó llevarlos a la finca de Henry, ‘La Palme- ra’. Luego de torturarlos allí los condujeron a otra hacienda de nombre ‘Casa Loma’.

‘Otero’ llegó a ‘La Palmera’, y uno de los detenidos ya estaba hablando, la condición física de los ‘amarrados’ era espantosa. Descubrieron que llega- ron a Puerto Boyacá hacía seis meses. Uno se puso a trabajar en el restau-

rante ‘Caballo Blanco’, frente a la empresa Rápido Tolima, los otros en el mercado. Confesaron que Pablo Escobar los había mandado por interme- dio de una gente de la región. El cuarto integrante de la banda que atacó a Henry murió en el cruce de disparos en la iglesia.

Los tres capturados murieron en la finca ‘Casa Loma’ y aparecieron tira- dos con violentas señales de tortura. Fueron sepultados en fosas comu- nes. Por largas semanas y meses hombres de las Autodefensas esperaron a que familiares fueran a reclamar los cadáveres.

‘Ariel Otero’, con la información obtenida señaló públicamente a Pablo Emilio Escobar como el autor del crimen de Henry Pérez.

A varios kilómetros de allí en un boscoso sitio llamado ‘La Catedral’ varios hombres levantaron sus vasos y brindaron. Parecía que estuvieran cele- brando una ‘vuelta’. Todos estaban alrededor del televisor viendo las noti- cias de última hora; en otra habitación un noticiero radial reseñaba los últimos acontecimientos de Puerto Boyacá.

Al día siguiente, el patrón, luego de la resaca, expidió un comunicado, con su huella dactilar impresa, en donde negaba la autoría del crimen del que lo sindicaba ‘Ariel Otero’.

A los pocos días ‘Otero’ se salvó de un atentado por llevar puesto un cha- leco antibalas, pero fue herido en una nalga. Comenzó una desconfianza entre todos los líderes de frentes de Autodefensas, por lo que se citó a una reunión del Estado Mayor.

En el encuentro hablaron varias personas, entre las que se destacaban Ariel Otero y doña Marina Vda. de Pérez.

Empezó hablando ‘Ariel Otero’. Pidió no dejar caer a la Organización a cau- sa de los golpes y tragedias que la habían azotado en los últimos tiempos.

“La Autodefensa debe continuar para poder prevalecer sobre posibles trage- dias futuras. Debe tener una estructura militar capaz de sobrevivir a los pro-

blemas. En este momento trabajamos sobre dos aspectos básicos que son: La unidad. Entre más unidos estemos más fuertes vamos a ser; y lo segundo, una reestructuración. En donde ustedes van a tener una mayor participa- ción. Lo primero es escucharlos a ustedes para oír lo que nos quieran decir. Para eso estamos aquí hoy”, esta fue la introducción de ‘Otero’.

Uno de los asistentes ripostó:

“Fue muy dura la partida del patrón. Creo que doña Marina, que estuvo tantos años con él, debe de seguir adelante, coordinando, de acuerdo con el nuevo comandante de la Organización. No debemos dejar caer la bandera ni bajar la guardia. Muchas gracias”.

Luego se le dio la palabra a otro de los miembros de las Autodefensas:

“Quiero hablar de una serie de situaciones que se está presentando en la región de Cundinamarca, por los lados de Patevaca. Hay gente de la guerrilla buscando sus tierras. La tierra valía 200 mil pesos hectárea y ahora quieren que se las paguen a 7 millones. Los campesinos nos buscan a nosotros para que les ayudemos y no podemos dejarlos solos”.

‘Ariel Otero’continuó:

“Con la nueva Constitución esos problemas se solucionan muy fácil, por la vía administrativa. El tipo que abandonó la tierra pierde el derecho a la propiedad privada y se le da al que la trabaja. Hay es que asesorarse de un buen abogado, y los que llevan las de perder son los que se fueron. Pero ahora hay leyes para eso. Hay otra cosa, nosotros no podemos suplantar al Estado. En las condiciones actuales del país, como van las cosas, las Autodefensas van hacia la legalidad. Cualquier suplantación del Estado, cual- quier problema lo van a capitalizar en contra. Las Autodefensas no pueden solucionar problemas de particulares. Quisiera que hablemos del caso de Gonzalo y los hermanos de Henry”.

“Ustedes saben que Gonzalo empezó a hacer cosas que son mal hechas, eso hay que decirlo en esos términos. Asesinó a una serie de personas, incluyendo a unos niños por el área de Palagua. Hizo una cantidad de cosas de ese estilo que se salen de los parámetros de la normalidad e incluso de la anormalidad de las personas. Él, ustedes saben, que cogía una persona entre ojos, como decimos nosotros se la montaba, y era a acabarlo como era el caso de ‘Beto’.

Quien duró extraditado un poco de tiempo cuando él lo iba a matar, por razones que no eran justas. Como el caso, por ejemplo, del mismo ‘Policía’, quien fue el que terminó matándolo a él. Esas peleas de él (Gonzalo) con personas, eran a título particular, no de Organización. Él ya no pertenecía a la Organización, estaba marginado. Nadie se metía en eso básicamente por el respeto que había hacia Henry, por ser el viejo el papá de Henry. Pero el mismo Henry lo manifestó en varias oportunidades, que él no podía interve- nir a favor de ninguna de las personas que estaban en esos conflictos, ni a favor de ‘Policía’ ni del viejo. Porque él sabía, de hecho, que lo que el viejo hacía era algo malo, injusto. Ese problema fue tomando fuerza. Días antes de la muerte del viejo, él, junto a uno de los hijos y una de las muchachas atacó a ‘Policía’ con pistolas en el pueblo, ‘Policía’ terminó corriendo en mi casa. Me preguntó que si qué hago. Le dije, escóndase, qué podemos hacer. Después de eso él le dijo a Henry ¿qué hago? Vea hermano –respondió Henry–, yo no puedo, yo ya le he dicho a ese señor muchas veces que no moleste con eso, que eso no se debe hacer, que eso está mal hecho, que respete a la gente. Llega el momento en que ya él (Gonzalo) arremete nuevamente a ‘Policía’. Le hacen unos disparos desde un carro, el muchacho sale corriendo y le dispara a las llantas del carro, lo pincha y se mete en su casa. El viejo llega a la casa de ‘Policía’ y le da bala. La cosa era de física defensa personal, el muchacho le disparó y lo mató. Fue una reyerta de dos personas, desafor- tunadamente uno era de los fundadores de las Autodefensas y el otro uno de los miembros de la Organización. Eso no fue que el hijo mandó a matar al padre. Hablando en términos muy claros, como hablamos nosotros, el viejo se la buscó. Nosotros no vamos a coger a ese señor y lo vamos a matar, no va haber retaliaciones, porque nos parece injusto”.

Otro de los asistentes lo interrumpió y pidió la palabra:

“Hemos recibido golpes duros y qué vamos a hacer. Yo recuerdo que en 1982, cuando esto empezó, hicimos una reunión igual a esta en donde escogíamos a una o dos personas para que comandaran. Unos votaron por don Gonza- lo, quien ganó, y empezamos a trabajar. Yo creo que hoy debemos hacer lo mismo para buscar fortalecernos y recuperar las bases en el campo político y militar. Debemos hacer saber a los campesinos que la Autodefensa no es ca- dáver. La guerrilla ha recuperado terreno. El enemigo le dice a los campesinos que somos vándalos”.

50 Para referirse a viejas escopetas.

Intervino entonces doña Marina Vda. de Pérez:

“Sí, respondiendo la pregunta de Guillermo, ante un golpe tan grande como el que hemos recibido, porque es el peor daño que nos pudieron haber causa- do. Nosotros tenemos que tener una resignación igualmente grande y un va- lor igualmente grande para poder seguir adelante. Yo sé que todos estamos descontrolados, desconcertados sin saber qué hacer, estamos pensando in- cluso que esto se acabó, pero esto no se puede acabar. Si nosotros nos remon- tamos a los tiempos anteriores, a los años que comentaba don Nelson, se empezó casi con machete, con unos miserables chispunes50, con unas armas que realmente daban tristeza y logramos algo tan grande como sacar a la guerrilla del Magdalena Medio. En ese tiempo se burlaban los guerrilleros y decían que dejaran que los pobres campesinos se armaran, que ellos iban recogiendo y recogiendo armitas, que eso a los guerrilleros les iba a servir para luego coger a los campesinos y quitarles las armas. Se demostró un poder grande, que surgió de la valentía de un grupo de hombres igualmente grandes. Hoy se nos perdió la cabeza. Nosotros no podemos olvidar un parámetro que ya estaba formado desde antes, en vida de Henry Pérez, quien era el primer comandante, pero al que seguía un segundo comandante llama- do ‘Ariel Otero’. Nosotros en estos momentos no estamos moviendo nada, nos quitaron la cabeza, la primera cabeza, y toca que a esa cabeza la reem- place una segunda cabeza que siempre ha llevado eso en línea, que es: Ariel Otero. Nosotros no podemos en este momento, como decía Guillermo, re- unirnos y ponernos a escoger entre fulano, perano, zutano, y cuál se nos acomoda, y si éste no entonces aquél. Ya eso tenía un orden fijo, y que es lo que nosotros exactamente estamos siguiendo. El grupo de Autodefensa, de ahora en adelante, será comandado por Ariel Otero. Porque ha demostrado capacidades y porque es el único que puede sacarnos a nosotros adelante y detrás del cual iremos nosotros. Yo personalmente iré al pie de él, lo apoyaré en todo lo posible, porque este movimiento de Autodefensas no puede morir porque Henry Pérez se haya ido”.

“De todas maneras yo les pido a ustedes el apoyo incondicional para ‘Ariel Otero’. El que tenga que decir o el que no esté de acuerdo… para eso hacemos esta reunión, para que nosotros nos pongamos de acuerdo… pero lo que es un hecho es que ‘Ariel Otero’ seguirá dirigiendo los destinos de las Autodefensas del Magdalena Medio. Gracias”.

Luego de esta reunión ‘Ariel Otero’ entró en contactos con el Gobierno de César Gaviria para una desmovilización y sometimiento a la justicia. No

fue lo que se conoce como un proceso de paz o diálogo, sino una acelera- da entrega. Combatientes de entonces llegaron a decir que fue un nego- cio de ‘Otero’, aunque después de la masacre de La Rochela la comandan- cia empezó a pensar en la desmovilización. La idea se incentivó después de las severas medidas que tomó el presidente Virgilio Barco contra los grupos de Autodefensas, a los que rebautizó con el nombre de “ejércitos de justicia privada”.

Por otra parte, los hermanos medios de Henry se enteraron de la defensa que ‘Otero’ hizo del asesino de su padre, ‘Policía’, y desataron otra gue- rra. Tres de los Pérez murieron en los enfrentamientos. Estas bajas mer- maron la poca influencia que los hermanos de Henry tenían en la orga- nización. Los nuevos amos y señores de las Autodefensas eran ‘Ariel’ y doña Marina.

De un momento a otro comenzó una acelerada serie de contactos de la organización con voceros del Gobierno. No se sabe si el catalizador fue el atentado contra ‘Ariel Otero’, del que salió herido en una nalga, o los 400 millones que por debajo de la mesa… o ‘La Catedral’, empezó a ofrecer Escobar por la cabeza del nuevo líder paramilitar.

El Gobierno estaba preocupado por otra posible guerra entre la gente del Magdalena Medio y el recién entregado Pablo Escobar. No querían que esta última fiera, que tenían ‘encerrada’, se fuera a molestar, por lo que le “pidieron” a ‘Otero’ que expidiera un comunicado en donde no tomarían represalias y cesaba toda hostilidad contra el capo. Este nuevo anuncio dicen que también llegó ya redactado desde Bogotá.

Nuevamente el único que no firmó este pacto de paz fue Ramón Isaza. Con este último la deuda que tenía Escobar se pagaba con la muerte de uno de los dos.

La noche del martes 26 de noviembre de 1991 fueron citados a una re- unión urgente todos los comandantes de Frente de las Autodefensas a la casa del fallecido Henry Pérez. Los que la presidían eran: ‘Ariel Otero’ y doña Marina. Se encontraba un funcionario de bajo perfil del Gobierno. Después de describirle a la Organización un apocalíptico final si no entre-

gaban las armas, se le ofreció un indulto a cambio de la desmovilización. Después de muchas reservas, a regañadientes aceptaron. Desde la misma residencia les ordenaron a los comandantes que llamaran a sus segundos en los Frentes para que al día siguiente, llevaran todo el armamento a Puerto Boyacá.

El 27 de noviembre el pueblo estaba lleno de miembros del cuerpo Élite de la Policía y Ejército. La gente comenzó a llegar y el desconcierto era total, nadie sabía qué iba a hacer en adelante, si lo único que sabían era pelear. Se les habló de que les iban a entregar “un sueldito” mientras conseguían un trabajo. Sin tanto protocolo y aspaviento entregaron los fierros al Go- bierno, estos fueron trasladados a una cercana base militar.

Días después la pregunta que más se escuchó era si el armamento que se entregó estaba completo, a lo que todos respondían que sí. La razón era sencilla, se habían desmovilizado alrededor de 1400 hombres, pero habla- ban de la entrega de apenas 700 ‘aparatos’.

La realidad era otra. La mejor fusilería, M-16, R-15, Galil-ARS, M-60, pis- tolas 9mm y abundante munición, no fue inventariada. Todos empeza- ron a mirar para donde ‘Ariel Otero’, pero estaba desaparecido.

La última vez que lo vieron fue el 26 de noviembre de 1992, cuando se presentó, como muchos otros, ante un Juez para buscar beneficios judi- ciales. Ya ‘Otero’ venía de hacer contactos con Jorge Enrique Velásquez González, conocido como ‘El Navegante’, sujeto que ‘sopló’ la última ubi- cación del ‘Mexicano’, en Cartagena.

‘Ariel’ era interesante para la ‘gente’ de Cali porque era enemigo de Esco- bar y tenía una fusilería para ofrecer. Por eso lo ayudaron a huir de Puerto Boyacá a mediados de diciembre.

Sus enemigos, que no sólo era la gente de Escobar, comenzaron a buscar- lo para asesinarlo, pero ya el líder había salido de una de las pistas del Magdalena Medio con doña Marina y un cargamento de armas para el Valle del Cauca.

Pero a ‘Otero’ se le había olvidado que en las guerras hay sacrificables. No recordaba el caso Bohórquez.

A pesar de la delgada paz que se sentía, todos sabían que Pablo Escobar estaba ‘recogiendo’ a todos los comandantes que estaban contra él. Que lo único que pretendía era retomar todo el control militar del Magdalena Medio… Por si acaso.

El encargado de las ‘vueltas’ era un ex miembro de las Autodefensas que se había ido con el capo al inicio de la guerra, ‘Móvil 24’. Era quien envia- ba a los sicarios suicidas para matar a comandantes y contradictores del patrón. A Ramón Isaza le hicieron varios arranques, la orden era llegarle a sangre y fuego. Si no se le podía dar, había que matarle a los hijos, familiares o lugartenientes… lo importante era no regresar, si es que re- gresaban, con las manos vacías.

Por tal razón, mucha gente comenzó a moverse para el lado de Escobar. Pero tres miembros de lo que fue el Estado Mayor de las Autodefensas, encabezados por Ramón Isaza, comenzaron a armarse de nuevo. Empe- zaron, como lo hicieron diez años atrás, con escopetas y viejos revólveres calibre 38. Meses después, sin embargo, les llegó una fusilería nueva, dig- na de una unidad de Élite.

Además, Isaza tenía que vérselas con los sicarios de Escobar y con la disi- dencia de Autodefensas de la región que se fue con el narcotraficante.

Para diciembre de 1991 la guerra entre el cartel de Cali y Escobar estaba más viva que nunca. El capo detenido en ‘La Catedral’ temía un atentado aéreo de sus enemigos del Valle del Cauca. El que espabilaba se moría, valía todo. La palabra respeto y honor fueron proscritas. Era un enfrenta- miento de exterminio, y los dos bandos lo sabían.

La ‘gente’ de Cali sabía lo que estaba pasando en Puerto Boyacá y decidió mantener amigos allí, que en un momento dado fueran sus aliados, por si su enemigo seguía agrediéndolos… o se volaba de la cárcel. Ya los rumo- res de que Escobar estaba delinquiendo desde ‘La Catedral’ había subido los decibeles permitidos por las autoridades y Gobierno.

Una delegación de Cali fue al Magdalena Medio a buscar respaldo para el enfrentamiento con Pablo. Después de varias horas de discusión se llegó al punto álgido: …‘Ariel Otero’.

Para los de Cali ese tema era engorroso y de orgullo, ya que como Pablo Escobar ofreció 400 millones por la cabeza de ‘Otero’, ellos no querían parecer ‘idiotas útiles’ del capo de Medellín al hacerle el favor de matarle a su enemigo… y menos gratis.

Después de varias consideraciones, un ‘cancamán’ de la visita interrum- pió y dijo: “Manden a su gente y le mostramos el sitio donde se esconde”.

El pacto se acababa de sellar. La primera prueba de afecto de los del Valle para con la gente de Puerto Boyacá se dio.

Al terminar la reunión, los anfitriones enviaron un mensaje a un sujeto que se le podía medir a esa ‘vuelta’. Luego de las instrucciones salió para Cali. Llevaba la orden de interrogar a ‘Otero’, matarlo y regresar con el cadáver a Puerto Boyacá, para hacerle un ‘homenaje’.

El 7 de enero de 1992 un grupo de hombres, acompañado de un guía, llegó hasta una bella casa campestre cerca de Cali y sorprendió al ex co- mandante. “Lo cogieron ‘de quieto’”. Estaba cambiado, ya no lucía su acostumbrada barba; vestía un jean, camisa verde y medias grises, estaba sin zapatos.

Quien iba al mando le dijo a un subalterno: “Pásame el poliéster51”. La expresión, muchas veces escuchada y ordenada por ‘Ariel Otero’, signifi- caba que “se lo había llevado el putas”. Luego de amarrarlo rompieron su camisa en la parte de atrás. Está a punto de empezar un sangriento inte- rrogatorio.

Mientras tanto, en Puerto Boyacá un grupo de hombres comenzó a pla- near el ‘homenaje’ para ‘Otero’, quien fuera uno de los comandantes de las Autodefensas. Concluyó que el sitio indicado sería el parque principal, uno de los presentes salió a comprar 20 metros de nylon bien resistente.

El 8 de enero, en horas de la tarde, un helicóptero aterrizó en una cercana finca de Puerto Boyacá. Se bajaron varios hombres armados. Acomoda- ron sus fusiles en la espalda y recogieron del piso del aparato una mortaja que llevaron hasta el patio de una vivienda.

51 Nombre que le dan los paramilitares a una cuerda o lazo para amarrar a una persona.

Uno de los presentes, de voz áspera y estruendosa, pidió la cuerda que habían comprado y se la entregó al responsable de la nueva misión. Reco- mendó esperar hasta la madrugada para llevarlo e izarlo en el parque principal de Puerto Boyacá. Les reiteró que no podían olvidar el letrero que tenían que colgarle en el cuello.

Luego, el responsable de la captura hizo un detallado resumen de todo lo que ‘dialogó’ con ‘Ariel Otero’.

  • “Yo creo que ya es hora, son las dos y media de la mañana”, dijo un sujeto mirando su reloj.
  • “Bueno, móntenlo en la camioneta azul de platón, yo me voy en el otro carro con el resto de la gente”, respondió otro tipo.

Y salieron con su ‘carga’ rumbo al parque principal de Puerto Boyacá. Al llegar se sorprendieron de la cantidad de policías que se hallaba en el lugar. Decidieron dar una vuelta para ver si se retiraban. Regresaron a las 3:45 y todavía continuaban los uniformados en el sitio. Llamaron a un comandante y le explicaron la situación. Ya muchas personas se dirigían a sus trabajos en la plaza de mercado. Después de un largo silencio en la radio tronó una voz: “Tiren a ese hijueputa en la glorieta de la salida a Bogotá”.

Los vehículos se dirigieron hacia el sitio ordenado. Al llegar, tres hombres se bajaron, todos hicieron una mueca de desagrado al acercarse al platón, el fétido olor del cadáver los impactó. Se montaron, y con los pies empuja- ron lo que quedaba de ‘Ariel Otero’. Luego uno se bajó y lo acomodó boca arriba y le arregló el letrero. Cerraron la portezuela de la carrocería y corrieron a embarcarse. A los segundos reposaba en la húmeda carretera el cuerpo sin vida del hombre que ostentó un gran poder en el Magdalena Medio.

A los pocos minutos un campesino que se desplazaba hacia su sitio de trabajo se encontró con el cadáver. Se quedó mirándolo como si lo reco- nociera. Se agachó y empezó a deletrear lo que decía el cartón que tenía colgado del cuello. Le costaba trabajo porque no había terminado la pri-

maria y no estaba acostumbrado a leer, pero cancaneando lo pronunció: “Ariel Otero: por traidor, ladrón y asesino”.

Otro comandante de las Autodefensas del Magdalena Medio había caído asesinado… y no sería el último.

Cómo sería el grado de descomposición que existía en la organización del Magdalena Medio, que un grupo de hombres liderado por un sujeto apoda- do ‘El Zarco’ y al que también llamaban Luis Eduardo Ramírez, con otros apodados ‘Londoño’ y ‘Lesmes’ fueron hasta la cárcel ‘La Catedral’ a cobrar la recompensa que ofrecía Escobar por la ejecución de ‘Ariel Otero’.

Escobar sabía que no habían sido sus sicarios los que asesinaron a Otero, además sospechaba que gente de Cali había participado en la vuelta. Pero para demostrarle a sus hombres que nadie se salva de una sentencia suya y que es todo un ‘teso’, pagó parte de la recompensa. Les dijo a los cobra- dores que la otra se la había dado a ‘Policía’, hecho que los sorprendió, ya que no sabían que estuviera trabajando para el narcotraficante. Ninguno alcanzó a disfrutar de la recompensa, todos fueron asesinados.

Esta triste época que se vivía en la región la describió gráficamente un combatiente apodado ‘Llovizna’: “Uno se acostaba hoy con un patrón y amanecía con otro”.

Se inició una serie de asesinatos. Todo el que asumía el mando era ‘tum- bado’ por las facciones contrarias.

Cuando un comandante de un frente decidía reunirse con otro, los escol- tas de ambos llegaban con las armas desaseguradas y con un tiro en la recámara. Los jefes se saludaban con la mano izquierda, porque con la otra tenían agarrada la culata de la nueve milímetros. Era una época pavorosa… y Escobar era el que más provecho sacaba.

Había gente que hacía acciones para demostrar que no estaba con el capo, pero en realidad trabajaba para él. Ese era el caso de Jaime Eduardo Rue-

da Rocha, quien luego de fugarse de la cárcel, se refugió en el Magdalena Medio y montó un grupo de justicia privada que puso al servicio del mejor postor. Su área de influencia era La Dorada, Honda, Yacopí, Llano Mateo y Patavaca. Se llegó a decir que estuvo en la nómina de esmeralderos, del Cartel de Cali y de Escobar.

Luego del asesinato de varios comandantes, Rueda Rocha les hizo una gentil invitación a todos los líderes de las Autodefensas del Magdalena Medio que aún quedaban: Ramón Isaza, Iván Roberto Duque, Gustavo Londoño Castillo (alcalde de Puerto Boyacá), Enrique Tobón (finquero de Cimitarra), Luis Eduardo Ramírez y un señor de apellido Lesmes, entre otros.

Ramón Isaza, ya curtido de tantas traiciones y muertes, recomendó a todos los invitados que no fueran a la cita. Dejó claro que él desconfía de Rocha y que no iría.

El alcalde Londoño, uno de los invitados, vio en la cita la oportunidad para interceder por la reconciliación de las Autodefensas y consideró que su investidura era su salvaguarda.

El jueves 26 de marzo de 1992, Gustavo Londoño se despidió de su hijo de 19 años y de su esposa Nubia. Ésta le dio una última ojeada a su vestimenta y le dijo que esas medias blancas no salían con esa ropa, pero su esposo ignoró el comentario, les dio un beso y se despidió. En casa del Alcalde sabían que se iba a encontrar con Luis Eduardo Rueda Rocha y estaban nerviosos.

Salió con su conductor, Antonio José Valencia; y su escolta, José Miguel Fandiño, en busca de los ganaderos Luis Enrique Tobón y de Guillermo Paneso Ocampo. Iban en dos camperos, una Chevrolet Luv 2300 negra, de estacas, y un Trooper rojo, carpado.

Luego de hacer unas diligencias en La Dorada, Caldas, se dirigió al muni- cipio de la cita. Londoño llegó con sus cuatro acompañantes a un estadero en las afueras de Honda, Tolima. Luego de un tirante saludo comenzaron a dialogar sobre la situación del país hasta llegar a Puerto Boyacá. Pidie- ron aguardiente, whisky y comida. En la tarde, Rueda los invitó a su finca ubicada muy cerca. Explicó el cambio de sitio por una información que le acababa de pasar un escolta, en el sentido de que había una “gente rara” por la zona. Todos los invitados aceptaron.

Llegaron a una finca a orillas del río Magdalena y apenas se bajaron de los carros, fueron sujetados por varios hombres que luego los amarraron.

Los primeros en morir fueron el conductor y el escolta. “Para que los otros comprobaran que la vaina era en serio”.

Rueda Rocha interrogó a Londoño sobre el paradero de un armamento que estaba ’encaletado’ en Puerto Boyacá, cuyo propietario era Escobar. Le recalcó que era un lote diferente al robado por ‘Ariel Otero’.

Luego de varias horas de tortura se convenció de que Londoño y los gana- deros no sabían nada. Después de semejante carnicería hasta el más rudo hablaría. Rueda ordenó asesinarlos, descuartizarlos y echarlos al río Mag- dalena.

El martes 31 de marzo a las 9:00 de la mañana todas las esperanzas de familiares y amigos por ver regresar con vida al Alcalde y sus acompa- ñantes se acabaron. En un islote frente a Puerto Triunfo, el río arrastró lo que parecía un tronco humano y una pierna. Hasta el sitio llegó Nubia de Londoño, autoridades y legistas no querían que se acercara por lo dantesca de la escena, pero la señora convenció a los responsables del levantamiento. Vio el tronco y supo que no era el de su marido. Luego su mirada siguió a un lado, donde estaba una pierna izquierda, al bajar la vista hacia el pie sintió un fogaje en su cuerpo que aceleró su corazón… tenía una media blanca. Se acercó un poco más, podía ser una casuali- dad, pero el destello de esperanza se apagó cuando vio los lunares que su esposo tenía en esa extremidad. Dos lágrimas empezaron a recorrer sus mejillas.

El tronco correspondía a Luis Enrique Tobón. En su abdomen había una escisión y carecía de vísceras. Dicen que este ‘procedimiento’ se hace para que el cuerpo no salga a la superficie y permanezca sumergido.

Un día después, en un sitio llamado ‘Cinco Calvarios’, en el corregimiento de San Luis, en Puerto Triunfo, Antioquia, a un lado de la desembocadura del río Caldera aparecieron incinerados los vehículos.

Un pescador, en tono irónico comentó que con tanto muerto que le han echado al Magdalena, hasta los bocachicos han debido haber cambiado sus hábitos alimenticios.

La muerte del Alcalde y sus acompañantes puso a pensar a los miem- bros de Autodefensas que quedaban, que si no acababan con los res- ponsables de estas masacres, ellos serían los próximos. Por esta razón ‘El Zarco’ comenzó a dialogar con uno de los escoltas personales de Rue- da Rocha.

Todos los movimientos del autor de los asesinatos comenzaron a ser re- portados al DAS. Varios agentes secretos se desplazaron a la región y co- menzaron a respirarle en la oreja a Rueda. Pero cada vez que iban a dar el golpe, el hombre se les movía, “era un criminal muy escurridizo”, recuer- da un uniformado.

Tres unidades de élite llamada Grupo de Operaciones Especiales, Goes, estaban disponibles para actuar en el momento indicado… hasta que lle- gó el soplo esperado. El 23 de abril de 1992, antes de cumplirse un mes de la masacre del alcalde Londoño, el escolta de Rueda informó la ubicación y hora de salida del asesino.

Salió a las 5:00 de la tarde a la autopista que de Honda conduce a La Dorada en tres camperos. Iba rodeado de su guardia personal. Al intentar hacer el giro a la derecha, un carro se les atravesó.

Los criminales comenzaron a disparar, pero antes, 20 fusiles galil, con munición 7.62 comenzaron a vomitar plomo. El ruido fue ensordecedor, parecía una práctica de polígono de un batallón. Murieron 8 sicarios, entre los que se encontraba Rueda Rocha.

Pareciera que haber asesinado a Galán no fue suficiente para perseguirlo con ahínco desde mucho antes.

Los asesinatos de comandantes de Autodefensas no paraban. Luego, el turno fue para ‘El Zarco’, ‘Santomano’ y ‘Policía’.

‘El Zarco’ salía de su finca en la vereda La Corcovada, adelante del Pozo 2, entrando para Puerto Pinzón –en Puerto Boyacá–. En el camino encontró un palo atravesado y cuando se bajó a quitarlo, lo asesinaron. Sabía de un armamento que una gente de las Autodefensas le iba a entregar a Pablo Escobar.

‘Santomano’ fue asesinado por unos miembros de la organización que se le ‘torcieron’, cuando salía de un supermercado, en Puerto Boyacá.

‘Policía’, a quien también le decían el ‘Poli’, había huido con unos mucha- chos. Pero regresó después a hacerse comandante de las Autodefensas. No obstante, su reinado fue efímero. Su escolta de confianza lo entregó a un esmeraldero, quien lo metió en una caneca de 55 galones llena de combustible y lo prendió vivo, junto con otro lugarteniente que lo acom- pañó a los Llanos. Ese día su hombre de confianza le dijo que no se podía subir al helicóptero con él por un problema familiar, que más bien le diera permiso para solucionarlo. El ‘Poli’ -que llevaba tiempo trabajando para Escobar- no se olió nada y le dijo que no había problema, que se quedara, que cuando regresara lo llamaba. Quien lo entregó sabía que en esos tiempos no se debía confiar en nadie, ni siquiera en el esmeraldero. Eso tal vez lo salvó.

Nadie se le medía a ser nuevo comandante.

Los líderes que se salvaron se metieron al monte con sus muchachos. Allá se sentían más seguros, y cualquier forastero o mensajero que llegara se moría. Ya no eran paramilitares ni autodefensas ni grupos ni frentes… sólo unos cuantos hombres enfusilados para no dejarse matar de los ene- migos.

La alianza Autodefensas-Escobar-Rodríguez Gacha destruyó en mil peda- zos lo que se inició como una forma de lucha que consistía en vincular a los civiles en la guerra contra la guerrilla. Ahora el Estado tenía más ene- migos que amigos. Si por el Magdalena Medio había pasado un huracán, en Medellín se avecinaba un tornado.

Parece que aquí se cumplió con una premisa atribuida a Jacobo Arenas, ideólogo de las Farc. En una ocasión se le preguntó por los grupos de Autodefensas del Magdalena Medio, respondió que no lo preocupaban porque “ellos terminan destruyéndose entre ellos mismos”.

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