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CRÓNICAS QUE DA MIEDO CONTAR | Autodefensas – Escobar – Pepes

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A la memoria de todos los policías que dieron su vida en la guerra contra el criminal Pablo Escobar Gaviria.

El poder de Pablo Escobar no disminuyó después de su entrega aquel miér- coles 19 de junio de 1991. Así lo sabía la Embajada de los Estados Unidos, la DEA y algunos funcionarios del Gobierno Nacional, pero había que darle una oportunidad a la política de sometimiento.

Todos los miembros que estaban en el Cuerpo Élite de la Policía fueron enviados a sus diferentes unidades de origen. Al comandante, coronel Hugo Martínez Poveda, le dieron una comisión a España. El oficial de rostro imperturbable, que jamás exterioriza lo que siente, tenía la sensa- ción de que no había cumplido la misión que se le encargó. Repasaba cada procedimiento y no se explicaba cómo se le había escapado el gran capo.

Todas las palmadas que recibía en el hombro de superiores, compañeros y subalternos, por su labor y dedicación en la persecución eran como un ramalazo. Como oficial sabía que las órdenes se dan por cumplidas cuan- do se cumplen. En la academia le enseñaron hasta la saciedad que no existen los partes de victoria a medias, esos están reservados exclusiva- mente para los mediocres, y él era un convencido que jamás lo había sido. Además, así daba fe su hoja de servicios.

Era el hombre que más había aprendido a conocer de Escobar. No come- tía el error de muchos oficiales de inteligencia, que consiste en odiar a sus blancos de investigación, sentimiento que les hace perder la capacidad de análisis y comprensión del objetivo.

A pesar de Escobar haberse entregado a la justicia, Martínez Poveda esta- ba convencido que aquel era un hombre con una naturaleza proclive al delito, que nunca iba a dejar sus fechorías, que lo más probable era que lo mataran sus enemigos o lo extraditaran luego de una repentina reforma a la Constitución. Nunca imaginó que se fuera a volar. De todas maneras se llevó para España muchas de sus anotaciones y análisis que hizo du-

rante la persecución del capo. Llevó también varios perfiles que especia- listas en ciencias del comportamiento habían elaborado de Escobar. Que- ría tener la certeza de que no había fallado por un mal procedimiento. Deseaba exorcizarse, esperaba que el no haber capturado o dado de baja al narcotraficante, fuera a ser la tranca que impidiera su ascenso al máxi- mo grado de general, de tres soles.

La pérdida de 20 millones de dólares le dio otra oportunidad.

“Mi papá tiene una caleta de dólares la hijueputa”

El señor Juan Diego era un supervisor más de la empresa Polímeros Co- lombianos. Ganaba un humilde sueldo que era suficiente para mantener a su esposa Inés y a sus dos hijas, Clara Inés y Margarita. Era un hombre correcto y muy rígido en el hogar.

La austeridad y privaciones a que se debía someter por su bajo sueldo contrastaba con los 20 millones de dólares que tenía en una caleta cons- truida debajo de una escalera en su residencia, ubicada en el barrio San Pío, en Itagüí.

Nunca se atrevió a sacar un sólo billete, por esa razón Fernando ‘El Ne- gro’ Galeano le tenía una confianza ciega. Además, le daba todos los me- ses una liga por cuidar el billete.

Juan Diego acostumbraba enviar a su familia, cada veinte días, a paseos o a visitar a familiares. El propósito era quedarse solo en la casa. La razón era que los dólares había que asolearlos, tenía que sacarlos al sol para evitar que les cayera hongos. Allí en una terracita del patio de su casa los colocaba y empezaba a soñar qué haría con esa cantidad de dinero. Ya había recorrido el mundo más de 20 veces, también había encuerado y ‘tirado’ a las más bellas modelos del planeta, pero se despertaba de un salto de sólo pensar lo que le pasaría como se llegara a perder un sólo billetico de US$100. Los dólares estaban envueltos en papel periódico del año 1984, en fajos de 100 mil.

Un día de sol, su hija mayor, Clara Inés, se regresó sin avisarle y lo encon- tró en semejante tarea. Le dijo que no se preocupara, que ella le guarda- ría el secreto. Desde ese día padre e hija hacían las labores de ‘asoleo’.

Pero la jovencita cada vez que sacaba la ‘tula’ se robaba varios billetes. Empezó a comprar ropa y a prestarle dinero a los vecinos. También ad- quirió una moto. Su novio, un pandillero, le pidió que le contara de dónde sacaba ese dinero. Ella le relató lo sucedido y acordaron robarse la caleta. Juan Diego un día apareció muerto y de inmediato la gente del ‘Negro’ Galeano se presentó a la casa a ver qué había pasado con la caleta. La viuda, que no sabía nada, les solicitó que la dejaran, que ella la seguiría

cuidando porque la platica que le pagaba le servía para vivir. Los dólares se quedaron allí.

Semanas después, el domingo 28 de junio de 1992, la señora llamó con urgencia a uno de los trabajadores de Galeano y le contó que la plata se la habían robado y que su hija había desaparecido.

Comenzó entonces la búsqueda de los dólares. Los lugartenientes de Fer- nando Galeano, ‘El Ñato’ y ‘Semilla’, se pusieron al frente de las acciones. Un grupo de hombres de Escobar, al mando de Carlos Mario Alzate Urquijo, alias ‘El Arete’, cooperaron con las ‘investigaciones’.

La primera acción fue “colocar en cuarentena” a la viuda y a su hija me- nor. Las guardaron en una casa de San Antonio de Prado, municipio del área metropolitana de Medellín.

Todos los días, la niña, llamada Margarita, salía acompañada de los ‘in- vestigadores’ en un carro, con el pelo recogido, gorra y gafas oscuras. Recorrían las calles aledañas a su casa y señalaba a los amigos de su hermana. Otro grupo que iba en un Mazda 323 se encargaba de ‘alzar’ al señalado.

Elkin Estrada Gallego fue el comisionado por el ‘Negro’ Galeano para que coordinara y cuadrara a la Policía de San Antonio de Prado, para que la autoridad se hiciera la muda y sorda, “ya que muchos de los pelaos que iban a ‘levantar’ tocaba hacerlo a plena luz del día y tumbando puertas”.

Todos los sospechosos fueron llevados a una finca localizada por Enviga- do. Otros eran enviados a la sede deportiva de un club profesional de fútbol. Muchos pasaron el “examen de la toalla”, otros no. La prueba con- sistía en amarrarlos y luego ponerles una toalla en la boca y nariz. Otra persona les echaba agua con un balde. Llegaba un momento en que el ‘cliente’ sentía que se ahogaba y que se iba a morir… unas veces hablaban, otras se morían.

Luego de tres días, el jueves 2 de julio en la tarde, la viuda recordó a un joven que se la pasaba con el combo del novio de la hija. A este muchacho, por ser menor de edad, lo llevaron “a lo bien” (sin amarrarlo). Habló a solas con Fernando y sus hermanos Rafael y Mario. En la noche, el infor- mante llegó con una fotografía. Comenzaron a analizarla y de pronto

identificaron a un sujeto también apodado el ‘Ñato’. Era un trabajador de John Jairo Posada Valencia, alias ‘Tití’, este último lugarteniente de Pablo Escobar.

El ‘Arete’ y sus hombres estaban cerca de donde se celebraba la reunión de los Galeano y sus acompañantes con el muchacho. Estaba impaciente porque hubiesen descubierto la vuelta.

‘El Ñato’, pero el que trabaja para Fernando Galeano, le hizo una seña a ‘Semilla’ y comenzó a rodear a los trabajadores de Escobar. Les dijo: “Ya terminó la ‘investigación’, se pueden ir”.

Esa noche capturaron y apretaron a las personas indicadas y descubrie- ron que el ‘Tití’ y otra gente de Escobar estaban implicadas en el robo de los 20 millones de dólares. Fernando Galeano Berrío y Gerardo Moncada Cuartas acordaron pedir una cita urgente con el patrón.

Le pusieron un beeper a ‘Limón’, quien era el encargado de la agenda del detenido y jefe de recepción de ‘La Catedral’. A los pocos minutos les con- firmaron que el ‘Doctor’ los recibiría al día siguiente en la tarde. El viernes 3 de julio de 1992.

Los sitios para recoger la gente eran un parqueadero de Envigado y la cancha de fútbol de la terminal de El Dorado, también en el mismo muni- cipio. Todos llegaban hasta una casa campestre, en la vía de Rosellón, a mano izquierda cuando se va para ‘La Catedral’. O llegaban a otro punto de encuentro llamado ‘Casa Roja’, donde hay un citófono que comunica directamente con la cárcel. Los invitados eran reportados allí, después de la autorización pasaban a un camión con un fondo falso. Allí iban Fer- nando y Gerardo, acompañados por ‘El Arete, a denunciar ante Pablo el robo de la caleta.

Al llegar a ‘La Catedral’ los hicieron pasar de inmediato al gimnasio. Para ‘El Negro’ Galeano no pasó inadvertido el estado de exaltación de los pre- sentes. De pronto se lo atribuyó a la ‘vareta’. Pero no sólo el consumo de la hierba era la responsable del júbilo, sino las ‘órdenes de trabajo’ que se iban a impartir cuando llegara el patrón.

Los pillos y bandidos llevaron a Escobar a cometer su último error… trai- cionar, vender y asesinar a sus amigos.

El patrón llegó y luego del saludo se tiró uno de esos discursos que gustan sólo a los áulicos. Recriminó a Galeano y Moncada por guardar el billete mientras él ponía el pecho por la guerra. Exigió que revelaran la ubica- ción de las otras caletas, para ponerlas al servicio de la organización y de los ‘muchachos’ (pillos y sicarios), que habían dado una “cuota de sangre muy alta por la causa”. Se escucharon unas ovaciones y frases de respal- do para con el patrón, quien levantó el mentón en señal de vanidad y orgullo.

Los invitados se negaron. De inmediato fueron amarrados y torturados. Al mando de los sicarios que tomaron el control de la situación estaba el más temido asesino del Cartel de Medellín, Mario Alberto Castaño Molina, ‘El Chopo’. Éste llamó por radio a la ‘Casa Roja’, que estaba como nunca abarrotada de jefes gatilleros, que habían sido citados con urgencia. En- tre ellos se encontraba un sujeto apodado ‘Comanche’, cuyo nombre real era Dairo Ángel Cardoso Metaute. En compañía de éste estaban dos sicarios conocidos con los alias de ‘Chichí’ y ‘Muelón’.

  • “Pónganme al medio a ‘Comanche’”, ladró ‘El Chopo’.
  • “Siga jefe”, contestó.
  • “Para allá va ‘HH’ con un encargo… Hay que darles de una vez. Esto se putió y hay que empezar a camellar… Hay que ‘alzar’ a la gente de confianza de los que lleva ‘HH’ y a los que guardan el billete”.

Al poco tiempo llegó ‘HH’ en un campero en donde venían tirados en el piso Galeano y Moncada. Traían las manos atadas atrás y la boca tapada con cinta adhesiva.

‘Comanche’ llamó por teléfono a su secretario privado, José Córdoba Sarrázola, alias ‘Pelotera’, para que consiguiera dos carros. Había decidi- do llevar a los ‘pacientes’ para los lados de La Pintada.

‘Pelotera’ iba adelante en un carro, cantando52 la zona, ya que había mu- chos retenes policiales. En el otro iban los tres sicarios, y en el baúl Fer- nando Galeano y Gerardo Moncada.

52 Persona que va de avanzada con el fin de informar con tiempo cualquier novedad en la vía.

Como a las 7:30 de la noche del 3 de julio de 1992 llegaron a un paraje a la orilla del río Cauca, exactamente en el puente de La Pintada. ‘Muelón’ dijo: “Démosles aquí”. Los bajaron y los tiraron al suelo, luego sacaron del carro unas almohadas, se las colocan a las víctimas sobre la cabeza y empezaron a disparar sus pistolas nueve milímetros. Dispararon como 30 veces. Se apartaron de los cadáveres y el ‘Muelón’ dijo: “Esperen y yo hago el trabajo sucio, yo no me demoro nada”. Sacó un largo y afilado cuchillo y les abrió el vientre y les sacó las víscera, luego los tiraron al río. Nunca más aparecieron.

Siguió una cacería y carnicería contra los familiares, contadores, lugartenientes y hombres de confianza de los Moncada y Galeano.

Mario Galeano Berrío fue secuestrado en su residencia del barrio Laure- les, luego de que su escolta de confianza Luis Fernando Giraldo, (a) ‘Bo- cadillo’, fuera torturado por ‘El Chopo’ para que le diera la dirección. Los llevaron hasta la finca ‘Las Palmas’, entre El Peñasco y La Cola del Zorro, allí los torturaron y asesinaron. Esta propiedad pasó meses después a ser una base de los llamados ‘Pepes’.

Luego fueron ‘capturados’ dos trabajadores de los Moncada, a uno lo lla- maban ‘Emilio’ y al otro ‘Jota’, ‘El Arete’ los notificó del “golpe de estado” y los puso a llamar a todos los contadores y hombres de confianza de la familia Moncada.

‘Jota’ fue obligado a revelar el paradero de William Moncada. Quien se encontraba en una oficina de su propiedad, por los lados de Marandúa, en la Autopista Sur, enseguida del cementerio. Hasta allá llegó ‘El Arete’ en tres carros con sus hombres, y ‘chapeando’ de agentes del F-2 entraron y capturaron a Moncada.

Lo metieron en el baúl de uno de los carros y lo llevaron a una finca por Envigado, antes del barrio La Paz, que cuidaba un sujeto que le decían ‘Juan Volador’. Luego lo trasladaron a un apartamento donde fue severa- mente torturado y obligado a firmar documentos en blanco y poderes sobre todas las propiedades de la familia. Después de terminar los traspa- sos fue cruelmente asesinado por el ‘Chopo’. Cogió una pistola de 25 milí- metros y le hizo cinco disparos. Pero al pensar que no se moría cambió el arma por una 7,65 y le pegó 6 más. Lo metieron en un Chevrolet Sprint y lo “botaron por Sabaneta”.

Con ellos cayeron sus hombres de confianza, como los hermanos Elkin y Walter Estrada Gallego, Luis Fernando Giraldo, varios contadores y cola- boradores.

Rafael Galeano se salvó de ser capturado por la rápida acción de sus es- coltas. Se escapó a un país europeo y hasta allá le enviaron cuatro sicarios para ‘cascarlo’, pero nunca lo encontraron.

Horas más tarde, en el restaurante Piamonte, se reunieron ‘El Chopo’, ‘El Primo’, ‘Cuchilla’, ‘El Arete’ y varios abogados para acordar cómo repartirse y legalizar el ‘botín’.

Aunque ‘Kiko’ Moncada y ‘El Negro’ Galeano eran reconocidos narco- traficantes, sus muertes fueron el detonante para que el Gobierno no si- guiera haciéndose el sordo y ciego con respecto a la serie de crímenes que se habían ordenado desde ‘La Catedral’.

Todos los que quedaron con vida sólo se preguntaban: “¿Y cuándo me toca a mí?”. “Este tipo nos va a matar a todos, tenemos que defendernos”.

Una comisión de familiares de las víctimas, entre las que estuvieron, ame- nazados, perseguidos y testigos, partió a Bogotá donde fueron recibidos por el Fiscal General de la Nación, Gustavo De Greiff. Ante semejante cau- dal de información, indicios y pruebas, De Greiff no dudó en pedir una audiencia con el Presidente de la República.

Después de varias horas de deliberaciones, y en dos sesiones, el Consejo de Seguridad, liderado por César Gaviria Trujillo, tomó la decisión de trasla- dar de prisión al capo. La primera convocatoria tuvo lugar en la mañana del 21 de julio de 1992; la segunda, en la tarde del mismo día. Pero en realidad no había una verdadera actitud de autoridad para aquietar a Escobar y enviarlo a una real cárcel de alta seguridad. Parece que el mie-

do a que el ‘patrón’ se enterara después de quién había sido el responsable del cambio de reclusión, los llevó a emitir una serie de órdenes ambiguas que a la postre cobraron la cabeza de los que estaban menos ‘apadrina- dos’ ante el Gobierno. A pesar de estar encerrado, Escobar todavía man- daba y era temido hasta por el mismo Estado.

El 21 de julio de 1992 en una chapucera misión por tomar el control de ‘La Catedral’, Escobar y varios de sus lugartenientes se escaparon de lo que luego se descubriría era un palacete y no una cárcel de máxima segu- ridad.

Ciento ochenta hombres que integraban el grupo de operaciones especia- les urbanas y rurales de las Fuerzas Militares, 90 por cada destacamento, escogidos para tomarse la cárcel, demoraron más de seis horas metidos en un hangar de la Base Militar de Catam -a un costado del Aeropuerto Internacional de Eldorado- sin ninguna explicación.

Cuando llegaron a Medellín, ya la sorpresa y tardanza de la operación estaba a favor de los fugados.

Silencio, censura y presión en la noche del 21 de julio

No solo el Gobierno y los detenidos de ‘La Catedral’ vivían su tragedia, los medios de comunicación también vivieron la suya. Y como siempre los periodistas quedaron en medio del Estado y la mafia.

Sobre lo sucedido esa noche del 21 julio y madrugada del 22 el periodista de radio Juan Manuel Ruiz Machado, quien desde antes de los hechos labora en Radiosucesos RCN, realizó un documento que ha estado inédito hasta la fecha, pero que cedió para este trabajo, y que refleja las presiones y desaciertos del Gobierno de César Gaviria esa funesta noche de la histo- ria colombiana:

Uno no sabe desde cuándo está enfrentando tiempos difíciles en este país. En la radio, testigo directo de muchos de los grandes acontecimientos, hemos seguido minuto a minuto el viaje de Colombia hacia el abismo. Todavía nos falta un poquito para caer.

Uno de los episodios que más recuerdo sobre aquellos tiempos difíciles ocu- rrió la noche del 21 al 22 de julio de 1992. El presidente era César Gaviria, el hombre que había llegado al poder dos años antes gracias a la designación que le hizo Juan Manuel Galán, durante el sepelio de su padre, Luis Carlos Galán, candidato presidencial asesinado por el narcotráfico el 18 de agosto de 1989.

A eso de las siete y media de la noche recibí la llamada de una informante muy asidua del cartel de Medellín a quien todos conocíamos simplemente como Pepa.

–¡Oíme, Juan Manuel! ¡El Ejército está invadiendo la cárcel de la Catedral!– me dijo, con voz angustiada esta mujer, de quien después supe era la esposa de un reputado hombre de Antioquia, algo así como un efímero prócer de la ya revaluada leyenda paisa de hombres adelantados y superinteligentes.

–¿Cómo así?– respondí, sorprendido.

–En este momento están adelantando un operativo imprevisto contra Pablo Escobar– afirmó, y colgó el teléfono.

En la sala de redacción había una verdadera agitación. En la radio se viven las cosas con más intensidad, pues no hay horarios especiales para informar,

como sí les sucedía en aquella época a la televisión y, obviamente, a los de- más medios, presos de las restricciones de su propia naturaleza. Los perio- distas de orden público Carlos Perdomo y Jaime Orlando Gaitán contesta- ban, acuciosos, los teléfonos que no paraban de repicar. Como era ya una costumbre en la emisora, lo primero que hice fue llamar a Juan Gossaín a comentarle lo que a su vez se estaba rumorando.

–Don Juan, nos cuentan, de diversas fuentes, que algo está pasando en la cárcel de La Catedral– le dije, preocupado.

–¿Qué están diciendo?– me respondió, con sequedad.

–Dicen que el ejército está invadiendo la cárcel para hacer un operativo con- tra Escobar– añadí, tratando de ser preciso con lo que me había dicho mi fuente.

Recuerdo que me respondió con una frase que reflejaba su inmensa claridad mental, la que siempre lo ha caracterizado, aún en momentos de angustia e inquietud como ese.

–Mire, Ruiz. El Ejército Nacional no invade nada, pues el Estado no necesita permisos para movilizar la tropa por donde quiera. Si está entrando a la cárcel es por algo. Estemos atentos y cuénteme, llámeme a cualquier hora.

Cuando dejamos de conversar con Gossaín, la preocupación aumentaba. El tono de su voz me reflejaba que algo verdaderamente grave estaba pasando. Muchos años después habría de comprender cabalmente que el oficio de di- rector de un medio de comunicación en Colombia implica silencios, distan- cias y prudentes decisiones, incluso, ante los propios reporteros y subalter- nos. Cualquier infidencia, aún con el más cercano colaborador, puede ser perjudicial no solo para los oyentes sino para el país. Ser director es llevar una angustia informativa a cuestas.

De manera que todo transcurría a la espera de nuevas informaciones. Los periodistas de Medellín eran quienes, lógicamente, tenían la mayor responsa- bilidad y a ellos les correspondía transmitir paso a paso lo que estaba ocu- rriendo.

Hacia las nueve de la noche era un hecho que se estaba llevando a cabo un operativo conjunto de las autoridades en la cárcel donde se encontraba el

narcotraficante más buscado del mundo. En virtud de acuerdos con el gobier- no, Escobar había logrado escoger su sitio de reclusión en una cárcel construi- da en la vereda La Catedral, del municipio de Envigado, Antioquia. El estado comprometió a la IV Brigada del Ejército, al mando del general Gustavo Par- do Ariza, y a miembros del Instituto Penitenciario y Carcelario, INPEC, en la seguridad del capo y sus secuaces, aún a sabiendas de que el mafioso tenía plena autonomía para hacer lo que quisiera en sus instalaciones.

De su conducta y de los desmanes que cometió en el interior de esa supuesta cárcel dio cuenta el Fiscal General de la Nación, Gustavo de Greiff y el procu- rador Carlos Gustavo Arrieta, quienes le hicieron llegar al alto gobierno las fotografías que se convertirían en pruebas para demostrar que el jefe del cartel de Medellín estaba cometiendo mucho más que excesos: asesinatos, secuestros y ajustes de cuentas.

Por eso, cuando ante los medios de comunicación y la Comunidad Interna- cional era imposible ya tapar el sol con las manos, el Gobierno determinó un traslado del capo sin ninguna previsión u orden y el resultado fue el que el país conoció.

Los periodistas seguíamos transmitiendo en vivo y en directo los hechos que se estaban presentando en la cárcel, confundidos como estábamos por la realidad de los acontecimientos. La verdad es que las versiones oficiales bri- llaron por su ausencia. Simplemente se mandaba a decir que un operativo estaba en marcha y que la intención era realizar unas reparaciones arquitec- tónicas, especialmente de un muro del penal, pero que Escobar sería llevado a una guarnición militar, donde tendría todas las garantías de seguridad. Para la informante que nos seguía llamando desesperadamente la versión era distinta. Decía que Escobar se había comunicado con ella para que de- nunciara ante el mundo que el Gobierno lo estaba traicionando en sus acuer- dos y que lo que se venía era una extradición forzada, a pesar de que la nueva Constitución de 1991 había prohibido expresamente ese mecanismo jurídico. De un lado teníamos, pues, a una informante angustiada que daba una ver- sión y de otra parte estaba la no-versión que manejaba el Gobierno y que, según se vino a saber después, estaba intentando ser manipulada con algu- nos directores de medios de comunicación. No obstante, nosotros, con auto- rización de Juan, seguíamos informando responsablemente de lo que estaba sucediendo y por eso dimos el visto bueno a los colegas de la capital antioqueña para que se desplazaran a la cárcel, respetando, por supuesto, todas las normas impuestas por las autoridades y la ética.

Hacia las once de la noche ya se había anunciado que la Cuarta Brigada intentaba tomar el control de la cárcel, pero se sabía que el capo estaba ofreciendo resistencia y que algunos funcionarios del Gobierno habían sido enviados a persuadirlo y a entregarle garantías para su vida y la de sus compañeros de sometimiento a la justicia.

En algún momento de la transmisión por radio, terminamos entrevistando a Santiago Londoño, un abogado que se identificó como representante de Pa- blo Escobar, y quien explicó que el narcotraficante estaba siendo violentado en sus derechos, y que con la actitud de las autoridades se estaban rompien- do los acuerdos alcanzados para lograr su sometimiento. Explicó los porme- nores de la situación, según su versión, e hizo un llamado a la comunidad internacional para que interviniera.

Luego, despedimos al invitado y continuamos con la información, hasta que recibí la llamada del ministro de Comunicaciones William Jaramillo Gómez. El funcionario personalmente me recriminó por lo que él denominaba “la transmisión de un hecho tan grave para el país como si fuera un partido de fútbol”, simplemente porque se había cometido el despropósito de entrevistar a un abogado de Escobar. Traté de explicarle al ministro Jaramillo que la situación se estaba presentando precisamente por el nivel de desinformación en el que nos encontrábamos los periodistas, pues no teníamos más fuentes que las no oficiales y más versiones que las que responsablemente podíamos tejer. Le dije al ministro, sin perder la calma todavía, que, en estos casos se podía recordar las últimas líneas del poema de Antonio Machado: Con el hilo que nos dan tejemos, cuando tejemos. Recuerdo que el ministro montó en cólera y me amenazó con hablar con los altos directivos de la cadena y con el director de noticias. Luego colgó, enojado.

A los cinco minutos, cuando todavía no me reponía de mi impresión, me llamó el secretario privado de la presidencia, el periodista Miguel Silva, quien también me recriminó por la información que estábamos dando y me repitió casi lo mismo que me había dicho el ministro Jaramillo. Sin embargo, perci- bí algo de pudor en sus palabras y siempre quedé convencido de que había hecho esa llamada por obligación y no por convicción.

Al cabo de un rato, recibí la llamada de Juan, quien me pidió explicaciones de lo ocurrido, pero yo sabía que él sabía, pues era evidente que el Presidente de la República lo tenía informado de todo. Por eso me dio su respaldo aunque decidimos bajarle un poco a la transmisión, como se dice en el lenguaje de

nuestro medio. Algo estaba ocurriendo y grave. Era nada menos que la fuga de Escobar con varios de sus capos, en un episodio vergonzoso para el país, que jamás tuvo suficiente aclaración.

Siempre me he preguntado por qué el caso de Gaviria fue tan hábilmente mane- jado cuando se conocieron hechos tan lamentables para el país y para la institucionalidad como ese. Es aquí cuando apareció la supuesta agenda secre- ta, relacionada con los verdaderos acuerdos que había hecho ese Gobierno (César Gaviria) con Escobar. Los medios de comunicación y la opinión pública en general los desconocieron –alguien me dijo después que por razones de segu- ridad y de supervivencia del Estado– pero las quejas del asesino Escobar y lo que después se supo había sido la cárcel (un hotel de cinco estrellas para el capo) eran una prueba de que existieron. Sobre ese tema nunca hubo suficiente debate y creo que muchos le deben todavía al país una explicación.

Lo cierto es que aquella noche de julio de 1992 el Gobierno demostró que el tema de Escobar lo había manejado con absoluta inexperiencia y fruto de la misma fue la actitud que tuvo con los medios de comunicación. A pesar de que luego de las llamadas del ministro Jaramillo y de Silva mantuvimos una prudente relación con los acontecimientos, los hechos superaron cualquier imaginación de periodista, o para ser exactos en este caso, cualquier capaci- dad de improvisación de un narrador de fútbol.

Escobar secuestró al coronel Hernando Navas, director del INPEC, y al viceministro de Justicia Eduardo de la Rosa, y luego se voló por entre una cañada, supuestamente vestido de mujer. En las narices de toda una guardia y de los delegados del Gobierno que fueron a pedirle permiso al narcotraficante se produjo la fuga. Desde esa noche en que el Gobierno mostró su estado de indefensión ante Escobar siempre quedé convencido de que en ese episodio pagaron justos por pecadores, como el caso del general Gustavo Pardo Ariza, quien fue relevado de su cargo sin que siquiera se hubiera escuchado una explicación suya. El Gobierno de Gaviria, como todos los gobiernos, se lavó las manos, pero nunca nadie en ese entonces ni después, ninguno de los gran- des columnistas que luego se hicieron famosos criticando presidentes y minis- tros fueron capaces de tender algún manto de duda en la manera de proceder del mandatario de la época.

Así ha sido el país y así lo hemos enfrentado e informado.


Si el manejo que le dio el Gobierno al tema fue aberrante y lamentable, no menos lo fue el comportamiento de unos cuantos periodistas, que por el afán de la ‘chiva’ tenían como fuente a sicarios que les avisaban con horas de antelación los sitios donde iba a explotar un carro-bomba. “Muévase por los lados del Centro Comercial de la 93 (Bogotá) que va haber movi- miento por allá”, decía la fuente, a quien apodaban ‘Mano Negra’, por teléfono a “sus” periodistas. Que de inmediato se desplazaban a la “zona cantada” a cubrir el hecho.

Fue una época que dejó muchas tristezas, pero a la vez muchas ense- ñanzas al periodismo colombiano.

“Usaré todos los medios para capturar a Escobar”

Como en los grandes partidos de béisbol, cuando el encuentro está más apretado hay que traer al montículo al más bravo de los lanzadores, al de mejor velocidad, control y sangre fría. En otras palabras, hay que sacar del ‘bullpen’ al ‘Bulldog’. Se había escapado un temible delincuente, había que echarle lo mejor… lo respetado… y lo más temido.

El presidente Gaviria se vio obligado a cancelar su viaje a la Cumbre de Países Iberoamericanos a celebrarse en España por la delicada situación que se originó con la fuga de Pablo Escobar. Se sintió burlado ante los colombianos y el mundo. Y a medida que se conocían los hechos que ro- deaban la fuga del capo, los crímenes que ordenó desde la cárcel y los lujos de la prisión, la indignación del Gobierno se convirtió en furia.

Gaviria citó a los altos mandos militares y cercanos colaboradores al Sa- lón de Crisis de la Casa de Nariño. Allí dejó claro que había que acudir “a todos los medios” para encontrar al narcotraficante. Así se lo repitió al país en una declaración publicada por los medios el viernes 31 de julio de 1992: “Usaré todos los medios para capturar a Escobar”. Nunca se sabrá qué alcance moral tuvo esa frase, pero las autoridades iban a cumplir la orden. Y aunque nadie lo dijo, todos sabían que recapturar al capo le iba a traer más problemas al país… tal vez sería mejor cazarlo… Pensaban.

Los oficiales empezaron a ver hacia España. Allá se encontraba como agregado militar un coronel que apretó y sofocó a Pablo Escobar hasta obligarlo a entregarse a las autoridades en julio de 1991, Hugo Martínez Poveda.

Escobar le temía a este uniformado, aún más ahora como fugitivo. No había podido sobornarlo ni amedrentarlo. El narcotraficante no entendía por qué este policía lo perseguía con ahínco y dedicación a toda prueba. El ‘patrón’ empezó a investigar en el pasado del oficial y descubrió que para finales de 1988 había ordenado el asesinato de un coronel retirado del Ejército, Jaime Martínez Poveda. Quien para aquel entonces era el Jefe Regional de la Defensa Civil de Antioquia. Concluyó que Hugo Martínez lo odiaba por haber asesinado a su hermano. Por esta razón inició una campaña de descrédito contra su perseguidor. Lo cierto es que el coronel

de la Policía Hugo Martínez Poveda no tenía ningún parentesco ni de con- sanguinidad ni de afinidad con el militar asesinado.

El coronel Martínez sólo tuvo tiempo de ubicarse en una casa fiscal en Bogotá y reunirse con sus superiores. La orden era capturar a Escobar, pero el uniformado pudo advertir las soterradas reservas que había de si se capturaba vivo. De todas maneras el desarrollo del operativo señalaría el procedimiento a seguir.

Luego de la fuga se reagrupó el Comando Especial Armado, CEA, de don- de salieron los miembros del Cuerpo Élite conformado por sólo policías. Inicialmente fueron enviados 200 uniformados, todos estaban comisio- nados, ninguno era adscrito al distrito de Antioquia, eran de otras ciuda- des. Muchos llegaron a Medellín por diferentes medios de transporte, ya que era peligroso llevarlos a todos juntos.

Martínez Poveda viajó de civil por avión, con una cédula falsa. Se las tuvo que ingeniar para pasar su fusil y dos pistolas 9 mm. En el aeropuerto de Rionegro lo esperaron discretamente dos suboficiales de confianza, que tuvieron que hacer un recorrido de más de dos horas para evitar que los siguieran. Llegaron sin problemas a la Escuela Carlos Holguín, cuartel del Bloque de Búsqueda y de otras unidades especiales de las Fuerzas Mi- litares que apoyaron en la cacería.

El ministro de Defensa, Rafael Pardo, llegó a Medellín y reunió a todos los altos oficiales y dijo: “La orden del Presidente es acabar con el Cartel de Medellín”. Nunca habló ni discutió el ‘cómo’.

Aunque los uniformados trataran de aparentarlo, ya no era una simple persecución, era una pelea personal.

Muchos particulares compraron esta pelea y se aliaron con las autoridades.

Un general llegó a decir: “A un criminal como Escobar no se captura alián- dose a las monjas del Perpetuo Socorro”.

Martínez Poveda no tuvo necesidad de desempolvar sus anotaciones sobre el fugitivo, porque venía preparándose para un acontecimiento como éste. Los perfiles sicológicos y de especialistas le enseñaron que Escobar seguiría delinquiendo y que sería cuestión de tiempo perseguirlo nuevamente.

Esta vez la pelea no sería rural, era imposible que el perseguido se refu- giara en el Magdalena Medio. Allá había peligrosas ‘fuerzas’ enemigas del capo. El narcotraficante no iba a cometer el fatal error de su antiguo socio ‘El Mexicano’, en 1989, cuando se salió de su ‘zona de seguridad’ para irse para la Costa Atlántica, donde perdió con las autoridades co- lombianas…

La pelea esta vez era urbana, y el coronel Martínez empezó perdiéndola. A los pocos días de llegar a Medellín le asesinaron 30 policías, de 200 que había llevado. Algunos altos oficiales pensaban en que era mejor regresar a Bogotá y no exacerbar la guerra. Pero otros opinaron lo correcto, había que combatir al criminal con toda la fortaleza. Desplazaron a 330 unifor- mados más, para conformar un contingente de 500 hombres, entre ofi- ciales, suboficiales y agentes. Todos acantonados en la Escuela Carlos Holguín.

Paradójicamente, Escobar comenzó a ordenar el asesinato de policías, después de haberse servido por varios años de muchos uniformados. Les puso precio a sus cabezas, el valor se doblaba si eran del Cuerpo Élite, se triplicaba si eran suboficiales y cuadriplicaba por oficiales. El premio por la cabeza de su comandante –coronel Martínez– era incalculable.

La forma de pago por el asesinato de un policía era más rápida que la consulta de saldo en un cajero electrónico. El sicario le retiraba la placa o chapa a la víctima, pasaba por una de las prenderías que tenían como ‘centros de pago’ y retiraba la recompensa. Si la muerte era ocasionada por un bombazo y la recolección de identificaciones se hacía imposible, debían llevar un recorte del periódico El Colombiano y el nombre de la ‘oficina’ que se atribuía el atentado terrorista.

También la guerra se trasladó a los medios de comunicación. Fue la con- frontación de los comunicados a la opinión pública, que emitían perse- guidos y perseguidores, y que medios publicaban sin ningún control. Martínez Poveda recuerda en especial uno en donde la mamá de Escobar denunció que un coronel llamado Hugo Martínez Poveda la llamó una noche a altas horas y le dijo que le había puesto una bomba en la puerta de la casa. Que la próxima se la colocaba debajo de la cama, y agregó que el oficial terminó la conversación con la advertencia: “Dígaselo al diablo de su hijo”. Lo curioso es que los familiares aseguraban que encontraron un paquete en su domicilio, pero nadie supo si era o no una bomba.

Los medios empezaron a mostrar al coronel Martínez y sus hombres como despiadados; otras personas festejaban estas acciones así fueran mentiras.

La opinión se estaba polarizando.

Era tal la guerra que se valía todo… hasta la ayuda de grupos de civiles armados. Uno de los colaboradores fue bautizado con el sugestivo nom- bre de ‘Antioquia Rebelde’. Luego apareció otro llamado ‘Colombia Libre’, y después hizo su presentación el más temido y pavoroso: ‘Los Pepes’, Per- seguidos Por Pablo Escobar’.

Cuando los medios hablaron del grupo, muchas personas se burlaron, pero las temerarias acciones de retaliación contra Escobar les hizo cam- biar su gesto por el de miedo y respeto… Más por lo primero. Quien lo comandaba sabía que ese pasaje de la Ley del Talión que reza: “Ojo por ojo diente por diente”… funciona. Empezó con los que por alguna razón habían trabajado con Escobar y continuó con los que llamaron ‘Los Arre- pentidos’. Estos últimos eran llevados a una oscura casa en el Poblado, donde relataban de sus negocios con ‘El Patrón’ y delataban a alguien importante.

La mayoría de los miembros de ‘Los Pepes’ tenía protección de la Fiscalía, además que fiscales salían acompañados por los Perseguidos Por Pablo Escobar a hacer allanamientos, ya que éstos servían de ‘guías’. Por eso no era extraño que algunos de los grupos de asalto del Cuerpo Élite fueran acompañados de estos colaboradores avalados por la Fiscalía.

Un alto miembro de ‘Los Pepes’ comentó: “Si la verdadera historia de ‘Los Pepes’ se llegara a contar con todos los detalles, desde el presidente Gaviria hasta el más insignificante funcionario de la Fiscalía, Policía, Ejército, DAS, Dijín, DEA y funcionarios de la embajada de los Estados Unidos se tendrían que ir presos”.

Pablo Escobar incrementó para finales de 1992 su accionar terrorista contra el pueblo colombiano. El Cuerpo Élite no alcanzaba con su trabajo de inteligencia a neutralizar todos los atentados que se cometían. La ayuda e

información que le prestaban muchas personas que habían trabajado con Escobar no se volvía operativa muchas veces por falta de hombres, por seguridad o porque no llegaba a tiempo la orden de allanamiento.

Por esta razón varias personas de Medellín decidieron organizarse para conformar un grupo que operara sin ninguna restricción. Había una ‘gente’ de Cali que estaba muy interesada en esa guerra. Veían con buenos ojos apoyar a los enemigos de su enemigo. En la capital del Valle del Cauca se llevó a cabo un encuentro en donde los anfitriones, en cabeza de José Santacruz Londoño, entregaron 10 millones de dólares y 50 fusiles R-15 para respaldar la guerra contra Pablo Escobar. A esta alianza asistieron todos los ‘duros’ de Cali.

Los aportes de los de Cali para ‘cazar’ a los trabajadores del capo y para ayudar a acorralarlo fueron de mucha ayuda para ‘Los Pepes’ y para el Bloque de Búsqueda. La colaboración iba acompañada de una gratifica- ción, lo que trajo algunos inconvenientes.

El Estado puso precio a la cabeza de Escobar y a sus más cercanos colabo- radores; pero la recompensa que tasó la ‘gente’ de Cali era más apetecida y tenía una ventaja sobre la estatal, se pagaba sin hacer ningún trámite y no importaba si se era particular o servidor público. El problema de esta ‘paragratificación’ era que muchos grupos de asalto operaban con cierta autonomía, tanto en inteligencia como en lo operativo, y cuando tenían ubicado a un blanco notificaban a un intermediario, que había situado en Medellín la ‘gente’ de Cali, para que pusieran el precio, luego de una rápida puja, que se asemejaba a una ‘subasta’, se montaba la operación. Después del ‘positivo’ llegaba la recompensa.

Tal autonomía de estos pequeños comandos fue aprovechada por algu- nos integrantes de los ‘Pepes’. Antes de un allanamiento “solicitaban un tiempo prudencial” para saquear la propiedad. Esto con el fin de propi- narles golpes de orgullo a Escobar y sus secuaces.

‘Los Pepes’ siempre tuvieron información privilegiada de la gente que tra- bajaba con Escobar, pero muchas operaciones les era imposible hacerlas

solos, por lo que tenían que coordinar las acciones, es así como se acerca- ban a los comandantes de las unidades de asalto y les daban la ubicación, y ‘precio’, del blanco a atacar.

Nadie sabe si la idea de ‘Los Pepes’ fue orquestada por el mismo Estado, lo cierto es que el deseo de venganza y retaliación de sus originales inte- grantes, que eran los familiares y entrañables amigos de los Moncada y Galeano, no necesitaba de un aval gubernamental para organizar un grupo y declararle la guerra a Pablo Escobar. Parecía que quien tuviese motivos para odiar al fugitivo era bien recibido del lado de los persegui- dores. No hay nada que atraiga más seguidores que unirse en contra de alguien.

Hay algo claro en Colombia: Las autoridades capturan al que se propo- nen capturar. Y no ha existido nada más peligroso que la solidaridad de cuerpo que se vivió en una institución armada como la Policía, cuando fue atacada, humillada y asesinados sus miembros por los llamados ‘Extraditables’… no les importó a quién tuvieron que acercarse o de dónde provenían los ‘soplos’, para acabar con su enemigo.

Lo que quedaba de las Autodefensas del Magdalena Medio se puso al ser- vicio del Estado. Los líderes que se salvaron sabían que la única forma de sobrevivir era derrotando a Escobar. Unos lo hicieron por convicción, como Ramón Isaza, otros por los posibles beneficios judiciales que podían obte- ner si mataban al capo.

Fueron tales los retenes que pusieron las Autodefensas en la Autopista Medellín- Bogotá, que mucha de la dinamita para atentar en la capital del país la tuvieron que traer los terroristas de Escobar desde Ecuador. “Los habitantes de Bogotá no tienen cómo pagarle a la gente del Magdalena Medio que descubrió miles de kilos de dinamita que iban hacia esa ciudad para atentar contra ellos”, aseguró ‘Llovizna’ a quien le tocó muchas ve- ces prestar guardia en la mencionada vía.

Parecía que el Gobierno le había entregado a las Autodefensas la respon- sabilidad de controlar el Magdalena Medio, mientras ellos (autoridades) perseguían en la ciudad a Escobar. Todos los amigos y socios del capo en esta región desaparecieron por voluntad propia o ‘fuerza mayor’. Todas sus propiedades iban a ser repartidas al final como botín de guerra.

De todas maneras en febrero de 1993 el Gobierno anunció que las perso- nas que ayudaran a dar con el paradero del fugitivo y los miembros de su brazo terrorista obtendrían beneficios jurídicos.

Después del 3 de julio de 1992, cuando sobre la ciudad de Medellín llovieron miles de panfletos que sindicaban a Escobar como el autor intelectual del secuestro y asesinato de los hermanos Moncada y Galeano, los persegui- dos y familiares de las víctimas de Pablo Escobar hicieron su aparición. No obstante, aún no habían adoptado el nombre de ‘Los Pepes’. El país supo de su existencia el 31 de enero de 1993 cuando se dio a conocer a la opinión pública un comunicado de su conformación.

Un informe secreto de inteligencia, elaborado por la oficina de Análisis y Evaluación, sección de la llamada Comisión Especial a Medellín -así se denominaba a toda la unidad del Cuerpo Élite acantonada en la capital antioqueña- realizó un completo dossier sobre el origen y accionar de este ilegal grupo.

TRANSCRIPCIÓN DE ALGUNOS APARTES DEL INFORME DE INTELIGENCIA

  1. Origen de la Organización
  1. Antecedente

En el mes de julio de 1992, días antes de la fuga de Pablo Escobar Gaviria y nueve de sus lugartenientes, en un sobrevuelo realizado por una avioneta en la ciudad de Medellín fueron lanzados varios panfletos en los cuales denun- ciaban que Pablo Escobar Gaviria y los demás miembros de su organización continuaban ordenando y coordinando actividades terroristas, secuestros, extorsiones, envío de alcaloides al exterior desde su centro de reclusión. Prin- cipalmente se le acusaba de haber secuestrado a los hermanos Moncada y Galeano, como también a personas vinculadas con la seguridad y manejos financieros de los antes mencionados, gestándose así un inconformismo al interior de la organización. Esta situación condujo a la conformación de un grupo clandestino, el cual se autodenominó Perseguidos Por Pablo Escobar (Pepes), que se dio a conocer públicamente en su primer comunicado el día 31 de enero de 1993.

  • Objetivo de la Organización
  1. Atacar directamente a Pablo Escobar, a sus familiares por medio del terrorismo (secuestro, torturas, asesinatos, activación de bombas, etc.).
  • Cerrarle todos los espacios operativos al narcotraficante e intimidarlo a él y sus lugartenientes, para que se sometan a la justicia.
  • Acabar con todos los intereses económicos del Cartel de Medellín.
  • Aparato militar de la Organización.

Según informes de inteligencia, el jefe de esta organización delictiva es el paramilitar Fidel Castaño Gil (a. Rambo) y algunos integrantes de la es- tructura militar son: Julio César Correa Garcés (a. Orejas), NN. (a. Bernar-

do), NN. (a. David), NN. (a. Darío), NN. (a. Chucho), NN. (a. El Primo), NN. (a. Palitos), NN. (a. Rubén), Josué Alzate Bermúdez (escolta de ‘Ore- jas’) y Melquisedec Celis Bravo (dado de baja por la Policía el 2 de marzo de 1993, junto a otros tres sujetos no identificados, cuando transportaba 120 kilos de dinamita para la organización de ‘Los Pepes’). Rodolfo Ospina Baraya, antiguo miembro del Cartel de Medellín, quien luego de la muerte de los hermanos Galeano y Moncada, se desvincula de esta organización generando con esto una división al interior de la misma, a su vez sentando las bases para la conformación del grupo autodenominado ‘Los Pepes’, pos- teriormente se acogió al plan de Protección de Testigos del Gobierno de los Estados Unidos. Con base en labores de inteligencia se tiene conocimiento que su participación en esta Organización al margen de la Ley, al parecer, ha sido netamente financiera.

  • Capacidades
  1. Contrarrestar y retar de la misma manera cualquier acto terrorista o actividad delictiva realizada por el Cartel de Medellín, en contra de las propiedades de los capos del Cartel y asesinatos de sus integrantes, sim- patizantes o sus inmediatos colaboradores.
  • Por la actuación de los organismos de seguridad del Estado y el Bloque de Búsqueda, empeñados en la captura del narcotraficante Pablo Esco- bar Gaviria han centrado su accionar en atacar la parte financiera y jurídica del Cartel de Medellín.
  • Como los integrantes de la organización ‘Los Pepes’ hicieron parte del Cartel de Medellín, poseen los recursos humanos materiales y económi- cos para luchar en contra de Pablo Escobar Gaviria.
  • Teniendo en cuenta que poseen la información exacta de la estructura del Cartel han podido centrar sus operaciones en objetivos seguros que afectan directamente a la organización.
  • Atentados terroristas que han realizado ‘Los Pepes’


Desde enero de 1993 hasta finales de abril del mismo año fueron los gol- pes más duros a la estructura terrorista de Pablo Escobar. Bomba que colocaban los hombres del capo en cualquier ciudad de Colombia, retaliación de ‘Los Pepes’ en las 24 horas siguientes.

Pero la guerra se extendió a golpes de orgullo que, al parecer, eran más sentidos que los materiales y humanos.

Uno fue el incendio que se produjo en una bodega de Itagüí. Cuando los bomberos por fin pudieron ‘encontrar’ el sitio de la conflagración ya no había nada que apagar. Al derribar la puerta se encontraron con una colección de carros antiguos totalmente incinerados. Estos vehículos los conoció el país cuando las cámaras de televisión los mostraron en el sóta- no del destruido edificio Mónaco en enero de 1988. Otro golpe fue la castrada del caballo pura sangre ‘Terremoto’, del hermano de Escobar; la destrucción de una fábrica de cerámicas, de propiedad de Marina Henao, hermana de la esposa del mafioso, ubicada sobre la avenida El Poblado en límites con Envigado; y el robo de costosas obras de arte de reconocidos artistas europeos del siglo XIX.

Escobar cayó el 2 de diciembre de 1993, pero su muerte se selló nueve meses antes, el 19 de marzo. Ese día murió acribillado el hombre que manejaba todo su aparato sicarial y terrorista. Era la única persona con la que contaba y que le acolitaba todo su monstruoso proyecto de terror: Mario Castaño Molina, ‘El Chopo’. Este Sicario tenía el criminal ‘honor’ de haber ascendido en el mundo del hampa, al remplazar a los no menos temidos ‘Pinina’ y ‘Tyson’.

Aunque parezca mentira, las recompensas, las líneas telefónicas inter- ceptadas, el trabajo de campo y la vigilancia electrónica dieron sus buenos frutos. La inteligencia funcionó. Pero era netamente criolla… co- lombiana. Si bien es cierto que mucha tecnología fue aportada por el go-

bierno de Estados Unidos, todos los golpes fueron dados con información recogida por la inteligencia colombiana.

Las fuentes de información con las que contaba el Bloque de Búsqueda eran las oficinas del Gobierno, las salas de grabación, la vigilancia elec- trónica, informantes, apartados de correo, la Embajada americana y otras agencias de inteligencia como el DAS y B2.

Los responsables de la fuente llamada Oficinas del Gobierno eran: en Bo- gotá, mayor Óscar Adolfo Naranjo Trujillo; en Medellín, mayor Hugo Heliodoro Aguilar Naranjo.

Para esta tarea se organizaron dos oficinas de recepción de información a números telefónicos suministrados por los medios de comunicación, para que las personas dieran aviso sobre la ubicación del fugitivo y sus secuaces.

En Bogotá funcionó el conmutador No. 2 22 50 12, instalado en el cuarto piso de la Dirección de la Policía Nacional. Una vez recibida la informa- ción se enviaba a la oficina de análisis, donde se evaluaba y se tramitaba al Comando del Bloque de Búsqueda en Medellín. En la capital antioqueña funcionó otro conmutador con los números 4 61 11 11 y el 4 61 11 12, en las dependencias de la Escuela Carlos Holguín.

Por medio de esta fuente de información fueron ubicados Brances Alexander Mosquera (a. Tyson), John Edilson Rivera Acosta (a. El Palo- mo), Hernán Henao Quintero (a. H.H.), John Jairo Posada Valencia (a. Tití), Felipe Pérez Urrea (a. Pipe). Otros 74 sicarios, no menos peligrosos que los anteriores, fueron también ubicados por este sistema de inteli- gencia.

Otra fuente de información del Bloque de Búsqueda fue la conocida como ‘Salas de Grabación’. El responsable de esta área fue el Mayor Orlando Guerrero Pardo.

“Se contaba con dos salas de grabaciones. La primera fue instalada en las oficinas de la Sijín, con 32 pares; y la segunda, en la Escuela Carlos Holguín, con 20 pares. El sistema de interceptación y escucha funcionó con apoyo técnico de la Dijín y de la DEA, para efectos de los costos de mantenimien- to y pago mensual del consumo ante la empresa de teléfonos”.

Después de seleccionar el número a interceptar se hacía la solicitud a la Fiscalía Regional de Medellín y un fiscal sin rostro, que era el único fun- cionario autorizado para dar la orden, expedía la autorización. En la empresa de teléfonos se tenía la vinculación de un ingeniero con quien se coordinaba todo, para evitar la filtración de información y obtener interceptaciones al instante.

Las cintas de grabación se pasaban al momento de interceptada la con- versación al grupo de análisis, donde se hacía primero un registro siste- matizado con el objetivo principal de reconocer las voces, identificar códi- gos, conocimiento de alias y composición de la organización del Cartel de Medellín.

Por medio de este sistema de interceptación cayeron los principales sicarios y terroristas de la organización de Pablo Escobar, entre ellos, ‘El Chopo’.

Mario era uno de los miembros de una unidad que se encontraba en Medellín apoyando las operaciones contra el fugitivo. Pertenecía a las Fuer- zas Especiales Urbanas, fue uno de los que tuvo que esperar en Catam, por más de seis horas, a que el hércules despegara para tomarse ‘La Catedral’.

Su ingreso a las Fuerzas Militares fue por la Marina. Sus condiciones físicas eran una ventaja frente a sus compañeros de armas. Medía un metro con noventa, de contextura fuerte que no le impedía ser de movimientos ágiles y seguros, piel trigueña y pelo lacio. Luego de graduarse como suboficial ingresó a todos los cursos de fuerzas de élite, hasta estuvo en los Estados Unidos capacitándose. Al llegar a Medellín tenía el grado de sargento.

Aunque él lo niega, un amigo afirma que estuvo en Barrancabermeja haciendo parte de un grupo de asalto secreto, del cual no existen archivos ni responsables. Pero muchas operaciones que se llevaron a cabo contra la guerrilla, auxiliadores y sindicalistas afectos a la subversión en esa re- gión del país sólo se pueden atribuir a una unidad bien adiestrada. Nunca hubo capturados.

Alias.

Uno de los golpes más sonados de esa presunta unidad fue en el puerto petrolero hace muchos años, cuando un grupo de hombres dotados con armas ligeras, vestidos todos de negro y con pasamontañas irrumpieron en una residencia a media noche. Se produjo un tiroteo y todos los que se encontraban en la casa murieron. Antes de salir presumieron que había curiosos en las ventanas, por lo que lanzaron cinco granadas. Dos produ- cían confusión y miedo por su estruendoso sonido, las otras tres eran fumígenas. Luego salieron y se montaron en tres camperos Trooper ne- gros sin placas. Todos los documentos que se encontraban en la casa des- aparecieron en el asalto.

‘Mario’, como todos sus compañeros, tenía prohibido salir solo a la ciu- dad, por lo que lo hacían en grupos de tres o cuatro. Además, no entabla- ban conversación con nadie. Cuando operaban lo hacían vestidos de ne- gro o gris. En el reverso de la correa cargaban pegadas las fotos de los miembros del Cartel de Medellín que tenían que capturar.

La foto que tenían del ‘Chopo’ era muy vieja, además, información de inteligencia confirmaba que el tipo le gustaba disfrazarse, hasta de mujer. Esta treta llevó a muchos analistas a considerar la idea de que el tipo podía ser homosexual. Marica o no, era el criminal más temido después de Escobar en Colombia.

Los servicios de inteligencia pagaron gran cantidad de dinero por fotos del ‘Chopo’, pero luego de ser vistas por colaboradores llegaban a la conclusión de que no eran recientes. Pero por medio de las interceptaciones de líneas telefónicas se pudo dar con la posible ubicación del lugarteniente del capo.

El lugar se precisó con la captura de varios sujetos en cuya residencia se encontraron dos mil 500 kilos de dinamita. Entre los capturados estaba un tipo apodado ‘Juan Caca’.

La mayoría de los detenidos del Cartel de Medellín tenían el falso presen- timiento que si eran capturados iban a morir. Temor que se acentuaba si los llevaban a la Escuela Carlos Holguín. El Fiscal, con nombre código ‘Lucho’, que participó en la captura de ‘Juan Caca’ permitió que el deteni- do estuviera por varios días en la sede del Bloque.

Ante una imaginaria perspectiva de muerte el capturado pidió que no lo asesinaran a cambio de revelar varias caletas con explosivos. Un día cuan-

do venían de un allanamiento dijo que el tenía un amigo que sabía dónde estaba ‘El Chopo’. Detuvieron los carros de inmediato buscaron un teléfo- no y ‘Juan Caca’ le puso una cita. Al llegar fue capturado. Dio el número telefónico del ‘Chopo’, que fue interceptado al instante. El recién captura- do había quedado de llamar al jefe militar de Escobar al día siguiente, viernes 19 de marzo de 1993, para una cita.

En la mañana del viernes 19 un hombre ubicado discretamente en el pa- saje comercial que está entre las vías Junín con Maracaibo en el centro de Medellín, vigilaba la entrada al edificio Bancoquia. El número intercepta- do correspondía a esa dirección.

A las 11:00 de la mañana el contacto del ‘Chopo’ lo llama y este último lo cita al edificio Bancoquia.

El comando que iba con el soplón lo integraban ocho policías vestidos de paisano al mando del capitán Aguilar; un fornido sargento pastuso y ‘Mario’, entre otros. Dos miembros del comando entran discretamente a la edificación y neutralizan al portero. El contacto sube por el ascensor con unos agentes y los otros van a toda prisa por las escaleras.

Llegan al piso 20, a la oficina No 2000. Aguilar le hace una señal de asen- timiento al que lleva una maceta en la mano. De un golpe tumban la puerta. La cruzan y llegan a una oficina. En un rincón había otra peque- ña puerta que daba a una habitación, que servía de alcoba al sicario. ‘El Chopo’, por tener abierto un gran ventanal que daba al centro de la ciu- dad, demoró en escuchar lo que se le venía para encima. Cogió su pistola nueve milímetros niquelada que tenía sobre una mesa de noche y empezó disparar contra la entrada a su cuarto. Siguió una balacera del demonio, luego un silencio que dejó escuchar una tranquila voz que retumbó en el ambiente: “Mi coronel, acaba de caer el ‘Chopo’”. Eran las 12:15 de la tarde. Cayó al lado de una cama doble con su pistola en la mano. Le pegaron más de 40 tiros de ametralladora.

Al llegar los medios fueron recibidos por decenas de uniformados con sombrero… el Bloque de Búsqueda. Otros miembros que ya antes habían bajado rápidamente estaban en la Carlos Holguín levantando sus copas. Esa acción les inyectó una fuerte dosis de optimismo que alcanzó hasta diciembre.

Pero los integrantes de esta unidad estuvieron detenidos un tiempo, por- que la Fiscalía consideró un asesinato lo del ‘Chopo’ por el número de tiros que tenía el cuerpo. Los investigadores no creían en el testimonio de los uniformados, ya que por lo general cuando se dispara en ráfaga un fusil o ametralladora la mayoría de los tiros se desvían hacia arriba. Les tocó, por medio de pruebas técnicas, a los integrantes del comando de- mostrar que ellos metían en un mismo blanco los 30 tiros de un fusil o ametralladora. Luego de verificada la pericia de los agentes les retiraron los cargos. Lo cierto es que el hombre encargado de poner las bombas de Escobar en Colombia estaba bien muerto.

La ‘Vigilancia Electrónica’ era otra fuente de la unidad acantonada en la Escuela Carlos Holguín. Estaba a cargo del teniente Jesús Alberto Castro Saldaña.

Esta unidad contó con un sistema estratégico compuesto por tres estacio- nes fijas de ‘Radio Localización Goniométricas’ instaladas en los sitios más altos de Medellín, con línea de vista entre sí. Y una estación central ubica- da en el municipio de La Estrella, en la Escuela de Policía Carlos Eugenio Restrepo. El monitoreo era las 24 horas continuas. Ubicaba un área con margen de error de dos kilómetros del punto de emisión, en la ciudad es toda una desventaja.

Con el fin de reducir el margen de error del sistema estratégico se dispo- nía de un sistema táctico, que consistía en equipos de radiogoniometría móvil instalados en nueve vehículos con capacidad de monitoreo, dividi- dos en dos grupos: Tres para la gama UHF y seis para VHF.

Dos centros de monitoreo permanente fueron instalados y desde allí se ubicaban las frecuencias utilizadas por los miembros del Cartel. Los me- dios que más usaban los delincuentes eran telefonía móvil, sistema trunking, biper, monocanales y banda ciudadana. Por tal razón, la vigi- lancia del espectro electromagnético era una de las principales priorida- des de esta unidad. Luego de identificada la emisión se alertaba a las uni- dades estratégicas y tácticas para ubicar el origen de la señal.

Mediante este sistema se ubicó a José Burbano Ortiz Alzate (a. El Burro), Mónica Victoria Correa Alzate, Ana Ligia Rueda, Juan Camilo Zapata Vásquez (a. JC) y al más importante de todos, un sujeto apodado ‘El Doc- tor’… Pablo Emilio Escobar Gaviria.

La fuente de ‘Informantes’ estuvo a cargo del mayor Danilo González Gil. Le correspondió a esta sección el manejo de los informantes procedentes de los diferentes organismos de inteligencia, de las entrevistas concerta- das a través de las líneas del Gobierno, de la correspondencia llegada a los apartados de correo, de los informantes provenientes de la Fiscalía y los reclutados mediante la penetración en la organización del Cartel.

A partir de la fuga de la cárcel ‘La Catedral’, la Fiscalía recibió testimonios de los integrantes de la banda de narcotraficantes afectados por Pablo Es- cobar, en especial de las familias Moncada y Galeano. Después, éstos que- daron como informantes del Bloque de Búsqueda, siendo éste el grupo más numeroso e importante de informantes procedentes del Cartel de Medellín.

Otro grupo de informantes estaba constituido por miembros de la cúpula del Cartel que se presentaron en Bogotá a la Fiscalía General de la Na- ción, con el fin de servir como delatores dentro del programa de Protec- ción de Testigos, entre éstos se encontraban: ‘Mike’ Ramírez, Guillermo Blandón, Luis Carlos Molina Yepes (a. Lucumí), Gustavo Tapias (a. Te- cho), Miguel Ángel Builes, Salomón Camacho (a. Sony), Guillermo Ángel Restrepo (a. Guillo), José Correa (a. Orejas).

Según el informe secreto de Inteligencia, “tanto los del grupo de infor- mantes de la familia Galeano y Moncada, como los delatores ex miem- bros del Cartel, hicieron contactos con la cúpula del Cartel de Cali con el fin de informar su determinación de informar a la justicia los crímenes de Escobar Gaviria y su decisión de no trabajar con el capo de Medellín. Todo esto para evitar ser incluidos en el listado de enemigos del Cartel de Cali. También se conoció que la gente de Cali envió a Medellín información y personal para perseguir a su principal enemigo”.

Un tercer grupo de informantes estuvo conformado por los reclutados que trabajaban con miembros de la organización de Escobar. De éstos

hacían parte empleadas del servicio, conductores y vigilantes. La infor- mación suministrada era pagada en efectivo.

Para la protección de los informantes se alquiló una casa cercana a la Escuela Carlos Holguín, allí se hacían los contactos personales y las co- municaciones.

La fuente ‘Embajada americana’ sólo aportó en equipos, pero la informa- ción que llegaba por medio de sus informantes era vieja y no operativa.

Se lee en el informe que “la Embajada americana mantuvo un grupo de funcionarios en las instalaciones de la Escuela Carlos Holguín, orientan- do la capacitación de información a través de equipos de escáner, uno fijo permanente en la Escuela, y otro esporádico de localización goniométrica aérea. Mediante el sistema aéreo se lograron tres ubicaciones gonio- métricas de emisión de radio utilizadas por Pablo Escobar, con dos kiló- metros de error, sin lograr establecer la ubicación exacta del objetivo, por lo que las operaciones fueron fallidas. Además suministraron informa- ción al Bloque de Búsqueda sobre toda la correspondencia llegada a esa Embajada y sobre informantes que manejaron directamente. Con infor- mación procedente de esta fuente no se ubicó a ningún miembro del Cartel de Medellín”. (Cursiva y subrayado fuera de texto).

Autoridades, congresistas, periodistas y escritores norteamericanos han tratado de mostrar al mundo que la ubicación y acción contra Pablo Es- cobar fue obra de su trabajo y servicio de inteligencia, pero es falso. Si bien es cierto que los americanos suministraron equipos y dinero para gastos, no fueron ellos quienes ubicaron y dieron de baja al narco- traficante. Todo se dio a la paciente labor de todos los miembros del Co- mando Especial Armado, Cuerpo Élite o Bloque de Búsqueda. Tres nom- bres distintos pero una sola institución… La Policía Nacional. Soldados, suboficiales, oficiales, infantes de Marina… otra sola institución: Ejército Nacional. Tampoco se puede olvidar a la Fuerza Aérea. Fueron todos ellos los que pusieron los muertos, en especial la Policía, y trabajaron incansa- blemente desde la madrugada del 22 de julio de 1992, fecha de la fuga de Escobar, hasta las tres de la tarde de aquel 2 de diciembre de 1993.

A las 11:50 de la mañana del sábado 27 de noviembre de 1993 el mayor Aguilar se encontraba con su grupo de asalto por los lados del Obelisco en Medellín. Otro carro, un Mercedes Benz, lo seguía de cerca. El conductor del último vehículo se comunicó con el oficial y le dijo que su gente estaba muerta de hambre, que él conocía por allí cerca un sitio que vendía las mejores arepas y avena de la ciudad. El mayor aceptó y pidió la ubicación del lugar. Llegaron hasta allí y de un Mercedes Benz verde se bajaron tres sujetos y por último quien lo manejaba… Carlos Castaño Gil.

La misma persona que años atrás se bajó vestido de capitán de un viejo volco, en compañía de varios hombres, en la finca ‘Villa Alegre’, vereda Buenos Aires-La Manta, en jurisdicción de Montería, Córdoba, a matar a Elkin Cano y a sus tigres.

Llegaron al local ‘Arepas Boogaloo’, pero descubrieron que había sido clau- surado, por lo que decidieron ir hasta una ‘buñuelería’ que estaba como a 60 metros. Cuando se dirigían al sitio sonó la alarma de uno de los equipos que se utilizaban para ubicar a Escobar. A los segundos de utilizar el capo cualquier medio de comunicación que necesitara el espacio electromagné- tico vigilado, se disparaban las alertas. La intensidad de la señal fue tal, que parecía que el narcotraficante les estuviera hablando al lado. Para esa épo- ca la tecnología de telefonía celular no estaba operando en Colombia, pero una persona con el suficiente poder económico podía instalar un operable sistema de comunicación con esta tecnología… y Pablo lo tenía.

Los técnicos gritaron por el radio de comunicación: “Puede estar hablan- do desde un teléfono móvil”. El mayor Aguilar desenfundó su pistola 9 mm, la desaseguró, cogió su radio y ordenó: “Cualquier persona que esté hablando por teléfono móvil, en un área de 200 metros a la redonda, que no sea mujer, ejecútenlo”. Varios hombres de civil comenzaron a correr por el sector, arma en mano, mirando a conductores y peatones. A los segundos uno de ellos le aseguró a Aguilar que había visto a lo lejos un taxi que llevaba en la parte de atrás a un pasajero, que iba con la cabeza recostada hacia su hombro izquierdo… como si llevara un teléfono móvil en medio de la oreja y el hombro. Ese día y en esa zona, todas las personas que por alguna circunstancia utilizaran telefonía móvil estuvieron en un inminente peligro de muerte.

Todos se montaron en sus carros, y junto con los refuerzos que se iban acercando, se dirigieron a la ruta que llevaba el taxi y empezaron a reco-

rrer las posibles vías que pudo haber cogido. Pero no encontraron nada. Sólo confirmaron la información que les habían suministrado hacía días, que Pablo Escobar se movilizaba en un taxi amarillo. Otra fuente había dicho que se desplazaba en un carro fúnebre.

Toda esa tarde las unidades tácticas de rastreo se movilizaron por el sec- tor del Obelisco, el estadio Atanasio Girardot, El Velódromo, la Plaza Las Américas y alrededores, pero no hubo más comunicaciones.

Como a las 11 de noche Castaño se movilizaba en una camioneta Blazer con el mayor Aguilar y se encontraron con el también mayor Guerrero que iba en un Montero, quien luego del saludo exclamó: “¿Qué pasó her- mano?”. Era la pregunta que se hacían. Les parecía increíble que se les hubiera escapado. Lo que no se imaginaban era que estaban hablando a una cuadra y media donde dormía Pablo Escobar.

A todos los miembros del Bloque que estuvieron esa mañana y a ‘Los Pepes’, les costaba creer haber tenido tan cerca a Escobar y no haber podido cap- turarlo… o matarlo. Esa noche muchos no durmieron imaginándose cómo habrían actuado, si lo hubieran ubicado.

Por su parte Carlos Castaño se fue para un restaurante con unos amigos, cerca al sitio donde sucedieron los hechos, y les dijo: “Y saber que Escobar está durmiendo en cualquier sitio por aquí cerca”. A los 5 días el capo cayó abatido a menos de 500 metros de ese lugar.

El domingo 28 de noviembre el coronel Martínez Poveda impartió las ór- denes respectivas para continuar con el seguimiento, fue reiterativo en el sentido de que Escobar estaba acorralado y que era cuestión de días que empezara a cometer errores. “Recuerden que tenemos vigiladas las líneas de las Residencias del Hotel Tequendama”. Allí estaba alojada su familia que la habían regresado de Alemania.

Se iniciaban las Operaciones Metropolitana I II, III y IV. Tendientes a la verificación de la ubicación, dada a través de cálculos telemáticos realiza- dos a los enlaces de radioteléfonos, que el narcotraficante Pablo Escobar Gaviria estaba realizando con su familia.

La unidad de Vigilancia e Inteligencia Electrónica, agregada al Bloque, estableció que desde el sábado 27 de noviembre las emisiones se estaban realizando desde una nueva ubicación en el área urbana de la ciudad de Medellín, por lo que todos los recursos técnicos y humanos disponibles fueron destacados a la localización del nuevo sector desde donde se esta- ría comunicando el perseguido.

Al salir sus subalternos, el alto oficial se recostó en su silla y nuevamente fue atacado por las preocupaciones que desde hacía unos días lo perse- guían. Martínez Poveda sabía que las palabras de aliento y energía que transmitía a sus hombres ya no eran suficientes. Había ya frustración y cansancio en muchos de los miembros del Bloque. Ya la palabra derrota estaba empezando a tener cabida en sus cabezas.

El coronel ya había pensado en la posibilidad de un reemplazo, en el mes de diciembre. Ya el Fiscal General de la Nación, Gustavo De Greiff, había dado unas declaraciones a un medio escrito en donde manifestaba que era urgente cambiar a los miembros del Bloque de Búsqueda. Dejaba en- trever que habían fracasado en su misión y que se hablaba de un pacto con Escobar para no capturarlo.

Martínez Poveda repasaba rápidamente los procedimientos y llegaba a la misma conclusión: Se había hecho lo correcto, Pablo estaba acorralado, sus finanzas disminuidas, sus lugartenientes muertos o presos… pero nada que caía. ¿Qué faltaba? Era su principal pregunta. Paciencia, se respon- día, pero era esa la que los colombianos, y menos sus superiores y Gobier- no, no tenían. Lo otro que pensaba que hacía falta era lo que necesita todo buen policía o investigador… suerte.

Aunque parezca increíble para pragmáticos, científicos y académicos, los grandes triunfos de la justicia sobre los criminales han estado adobados del bálsamo de la suerte.

El timbre del teléfono sacó al coronel de sus preocupaciones, era su hijo Hugo Rafael Martínez Bolívar, reportándose. Era el miembro de una de las unidades tácticas de vigilancia electrónica, que había regresado de Bogotá de manera urgente en donde se encontraba de permiso visitando a su esposa e hijos. El coronel, como todo buen padre, esperaba que le fuera bien, pero sabía que su hijo estaba llegando al desespero por hacer las cosas bien. Los márgenes de error que existían cuando se emitía una

señal de la posible ubicación de Escobar eran el peor enemigo de los ope- radores de los equipos electrónicos de comunicaciones, ya que luego de ubicada la señal se le avisaba al grupo de asalto, quien convertía en operativa la información, pero llegaba y nada. El coronel le recomendó a su hijo y subalterno lo de siempre, paciencia y alerta a cualquier emisión, que no olvidara que Escobar se iba a comunicar con su familia en el Hotel Tequendama. Luego le recordó el procedimiento: “Si lo ubicas, quien en- tra es la unidad de asalto, no ustedes”. Se despidió y le deseó lo que más necesitaban… “suerte”.

Ya el 27 de noviembre de 1993 la oficina de Análisis de Inteligencia Elec- trónica establece que Escobar ha cambiado de lugar de residencia, al in- terceptar una comunicación realizada a las 22 horas 05 minutos. Desde ese momento se decodifica e identifica la gama de frecuencias que utiliza en su nueva ubicación para los enlaces.

Los resultados del Plan de Operaciones Metropolitano I, II y III permitió establecer la rutina de trabajo de Pablo Escobar. No tenía horarios fijos de comunicación. Amplió la gama de frecuencias que utilizaba para comu- nicarse (comprendía entre 483.000.0 MHz a 490.000.0 MHz). Y que el narcotraficante se muestra seguro en su nuevo lugar de residencia.

Toda esta información obligó al comandante del Cuerpo Élite, coronel Hugo Martínez Poveda, a convocar a una segunda reunión de emergen- cia con todos sus hombres de confianza el domingo 28. Un nuevo aire de optimismo empezó a irradiar a la unidad, pero a la vez recuerdan todas las veces que han sentido lo mismo y las operaciones terminaron en un burlesco fracaso, como la última en el mes de octubre, en el poblado de Aguas Frías, en Medellín. Fueron siete días en donde no dejaron piedra sobre piedra… y nada.

Los analistas hicieron unos trazos de radiogoniometría estratégica em- pleando el sistema TH-9000, que es una carta de ubicación avanzada rea- lizada por agencias secretas norteamericanas.

A los días de Escobar escaparse de ‘La Catedral’ varios aviones realizaron sobre Medellín una serie de sobrevuelos que contó con la autorización del

Gobierno del presidente Gaviria, pero que fue duramente criticada por el gobernador de Antioquia, Juan Gómez Martínez. Fue tal el enfrentamiento, que el Jefe de Estado le tuvo que recordar al mandatario departamental quién era el que mandaba en Colombia.

Luego de establecer los cuadrantes en donde se estaban produciendo las emisiones, el coronel Martínez ordenó a las unidades tácticas de radio- localización, que estaban al mando de su hijo, desplazarse hasta la zona urbana de Medellín, específicamente en el sector de Las Américas y El Velódromo.

Entre los días 28 y 29 de noviembre el sistema TH-9000 redujo el área de búsqueda a los cuadrantes 12F, 12G y 13F, 13G. Estos puntos se ubican entre las coordenadas 06º 15’ 11” N / 075º 36’ 00” W. A partir de esta ubicación se estableció un área de probabilidades y se seleccionaron los puntos óptimos para la ubicación de los puestos fijos de radiogoniometría táctica.

Por tal razón, se organizaron Equipos Móviles y de Reacción. Cada uno estaba integrado por 23 hombres, el primero estaba comandado por los tenientes Hugo Rafael Martínez Bolívar y Jesús Alberto Castro Saldaña; el sargento segundo Segundo Edelberto Pérez Cárdenas; siete cabos pri- meros; cinco cabos segundos; y ocho agentes.

Al segundo grupo, el de Reacción, lo integraban los mayores Hugo Heliodoro Aguilar Naranjo y Jairo Orlando Guerrero Pardo; los capitanes Carlos Fernando Pérez Gutiérrez, José Edgar Cepeda Ayala y Jorge Iván Flórez Cárdenas; los tenientes Fernando Murillo Orrego y Alejandro Vargas Reyes; el sargento viceprimero Jorge Armando Guerrero Pasichana; sar- gento segundo Juan de Dios Matajira Durán; dos cabos primeros; nueve dragoneantes; y dos agentes.

A su vez, cada equipo se subdividió en grupos. Los Móviles tenían la mi- sión de escoltar a los vehículos de radiogoniometría, específicamente de prestarles apoyo, servir de avanzada y controlar la zona donde se presu- mía se movía Escobar Gaviria. Los de Reacción se dividieron en cuatro grupos de asalto, eran los encargados de penetrar, prestar cobertura y apoyo sobre la zona del operativo. El grueso de estos últimos estaba dispo- nible y preparado para atacar en el cerro Volador.

Desde el lunes 29 de noviembre se procedió según lo planeado y en el área delimitada. Después de mucho tiempo de no hacerlo, Escobar se comunicó con una emisora, al programa Súper Noticias de Antioquia. Leyó un comunicado donde le reclama al embajador de Alemania en Colombia, que su país no haya recibido a su familia. Acababa de romper su blindaje.

Pero no se pudo ubicar la recepción exacta. Para los analistas el hombre se estaba moviendo constantemente y aprovechó para hablar. Lo mismo sucedió el 1 de diciembre. Ese día estaban más alertas, era el cumpleaños del fugitivo más buscado de Colombia. Cumplió 44 años.

Una de las recomendaciones de inteligencia era establecer puestos de vi- gilancia y observación en el sector de las posibles emisiones, realizar dis- cretamente una operación de cerco, taponamiento y rastreo en búsqueda del delincuente.

El margen de error de los equipos TH-9000 en un área urbana representa aproximadamente 8 manzanas. Pero los equipos tácticos que se instala- ron en varios vehículos reducían el error a una cuadra.

A todo ello se sumaba que la topografía de la ciudad puede producir fenó- menos físicos que distraen los equipos electrónicos, lo mismo que las con- diciones atmosféricas, por lo que el margen de error puede ser mayor al antes citado.

El jueves 2 de diciembre los Equipos Móviles se ubicaron en las coordenadas establecidas, y en su área de influencia se movían a la espera de la emisión. La primera de ese día se produjo a las 13 horas 41 minutos. Las personas que intervinieron en la conversación fueron el ‘Limón’, hombre que acompañaba a Escobar, y que le servía en momentos de intermediario para no hablar él; Cecilia, recepcionista de Residencias Tequendama; María Victoria Henao, esposa del capo; Juan Pablo Escobar Henao, hijo; y Pablo Escobar.

La segunda llamada la hizo Escobar a las 13 horas 52 minutos, la tercera y última a las 14 horas 57 minutos. La conversación versaba sobre la situación de su familia y un cuestionario de 40 preguntas de una revista internacional.

“Bueno, dejemos así…”

El teniente Hugo Rafael Martínez sabía que el ser hijo de un buen oficial tenía un serio problema, había que trabajar tres veces más que los demás, para ganarse los elogios y no se percibiera que su ascenso era producto de la consanguinidad, sino de méritos propios. Ese día estaba más aprensivo que otros. Estaba seguro que Escobar se seguiría comunicando con su familia.

Detrás del carro donde se movilizaba el teniente Martínez iba el sargento segundo Juan de Dios Matajira Durán y tres hombres más.

Todos ellos conformaban el puesto fijo de radiogoniometría táctica de- nominado Móvil Uno, ubicado en las coordenadas 06º 15’ 09” N / 075º 35’ 16” W. Cuando Escobar habló, su equipo arrojó vectores de dirección que oscilaron entre los 57 grados con relación al norte magnético. En otras palabras, el narcotraficante estaba hablando a pocas casas de su posición.

El Móvil Dos se ubicó en las coordenadas 06º 15’ 24” N / 075º 35’ 31” W. Arrojó vectores que oscilaron entre los 275 grados con el norte magnético.

El Móvil Tres se ubicó en las coordenadas 06º 15’ 17” N / 075º 35’ 48” W. Arrojó vectores que oscilaron entre los 175 grados con el norte magnético.

El teniente Martínez se disponía a comer del refrigerio que había llevado uno de sus colaboradores, cuando una llamada al radioteléfono lo puso en alerta en el sentido que una persona estaba llamando a la habitación de la familia de Escobar, a las Residencias Tequendama. Una emoción le invadía el cuerpo, encendieron el carro y esperaron. La aguja empezó a moverse, la señal era muy débil, por lo que comenzaron a rodar lenta- mente. Martínez estaba seguro, como los otros comandantes de los móvi- les, de encontrarse en el área de donde se emitía la señal, pero no ubica- ban con precisión el sitio.

Se hizo una llamada al cerro Volador para que el grupo de asalto estuvie- ra listo, todos se encontraban a un lado de sus carros respectivos con sus fusiles R-15 en sus manos. Se montaron y encendieron los carros. La sali- da sólo se autorizaría cuando estuviera ubicada la casa o la manzana.

La señal llegó. Martínez dio la ubicación de la casa, un grupo de reacción llegó y se tomó la vivienda indicada. Pero Escobar seguía hablando por teléfono y la aguja seguía moviéndose. En ese momento el teniente se dio cuenta que hizo una lectura errónea de los cálculos y continuó recorrien- do las calles.

A los pocos minutos, Escobar, que hablaba con su hijo sobre un cuestio- nario de una revista extranjera, le dijo: “Bueno, ya lo vuelvo…”, Juan Pablo respondió, “listo”… y colgó.

Todas las unidades comenzaron a realizar cálculos y decidieron quedarse en sus mismas posiciones. Concluyeron que el blanco no se estaba mo- viendo, estaba en un sitio fijo. El teniente Martínez ofreció excusas por el error. Paciencia y suerte se desearon.

A las 13 horas y 52 minutos nuevamente la recepcionista de Residencias Tequendama demoró intencionalmente la llamada al apartamento de la familia Escobar Henao. En Medellín los tres móviles se encendieron nue- vamente. Los del grupo de reacción desaseguraron sus armas otra vez y también prendieron sus carros.

A Escobar, su esposa le había dado un teléfono privado del apartamento, pero prefería no usarlo por seguridad y decidió seguir llamando, por el conmutador.

En esta segunda conversación telefónica del día 2 de diciembre, la cuarta desde que la familia se alojó en el Tequendama, no habló casi Escobar, sino su acompañante Gonzalo de Jesús Agudelo, alias ‘El Limón’.

El hijo del capo le dictó las preguntas. Al final de la conversación, Escobar Gaviria pasó al medio y le dijo a su hijo que él las contestaría y que des- pués le respondía las otras. El hijo habló de usar un fax, no se escuchó qué dijo su padre, pero Juan Pablo agregó: No, ah bueno, bueno entonces suerte”. “Listo mijo”, respondió el fugitivo.

La suerte se estaba poniendo del lado del Bloque de Búsqueda.

Los móviles se detuvieron y se quedaron ubicados de la siguiente manera: Uno en la carrera 70 con Cl 47. El Dos, Cl 48 con carrera 75 (Centro Comercial El Obelisco). Y el Tres, carrera 78 con Cl 45.

Pablo Escobar estaba hablando desde la casa ubicada en la carrera 79A No. 45D – 94.

El hombre más buscado de Colombia estaba por ser ubicado, era cuestión de minutos o segundos identificar la casa. La duda para los integrantes de la Unidad de Vigilancia Electrónica eran los márgenes de error, no podían vol- ver a cometer la torpeza de entrar a una casa equivocada, lo que podía aler- tar al ‘Patrón’. El teniente Martínez sabía, tenía la certeza que era una de las casas por donde estaba pasando, pero no lograba precisar cuál exactamente.

Ya los hombres de la Reacción, que habían bajado de Volador, se habían ubicado discretamente cerca de la zona.

A las 14 horas 57 minutos el narcotraficante hizo la tercera llamada del 2 de diciembre y quinta a Residencias del Hotel Tequendama. En esta oca- sión ‘El Limón’ respondía las preguntas que le habían dictado hacía unos minutos. Luego pasó Escobar al teléfono.

Al monitorear los equipos, el teniente Martínez le dio la vuelta a la manzana y se convenció que en la carrera 79A estaba la casa. Eran viviendas de ladri- llo de dos plantas, clase media. A mano derecha había una quebrada que llaman ‘Ana Díaz’, no habían casas de ese lado. Un velo que hacía de cortina dejaba ver a un robusto hombre, como barbado y hablando por teléfono.

El teniente Martínez no alcanzó a ocultar su excitación cuando habló por el radio y le notificó a su padre que tenía la ubicación de la casa desde donde estaba hablando Pablo Escobar. No se detuvo al frente sino varios metros adelante, donde era imposible divisarlo desde la ventana. Su padre le preguntó si estaba seguro. El teniente respondió: “Lo estoy viendo des- de aquí”. El carro que lo acompañaba recibió la orden de ubicarse en la parte de atrás. “Vigilen discretamente, no hagan nada, ya salió el grupo de asalto”, ordenó el coronel Martínez Poveda.

Otro carro se ubicó en la parte de atrás de la vivienda identificada con la placa 45D-94. Habían cuatro hombres armados con todos los ‘fierros’. El que iba de pasajero en la parte de adelante le dijo a su radio operador: “Dígale al comanche (comandante) que ya estamos en el sitio”. A los po- cos segundos se escuchó una voz: “Don Bernardo, la orden es vigilar para que no se vuele, no pueden hacer nada más. Sólo pueden entrar los del Equipo de Reacción”. “Okey, recibido”, respondieron desde el vehículo.

Eran las 14 horas y 57 minutos cuando el más despiadado y buscado narcotraficante del país hizo la última llamada de su vida.

Desde hacía más de 10 interminables minutos el equipo Móvil estaba ubica- do, esperando a los del grupo de asalto. En otro carro que escoltaba al prime- ro estaba don Bernardo con unos hombres. Por su cabeza se pasó la idea de entrar con su gente y matar al capo, pero sabía que lo matarían a él si por su imprudencia se volaba Escobar, así lo repite hoy en día.

Los hombres de la Reacción, al mando del mayor Guerrero, llegaron y discretamente rodearon toda la cuadra. Un grupo se quedó cerca de la entrada principal. Todos estaban de civil.

Aquí se presentó un curioso hecho que pudo llevar al traste la operación. Mientras Escobar era ubicado el mayor Aguilar se encontraba con Carlos Castaño en una casa ubicada cerca de la Escuela Carlos Holguín, hablan- do con Rodolfo Ospina Baraya, más conocido con el alias ‘Chapulín’. El tema de conversación era una acción realizada en esa mañana que acabó con la vida del hijo de Gustavo Gaviria y que nadie se había atribuido. Se preguntaban si era otro grupo de enemigos de Pablo que había salido. Evaluaban esa posibilidad cuando el radio operador de Aguilar los inte- rrumpe y le dice al oficial: “De parte de ‘Fernando’ (Mayor Guerrero) que el objetivo fue ubicado”. El mayor no creyó y siguió hablando. Con tantas operaciones fallidas se había vuelto incrédulo. Pasaron 10 minutos y le repitieron el mensaje. Volvió a hacer caso omiso, pero a los segundos se preguntó: “¿Y si es verdad?”. Y salió como un rayo para el sitio. A su llegada se inició con el operativo de asalto. Fueron 25 minutos que pudie- ron cambiar la historia de Pablo Emilio Escobar Gaviria… Pero ya a esa hora la suerte se había ido del lado del mafioso.

Mientras se alistaban, Pablo Escobar Gaviria comenzó otra conversación con su hijo, Juan Pablo. El tema seguía siendo el mismo, las preguntas de la revista y un posible asilo en El Salvador, ofrecido por el presidente de ese país Alfredo Cristiani.

El narcotraficante se dio cuenta que se estaba demorando mucho y cortó a su hijo diciéndole: “Bueno, dejemos así”. Juan Pablo le respondió: “ujuum, buena suerte”.

Pero ya hacía rato la suerte no estaba con Escobar.

A las 15 horas y 12 minutos el agente Samuel Garnica Medina, derribó con una maceta la puerta metálica. Entraron a la residencia los mayores Hugo Heliodoro Aguilar Naranjo y Jairo Orlando Guerrero Pardo; el capitán Car- los Fernando Pérez Gutiérrez; y el teniente Alejandro Vargas Reyes.

Se produjo un tiroteo. Uno de los del comando de asalto cayó herido, y por el radio se escuchaban las novedades y el pedido de refuerzos. Aguilar era un excelso francotirador. Subió las escaleras y vio cuando uno de los suje- tos se dirigía hacia el tercer piso por entre una angosta escalera. Lo siguió y vio cuando saltaba por una ventana.

Desde la parte de atrás comenzaron a disparar hacia la ventana. Los fugiti- vos quedaron en el techo de espaldas a una pared, no se imaginaron que estarían esperándolos. El mayor Aguilar desde una distancia prudencial de la ventana vio a uno de los delincuentes… al de barba. Alzó la trompetilla de su fusil de asalto y disparó. Desde la parte de atrás no dejaban de disparar. Uno de los que pretendía escapar cayó desde el techo al jardín de una casa vecina, el otro quedó tendido sobre un tejado. Luego siguió un silencio.

Uno de los oficiales que estaba en la casa dijo que se iban a asomar por la ventana, que no fueran a disparar. Saltaron por donde lo habían hecho se- gundos antes los fugitivos. Se acercaron al cadáver de un hombre que esta- ba boca abajo, a pie descalzo, con un desteñido blue jean y una camiseta. Lo voltearon y no había duda, a pesar de la gordura y su espesa barba, era Pablo Emilio Escobar Gaviria. El mayor Aguilar se terció a su espalda el fusil, veri- ficó la frecuencia y dijo la frase más respetada que se haya escuchado en muchos años: “Mi coronel, hemos dado de baja a Pablo Escobar… ¡VIVA COLOMBIA! Eran las 3 y 18 minutos de la tarde del 2 de diciembre de 1993.

A los pocos minutos llegó el teniente coronel Jorge Martínez Herrera, quien al mando de 60 uniformados cercó el perímetro para impedir la entrada de curiosos, todo esto entre los parámetros establecidos en la planeación del operativo.

En el garaje de la casa había un taxi amarillo, Renault-9, placas TMD 968; tres pistolas: una marca Titán cal. 7.65, Bernardeli cal. 7.65 y Beretta cal. 6.35; cinco beepers; un teléfono móvil y varios documentos.

Junto al capo se encontraron dos pistolas 9 mm. Una Glock y otra Sig Zawer. Ya estaba comenzando a llegar la prensa.

Un hombre robusto, trigueño, de difícil caminar, cicatrices en su rostro y hablado pausado por una herida en el paladar le dijo a sus hombres y al fiscal que los acompañaba que era hora de irse. Estaba confirmado, el hombre que estaba en el techo era Pablo Escobar Gaviria. Consideraba que ya había terminado su misión.

Cuando se iba a subir a su carro, un hombre se le acercó y le dijo: “Don Bernardo, es hora de irse, ya viene la prensa y usted sabe cómo es esa gente. De todas maneras muchas gracias, esto no se pudiera haber hecho y Escobar no estaría en ese techo sin la ayuda de ustedes… adiós”.

A pocos metros de distancia estaba otro hombre conversando con varios oficiales del Bloque de Búsqueda, su voz era fuerte y ronca, hablaba tan rápido, que había que estar muy atento para no perderle el hilo. Muchos lo conocían como ‘Álex’; otros, le decían ‘Alekos’. Pero un reducido grupo sabía que era el hermano menor de Fidel… Carlos Castaño. Quien a los pocos días de llegar con certeros informes al Bloque se ganó el respeto de todos. Un mayor dijo: “No sé si Castaño es tan bueno en el monte, pero es una de las personas más eficientes para la guerra urbana. Es un tipo supremamente osado y escurridizo en este tipo de enfrentamientos, ja- más lo tendría como enemigo en una ciudad”.

Mientras Castaño conversaba, un hombre se le acercó por la espalda y lo tomó del brazo, se giró y enseguida exclamó: “No se preocupe, señor, que ya nos vamos, yo soy muy respetuoso de la autoridad”. Su interlocutor sonrió. Castaño le hizo una señal a sus acompañantes. Enseguida dijo: “bueno señor, me despido”, al tiempo que estiraba su mano. Luego se dirigió a un Mercedes Benz verde y partió.

Sobre un techo quedaba un delincuente y narcotraficante que le hizo mucho daño a Colombia y que orquestó, junto a otros socios y algunos políticos colombianos, los más horrendos crímenes y masacres que con- movieron al país.

Los nuevos narcos de hoy aprendieron mucho de Pablo, a diferencia de este pasan inadvertidos, la mayoría ni siquiera conoce la cocaína. En es- tos tiempos no hay necesidad de conocerla para exportarla. El Estado tam- bién está en la obligación de cambiar para conocerlos.

EPÍLOGO

Las grandes masacres de este país han estado vinculadas estrechamente al negocio del narcotráfico. Y las que han ocurrido por la tenencia de la tierra, en su gran mayoría, tienen un hilo conductor, a veces impercepti- ble, con la mafia de las drogas.

En Córdoba sucedieron muchos hechos que años después el país vivió en otras regiones y después en casi todo el territorio nacional. Las autorida- des, políticos y medios de comunicación jamás dimensionaron el proble- ma que vivía esta región, parecía que pensaran que esa situación mien- tras sucediera lejos de su centro de poder no traería consecuencias. Lo mismo pasó con el Magdalena Medio.

Al empezar a investigar la masacre de la Mejor Esquina llegaba siempre a la misma conclusión: esta acción no era un hecho aislado que tenía como fin castigar a una población por ser auxiliadora de la subversión, tal vez esa era la presentación pública, pero la realidad era que se estaba mon- tando un tinglado de millones de millones de dólares, al que se subieron narcotráfico, autodefensas, paramilitares, guerrilla. Lo más oscuro del problema era que pareciera que el árbitro de este conflicto fuese el mismo Estado y su clase política, ya que muchas veces terciaban a favor de uno u otro de los bandos. Y nunca intentaban parar la pelea. Cuando lo intenta- ron, muchos de los que hacían de árbitros eran parte interesada o estaban en la nómina de uno de los enfrentados.

La masacre de Mejor Esquina obligaba a relatar, hasta donde las fuentes lo permitieron, toda una parte de la violencia colombiana que se inició con la alianza paramilitarismo-narcotráfico. Aunque ya en muchas zo- nas existía la unión narcotráfico – guerrilla y hasta narcotráfico-Estado, dirían algunos.

Había que relatar, así produzca miedo, cómo un proyecto que nació con la intención de vincular a los civiles a defenderse de la subversión, se con- virtió en un terrible aparato criminal de otro factor de violencia: El narcotráfico. Por ello había que desempolvar todos los recuerdos de testi- gos de aquella época, que se inició a principios de los años 80’s, con los primeros hombres que fueron coordinados por Gonzalo de Jesús Pérez, hasta llegar a la muerte de Pablo Escobar Gaviria en 1993.

Allí murió el proyecto militar y político de las Autodefensas del Magdale- na Medio de Puerto Boyacá. Estaba próximo a hacer su aparición otro en Urabá y Córdoba, que aunque venían desde 1986 operando como un gru- po de civiles armados, que se defendía de la agresión guerrillera, no se habían dado el toque político que necesitaban para enmarcarse en el con- flicto colombiano. Se autodenominaron Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá, ACCU.

Los otros grupos de autodefensa que operaban en distintas regiones del país, con diversos nombres, pero con el único objetivo de contrarrestar la agresión subversiva, vieron que la única manera de sobrevivir y lograr reconocimiento era conformando una gran confederación que se deno- minó Autodefensas Unidas de Colombia, AUC.

Hoy queda poco de esta última. El principal factor de discordia es el ma- nejo que habría que darle al problema de las drogas y cultivos ilícitos. Y a los posibles vínculos, de algunos de sus miembros, en uno que otro esla- bón de la cadena del narcotráfico.

Pero aún están a tiempo de que lo sucedido con las Autodefensas del Mag- dalena Medio haya sido sólo una mala experiencia que no debiera jamás repetirse, y no un hecho presente.

La historia nuestra hay que narrarla, así nos avergüence, para que las gene- raciones venideras sepan que hay hechos y recuerdos que nunca deben olvi- darse, sino indignarnos. Entonces, cuando les toque tomar decisiones, cerra- rán los ojos, mirarán atrás, los volverán a abrir y escogerán la correcta.

Además que a las víctimas siempre tenemos que recordarlas, más si son inocentes.

En fin, estas son crónicas de la vida real, de la Colombia que ningún pa- dre o madre quieren para sus hijos. Por esa razón debemos conocerla, para que nunca más se repitan.

FUENTES DE INFORMACIÓN

ENTREVISTAS

Entre julio del 2001 y abril del 2003 se entrevistaron a las personas que sirvieron de fuentes para elaborar estas crónicas. La mayoría rogó que se omitiera su nombre debido a que, según ellas, muchas de las personas que ordenaron algunas de las masacres y desapariciones que aquí se narran, están vivas y en libertad.

Otras fuentes aceptaron que se refirieran a ellas con el alias o su nombre completo. Silvana

Iván Ruiz

Raúl A. Quiceno

General (r) Miguel Maza Márquez

Miembros activos y retirados de organismos de investigación y seguridad del Estado

‘Llovizna’ Ramón Isaza

Carlos Castaño Gil Don Bernardo ‘Mario’

‘Rodrigo Franco’ (Doble Cero)

Ernesto Báez ‘Raimundo’

ARCHIVOS CONSULTADOS

Comisión Especial a Medellín Procuraduría General de la Nación

MEDIOS IMPRESOS

El Universal (Cartagena) Diario El Tiempo (Bogotá) Diario El Espectador ( Bogotá) El Colombiano (Medellín) Revista Semana (Bogotá)

La Crónica (Honduras) La Prensa (Nicaragua)

OTRAS FUENTES

Notaría Primera de Montería Notaría Segunda de Montería

Oficina de Registro de Instrumentos Públicos de Montería

Oficina de Registro de Instrumentos Públicos de Ayapel (Córdoba)

Documento inédito “Días Difíciles” de Juan Manuel Ruiz Machado, periodista RCN – Radio.

Monografía de grado ‘Contribución a la historia socio-política de Colombia’, de las periodistas Leticia Forero Briceño y María Fernanda Medina Fernández.

Expedientes contra miembros del Cartel de Medellín.

BIBLIOGRAFÍA

Diccionario Cultural de Córdoba, Juan Santana Vega, Domus Libri.

Diccionario Histórico – Geográfico de Bolívar, Dimas Badel, Gobernación de Bolívar. Yo fui secuestrado, Francisco Uparela Agámez, Ed. Lealon, 1994.

Reseña histórica municipio de Buenavista, Álvaro Prieto Rodríguez, Editorial Cosmo Gráficas, Planeta Rica.

Geografía del Departamento de Córdoba, Igac

¿A quién beneficia la cocaína?, Myléne Sauloy – Yves Le Bonniec, TM Editores, 1994. Autodefensas, Paramilitarismo y Narcotráfico en Colombia, Carlos Medina Gallego,

Editorial Documentos Periodísticos, 1990.

Colombia Nunca Más, Tomo I, 2000.

Mercaderes de la Muerte, Édgar Torres Arias, Intermedio Editores, 1995.

El hombre que hizo llover coca, Max Mermelstein, Intermedio Editores, 1991.

  • El perfil de la familia Echavarría Misas se construyó con relatos de la prensa nacional (El Colombiano y El Tiempo) y entrevistas a viejos ganaderos de Cór-

doba. También se obtuvo información del libro: Diccionario Histórico – Geo- gráfico de Bolívar, del escritor Dimas Badel.

  • El perfil y hechos de Barry Seal se construyó con la ayuda del diario La Prensa de Nicaragua y El Tiempo (Bogotá); los libros: ¿A quién beneficia la cocaína?, de los autores Myléne Sauloy – Yves Le Bonniec. El hombre que hizo llover coca, de Max Mermelstein. Y artículos de Internet.
    • La historia de César Cura se armó con los testimonios de amigos suyos que viven en Ayapel, Montelíbano, Buenavista, Caucasia, Planeta Rica y Montería. Expe- dientes judiciales y notas tomadas de su juicio que fueron publicadas en medios internacionales (Miami Herald) y nacionales (El Tiempo y El Espectador).
    • El relato del ‘Viejo Rafa’ se hizo con la ayuda de los testimonios de ganaderos y comerciantes del San Jorge y Sinú, agentes del Das y oficiales de inteligencia del Ejército. Información del diario El Tiempo y El Universal (Cartagena). Y el libro ‘Yo fui secuestrado’ del autor cordobés Francisco Uparela Agámez.

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No podía faltar la cancha de fútbol, donde jugaron como invitados especiales futbolistas del balompié profesional colombiano.

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Al frente de la casa fue donde dieron parte los diez primeros miembros de las Autodefensas de Puerto Boyacá, al mando de Gonzalo de Jesús Pérez.

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